Los testimonios que revelan la tragedia de los incendios en Chile: al menos 20 muertos

Al menos 20 personas muertas, decenas de heridos, desaparecidos y miles de damnificados que perdieron sus hogares en las comunidades de Lirquén y Penco.
Muchos no quisieron salir por cuidar sus cosas y ahora están muertos
Sandra Soto reflexiona sobre por qué sus vecinos rechazaron evacuar durante los incendios en Lirquén.

En la noche del 17 de enero, el fuego descendió sobre las comunidades de Lirquén y Penco, en el sur de Chile, con una velocidad que no dejó margen para la duda ni para la demora. Al menos veinte personas perdieron la vida —muchas de ellas por negarse a abandonar lo que habían construido— mientras 34.000 hectáreas ardían en las regiones de Ñuble y Biobío. Lo que estos incendios revelan no es solo la fuerza destructiva de la naturaleza, sino la tensión profundamente humana entre el apego a lo material y el instinto de sobrevivir, y la fragilidad de las comunidades cuando el Estado tarda en responder.

  • Las llamas avanzaron con tal velocidad en la madrugada que quienes esperaron apenas veinte minutos más de lo necesario rozaron la muerte calcinada.
  • Comunidades enteras desaparecieron bajo el humo tóxico: vecinos que se negaron a evacuar fueron encontrados sin vida entre los escombros de sus propias casas.
  • El dolor se multiplicó en redes sociales cuando un hijo anunció en video la muerte de su padre, desencadenando una campaña solidaria que el Estado aún no ha igualado en velocidad ni alcance.
  • El gobierno decretó estado de catástrofe y habilitó albergues, pero miles de damnificados permanecen sin respuestas claras sobre dónde vivirán ni cómo comenzarán a reconstruir.
  • Sobrevivientes advierten que la ayuda oficial llega tarde y piden al gobierno actuar con urgencia antes de que la crisis humanitaria se profundice aún más.

Sandra Soto no durmió la noche del sábado 17 de enero. Desde su casa en Lirquén, región del Biobío, observaba cómo las llamas se acercaban y algo en su interior le decía que quedarse era un error. Llamó un taxi y se fue. Al día siguiente, volvió a buscar su uniforme de trabajo y encontró solo cenizas. "Nosotros quedamos en la calle, todo se desintegró", contó a BBC Mundo.

No todos escucharon ese instinto. Sus vecinos eligieron quedarse para proteger sus pertenencias, y Soto presenció cómo sacaban sus cuerpos. Intentó convencer a su hermana Marlenne, de 56 años, de que evacuara, pero ella se negó. Pasaron horas de angustia hasta confirmar que había logrado salir con vida. "Menos mal que salieron, porque muchos no quisieron salir por cuidar sus cosas y ahora están muertos", dijo.

Los incendios consumieron 34.000 hectáreas en las regiones de Ñuble y Biobío, dejando al menos 20 muertos, decenas de heridos y miles sin hogar. El gobierno decretó estado de catástrofe. La comuna de Penco concentró el mayor número de víctimas. Quienes la vivieron la describieron como una zona de guerra: humo negro, gente corriendo desesperada, remolinos de fuego que devoraban casas en minutos. Un estudiante de ingeniería escapó a las 2:30 de la madrugada con solo la ropa que llevaba puesta, convencido de que veinte minutos más los habrían matado.

Desde Rancagua, Matías Arriagada intentaba sin éxito comunicarse con su familia mientras los incendios se intensificaban. Horas después subió un video a Instagram anunciando que su padre había muerto en las llamas, acostado junto a su perra. El video se viralizó y el joven lanzó una campaña de recaudación para todas las víctimas de la zona.

Ahora, mientras se busca a los desaparecidos y se combaten los focos activos, miles de personas permanecen en albergues de emergencia sin saber qué viene después. Sandra Soto lo resume con una pregunta que nadie ha respondido aún: "¿Dónde van a ir a vivir los que no tienen ningún apoyo?"

Sandra Soto pasó la noche del sábado 17 de enero sin dormir, observando las llamas que se acercaban a la casa que compartía con su pareja en Lirquén, una localidad de la región del Biobío en el sur de Chile. Algo en su instinto le gritaba que quedarse no era seguro. Llamó a un taxi y se fue a casa de sus padres. A la mañana siguiente, cuando regresó por su uniforme de trabajo, encontró solo escombros. "Nosotros quedamos en la calle, todo se desintegró", cuenta esta técnica en enfermería a BBC Mundo.

Lo que Soto experimentó fue apenas el comienzo de lo que se considera uno de los incendios más devastadores de la década en Chile. Las llamas consumieron 34.000 hectáreas en las regiones de Ñuble y Biobío, arrasando comunidades enteras. El gobierno decretó estado de catástrofe. Hasta el momento, al menos 20 personas han muerto, y decenas más están heridas, desaparecidas o sin hogar.

