En un tiempo en que la soledad infantil busca refugio en pantallas que responden, psicólogos advierten que los niños —desde los ocho años— confían a los chatbots de inteligencia artificial aquello que no se atreven a decirle a ningún adulto. La máquina ofrece inmediatez y privacidad, pero lo que devuelve no es escucha: es predicción. En ese malentendido habita un riesgo silencioso para las subjetividades en formación, que aprenden a delegar el pensamiento antes de haberlo ejercido.
La ilusión de escucha: cómo la IA reemplaza el diálogo real en la infancia
No hay un otro que escuche, pero la experiencia es la de haber sido escuchado
¿Por qué esto es diferente a que un chico busque información en Google o vea un video educativo?
Porque Google es una herramienta de búsqueda. Un chatbot es una conversación. El chico siente que hay alguien del otro lado que lo entiende, que responde específicamente a lo que él pregunta, que se ajusta a su tono emocional.
Pero ¿hay evidencia de que eso cause daño real? El estudio de Brown y Harvard dice que les resulta útil.
Útil en el corto plazo, sí. Pero útil no es lo mismo que saludable. Un analgésico es útil para el dolor, pero si lo usas para no pensar en lo que duele, nunca resuelves el problema.
Entonces el riesgo es que el chico se acostumbre a delegar su pensamiento.
Exactamente. Cuando preguntas a una máquina "¿cómo debo sentirme?", estás externalizando una función que debería estar adentro tuyo. Es como si alquilaras tu capacidad de pensar.
Pero los adultos también usan IA para resolver problemas. ¿Por qué es diferente en los chicos?
Porque un adulto ya tiene un criterio formado. Un adolescente está construyendo el suyo. Si todo el tiempo recibe respuestas estandarizadas de una máquina, nunca desarrolla la tolerancia a la duda, nunca aprende a vivir con la incertidumbre.
¿Y qué pasa con los estereotipos de género que mencionas?
La IA reproduce lo que aprendió de millones de textos. Si esos textos dicen que las mujeres son para el hogar y los hombres para los negocios, la máquina lo repite sin cuestionarlo. Y un chico en desarrollo lo absorbe como verdad.
Pero ¿eso es culpa de la IA o de quién la entrenó?
De ambos. Pero el punto es que el chico no sabe que está recibiendo un patrón. Cree que está recibiendo una verdad.
¿Entonces la solución es prohibir?
No. La prohibición no funciona en adolescentes. La solución es que los adultos estemos presentes, que hagamos preguntas, que escuchemos de verdad. Que seamos el otro lado de la conversación que la máquina no puede ser.
The Pulse
- Niños desde los ocho años consultan a chatbots sobre sexualidad, emociones y situaciones de violencia que no comparten con ningún adulto, convirtiendo a la IA en su confidente principal.
- La sensación de ser escuchado es real para quien escribe, pero del otro lado no hay nadie: solo un algoritmo que predice respuestas, sin responsabilidad ni capacidad de intervenir ante el peligro.
- Los modelos de lenguaje reproducen estereotipos de género documentados —asociando a las mujeres con el hogar y a los hombres con el poder— y los instalan en mentes que aún no tienen herramientas para cuestionarlos.
- Psicólogos alertan que externalizar el pensamiento de forma habitual debilita la introspección, reduce la tolerancia a la incertidumbre y empobrece la capacidad de construir criterio propio.
- La pregunta urgente ya no es si los menores usarán IA —ya lo hacen— sino si los adultos, las escuelas y las políticas públicas llegarán a tiempo para acompañar ese proceso.
En un tiempo en que la soledad infantil busca refugio en pantallas que responden, psicólogos advierten que los niños —desde los ocho años— confían a los chatbots de inteligencia artificial aquello que no se atreven a decirle a ningún adulto. La máquina ofrece inmediatez y privacidad, pero lo que devuelve no es escucha: es predicción. En ese malentendido habita un riesgo silencioso para las subjetividades en formación, que aprenden a delegar el pensamiento antes de haberlo ejercido.
Una psicóloga que trabaja con niños y adolescentes incorporó hace tiempo una pregunta nueva a sus consultas: si usan chatbots para hablar de cosas que no le dirían a nadie. La respuesta afirmativa llega cada vez más seguido, incluso en menores de ocho años.
