Durante milenios, los seres humanos y los perros han compartido algo más que un techo: comparten un lenguaje emocional inscrito en el cerebro. Un estudio reciente confirma que los perros no solo perciben cambios generales en el ánimo de sus dueños, sino que distinguen emociones específicas —miedo, ira, tristeza— leyendo los rostros humanos con una precisión que redefine lo que entendemos por vínculo interespecies. Lo que alguna vez pareció intuición canina resulta ser, en realidad, una arquitectura neurológica forjada por la coevolución.
Los perros distinguen nuestras emociones analizando nuestros rostros
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