Marruecos acudió a las urnas en un momento de doble fragilidad: hacia afuera, una crisis diplomática con España por Ceuta ponía a prueba la cohesión nacional; hacia adentro, una generación joven que repite 'aquí no hay futuro' amenazaba con vaciar las urnas de legitimidad. Las elecciones no eran solo una disputa entre partidos, sino un examen sobre si las instituciones políticas marroquíes aún conservan la confianza de quienes más necesitan creer en ellas.