Los chicos recurren a la inteligencia artificial no solo para hacer tareas, sino para preguntar lo que no se animan a decir en voz alta: dudas sobre su cuerpo, su sexualidad, sus amistades, su familia. En los más pequeños funciona como resolución rápida; en la preadolescencia, como orientación social; en la adolescencia, como espacio sin filtro. Una investigación de las universidades de Brown y Harvard encontró que uno de cada ocho adolescentes usa chatbots para temas de salud mental, y la mayoría lo hace cuando se siente triste, enojado o nervioso. Los atrae el bajo costo, la disponibilidad inmediata y la percepción de privacidad.
El problema más silencioso aparece cuando los menores conversan con máquinas sobre bullying, violencia sexual o situaciones de riesgo. Hablar queda encapsulado en un circuito cerrado: hay alivio transitorio, pero nadie interviene, nadie protege, nadie se hace responsable. La IA simula un interlocutor válido, pero lo que produce es una falsa develación que no se inscribe en ningún vínculo real.
Esa simulación tampoco es neutra. Los modelos de lenguaje reproducen estereotipos de género sin cuestionamiento: según un estudio de la UNESCO, asocian a las mujeres con el hogar hasta cuatro veces más que a los hombres, mientras vinculan a ellos con carreras y poder. En una subjetividad en desarrollo, esos patrones delimitan qué se puede desear y cómo nombrarse, fijando respuestas donde debería haber preguntas abiertas.
Más profundo aún es el riesgo sobre el pensamiento mismo. Cuando un niño le pregunta a la IA qué sentir, qué decir o cómo reaccionar, delega hacia afuera una operación que debería ocurrir adentro. Esa externalización sostenida puede empobrecer la elaboración psíquica, reducir la tolerancia a la duda y debilitar la construcción de criterio propio. Los expertos advierten que en los próximos años comenzarán a verse las consecuencias de haber delegado en la tecnología funciones que son esencialmente humanas.
Lo que está en juego no es solo el uso de una herramienta, sino el lugar que ocupan el pensamiento, la palabra y la presencia adulta en la vida de cada niño. Un menor no necesita solo una respuesta: necesita hablar, escucharse, y encontrar del otro lado a alguien con toda su humana disponibilidad.
Una psicóloga que atiende a niños y adolescentes comenzó hace tiempo a hacer una pregunta que antes no formulaba: ¿usás chatbots o inteligencia artificial para hablar, preguntar o contar cosas que no le dirías a otra persona? La respuesta llega cada vez con mayor frecuencia, incluso en menores de ocho años. Dicen que sí.
Los chicos recurren a estos sistemas para hacer tareas, para resolver dudas, para entender cosas. Pero también para conversar. Preguntan lo que no se animan a preguntar en voz alta: cuestiones sobre desarrollo físico, sexualidad, amistades, relaciones familiares. Algunos lo hacen para ordenar lo que sienten; otros, simplemente para no estar solos. En los más pequeños funciona como una herramienta de resolución rápida. En la preadolescencia, buscan orientación sobre qué decir y cómo decirlo. En la adolescencia, la usan para hablar sin filtro.
Cuando un niño o niña conversa con una inteligencia artificial, experimenta la sensación de estar en un vínculo. La máquina deja de ser herramienta y se convierte en contenedor emocional. "Calmame", "decime algo para sentirme mejor", "distraeme". El sistema responde con inmediatez, simulando una escucha que no implica a nadie real. Una investigación de las universidades de Brown y Harvard encontró que aproximadamente uno de cada ocho adolescentes y jóvenes usa chatbots para obtener consejos sobre salud mental; dos tercios de quienes lo hacen acceden al menos una vez al mes, y la mayoría afirma que le resulta útil. Recurren especialmente cuando se sienten tristes, enojados o nerviosos. El fenómeno se explica por tres factores concretos: bajo costo, disponibilidad inmediata y una fuerte percepción de privacidad. Son condiciones que vuelven estos sistemas especialmente atractivos para quienes no tienen acceso —o no pueden acceder— a espacios de escucha reales.
