Lula y la izquierda brasileña intensifican batalla en redes contra la derecha dominante

Las redes sociales eligen diputados, no la política tradicional
Advertencia de una diputada electa del PT sobre por qué la izquierda perdió la primera vuelta electoral.
Mark

¿Por qué la izquierda se quedó tan atrás en las redes si Brasil es un país tan conectado?

Mimi

Porque durante años apostaron por la política tradicional, los mítines, la comunicación institucional. Mientras tanto, la ultraderecha entendió que los algoritmos premian el espectáculo, la urgencia, la emoción. Cuando se dieron cuenta, ya estaban perdidos.

Luke

Pero espera, ¿tenemos datos de que los algoritmos realmente favorecen a la derecha, o es una percepción de los perdedores?

Mimi

Es una percepción, sí, pero respaldada por el hecho de que diez de los diputados más votados fueron influenciadores. Eso es verificable.

Mark

¿Y el "Ejército de Lula" de Janones, un millón de voluntarios en dos días, eso es real o una cifra de campaña?

Luke

Es lo que Janones dice que reclutó. No sabemos cuántos de esos voluntarios realmente actúan, cuántos son bots, cuántos simplemente se inscribieron sin hacer nada.

Mimi

Cierto, pero el punto es que la izquierda finalmente entendió que necesitaba movilización digital masiva. Eso es un cambio real.

Mark

¿Y el miedo como estrategia? ¿Eso puede funcionar cuando Flávio está ganando con mensajes sobre el precio del arroz?

Luke

Eso es lo interesante. Flávio conecta con problemas inmediatos. El miedo es abstracto. Pero Lula tiene 33 millones de abstencionistas para movilizar, muchos de ellos mayores que recuerdan gobiernos anteriores.

Mimi

Exacto. No es que el miedo sea mejor estrategia. Es que es la única que le queda a Lula en dos semanas.

  • La izquierda brasileña despertó tras la primera vuelta con una derrota que no fue solo electoral, sino profundamente digital: la ultraderecha dominó los algoritmos y las conversaciones en redes.
  • Lula, un político que ni siquiera posee teléfono propio, tuvo que aparecer grabándose en modo selfie para adaptarse a un lenguaje que le resulta ajeno.
  • Diputados como Ana Elisa Santos Silva y André Janones se convirtieron en piezas clave: ella con medio millón de votos ganados desde redes, él reclutando un millón de voluntarios en dos días para diseminar contenido por WhatsApp.
  • La estrategia ahora apunta al miedo —videos de hambre, armas y nostalgia del bolsonarismo— mientras la derecha conecta con lo cotidiano: el precio del arroz, el tamaño del papel higiénico.
  • Con 2,3 millones de votos de desventaja y 33 millones de abstencionistas como única reserva, el tiempo se agota antes de la segunda vuelta del 25 de octubre.

En un país donde los ciudadanos pasan más de cien horas semanales conectados a internet, la política brasileña se libra cada vez más en pantallas pequeñas que en plazas públicas. Tras quedar por detrás de Flávio Bolsonaro en la primera vuelta, Lula y el Partido de los Trabajadores reconocen que cedieron el territorio digital a la ultraderecha, y ahora movilizan a diputados-influenciadores y voluntarios en masa para intentar revertir esa desventaja antes del 25 de octubre. Es la vieja tensión entre el poder institucional y el lenguaje de su tiempo: quien no habla el idioma del algoritmo, difícilmente logra que su mensaje llegue.

Brasil vive pegado a las pantallas: más de 116 horas semanales de conexión por ciudadano han convertido a WhatsApp y las redes sociales en el verdadero campo de batalla político. Cuando cerró la primera vuelta y Flávio Bolsonaro superó a Lula en votos, la conclusión en el entorno del presidente fue tan clara como dolorosa: la batalla digital había sido perdida.

Dos días después, Lula apareció grabándose en selfie, elevando la voz, abandonando su pose institucional habitual. El detalle revelador es que el presidente no tiene móvil propio; se comunica a través de asesores. Su primera reflexión fue que debería haber dado más entrevistas en radio, pero otros en su coalición ya señalaban un problema más estructural.

Ana Elisa Santos Silva, de 21 años, acababa de ser elegida diputada del PT con más de medio millón de votos gracias a su contenido progresista en redes. Su advertencia fue directa: los diez diputados más votados del país tenían en común las redes sociales, y ella había perdido tiempo convenciendo a su propio campo de esa realidad. El Gobierno la convocó de urgencia a Brasilia. La lección: menos mítines, más videos cortos y virales.

André Janones, otro diputado del PT, llevaba años apostando por el espectáculo digital —rostro alterado, venas marcadas, urgencia permanente— y tras la primera vuelta reclutó en dos días a un millón de voluntarios para el llamado 'Ejército de Lula', que recibe contenido listo para diseminar por WhatsApp según la agenda del momento. Janja da Silva, esposa del presidente, intensificó sus publicaciones con imágenes que evocan el hambre y las armas del bolsonarismo, mientras los aliados de Lula le pedían abandonar el discurso sobre democracia y soberanía para apostar todo al miedo.

