En el ciclo tecnológico que vivimos, la inteligencia artificial ha comenzado a redistribuir el dinero antes de redistribuir el trabajo. Una encuesta de McKinsey realizada en 97 países revela que un tercio de las organizaciones ya construye internamente herramientas que antes compraba, desplazando el gasto de las licencias de software hacia modelos y cómputo en la nube. Sin embargo, el impacto económico real permanece estancado: la adopción masiva y el beneficio concreto aún no marchan al mismo paso, y los primeros en sentirlo no son los empleados, sino los proveedores de software tradicional.
La IA redistribuye el gasto empresarial: proveedores de software pierden ante agentes de programación
La IA todavía no reparte ganancias. Ya reparte clientes.
¿Qué significa exactamente que una de cada tres empresas dejó de comprar software?
Significa que en lugar de pagar una licencia a un proveedor externo, decidieron construir esa herramienta ellos mismos usando agentes de programación. Es un cambio de proveedor, no de tecnología.
Pero la encuesta pregunta lo que las empresas dicen que decidieron, no cuántas licencias dejaron de facturarse realmente. ¿Cuántas de esas decisiones se convirtieron en cancelaciones de contrato?
Eso es lo que no sabemos. La encuesta mide intención, no facturas. Pero el patrón es claro en sectores como tecnología y salud.
¿Y por qué el impacto económico no mejora si la adopción crece tanto?
Porque adoptar IA no es lo mismo que usarla de forma que genere ganancias. El 89% la usa, pero solo el 6% ve un impacto significativo en sus resultados.
Espera, ¿el 37% dice que la IA afectó su resultado operativo, pero solo el 6% lo llama significativo? ¿Qué significa ese 31% intermedio?
Probablemente cambios pequeños, difíciles de medir, o beneficios que se compensan con costos. No es nada o algo importante; es ruido.
¿Entonces el dinero que no gastan en licencias se va a pagar tokens?
Exactamente. El 20% de las empresas ya dice que los costos de tokens las frenan. Cambiaron un gasto fijo por uno variable que crece más rápido de lo que esperaban.
Las empresas de alto rendimiento son las que más pagan por tokens, aunque son las que más reemplazan proveedores. ¿Eso significa que el cambio no les está saliendo bien?
O significa que están en una fase de transición donde pagan ambos costos. La encuesta no lo aclara.
¿Quién pierde en esta historia?
Los proveedores de software tradicional. El cliente se va, pero no porque la IA sea más barata, sino porque ahora pueden construir internamente.
Y el empleado no pierde el trabajo, al menos no todavía. Solo el 14% de las empresas redujo plantilla.
Eso es lo más sorprendente. La IA reemplaza al proveedor antes que al trabajador.
Le Pouls
- El 89% de las empresas ya usa IA regularmente, pero solo el 6% reporta un impacto económico verdaderamente significativo, una brecha que no se ha movido en un año.
- Un tercio de las organizaciones canceló al menos una compra de software porque decidió fabricar esa herramienta internamente con agentes de programación autónomos.
- El costo de los tokens —la unidad que mide cada consulta a un modelo de IA— ya frena al 20% de los encuestados, y paradójicamente golpea más fuerte a las empresas que más agentes usan.
- El empleado temido como primera víctima sigue en su puesto: solo el 14% de las organizaciones redujo plantilla por la IA, muy por debajo del 32% que lo anticipaba el año pasado.
- El gasto tecnológico se desplaza de licencias empaquetadas hacia modelos y computación en la nube, redistribuyendo clientes entre proveedores antes de repartir ganancias entre usuarios.
En el ciclo tecnológico que vivimos, la inteligencia artificial ha comenzado a redistribuir el dinero antes de redistribuir el trabajo. Una encuesta de McKinsey realizada en 97 países revela que un tercio de las organizaciones ya construye internamente herramientas que antes compraba, desplazando el gasto de las licencias de software hacia modelos y cómputo en la nube. Sin embargo, el impacto económico real permanece estancado: la adopción masiva y el beneficio concreto aún no marchan al mismo paso, y los primeros en sentirlo no son los empleados, sino los proveedores de software tradicional.
