Las hijas de maltratadas tienen tres veces más riesgo de sufrir violencia machista

Menores víctimas de violencia machista intrafamiliar sufren mayor riesgo de abuso sexual, violencia de pareja y problemas de salud física y psicológica, incluyendo consumo de drogas y adicciones.
La mayoría logra salir del ciclo de la violencia
Según el estudio, entre el 65 y 67 por ciento de menores expuestos a violencia machista no reproducen esos patrones.

Crecer dentro de un hogar marcado por la violencia machista deja huellas que el tiempo no borra por sí solo: un estudio con más de diez mil adolescentes españoles confirma que las hijas de mujeres maltratadas enfrentan casi tres veces más riesgo de sufrir abuso y violencia de pareja, mientras que los hijos corren mayor peligro de convertirse en agresores. Sin embargo, la investigación insiste en un matiz que cambia el sentido de la historia: dos tercios de estos jóvenes logran no reproducir el ciclo, recordándonos que el destino no está escrito en la infancia, sino que puede reescribirse con los apoyos adecuados.

  • Más de diez mil adolescentes encuestados en trescientos institutos de toda España revelan que la violencia presenciada en casa multiplica el riesgo de sufrirla o ejercerla en las propias relaciones.
  • Las chicas expuestas al maltrato familiar enfrentan 2,7 veces más probabilidad de sufrir abuso sexual y violencia de pareja, mientras que los chicos asumen un riesgo equivalente pero como potenciales agresores.
  • La exposición también dispara el consumo de drogas, el uso adictivo de redes sociales y los problemas de salud física y mental, ampliando el daño mucho más allá de lo emocional.
  • Aun así, entre el 65 y el 67 por ciento de los menores expuestos no reproduce estos patrones, lo que desmonta la idea de una transmisión intergeneracional automática e inevitable.
  • Reducir el contacto con el maltratador, preservar el vínculo con la madre y trabajar la igualdad en las aulas emergen como los tres pilares más eficaces para romper el ciclo antes de que se cierre.

Una investigación presentada por la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género encuestó a más de diez mil adolescentes de catorce a dieciocho años en institutos de dieciséis comunidades autónomas, Ceuta y Melilla. Su conclusión central es tan alarmante como matizada: las chicas que han presenciado maltrato en casa tienen casi tres veces más probabilidad de sufrir abuso sexual o violencia de pareja, y los chicos corren un riesgo similar pero orientado hacia la agresión. Sin embargo, la mayoría —dos tercios de los expuestos— logra no reproducir esos patrones.

La directora del estudio, María José Díaz-Aguado, catedrática de Psicología de la Educación en la Universidad Complutense, advierte contra el error de presentar a estos menores como condenados. Hacerlo sería, en sus palabras, un error científico, social, ético y educativo. La exposición a la violencia incrementa la vulnerabilidad, pero no la determina: incluso entre quienes no han vivido maltrato en casa, el 88 por ciento tampoco lo ejerce, lo que subraya que la diferencia existe pero no es absoluta.

El estudio también documenta daños menos visibles: mayor consumo de tranquilizantes, antidepresivos, tabaco, marihuana y otras drogas, así como adicciones a las redes sociales. El factor de mayor riesgo identificado es la continuidad del contacto con el maltratador; en el polo opuesto, convivir con la madre y poder hablar con ella actúa como un escudo significativo.

La escuela aparece como otro espacio de protección. Casi la mitad de los adolescentes encuestados había trabajado el tema de la violencia machista en el aula, y casi cuatro de cada diez docentes habían desarrollado actividades al respecto, valorándolas como muy eficaces. Solo el 4,6 por ciento del profesorado considera innecesario abordar esta cuestión en clase; en los equipos directivos, esa cifra cae al 1,3 por ciento.

La delegada del Gobierno Victoria Rosell pide extender la prevención hasta la educación primaria, pero también exige no estigmatizar a estos menores. El reto, concluye el estudio, es protegerlos sin condenarlos: acompañarlos hacia un modelo de relación basado en la igualdad y el respeto, en lugar de perpetuar el dominio y la sumisión que aprendieron a observar.

Una investigación realizada en más de trescientos institutos españoles ha cuantificado lo que durante años se intuía: crecer presenciando cómo un padre agrede, insulta, aísla y controla a la madre deja marcas profundas en los hijos e hijas. El estudio, presentado por la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género, encuestó a más de diez mil adolescentes de catorce a dieciocho años en dieciséis comunidades autónomas, además de Ceuta y Melilla. Los números son contundentes pero no determinantes: las chicas que han visto violencia machista en casa tienen casi tres veces más probabilidad de sufrir abuso sexual durante la infancia y violencia de pareja en la adolescencia. Para los chicos, el riesgo es similar pero invertido: corren mayor peligro de convertirse en agresores.