Enfrente, Flávio Bolsonaro publicaba videos en supermercados, indignado por el precio del arroz o por los rollos de papel higiénico cada vez más pequeños: preocupaciones cotidianas que conectan con millones. La brecha es de 2,3 millones de votos, y la remontada depende de movilizar a los más de 33 millones de brasileños que se abstuvieron. La segunda vuelta es el 25 de octubre, y la izquierda ha aprendido, quizá tarde, que en un país adicto a las pantallas, quien no domina las redes no domina la conversación.

Brasil vive pegado a las pantallas. Los ciudadanos pasan alrededor de 116 horas semanales conectados a internet, según datos recientes, y la nación se ha convertido en un territorio donde WhatsApp y las redes sociales moldean decisiones políticas tanto como los mítines tradicionales. Cuando concluyó la primera vuelta electoral el domingo pasado, la izquierda enfrentó una realidad incómoda: Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente, superó en votos al presidente Luiz Inácio Lula da Silva, y la ultraderecha arrasó en las urnas. En las salas de campaña de Lula, la conclusión fue clara y dolorosa. La batalla digital había sido perdida.

Dos días después de ese resultado, Lula apareció en redes sociales de una manera inusual para él: grabando videos en modo selfie con su teléfono, elevando la voz, abandonando la pose institucional que normalmente mantiene bajo la vigilancia de su fotógrafo oficial, Ricardo Stuckert. El detalle revelador es que el presidente brasileño no posee móvil propio; se comunica con el mundo a través de asesores y colaboradores de confianza. Su primera reflexión pública tras la derrota fue que debería haber concedido más entrevistas en radio. Pero otros en su coalición ya estaban señalando un problema más profundo.

Ana Elisa Santos Silva, una joven de 21 años de Minas Gerais conocida por su contenido progresista en redes, acababa de ser elegida diputada del Partido de los Trabajadores con más de medio millón de votos. En su mensaje de agradecimiento a sus seguidores, lanzó una advertencia que resonó en los círculos de poder: los diez diputados más votados de Brasil tenían algo en común, y ese algo eran las redes sociales. "Yo podría haber hecho mucho más si no hubiese perdido tiempo explicando a mi propio campo que las redes sociales eligen diputados", dijo. El Gobierno la convocó de urgencia a Brasilia. La lección era clara: menos mítines, más videos cortos y virales, mensajes directos que pudieran propagarse sin fricción. La extrema derecha ya dominaba ese terreno, impulsada además por algoritmos que parecían soplar siempre a su favor.

André Janones, otro diputado del PT, llevaba años advirtiendo sobre esta brecha. Sus videos apostaban por el espectáculo: su rostro alterado, la vena marcada en la frente, un "¡urgente!" que atrapaba la atención aunque el mensaje no fuera tan trascendental. Tras la segunda vuelta, en apenas dos días, Janones reclutó a un millón de voluntarios para lo que llamó el "Ejército de Lula". Estos "soldados" recibían en grupos de WhatsApp videos, memes, fotos y contenido diseñado según la agenda del momento, listos para diseminar. Rick Azevedo, otro joven diputado progresista elegido por el PSOL, había encontrado su propia estrategia: perseguir políticos rivales en aeropuertos y hoteles para confrontarlos públicamente sobre sus posiciones, como la reducción de la jornada laboral, un tema que él mismo había logrado colocar en la agenda nacional.

La esposa de Lula, Janja da Silva, se convirtió en la puente entre el veterano político y el lenguaje del siglo XXI. Ella intensificó el tono de sus publicaciones, compartiendo videos que recordaban escenas de personas hambrientas haciendo fila para recoger huesos durante el gobierno de Bolsonaro padre, niños empuñando armas durante las celebraciones por la victoria de Flávio. Mientras tanto, los aliados de Lula le pedían que dejara de hablar de soberanía y democracia. La nueva estrategia apuntaría todo hacia el miedo. En contraste, Flávio Bolsonaro publicaba videos exitosos en supermercados, escandalizado por el precio del arroz, por los rollos de papel higiénico cada vez más pequeños, conectando con preocupaciones cotidianas.

La brecha es profunda. Lula quedó 2,3 millones de votos por detrás. La remontada será difícil porque Flávio recibirá gran parte de los votos de los candidatos de derecha derrotados en la primera vuelta. Para Lula, la clave está en movilizar a quienes se abstuvieron: más de 33 millones de brasileños. Un segmento importante son los mayores, generalmente más inclinados hacia Lula y su partido. La segunda vuelta está fijada para el 25 de octubre, y la izquierda brasileña ha aprendido, quizá demasiado tarde, que en un país adicto a las pantallas, quien no domina las redes no domina la conversación.

Yo podría haber hecho mucho más si no hubiese perdido tiempo explicando a mi propio campo que las redes sociales eligen diputados
— Ana Elisa Santos Silva, diputada electa del PT
¿Sabéis lo que tienen en común los diez diputados más votados de Brasil? Las redes sociales. Esas personas no son analógicas
— Ana Elisa Santos Silva, en su video de agradecimiento
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