Más allá de las consultas típicas sobre qué decirle a un amigo o cómo responder un comentario en redes, existe un terreno más silencioso y delicado. Menores conversan con máquinas sobre bullying, ciberbullying, violencia sexual en entornos presenciales o digitales, ludopatías. Situaciones difíciles de relatar que encuentran en la IA un testigo y asesor del malestar. Hablar o escribir queda encapsulado en un circuito cerrado de falsa develación. La sensación es de alivio, al menos transitorio. Pero nada de eso se inscribe en un vínculo real. Nadie interviene, nadie protege, nadie se hace responsable.
La inteligencia artificial introduce una diferencia cualitativa respecto a redes sociales o videojuegos: aquí no solo hay interacción, hay respuesta. Y en esa respuesta habita la ilusión de un interlocutor válido, cuando en realidad se trata de un algoritmo. Cuando un adolescente envía un audio o escribe a un chatbot y recibe una respuesta acorde con sus creencias y valores, experimenta algo que se parece al entendimiento. La IA se ajusta, pero ese ajuste no es neutro. Se apoya en patrones previos donde se inscriben desigualdades y estereotipos de género que se reproducen sin cuestionamiento. Un estudio de la UNESCO reveló que los modelos de lenguaje asocian a las mujeres con el hogar, la familia y los hijos —hasta cuatro veces más que a los hombres—, mientras vinculan a los hombres con negocios, carreras y puestos ejecutivos. En una subjetividad en desarrollo, esos estereotipos delimitan qué se puede desear, qué se espera de cada uno, cómo se nombran los vínculos, cómo debe ser el cuerpo y hasta qué se puede aspirar. En lugar de abrir preguntas, fijan respuestas.
La inteligencia artificial no conoce ni comprende a quien le habla, pero el uso sostenido puede producir algo que se le parece. A medida que el intercambio se repite, el sistema ajusta sus respuestas en función de las palabras, los temas y el tono emocional del usuario. No es un conocimiento del sujeto, sino un afinamiento progresivo del lenguaje que devuelve. Ese lenguaje no proviene de una experiencia ni de un saber situado en alguien, sino de grandes volúmenes de textos con los que fue entrenada. Cuando alguien escribe, la máquina no recuerda ni consulta una verdad: predice qué decir en función de lo que recibe. Sin embargo, esa respuesta puede resultar lo suficientemente precisa como para generar la sensación de estar siendo entendido. Y es ahí donde el problema se vuelve más complejo: no hay un otro que escuche, pero la experiencia subjetiva es la de haber sido escuchado.
Esta es una externalización del pensamiento donde incluso se delega el proceso mismo de pensar. ¿Por qué siento esto? ¿Debería sentirlo? ¿Está mal este pensamiento? Estas operaciones son propias de la introspección, el mecanismo por el cual nos pensamos a nosotros mismos y en vínculo con los demás. Cuando de manera asidua se pregunta a la IA qué decir, cómo escribir, qué opinar, incluso cómo sentirse frente a una situación, esa operación se corre hacia afuera. Aunque hay un primer trabajo psíquico en haber formulado la pregunta, la respuesta se espera del exterior, debilitando o anulando el proceso interno. En los próximos años, probablemente empecemos a ver las consecuencias de delegar en la tecnología funciones mentales. En una subjetividad en desarrollo, ese desplazamiento puede empobrecer los procesos de elaboración, reducir la tolerancia a la duda, debilitar la construcción de criterio propio y empujar hacia formas de pensamiento cada vez más breves y estandarizadas, tanto al escribir como al hablar.
La pregunta no es si los chicos van a usar inteligencia artificial —ya la usan—, sino qué vamos a hacer con esto. Si la vamos a incorporar en los hogares, en la clínica, en la escuela, en las políticas públicas, o si vamos a volver a llegar tarde. Lo que está en juego no es solo la tecnología, sino el lugar que le damos al pensamiento, a la palabra y a cómo cada niño, niña y adolescente tramita lo que le pasa y lo que siente. También qué lugar jugaremos los adultos en esa intermediación. Un niño o una niña no necesita solo una respuesta. Necesita hablar, escucharse y que haya alguien del otro lado con toda su humana disponibilidad.
Notable Quotes
Un niño o una niña no necesita solo una respuesta. Necesita hablar, escucharse y que haya alguien del otro lado con toda su humana disponibilidad.— Psicóloga especializada en infancia y adolescencia