Los bots ya contratan humanos: medio millón busca trabajo en plataformas de IA

Trabajadores de plataformas digitales enfrentan condiciones precarias: pagos diferidos, evaluaciones por algoritmos, y tareas sin protección laboral ni beneficios.
Mi jefe es un robot que no entiende por qué llegué tarde
Un trabajador de delivery describe cómo los algoritmos controlan cada aspecto de su labor sin comprensión humana.

En el umbral entre la ciencia ficción y el presente, algoritmos han comenzado a contratar seres humanos para tareas que ellos mismos no pueden ejecutar: llevar objetos de un lugar a otro, verificar la realidad física del mundo. Medio millón de personas ya esperan ser seleccionadas por un bot, mientras filósofos y economistas se preguntan no si la automatización transformará el trabajo, sino cómo distribuir con justicia la riqueza que esa transformación producirá. La paradoja es reveladora: la máquina necesita al humano precisamente donde más lo ha desplazado, y lo que el mercado laboral del futuro parece valorar más son las cualidades que ningún algoritmo ha logrado replicar.

  • 518 mil personas ya están registradas en plataformas donde un bot —no un jefe humano— decide si las contrata, cuánto les paga y si les retiene el sueldo cuando el queso de una pizza llega doblado.
  • La automatización no avanza como un ejército que arrasa todo: el Banco Mundial estima que solo entre el 2 y el 5% de los empleos son completamente automatizables, aunque el 30-40% verá partes de su trabajo transformadas.
  • El 96% de los CEOs argentinos planea incorporar IA este año, pero lo que más buscan en sus empleados no es dominio tecnológico sino empatía, pensamiento crítico, liderazgo y creatividad —habilidades que las universidades rara vez enseñan.
  • La pregunta que nadie ha respondido todavía es cómo repartir entre ocho mil millones de personas la riqueza generada por máquinas que trabajan sin descanso, sin salario y sin derechos laborales que proteger.

Hace apenas dos semanas, una plataforma llamada Rent a Human inauguró una lógica que invierte el orden conocido: no son humanos quienes contratan algoritmos, sino algoritmos quienes contratan humanos. Ya hay 518 mil personas registradas esperando que un bot las seleccione para tareas concretas —llevar cosas de un lugar a otro, verificar si un cartel existe en una esquina, confirmar que el mundo físico coincide con lo que los sensores registran. Ninguna de esas tareas exige título ni experiencia. Solo disponibilidad.

El filósofo Tomás Balmaceda explicó el mecanismo: el algoritmo publica una tarea, los trabajadores proponen un precio, y el bot elige según el monto ofrecido y las estrellas acumuladas en otras aplicaciones. El mismo sistema de evaluación que usamos entre nosotros ahora decide si merecemos trabajar. Un joven argentino de 27 años que hace delivery describió la otra cara de ese orden: podía organizar su tiempo, sí, pero si el queso llegaba doblado o depositaba el efectivo tarde, su jefe robot le retenía el pago sin apelación posible.

Los datos del Banco Mundial ofrecen perspectiva: entre el 30 y el 40% de los empleos tienen partes automatizables, pero solo el 2 al 5% podrían desaparecer por completo. El miedo al reemplazo total, aunque comprensible, carece de sustento empírico. En Argentina, el 96% de los CEOs planea incorporar IA este año, pero lo que declaran buscar en sus equipos no es destreza técnica sino pensamiento crítico, empatía, creatividad y liderazgo —todo aquello que, por ahora, sigue siendo territorio exclusivamente humano.

Elon Musk sugirió que en el futuro el trabajo podría ser opcional. Balmaceda reformuló la pregunta: si nadie estuviera obligado a trabajar en quince años, ¿sería eso el paraíso o el infierno? La respuesta depende de algo que aún no tiene solución: cómo distribuir equitativamente entre ocho mil millones de personas la riqueza que producen máquinas que no cobran, no descansan y no votan.

Hace apenas dos semanas, una plataforma llamada Rent a Human comenzó a funcionar con una premisa que suena sacada de ciencia ficción pero que ya es realidad: algoritmos que contratan directamente a personas para realizar tareas. No se trata de un futuro lejano ni de especulación teórica. Medio millón de personas —518 mil exactamente— ya están registradas en estos espacios, esperando que un bot las seleccione para trabajar.

El filósofo Tomás Balmaceda, en una conversación con el equipo de Infobea al Mediodía, explicó cómo funciona este nuevo orden laboral. Un algoritmo publica un aviso con una tarea específica. Los trabajadores se ofrecen, proponiendo un precio: cincuenta dólares, dieciocho, tres. El bot entonces calcula quién contratar basándose en el monto ofrecido y en las calificaciones acumuladas —esas estrellas que todos dejamos en aplicaciones de transporte, comida y compras en línea. Lo irónico es que el mismo sistema de evaluación que usamos entre nosotros ahora decide si merecemos el trabajo.

