AfD obtiene 43,8% en Sajonia-Anhalt, demostrando que la ultraderecha moldea la conversación política incluso sin gobernar directamente. Candidatos centristas franceses adoptan posturas ultras sobre inmigración, evidenciando cómo la ventana de Overton se ha desplazado hacia la derecha radical.
La ultraderecha captura el relato político en Europa mientras se acerca el superaño electoral de 2027
La ultraderecha ya no necesita gobernar para remodelar la política
¿Cómo es posible que un partido que no gobierna tenga tanto poder para cambiar lo que hablan los demás?
Porque el poder no es solo ocupar un ministerio. Es establecer qué problemas son reales, qué palabras usamos para hablarlos. Cuando Attal, un centrista, dice que hay que modificar la Constitución para restringir inmigración, está jugando en el campo que la ultraderecha ya preparó.
Pero espera. ¿Attal está realmente convencido de eso o solo responde a la presión electoral? Porque si es lo segundo, entonces lo que vemos no es que la ultraderecha haya ganado el relato, sino que los políticos tradicionales están asustados.
Quizá sea lo mismo. El miedo es una forma de ganar. Cuando los candidatos del centro sienten que deben adoptar posiciones ultras para no perder votos, la ventana de lo que se considera aceptable ya se ha movido.
¿Y por qué funciona esto con la inmigración si los datos muestran que es un problema menor para los franceses?
Ese es el punto clave que el artículo no resuelve completamente. ¿Es que la inmigración es emocionalmente poderosa incluso cuando no es la preocupación principal? ¿O es que los algoritmos y las redes sociales la amplifican desproporcionadamente?
Probablemente ambas cosas. Es emocional porque toca identidad, cambio, control. Y las redes la amplifican porque genera engagement. La ultraderecha entendió eso primero.
¿Entonces Italia es lo que le espera a toda Europa?
Italia es un caso donde la ultraderecha ya gobierna directamente. Aquí estamos hablando de normalización sin poder ejecutivo todavía. Son cosas distintas. Lo que preocupa es si 2027 cierra esa brecha.
Y lo que preocupa en Bruselas es que si la ultraderecha sigue ganando en las elecciones nacionales, el PPE podría dejar de ser el socio mayor y convertirse en el menor, como pasó en Italia. Eso reconfiguración todo.
¿Hay algo que pueda detener esto?
El artículo sugiere que la Comisión está intentando cerrar temas divisivos antes de que la campaña francesa los politice. Pero eso es defensivo, no ofensivo. No es una estrategia para recuperar el relato, es intentar proteger lo que queda.
Il Polso
- AfD obtiene 43,8% en Sajonia-Anhalt, quedando a tres escaños de mayoría absoluta
- Candidatos centristas franceses adoptan posturas sobre restricción de inmigración que requieren cambios constitucionales
- Ultraderecha gobierna o cogobierna en 8 de 27 Estados miembros del Consejo Europeo
- Inmigración ocupa sexto lugar en preocupaciones de franceses, pero domina debate político
AfD obtiene 43,8% en Sajonia-Anhalt, demostrando que la ultraderecha moldea la conversación política incluso sin gobernar directamente. Candidatos centristas franceses adoptan posturas ultras sobre inmigración, evidenciando cómo la ventana de Overton se ha desplazado hacia la derecha radical.
Los partidos de ultraderecha en Europa no conquistan el poder pero ganan la batalla del relato político, imponiendo temas como inmigración y seguridad que radicalizan a rivales tradicionales de cara a 2027.
La ultraderecha no ha tomado Europa. Pero ha ganado algo más decisivo: controla de qué se habla, qué problemas parecen urgentes, qué soluciones suenan razonables. Mientras los algoritmos amplifican sus mensajes y el descontento social crece, los partidos populistas avanzan con una ventaja clara, alimentados además desde el otro lado del Atlántico por el movimiento ultraconservador que ha llevado a Donald Trump a la Casa Blanca y que tiene en su punto de mira el proyecto europeo.
El domingo pasado, Alternativa para Alemania obtuvo el 43,8% en las elecciones de Sajonia-Anhalt. Este partido antiinmigración, prorruso y euroescéptico quedó a solo tres escaños de la mayoría absoluta en el Parlamento regional, mientras que la CDU de Friedrich Merz, la derecha tradicional, se desplomó al 17,2%. El resultado fue tan contundente que el canciller alemán tuvo que reconocer públicamente que la situación ha cambiado no solo en ese pequeño Estado oriental sino en todo el país. Aunque el cordón sanitario tradicional se mantenga y la AfD no acceda directamente al Gobierno regional, la realidad es que los ultras ya no necesitan las llaves de una cancillería para remodelar el comportamiento del resto de partidos. Merz ya ha endurecido sus posturas sobre el presupuesto comunitario, un movimiento que refleja cómo la gravedad política se desplaza incluso sin que la ultraderecha gobierne.
