Las dos caras de Ceuta: normalidad en el istmo, crisis en la periferia

Cientos de menores migrantes, incluyendo 400 mujeres y niñas, duermen en tiendas de campaña improvisadas en campos de fútbol de barrios periféricos sin infraestructura adecuada.
Nos han robado la ciudad de un día para otro
Un padre en la playa de Calamocarro explica por qué su familia ha reclamado el espacio costero que antes estaba inutilizado.
Mark

¿Por qué el presidente decidió proteger el istmo en lugar de distribuir a los migrantes por toda la ciudad?

Mimi

Porque el istmo es donde está el dinero, la administración, los símbolos de poder. Una ciudad que vive del comercio y el turismo no puede permitirse que su centro colapse. Pero eso significa que la periferia, que ya estaba al límite, recibe todo el peso.

Mark

¿Cómo es posible que 400 mujeres y niñas duerman en tiendas de campaña sin que las autoridades intervengan?

Mimi

Los vecinos las acogieron porque nadie más lo hacía. Empezó con 25, luego 68, luego 140. En algún momento dejó de ser una emergencia temporal y se convirtió en la realidad. Las administraciones siguen sin actuar.

Mark

¿Qué significa que "no hay dos Ceutas"?

Mimi

Es lo que dice Tarek desde su quiosco. Quiere creer que la ciudad es una, que todos están en el mismo problema. Pero mientras habla, vigila su plaza para que nadie se instale. Sabe que si empiezan, no pueden parar.

Mark

¿Hay algún signo de que esto mejore?

Mimi

El camarero del istmo dice que está "un poco mejor que hace unos días". Pero en Sidi Embarek, donde duermen 400 mujeres en plástico, el termómetro sigue muy caliente. La tensión crece mientras esperan a que empiece el curso escolar.

Mark

¿Qué pasará cuando las escuelas abran?

Mimi

Nadie lo sabe. Un padre con sus dos hijas preguntaba: ¿Quién se atreve a empezar el curso con este panorama? La ciudad ya tiene la densidad de población más alta de España después de Melilla. Añadir 80.000 personas no es un problema temporal.

  • 80.000 migrantes llegaron a Ceuta el 30 de julio
  • 400 mujeres y niñas duermen en tiendas de campaña en Sidi Embarek
  • Ceuta tiene 84.000 habitantes en 20 km², la densidad más alta de España después de Melilla
  • Los vecinos de Sidi Embarek se organizaron para acoger migrantes mientras las administraciones priorizaban proteger el istmo

Ceuta se ha dividido en dos realidades: playas relajadas en zonas acomodadas versus campamentos improvisados en barrios periféricos con cientos de menores durmiendo en tiendas. Los vecinos de barrios como Sidi Embarek se han organizado para acoger a migrantes mientras las administraciones priorizan proteger el istmo comercial y administrativo de la ciudad.

La llegada masiva de 80.000 migrantes ha creado una profunda división social en Ceuta, con barrios acomodados recuperando la normalidad mientras zonas periféricas como Sidi Embarek cargan con la crisis sin apoyo administrativo suficiente.

Ceuta se divide en dos ciudades desde el día en que 80.000 personas llegaron a sus costas. En la playa de Calamocarro, un domingo de agosto, familias extendían sombrillas y sacaban neveras portátiles mientras un padre explicaba a sus amigos que habían recuperado por fin el espacio que les habían arrebatado de la noche a la mañana. Señalaba hacia la alambrada fronteriza como si fuera posible devolver a alguien al otro lado con un gesto. En el extremo opuesto, en El Trampolín, cientos de adolescentes hacían fila dos horas antes de que comenzara el reparto de alimentos de la Cruz Roja. Salían de albergues abarrotados, de habitaciones donde llevaban 23 días escondidos, del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes, de construcciones abandonadas. No había otra cosa que hacer más que esperar.

