Chile atraviesa una vez más el umbral de una pregunta que las naciones maduras no pueden eludir: qué tipo de conocimiento merece el respaldo del Estado. En medio de un debate que reduce las ciencias sociales a una caricatura ideológica, investigadores y autoridades defienden que comprender cómo funcionan las sociedades es tan riguroso —y tan necesario— como desarrollar tecnologías. La ministra de Ciencia encarna esa tensión: su propia tesis doctoral es investigación social aplicada, no militancia disfrazada de método. Lo que está en juego no es una disputa entre disciplinas, sino la visión de
Las ciencias sociales no son 'woke': son disciplinas científicas que Chile necesita
Sin ciencias sociales, el conocimiento científico no logra traducirse en desarrollo
¿Por qué crees que la etiqueta "woke" se ha pegado tan fácilmente a las ciencias sociales?
Porque es más simple que entender qué hacen realmente. Es una forma de descartar sin examinar. Pero un economista estudiando pobreza no es de izquierda por ello; está haciendo su trabajo.
¿Entonces el sesgo existe, pero no define la disciplina?
Exacto. Todo investigador tiene sesgos. Lo que importa es el método, la evidencia, la revisión por pares. Eso es lo que distingue la ciencia del activismo.
¿Qué pierde Chile si reduce el financiamiento a las ciencias sociales?
Pierde la capacidad de entender qué hará la tecnología con su sociedad. Pierde anticipación. Pierde la posibilidad de decidir mejor.
¿Es esta una batalla nueva?
No. Es cíclica. Pero esta vez el país tiene la oportunidad de hacer la pregunta correcta: no si las ciencias sociales son "woke", sino qué tipo de sistema científico queremos ser.
¿Qué rol juega el pluralismo intelectual aquí?
Es la defensa. Si las universidades cultivan realmente el pluralismo, no hay nada que temer de las ciencias sociales. El debate interno las fortalece.
El Pulso
- La etiqueta 'woke' se ha instalado en el debate científico chileno sin mayor evidencia, amenazando con marginar disciplinas enteras por razones políticas antes que metodológicas.
- Economistas que estudian pobreza, sociólogos que analizan delincuencia y psicólogos que investigan salud mental ven su trabajo reducido a sospecha ideológica, distorsionando qué significa hacer ciencia.
- La ministra Ximena Lincolao se convierte en símbolo involuntario del debate: su tesis sobre participación parental y rendimiento matemático es exactamente el tipo de investigación social que hoy se cuestiona.
- Investigadores y editoriales advierten que sin ciencias sociales, el conocimiento técnico y científico no logra traducirse en desarrollo real ni en políticas públicas informadas.
- El sistema científico chileno enfrenta la disyuntiva de si financiará solo lo que produce retornos económicos inmediatos o también lo que permite comprender las consecuencias de sus propias transformaciones.
Chile atraviesa una vez más el umbral de una pregunta que las naciones maduras no pueden eludir: qué tipo de conocimiento merece el respaldo del Estado. En medio de un debate que reduce las ciencias sociales a una caricatura ideológica, investigadores y autoridades defienden que comprender cómo funcionan las sociedades es tan riguroso —y tan necesario— como desarrollar tecnologías. La ministra de Ciencia encarna esa tensión: su propia tesis doctoral es investigación social aplicada, no militancia disfrazada de método. Lo que está en juego no es una disputa entre disciplinas, sino la visión de país que Chile quiere construir.
Chile vuelve a debatir qué lugar ocupan las ciencias sociales en su política científica, y la discusión revela algo más profundo que una disputa presupuestaria: una pregunta sobre qué entendemos por ciencia y qué conocimiento necesita un país para crecer. En ese contexto, ha ganado terreno sin mayor cuestionamiento la idea de que estas disciplinas son esencialmente 'woke', una simplificación que confunde el sesgo posible de algunos investigadores con la naturaleza entera de un campo.
Las ciencias sociales operan bajo los mismos criterios que cualquier otra rama del conocimiento: exigen evidencia, rigor metodológico y revisión por pares. El economista que estudia pobreza no es de izquierda por ello; el sociólogo que investiga delincuencia no es permisivo con el crimen; el psicólogo que trabaja en salud mental no está haciendo activismo. Son trabajos de comprensión, no de promoción. La propia ministra de Ciencia, Ximena Lincolao, realizó su tesis doctoral sobre cómo la participación de los padres en tareas escolares se relacionaba con el desempeño en matemáticas de estudiantes hispanos en Estados Unidos: investigación social, no ideología disfrazada de ciencia.
