En un mundo que envejece más rápido que nunca, la figura de María Branyas —117 años, nacida en California, residente en España— nos invita a preguntarnos qué fuerzas, visibles e invisibles, permiten que una vida humana se prolongue tanto más allá de lo ordinario. La ciencia responde con humildad: no hay un solo secreto, sino una convergencia de genética moderada, hábitos sostenidos, entorno favorable y una capacidad psicológica de adaptación que los investigadores apenas comienzan a comprender. Las mujeres, de forma sistemática y medible, llevan ventaja en esta carrera silenciosa hacia la long
Los secretos científicos de quiénes viven más de cien años
El 70 a 85 por ciento de la longevidad no depende de los genes
¿Por qué las mujeres viven tanto más que los hombres? ¿Es solo biología?
Hay componentes biológicos reales, pero la diferencia de cinco años en la UE no se explica solo por cromosomas. Las mujeres tienen ventajas inmunológicas documentadas, pero también hay factores de comportamiento: menos tabaquismo histórico, menos consumo de alcohol, menos exposición ocupacional a riesgos. Es multifactorial.
Pero ¿cuánto de eso es biología pura y cuánto es cultura? Los datos de Eurostat muestran la brecha, pero no nos dicen por qué existe. ¿Es que los hombres fuman más porque son hombres, o porque la sociedad permitía que fumaran más?
Entonces la genética no es el destino. ¿Cuánto control tenemos realmente?
La genética explica entre el 15 y el 30 por ciento. Eso significa que el 70 a 85 por ciento depende de otras cosas: lo que comes, si haces ejercicio, si fumas, cómo manejas el estrés. Es bastante poder en tus manos.
Aunque hay que ser honesto: esos porcentajes vienen de estudios en cohortes pequeñas. No sabemos si esos números se sostienen en poblaciones más grandes o diversas. Y después de los 60 años, cuando la genética importa más, es difícil hacer investigación porque la gente está enferma, tiene problemas cognitivos.
María Branyas nunca fumó ni bebió. ¿Es eso lo más importante?
Es importante, pero no es todo. También comió bien, se mantuvo activa, y vivió en un contexto donde tuvo estabilidad. Pero lo que me sorprende es la resiliencia: a pesar de perder a gente, de envejecer, de ver cambiar el mundo, mantuvo una actitud de adaptación.
Claro, pero ¿cómo medimos eso? La resiliencia es real, pero es difícil de cuantificar. ¿Es que las personas resilientes viven más, o es que las personas que viven más tiempo tienen que ser resilientes para sobrevivir? Puede ser circular.
Der Puls
- María Branyas, la persona más longeva del mundo con 117 años, desafía los límites de lo que la biología humana parecía capaz de sostener.
- Las mujeres europeas viven más de cinco años más que los hombres en promedio, una brecha tan constante que obliga a la ciencia a buscar explicaciones estructurales, no anecdóticas.
- La genética, aunque relevante, explica apenas entre el 15 y el 30% de la longevidad, lo que desplaza el peso de la ecuación hacia decisiones y circunstancias cotidianas.
- Los hábitos de vida —ausencia de tabaco y alcohol, dieta sin ultraprocesados, actividad física integrada en la rutina diaria— emergen como los factores más modificables y determinantes.
- La resiliencia psicológica, esa capacidad de adaptarse al deterioro y la pérdida sin perder el sentido de bienestar, se consolida como variable clave en las etapas más avanzadas de la vida.
En un mundo que envejece más rápido que nunca, la figura de María Branyas —117 años, nacida en California, residente en España— nos invita a preguntarnos qué fuerzas, visibles e invisibles, permiten que una vida humana se prolongue tanto más allá de lo ordinario. La ciencia responde con humildad: no hay un solo secreto, sino una convergencia de genética moderada, hábitos sostenidos, entorno favorable y una capacidad psicológica de adaptación que los investigadores apenas comienzan a comprender. Las mujeres, de forma sistemática y medible, llevan ventaja en esta carrera silenciosa hacia la longevidad extrema.
María Branyas cumplió 117 años siendo reconocida por la Gerontology Research Group como la persona más longeva del mundo. Nació en California en 1907, hija de padres catalanes, y regresó a España de niña. Su caso no es una rareza inexplicable: es una oportunidad para entender qué combinación de factores permite que algunas vidas se extiendan décadas más allá de lo habitual.
Lo primero que llama la atención es el patrón de género. Casi todas las personas que han superado los 117 años son mujeres, y los datos de Eurostat lo confirman: en la Unión Europea, las mujeres viven en promedio hasta los 82,9 años frente a los 77,2 de los hombres. Esa diferencia de más de cinco años es sistemática y consistente en todo el continente.
