Martinelli: la guerra nunca traerá soluciones, se necesita paciencia del diálogo

Cristianos en Arabia del Sur enfrentaron dificultades económicas y laborales tras el inicio de conflictividad regional, requiriendo apoyo comunitario.
Las armas nunca llevarán a soluciones; es necesario tener la paciencia del diálogo
Martinelli reflexiona sobre el único camino viable hacia la paz en regiones marcadas por conflicto armado.
Mark

¿Cómo logró mantener a más de un millón de cristianos unidos cuando todo a su alrededor se volvía inestable?

Mimi

No fue mérito mío. Desde el primer día escribí una carta simple: recen juntos, ayuden a quienes sufren, sigan a las autoridades. La gente respondió. Multiplicamos las misas. Lo que vi fue que la fe no necesita seguridad exterior para sostenerse.

Mark

¿Qué significa vivir la fe en un lugar donde no puede proclamarla públicamente?

Mimi

Significa que cada relación auténtica es un testimonio. Cada acto de diálogo genuino es un anuncio. No necesitamos carteles o sermones en la calle. La alegría del Evangelio se ve en cómo tratamos a los demás, en cómo nos cuidamos mutuamente.

Mark

¿Cuál fue el impacto económico real en sus comunidades?

Mimi

Muchos perdieron empleos. Hubo dificultades reales, no teóricas. Por eso el llamado a ayudarse mutuamente no era un ideal bonito. Era una necesidad práctica que la comunidad abrazó.

Mark

El Papa habló de desarmar palabras, mentes y naciones. ¿Cómo se traduce eso aquí?

Mimi

Aquí vemos con claridad que las armas nunca resolverán nada. Solo el diálogo paciente. No es una esperanza ingenua. Es lo único que funciona cuando todo lo demás fracasa.

Mark

¿Qué le preocupa más: la seguridad física o la cohesión espiritual de su gente?

Mimi

Son inseparables. La seguridad física sin comunidad es soledad. La comunidad sin seguridad es frágil. Lo que vimos fue que cuando la comunidad es fuerte, la gente encuentra fortaleza incluso en la incertidumbre.

  • La escalada de tensión entre Estados Unidos e Irán sacudió la vida cotidiana de más de un millón de cristianos en Emiratos, Omán y Yemen, generando pérdidas de empleo y una profunda incertidumbre colectiva.
  • Ante la crisis, Martinelli convocó a sus fieles a rezar, ayudarse mutuamente y respetar las orientaciones locales — y la respuesta fue una ola de solidaridad que él mismo califica de gran testimonio de fidelidad.
  • En países donde la ley prohíbe el anuncio público del Evangelio, los cristianos descubren que el testimonio más poderoso no es el sermón, sino la calidad de sus relaciones y la alegría visible en su vida diaria.
  • El Papa, en Rímini, llamó a desarmar palabras, mentes y naciones; Martinelli ancla ese llamado en la experiencia vivida: quien ha visto de cerca el costo humano de la guerra sabe que las armas no traen soluciones, solo prolongan el sufrimiento.
  • La paz que Martinelli defiende no es romántica ni pasiva — es la paciencia activa del diálogo, la única brújula capaz de orientar la convivencia cuando todo presiona hacia la división.

Desde la península arábiga, donde más de un millón de cristianos viven bajo leyes que restringen la proclamación pública de su fe, el obispo capuchino Paolo Martinelli ofrece un testimonio que trasciende la coyuntura: las armas no resuelven lo que es, en su raíz, un problema de relación humana. En tiempos de tensión regional, su comunidad respondió no con miedo sino con solidaridad, recordándonos que la presencia auténtica y el diálogo paciente son formas de construcción de paz que ninguna ley puede prohibir.

Monseñor Paolo Martinelli, vicario apostólico de Arabia del Sur desde 2022, habló desde Rímini sobre lo que ha significado para más de un millón de cristianos —repartidos entre Emiratos Árabes Unidos, Omán y Yemen— atravesar meses de tensión geopolítica entre Estados Unidos e Irán. Lo que describe no es una historia de pánico, sino de comunidad que se sostiene a sí misma.

Cuando comenzaron los ataques, Martinelli escribió a sus fieles pidiéndoles tres cosas: rezar juntos, apoyar a quienes perdían empleos o enfrentaban dificultades económicas, y seguir las orientaciones de las autoridades locales. La respuesta fue un patrón de solidaridad que él llama gran testimonio de fidelidad. Multiplicó las misas para evitar aglomeraciones y acompañar a más personas en la incertidumbre.