Este patrón se repite en toda Europa. La ola ultra y populista que se vio en las elecciones al Parlamento Europeo de 2024 se ha convertido en una marea que arrastra a la derecha tradicional hacia posiciones más radicales y marca el discurso de la mayoría de fuerzas políticas. La ultraderecha ya gobierna o cogobierna en ocho de los 27 Estados miembros del Consejo Europeo, y esas fuerzas dictan la conversación en Bruselas sobre inmigración, temas medioambientales y energéticos. Con 2027 acercándose como un superaño electoral con comicios clave en Francia, Italia, Polonia y España, la batalla por el relato será tan importante como los votos mismos.
Francia es el terreno donde esta transformación se ve con mayor claridad. A finales de agosto, Gabriel Attal, exprimer ministro de Macron y candidato de centro, defendió públicamente la introducción de cuotas restrictivas de inmigración, algo que requeriría modificar la Constitución. Rompería un tabú, reconoció, porque controlar la inmigración es uno de los grandes fracasos de los últimos dos mandatos presidenciales. Édouard Philippe, el otro gran candidato centrista y también antiguo primer ministro, respondió desde una posición similar, proponiendo normas para impedir regularizaciones masivas y hablando de suspender solicitudes de asilo y reagrupación familiar. Estos no son políticos de extrema derecha. Son candidatos del centro que sienten la presión de Marine Le Pen y su Reagrupación Nacional, que ha logrado imponer los términos del debate migratorio en Francia pese a que, según un sondeo de julio de Ipsos, la inmigración ocupa apenas el sexto lugar entre las preocupaciones de los franceses, por detrás del poder adquisitivo, prestaciones sociales, delincuencia, medio ambiente y deuda. Entre votantes centristas, el tema tiene aún menos peso. Los datos de Frontex muestran además que las entradas irregulares a la UE se han desplomado en la mayoría de rutas.
Pero la inmigración es profundamente emocional, como señala un veterano diplomático europeo. Un grupo de Estados miembros encabezado por Dinamarca, gobernada por una coalición socialdemócrata, negocia abrir centros de deportación para solicitantes de asilo en países fuera del territorio comunitario. Una idea que antes de la pandemia, en la Europa que despreciaba los muros, habría sido impensable. Este es el proceso de normalización que el politólogo holandés Cas Mudde lleva años documentando: la extrema derecha se ha convertido en mainstream no solo porque sus partidos ganan votos, sino porque sus ideas han dejado de ser excepcionales, sus diagnósticos entran en la conversación política general y sus adversarios empiezan a responderles en lugar de disputarles el terreno.
Thomas Wright, investigador del Instituto Brookings, explica esta realidad con el concepto de la ventana de Overton, que describe el rango aceptable de discurso político en una sociedad. Tras la Guerra Fría, esa ventana estaba entreabierta: centroderecha y centroizquierda dominaban con sus desacuerdos sobre impuestos y gasto, pero coincidían en globalización, UE y sociedades abiertas. Tras la guerra de Irak de 2003, la crisis financiera de 2008-2009 y la crisis de refugiados de 2015, la ventana se amplió. Los ciudadanos descontentos estaban abiertos a nuevas ideas, y nuevas fuerzas supieron capitalizarlas. Ahora, con las herramientas que ofrecen las redes sociales, esa ventana es todavía más amplia.
En Bruselas, el Partido Popular Europeo ha adoptado lo que analistas llaman la agenda Giorgia, una convergencia con la ultraderechista italiana Meloni en migración, pacto verde, demografía y ONG. Hace tiempo que dinamitó el cordón sanitario para pactar con algunos partidos de ultraderecha. Italia se ha convertido en el laboratorio de esa normalización: Forza Italia, heredera de la tradición democristiana, es hoy el furgón de cola de Fratelli d'Italia. Nicolai von Ondarza, jefe de investigación sobre UE en la Stiftung Wissenschaft und Politik, advierte que a corto plazo esto da al PPE una posición de fuerza, porque liberales, socialdemócratas y verdes no pueden formar mayoría sin la derecha tradicional. Pero a largo plazo refuerza a la extrema derecha y normaliza sus políticas. Si los partidos radicales siguen avanzando de cara a 2027, el PPE podría acabar convirtiéndose en el socio menor, como ocurrió en Italia.
En Bruselas esta semana, el resultado de Sajonia-Anhalt se ha visto como un aperitivo de un período político complejo. La inquietud se centra en Francia, donde la ultraderecha aparece en posición fuerte en los sondeos. La UE tiene anticuerpos contra ataques a la democracia y el liberalismo, pero eso no significa que si la ultraderecha avanza no se vaya a resentir el proyecto europeo. La Comisión Europea intenta acelerar y cerrar los asuntos más divisivos antes de la campaña francesa para que el presupuesto multianual o la eliminación de motores de combustión no se conviertan en parte de la pelea política nacional. Pero la batalla por el relato se ha recrudecido, y sus consecuencias definirán la Europa de la próxima década.
Citazioni salienti
El panorama político ha mutado. El desencanto de los votantes es enorme y las fuerzas tradicionales no están sabiendo conectar con ellos— Alta fuente comunitaria en Bruselas
La extrema derecha es ya en muchos casos mainstream. No solo porque sus partidos ganan votos, también porque sus ideas han dejado de ser excepcionales— Cas Mudde, politólogo holandés