La genética contribuye, pero menos de lo que se suele creer. Los estudios sitúan su influencia entre el 15 y el 30% de la longevidad, especialmente a partir de los 60 años. Hay genes asociados a la protección neurológica frente a enfermedades como el Alzheimer, aunque la investigación en personas de edad muy avanzada enfrenta limitaciones prácticas importantes.
Lo que sí resulta determinante son los hábitos acumulados a lo largo de décadas. Branyas nunca fumó ni bebió, evitó los ultraprocesados y mantuvo una actividad física constante, no en gimnasios, sino en la vida doméstica y laboral propia de su generación. Esa actividad cotidiana, invisible como ejercicio pero real en sus efectos, formó parte esencial de su fórmula.
Desde los años noventa, la ciencia ha añadido otro ingrediente al análisis: la resiliencia. Los centenarios que más tiempo viven no son quienes evitaron el sufrimiento, sino quienes supieron adaptarse a él. Ante el deterioro físico, la pérdida de seres queridos y la reducción del estatus social, mantienen una capacidad de ajuste y un bienestar general que los investigadores aún intentan medir con precisión. La longevidad, en definitiva, no obedece a un único secreto sino a varios factores que, cuando se alinean, hacen posible lo extraordinario.
María Branyas acaba de cumplir 117 años. Nació en California en 1907, cuando sus padres catalanes trabajaban allí, pero regresó a España siendo niña. Hoy es la persona más longeva del mundo según la Gerontology Research Group, la organización que verifica estos récords extraordinarios. Su caso no es una anomalía aislada sino una ventana hacia lo que la ciencia está descubriendo sobre por qué algunas personas alcanzan edades que hace poco parecían imposibles.
Lo primero que salta a la vista es que casi todas las personas que han superado los 117 años comparten algo: son mujeres. Los números de Eurostat lo confirman con claridad. En la Unión Europea, la esperanza de vida promedio es de 80,1 años, pero las mujeres llegan a 82,9 mientras que los hombres se quedan en 77,2. Esa diferencia de más de cinco años no es pequeña; es sistemática, medible y consistente. El género, simplemente, importa cuando se trata de vivir más.
La genética juega un papel, pero menos determinante de lo que muchos supondrían. Los estudios indican que los genes explican entre el 15 y el 30 por ciento de nuestra supervivencia y envejecimiento, especialmente después de los 60 años. Los investigadores han identificado varios genes asociados con la longevidad, aunque el trabajo científico en personas tan ancianas enfrenta limitaciones obvias: su estado cognitivo, las enfermedades presentes, la dificultad de hacer seguimiento. Hay líneas de investigación abiertas que conectan estos genes con protección neurológica frente a enfermedades como el Alzheimer, pero el panorama sigue siendo incompleto.
Lo que sí está claro es el peso de los hábitos cotidianos. María Branyas, como otros centenarios que han acaparado titulares, nunca fue fumadora ni bebedora. Su dieta evitó los ultraprocesados, las grasas saturadas y los azúcares en exceso. Para las mujeres de su generación, nacidas a principios del siglo XX, el ejercicio no venía de gimnasios sino de la vida misma: criar familias numerosas, mantener hogares sin ayuda, trabajar físicamente hasta bien entrada la mediana edad. Esa actividad constante, aunque no fuera etiquetada como ejercicio, fue parte de la fórmula.
Pero hay algo más que la ciencia ha comenzado a estudiar con seriedad desde los años noventa: la resiliencia. Las personas nonagenarias y centenarias que viven más tiempo no son necesariamente las que evitaron todo sufrimiento. Son las que, a pesar del deterioro físico inevitable, la pérdida de relaciones, la disminución de estatus social, mantienen una capacidad constante de adaptación. Manifiestan bienestar general. Se ajustan. Persisten. Esa característica psicológica, ese optimismo práctico ante las circunstancias, emerge como clave en las etapas más tardías de la vida.
La longevidad, entonces, no obedece a un solo factor sino a varios que se refuerzan mutuamente. El ambiente importa: la contaminación, la calidad del agua, la alimentación disponible. El estatus socioeconómico y educativo importan. Los hábitos saludables importan. La genética importa, pero menos de lo que podría esperarse. Y la capacidad de una persona para adaptarse, para encontrar sentido y bienestar incluso en la adversidad, importa de formas que la ciencia sigue intentando medir y comprender. María Branyas es un ejemplo viviente de esa convergencia, no de un único secreto sino de múltiples factores que, cuando se alinean, permiten que una vida humana se extienda décadas más allá de lo que la mayoría experimenta.
Bemerkenswerte Zitate
Las personas nonagenarias y centenarias manifiestan una capacidad adaptativa constante y una sensación de bienestar en términos generales— Investigación científica sobre resiliencia en la vejez avanzada