No todos tuvieron la suerte de Soto. Cuando regresó a su vecindario, se enteró de historias que la quebraron. Sus vecinos habían optado por quedarse, intentando proteger sus posesiones mientras las llamas se acercaban cada vez más. "Vimos cómo sacaban los cuerpos", relata. "Aquí detrás de nuestra casa un matrimonio se quemó completo. Al frente otros vecinos muertos. Entonces, es muy grave". Antes de irse, Soto había intentado convencer a su hermana Marlenne, de 56 años, de que evacuara. Su hermana se negó, al igual que su cuñada. "Yo les decía que arrancaran, pero ellas pensaron que estaba exagerando", recuerda Soto. Pasaron horas de angustia antes de que pudiera confirmar que ambas habían logrado salir con vida. "Menos mal que salieron, porque muchos no quisieron salir por cuidar sus cosas y ahora están muertos. La casa de mi hermana quedó hecha carbón".

La decisión de quedarse para proteger bienes materiales resultó fatal para muchos. Soto, quien sigue endeudada por una cama y un televisor, ahora enfrenta una realidad más cruda: no sabe dónde vivirá. Hasta el momento, no ha recibido ayuda directa de ninguna autoridad. Esta noche dormirá en uno de los albergues de emergencia habilitados para las víctimas. Su preocupación va más allá de su propia situación. "¿Dónde van a ir a vivir los que no tienen ningún apoyo? ¿Qué va a ser de ellos, si no tienen una red?", se pregunta. Pide al gobierno que actúe "rápido y oportuno", porque la realidad es que miles de personas están en la calle sin saber por dónde empezar a reconstruir sus vidas.

Matías Arriagada se ha convertido en otra cara de la tragedia. Estaba trabajando en Rancagua cuando los incendios se intensificaron. Sin poder contactar a su familia, recurrió a las redes sociales. Horas después, subió un video a Instagram donde anunciaba que su padre, Pedro Arriagada, había muerto consumido por las llamas. "Mi papá falleció en el incendio, falleció acostadito con mi perrita, se quemó toda la hueá", dijo en el video, pidiendo ayuda para su comunidad. El video se viralizó, y el joven inició una campaña para recaudar fondos no solo para su familia, sino para todas las víctimas de la zona.

La comuna de Penco, donde se concentra el mayor número de muertes, fue descrita por quienes la vivieron como una zona de guerra. Patricio Valenzuela, vendedor de 47 años, evacuó su vivienda en medio del caos. "Fuego, humo y todo negro. La gente corría desesperada, algunos gritaban. Era prácticamente como una zona de guerra", relató a la agencia AFP. Matías Cid, estudiante de ingeniería de 25 años, vivió momentos igualmente aterradores. A las 2:30 de la madrugada, el fuego estaba fuera de control, con remolinos que consumían casas en la parte baja antes de propagarse hacia arriba. "El humo era muy tóxico. Salimos solo con la ropa que llevábamos puesta, con nada más", cuenta. "Creo que si nos hubiéramos quedado 20 minutos más, habríamos muerto calcinados".

Ahora, mientras continúan los esfuerzos por extinguir los focos activos y localizar a los desaparecidos, las víctimas enfrentan una crisis humanitaria sin precedentes. Miles de personas están en albergues de emergencia, sin hogar, sin claridad sobre qué viene después. Los testimonios revelan no solo la ferocidad de las llamas, sino también la urgencia de una respuesta gubernamental que aún no llega con la velocidad que la situación exige.

Nosotros quedamos en la calle, todo se desintegró
— Sandra Soto, técnica en enfermería
Mi papá falleció en el incendio, falleció acostadito con mi perrita, se quemó toda la hueá
— Matías Arriagada, en video publicado en Instagram
Era prácticamente como una zona de guerra
— Patricio Valenzuela, vendedor de 47 años
The Hearth Conversation Another angle on the story
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¿Por qué Sandra decidió irse esa noche cuando otros se quedaron?

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Algo en su instinto le dijo que no era seguro. Vio las llamas a lo lejos y sintió que las cosas se iban a complicar. No tenía certeza, pero confió en esa inquietud.

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¿Qué pasó con su hermana Marlenne?

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Sandra intentó convencerla de evacuar, pero Marlenne pensó que estaba exagerando. No quería abandonar su casa. Pasaron horas de angustia antes de que Sandra supiera que su hermana había logrado salir viva.

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¿Por qué muchas personas se negaron a evacuar?

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Porque no querían dejar sus posesiones. Habían trabajado años, se habían endeudado para tener una cama, un televisor. La idea de perderlo todo era insoportable. Pero esa decisión les costó la vida a muchos.

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¿Qué es lo que más preocupa a Sandra ahora?

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No es solo su propia situación. Se pregunta dónde vivirán miles de personas que lo perdieron todo y no tienen redes de apoyo. Pide que el gobierno actúe rápido, porque la gente está en la calle sin saber por dónde empezar.

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¿Cómo se enteró Matías Arriagada de la muerte de su padre?

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Estaba trabajando lejos, en Rancagua. No podía contactar a su familia. Usó las redes sociales para buscar información, y luego se enteró de que su padre había muerto en el incendio, acostado en su cama con su perrita.

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¿Qué hizo Matías después de enterarse?

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Grabó un video en Instagram pidiendo ayuda para su comunidad. El video se viralizó. Decidió iniciar una campaña para recaudar fondos, no solo para su familia, sino para todas las víctimas de Lirquén y Penco.

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¿Cómo describen los evacuados lo que vivieron?

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Como una zona de guerra. Fuego, humo negro, gente corriendo desesperada. El humo era tan tóxico que algunos dicen que si se hubieran quedado 20 minutos más, habrían muerto calcinados.

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