Las tareas que los bots necesitan realizar revelan los límites actuales de la automatización. Principalmente, requieren que alguien lleve cosas de un lugar a otro. Un algoritmo puede gestionar un comercio, pero carece de cuerpo físico. También necesita verificadores humanos: personas que confirmen si realmente existe un cartel en una esquina, si hay un bache en la calle, si las condiciones del mundo físico coinciden con lo que sus sensores registran. Ninguno de estos trabajos exige calificación formal. No se necesita matrícula profesional ni estudios previos. Solo disponibilidad y disposición.

Pero hay algo que la máquina aún no puede replicar completamente: la actitud. Balmaceda subrayó que si tuviera que contratar a alguien, priorizaría la actitud por encima del conocimiento técnico. Ilustró esto con el testimonio de un joven argentino de 27 años que trabaja en aplicaciones de delivery. Tenía pareja e hijo, y valoraba poder organizar su propio tiempo, decidir cuánto trabajar. Pero también describió una realidad más oscura: si llegaba tarde con una pizza, si el queso llegaba doblado, si recibía efectivo que debía depositar en un cajero antes de cobrar, entonces su jefe —un robot— le retenía el pago. La máquina administraba cada detalle de su existencia laboral.

La pregunta sobre el futuro del empleo no es nueva, pero los datos recientes ofrecen perspectiva. El Banco Mundial estima que entre el 30 y el 40 por ciento de los empleos están expuestos a que alguna parte sea automatizable. Sin embargo, solo entre el 2 y el 5 por ciento podrían ser completamente automatizados. El miedo al reemplazo total, aunque comprensible, no está fundamentado en evidencia.

Elon Musk recientemente provocó debate al afirmar que en el futuro el trabajo será opcional. Balmaceda planteó la pregunta de manera directa: si en quince años nadie estuviera obligado a trabajar, ¿sería eso el cielo o el infierno? La respuesta depende de algo que aún no está resuelto: cómo distribuir equitativamente la riqueza generada por la automatización entre ocho mil millones de personas. Pensar que esa ganancia se repartiría de manera justa parece, en el mejor de los casos, ingenuo.

En Argentina, el panorama es más inmediato. Una encuesta de Manpower reveló que el 96 por ciento de los CEOs de empresas argentinas planea incorporar inteligencia artificial este año. La pregunta no es si llegará, sino cómo. Los ejecutivos buscan automatizar tareas rutinarias, mejorar el reclutamiento, analizar datos. Pero todos enfatizan que quieren hacerlo con una visión humana. Lo que realmente demandan las empresas argentinas es pensamiento crítico, creatividad, capacidad de liderazgo, flexibilidad, empatía. Habilidades que no se enseñan en universidades ni escuelas, pero que serán indispensables en el trabajo que viene. El futuro no será solo sobre saber programar o escribir prompts. Será sobre conectar, entender, liderar. Sobre todo aquello que, por ahora, solo los humanos pueden hacer.

No es ciencia ficción, no es algo que va a pasar en el futuro, ya existe
— Tomás Balmaceda, filósofo
Lo que se buscan en Argentina son pensamiento crítico, creatividad, liderazgo, flexibilidad y empatía
— Tomás Balmaceda, sobre las habilidades futuras
The Hearth Conversation Another angle on the story
Inventor

¿Por qué medio millón de personas ya están en una plataforma donde un bot las contrata? ¿Qué las lleva a aceptar eso?

Model

Porque necesitan trabajar, y esta plataforma ofrece flexibilidad. Puedes decidir cuándo trabajas, cuánto trabajas. No hay un jefe humano diciéndote qué hacer cada minuto. Pero el costo es que ahora tu jefe es un algoritmo que no entiende contexto, que no sabe por qué llegaste tarde con la pizza.

Inventor

¿Entonces es mejor o peor que un empleo tradicional?

Model

Depende de qué compares. Es mejor que no tener nada. Es peor que un trabajo con protecciones, beneficios, alguien que entienda que eres humano. Es un punto medio incómodo.

Inventor

Mencionaste que solo 2 a 5 por ciento de empleos serían totalmente automatizables. ¿Por qué entonces la gente tiene tanto miedo?

Model

Porque el miedo no viene de los números. Viene de ver que algo que parecía imposible de automatizar —verificar si un cartel existe, llevar cosas— ahora lo hace un bot. Si eso cambió, ¿qué no puede cambiar?

Inventor

¿Y la empatía? ¿Eso realmente no se puede automatizar?

Model

Aún no. Pero la pregunta es si en cinco años seguirá siendo así. Lo que sí sabemos es que hoy, las empresas que contratan buscan gente que entienda a otras personas. Eso es lo que vale.

Inventor

¿Crees que el trabajo será realmente opcional en quince años?

Model

Depende de si decidimos que la riqueza se reparte. Si no, el trabajo seguirá siendo obligatorio para la mayoría, aunque los robots hagan casi todo. Eso es lo que asusta de verdad.

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