En estos territorios, las leyes prohíben cualquier proclamación pública del Evangelio. Martinelli no lo vive como un obstáculo insuperable: nadie puede impedir que los cristianos vivan su fe, y esa vida —las relaciones auténticas, el diálogo genuino, la alegría cotidiana— es en sí misma una forma de anuncio que no necesita sermones, sino presencia.

En Rímini, las palabras del Papa sobre la unidad de la Iglesia y la comunión entre culturas, lenguas y ritos resonaron con fuerza especial para una comunidad tan diversa como la suya. Pero lo que más peso tiene en su reflexión es el llamado papal a desarmar palabras, mentes y naciones, y a denunciar la locura de la carrera armamentista.

Martinelli ancla ese llamado en lo que ha vivido: quien acompaña a familias que pierden empleos y soportan la amenaza constante de la guerra entiende con claridad que las armas nunca traerán soluciones. El único camino es el diálogo paciente — no la paciencia pasiva, sino la paciencia activa de quienes se sientan juntos sabiendo que no hay atajo hacia la convivencia. Las palabras del Papa sobre una paz desarmada y desarmante, dice, deben guardarse cada día no como un lema, sino como una brújula.

Monseñor Paolo Martinelli habla desde Rímini con la certeza de quien ha visto de cerca cómo la fe sostiene a las personas en tiempos de turbulencia. El obispo capuchino, vicario apostólico de Arabia del Sur desde 2022, se dirigió a los medios vaticanos para contar lo que ha significado para más de un millón de cristianos vivir en tres países de la península arábiga —Emiratos Árabes Unidos, Omán y Yemen— durante los meses en que la tensión entre Estados Unidos e Irán transformó el paisaje político y emocional de la región.

Lo que Martinelli describe no es una historia de pánico o abandono. Cuando comenzaron los ataques, escribió una carta a sus fieles invitándolos a hacer tres cosas: rezar juntos, ayudar a quienes enfrentaban dificultades económicas y laborales, y seguir las orientaciones de las autoridades locales. La respuesta fue lo que él llama un gran testimonio de fidelidad. Multiplicó las misas para que más personas pudieran participar sin aglomeraciones. Lo que emergió fue un patrón de solidaridad mutua, de comunidad que se sostenía a sí misma en medio de la incertidumbre.

Esta experiencia tiene un contexto que es importante entender. En estos territorios, la mayoría de la población es musulmana y las leyes prohíben cualquier proclamación pública del Evangelio. Para un obispo cristiano, esto podría parecer un impedimento insuperable. Pero Martinelli ve algo distinto. Dice que nadie puede impedir que los cristianos vivan su fe, y que esa vida cotidiana —las relaciones auténticas, el diálogo genuino, el testimonio de alegría— es en sí misma una forma de anuncio. No necesita sermones públicos. Necesita presencia.

En Rímini, Martinelli escuchó al Papa hablar de temas que resonaron profundamente con su experiencia: la unidad de la Iglesia, la comunión como valor fundamental, el amor a una comunidad que abarca culturas, lenguas y ritos distintos. Para una Iglesia tan diversa como la de Arabia del Sur, estas palabras no eran abstractas. Eran un recordatorio de que la fragmentación no es inevitable, que la unidad es posible incluso —quizás especialmente— cuando todo presiona hacia la división.

Pero lo que más peso tiene en las palabras de Martinelli es su reflexión sobre la paz. El Papa en Rímini hizo un llamamiento a desarmar las palabras, las mentes y las naciones. Denunció la locura de la carrera armamentista. Martinelli toma estas palabras y las ancla en la realidad que vive: aquí, en esta región donde la guerra es una posibilidad constante, es donde se ve con mayor claridad que las armas nunca traerán soluciones. El único camino es el diálogo paciente, la promoción conjunta de la paz. No es una posición romántica. Es una conclusión extraída de meses de crisis, de ver a su gente sufrir pérdidas económicas, de acompañar a familias que perdieron empleos.

Lo que Martinelli insiste en mantener vivo es precisamente esto: la paciencia del diálogo. No la paciencia pasiva, sino la paciencia activa de quienes se sientan juntos sabiendo que no hay atajo, que la convivencia común y fecunda solo emerge cuando se renuncia a la ilusión de que las armas pueden resolver lo que es fundamentalmente un problema de relación humana. Las palabras del Papa sobre una paz desarmada y desarmante, dice, deben guardarse en el corazón cada día. No como un lema, sino como una brújula.

Ciertamente, las armas nunca llevarán a soluciones
— Monseñor Paolo Martinelli
El pueblo cristiano ha dado un gran testimonio de fidelidad a la Iglesia, de oración y de ayuda mutua
— Monseñor Paolo Martinelli
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