Más allá de la disputa ideológica del momento, existe una razón estructural para defender estas disciplinas: sin ellas, el conocimiento científico y tecnológico difícilmente se convierte en desarrollo real. Una política científica madura no puede limitarse a financiar lo que genera retornos económicos inmediatos; debe preguntarse también qué conocimientos necesita un país para anticipar sus problemas y comprender las consecuencias de sus propias transformaciones.
La pregunta que Chile debería formularse no es si las ciencias sociales son 'woke', sino si quiere un sistema científico capaz únicamente de producir tecnologías, o uno que también pueda entender cómo esas tecnologías transformarán su sociedad. La respuesta, sostienen quienes defienden estas disciplinas, debería ser obvia.
Chile está nuevamente en el punto de quiebre sobre un asunto que parece coyuntural pero que toca algo más profundo: qué lugar ocupan las ciencias sociales en la política científica del país. La pregunta que subyace es más fundamental aún: qué entendemos por ciencia, y qué tipo de conocimiento necesita una nación para crecer.
En medio de este debate ha ganado terreno una simplificación que se ha instalado sin mayor cuestionamiento: la idea de que las ciencias sociales son, en esencia, "woke". Esta caracterización es imprecisa. Las ciencias sociales son disciplinas que buscan comprender cómo funcionan las sociedades, las instituciones, las dinámicas humanas. Operan bajo los mismos criterios que cualquier otra rama del conocimiento: exigen evidencia, rigor metodológico, revisión por pares. Pueden y deben ser criticadas, como toda ciencia. Sus investigadores tienen sesgos, como los tiene cualquier investigador. Las universidades deben cultivar el pluralismo intelectual. Pero confundir el sesgo posible de algunos investigadores con la naturaleza entera de un campo es precisamente el tipo de error que la propia ciencia nos enseña a evitar.
Considérese el economista que estudia pobreza: no es de izquierda por ello. El sociólogo que investiga delincuencia no es permisivo con el crimen. El psicólogo que trabaja en salud mental no está haciendo activismo. El investigador que examina el bienestar infantil no defiende una agenda política particular. Estos son trabajos de comprensión, no de promoción. Incluso la ministra de Ciencia, Ximena Lincolao, realizó su tesis doctoral sobre cómo la participación de los padres en tareas escolares se relacionaba con el desempeño en matemáticas de estudiantes hispanos en Estados Unidos. Es investigación social, no ideología disfrazada de ciencia. Sostener lo contrario es, simplemente, no entender qué hace la ciencia social cuando practica ciencia.
Pero hay una razón más profunda aún para defender el lugar de estas disciplinas, una que va más allá de la disputa ideológica del momento. Sin ciencias sociales, el conocimiento científico y tecnológico no logra convertirse en desarrollo real. Una política científica madura no puede limitarse a preguntarse cuáles disciplinas generan resultados económicos inmediatos. Debe preguntarse, con igual seriedad, qué conocimientos necesita un país para anticipar sus problemas, para tomar decisiones más informadas, para comprender las consecuencias de sus propias transformaciones.
El debate actual sobre si las ciencias sociales son "woke" puede ser políticamente provechoso, pero científicamente es la pregunta equivocada. La pregunta que Chile debería formularse es distinta: ¿queremos un sistema científico que produzca únicamente tecnologías, o uno capaz también de entender cómo esas tecnologías transformarán nuestra sociedad? La respuesta debería ser obvia. Las ciencias sociales no son "woke". Son parte del conocimiento que Chile necesita para comprenderse a sí mismo, para decidir mejor, para construir su futuro.
Citas Notables
Las ciencias sociales son disciplinas científicas que se proponen comprender cómo funcionan las sociedades, las instituciones y las relaciones humanas, con los mismos estándares de evidencia, rigor metodológico y revisión por pares que rigen a cualquier otra área del conocimiento— Argumento central del texto
¿Queremos un sistema científico que produzca solamente tecnologías, o uno capaz también de comprender cómo esas tecnologías transformarán nuestra sociedad?— Pregunta central planteada