Lo que hace notable este trabajo, dirigido por María José Díaz-Aguado, catedrática de Psicología de la Educación en la Universidad Complutense de Madrid, es su insistencia en un matiz crucial. Aunque el riesgo crece de manera significativa para quienes han presenciado maltrato, la transmisión de la violencia entre generaciones no es automática ni inevitable. Dos tercios de los adolescentes expuestos a la violencia machista en sus hogares —el 67 por ciento de las chicas y el 65 por ciento de los chicos— aseguran que no reproducen esos patrones en sus propias relaciones. Incluso entre menores que no han visto violencia en casa, el 88 por ciento tampoco la ejerce. La diferencia existe, pero la mayoría logra escapar del ciclo.

El estudio también documenta otros daños colaterales. Los menores expuestos a la violencia tienen mayor riesgo de sufrir problemas de salud física y psicológica, de consumir tranquilizantes, antidepresivos, tabaco, marihuana u otras drogas, y de desarrollar adicciones a las redes sociales. La exposición incrementa la vulnerabilidad, pero no la determina. Díaz-Aguado subraya la importancia de escuchar a estos menores: tienen mucho que decirnos, dice, y es fundamental transmitir que la mayoría consigue salir. Cometer el error de presentarlos como condenados fatalmente a reproducir la violencia sería un error científico, social, ético y educativo.

La pregunta práctica es cómo proteger a estos menores. El estudio identifica el factor de mayor riesgo: la continuidad del contacto con el maltratador. En el extremo opuesto, convivir con la madre reduce significativamente el riesgo. Hablar con ella es reconocido por las propias menores como una de las principales ayudas disponibles. La educación escolar también juega un papel. Casi la mitad de los adolescentes encuestados dijeron haber trabajado temas de violencia machista en la escuela, un factor que ayuda a reducir el riesgo de que la violencia salte a la siguiente generación.

El profesorado mostró disposición a colaborar. Casi cuatro de cada diez docentes que participaron en la encuesta habían trabajado contra la violencia machista en el curso anterior y consideraron esas actividades muy eficaces. Entre quienes no lo habían hecho, el 63 por ciento se mostró dispuesto a hacerlo, principalmente en tutorías o programas integrales del centro. Solo el 4,6 por ciento de los docentes cree que no es necesario tratar la violencia de género en la escuela. En los equipos directivos, la cifra es aún menor: apenas el 1,3 por ciento lo ven innecesario.

Pero la educación escolar, aunque importante, no es suficiente. El estudio advierte que se necesita un tratamiento integral: sustituir un modelo ancestral de relación basado en el dominio y la sumisión por uno fundamentado en la igualdad y el respeto mutuo. Victoria Rosell, delegada del Gobierno contra la Violencia de Género, subraya la necesidad de llevar la prevención del abuso sexual desde la educación primaria, pero también pide no estigmatizar ni hacer análisis prejuiciosos sobre estos menores. Precisamente porque la mayoría de ellos consigue no reproducir la violencia en sus relaciones posteriores, el desafío es protegerlos sin condenarlos.

Hay que escuchar a los hijos y a las hijas de las mujeres que sufren violencia de género. Tienen mucho que decirnos.
— María José Díaz-Aguado, catedrática de Psicología de la Educación
No podemos cometer el error científico, social, ético y educativo de transmitir que están condenados fatalmente a reproducir esta violencia.
— María José Díaz-Aguado
The Hearth Conversation Another angle on the story
Inventor

¿Por qué es importante distinguir entre el riesgo aumentado y la inevitabilidad?

Model

Porque la diferencia entre esos dos conceptos determina si vemos a estos menores como víctimas con futuro o como perpetuadores predestinados. Si decimos que están condenados, los estamos abandonando.

Inventor

¿Qué significa que el 67 por ciento de las chicas expuestas no reproduzca la violencia?

Model

Significa que incluso en las peores circunstancias, la mayoría encuentra una salida. Hay algo en ellas, o en su entorno, que las protege. Eso es lo que necesitamos entender y fortalecer.

Inventor

¿Cuál es el factor más protector que encontró el estudio?

Model

Hablar con la madre. No es terapia formal ni intervención estatal. Es simplemente estar con ella, conversar. Las propias menores lo reconocen como una de las ayudas principales.

Inventor

¿Por qué el contacto con el maltratador es tan peligroso?

Model

Porque mantiene viva la normalización de la violencia. Mientras siga presente, sigue siendo el modelo de relación que ven todos los días. Interrumpir eso es fundamental.

Inventor

¿Qué le sorprendió más de los datos sobre el profesorado?

Model

Que estén tan dispuestos a colaborar. El 63 por ciento de quienes no habían trabajado el tema dijo que sí lo haría. Hay una voluntad real en las escuelas, solo falta apoyo y recursos.

Inventor

¿Es suficiente la educación escolar para romper el ciclo?

Model

No. Es necesaria, pero no suficiente. Necesitamos un cambio cultural más profundo: pasar de un modelo de dominio y sumisión a uno de igualdad y respeto. Eso no se enseña en una clase.

Contact Us FAQ