El istmo de Ceuta, donde se alzan la catedral, el Ayuntamiento y la Gran Vía peatonalizada, mantenía los ritmos de cualquier ciudad provincial española en agosto. Las campanas de la iglesia sonaban a media mañana. Las abuelas tomaban vermut después de tres domingos paralizados. Los hoteles funcionaban a destajo, llenos de periodistas, funcionarios, policías y militares. Pero incluso aquí, donde todo parecía recuperar su curso, los comercios cerraban. Una heladería. Un restaurante medio vacío. Un funcionario que paseaba con sus dos hijas de la mano no se atrevía a pronunciar la palabra normalidad. ¿Y los colegios?, preguntaba. ¿Quién se atreve a empezar el curso con este panorama?

La crisis había llegado el 30 de julio. La primera orden del presidente de la Ciudad Autónoma fue proteger el istmo, concentrar todos los esfuerzos en la zona administrativa y comercial. Lo que sucedió después fue que la periferia cargó con el peso. Barrios como Sidi Embarek, Los Rosales, La Pantera, El Príncipe, Loma Colmenar, Hadú y Juan Carlos I, ya saturados en una ciudad que tiene la densidad de población más alta de España después de Melilla —84.000 personas en 20 kilómetros cuadrados, como meter a todos los habitantes de Pontevedra en un espacio seis veces menor—, recibieron a la mayoría de los 5.000 nuevos habitantes.

Sidi Embarek tiene fachadas descoloridas desde su construcción en los años noventa, casas a medias, descampados. El domingo es menos domingo allí. Cientos de muchachos pululan arrastrando los pies con las manos en los bolsillos. Cuando cae la noche, no suenan las sirenas como en el istmo. Aquí no paran de sonar. Fue en este barrio donde comenzó a suceder algo distinto. El 30 de julio, niñas comenzaron a llegar pidiendo dónde dormir. Abdellah Mustafa, presidente de la asociación vecinal, recuerda el momento. Los vecinos pensaron en poner una tienda de campaña en el campo de fútbol de la comunidad. Al día siguiente llegaron 25 chicas. Al siguiente, 68. Al tercero, 140. Al siguiente, 195. Ahora, bajo un mar de plásticos, 400 mujeres y niñas duermen en tiendas improvisadas.

Los vecinos de Sidi Embarek se organizaron mientras las administraciones no actuaban. Cuidaban a las niñas, ponían orden, hacían lo que podían. Pero el peso de la crisis recaía sobre una mitad de la población. Abdellah protestaba: ¿Qué pasa, solo ellos tienen vacaciones? Refiriéndose al istmo, a la zona que había sido protegida. En Sidi Embarek el termómetro estaba un poco más caliente. Tarek, que tiene un quiosco al pie de las Murallas Reales —la frontera física entre el istmo y la periferia, dos mundos antagónicos—, decía que no había dos Ceutas, solo una que quería solucionar esto cuanto antes. Pero mientras hablaba, vigilaba su plaza para que nadie comenzara a dormir, a levantar tiendas de campaña, a pelear por el espacio. Porque una vez que empezaban, se apoderaban de todo.

La crisis había transformado la convivencia. Soldados, ceutíes y migrantes recién llegados compartían ahora las calles. Las tres religiones mayoritarias —musulmanes, católicos y judíos— convivían en una nueva configuración. Pero la división territorial era clara. En el centro, el suelo limpio, los escaparates despejados, los hoteles llenos. En la periferia, tiendas de campaña, cientos de menores sin infraestructura, vecinos agotados pero organizados, administraciones ausentes. El único comerciante feliz era el dueño del bazar oriental que había vendido todos los móviles, cargadores, chanclas y lonas de plástico. Las chanclas, decían los fotógrafos, eran la forma de distinguirlos. Pero la verdadera distinción era geográfica. Mientras Ceuta intentaba recuperar su ritmo en el istmo, la periferia seguía en crisis, sostenida por vecinos que no tenían otra opción que actuar.

No hay dos ceutas, solo una que quiere solucionar esto cuanto antes
— Tarek, dueño de un quiosco al pie de las Murallas Reales
Los vecinos siguen teniendo un papel importante mientras las administraciones siguen sin actuar. Gran parte del peso de esta crisis está recayendo sobre una mitad de la población
— Abdellah Mustafa, presidente de la asociación vecinal de Sidi Embarek
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