Una encuesta de McKinsey publicada a fines de agosto, con respuestas de 1.719 empresas en 97 países, trae una señal incómoda para los proveedores de software tradicionales: una de cada tres organizaciones dejó de comprar al menos un programa porque decidió construirlo internamente usando agentes de programación autónomos. La inteligencia artificial ya no es una promesa futura; es una fuerza que está redirigiendo el dinero de tecnología.
La adopción prácticamente se resolvió: el 89% de las empresas usa IA de forma regular y el 44% afirma estar escalándola a toda la organización. Pero el impacto económico no acompaña ese ritmo. Solo el 37% de las empresas atribuye algún efecto de la IA sobre su resultado operativo, exactamente la misma proporción que hace un año. Apenas el 6% entra en la categoría de alto rendimiento. Ese número tampoco se movió.
Lo que sí cambió es quién absorbe el golpe primero. Los agentes de programación están reemplazando al proveedor de software antes que al empleado. El fenómeno es más intenso en tecnología, salud, servicios profesionales y finanzas. Lieven Van der Veken, coautor del informe, describe un cambio de mentalidad: los líderes empresariales ya no asumen que la IA excede su capacidad interna; ahora preguntan qué necesitan para construir ellos mismos, negociando con proveedores desde una posición de poder.
El empleado que se suponía sería reemplazado sigue en su puesto: solo el 14% de las organizaciones redujo plantilla, menos de la mitad del 32% que lo anticipaba en 2025. Pero dejar de pagar una licencia no garantiza que ese ahorro regrese al balance. El costo de los tokens creció junto con el volumen consumido, y el 20% de los encuestados ya ve limitado su uso por ese motivo. Paradójicamente, las empresas de alto rendimiento —las que más software fabrican internamente— son las más frenadas por ese costo.
El 60% de las organizaciones planea aumentar su inversión en IA el próximo año. Ese dinero tiene un destino distinto al de hace tres años: menos licencias empaquetadas, más modelos, más cómputo, más equipos internos. La IA todavía no reparte ganancias entre quienes la usan. Ya está repartiendo clientes entre quienes venden.
A encuesta de McKinsey publicada a fines de agosto trae una noticia incómoda para los proveedores de software tradicionales: una de cada tres organizaciones que respondió dejó de comprar al menos un programa porque decidió construirlo por su cuenta, usando agentes de programación autónomos. El relevamiento, realizado entre mayo y junio de este año con respuestas de 1.719 empresas en 97 países, muestra que la inteligencia artificial ya no es una promesa futura sino una realidad operativa que está redistribuyendo dónde fluye el dinero de tecnología.
La adopción de IA en las empresas prácticamente se resolvió. El 89% de las organizaciones la usa de forma regular en al menos una función, y el 44% afirma estar escalándola a toda la compañía, un salto respecto del 38% del año anterior. Pero aquí viene lo extraño: mientras la adopción crece, el impacto económico se mantiene estancado. Solo el 37% de las empresas atribuye algún efecto de la IA sobre su resultado operativo, exactamente la misma proporción que hace un año. Apenas el 6% entra en la categoría de alto rendimiento, definida por McKinsey como aquellas que atribuyen a esta tecnología al menos el 5% de su resultado operativo y describen el impacto como significativo. Ese número tampoco se movió.
Lo que sí cambió es quién siente el golpe. Los agentes de programación —programas de IA que escriben y prueban código de forma autónoma a partir de una instrucción— están reemplazando al proveedor de software antes que al empleado. Cerca del 20% de los encuestados dice que su organización ya escaló estos agentes, cifra que sube al 31% en empresas con ingresos superiores a mil millones de dólares. El fenómeno es más intenso en tecnología (41% dejó de comprar software), salud (39%), servicios profesionales y energía (38% cada uno) y entidades financieras (36%). Entre las empresas de alto rendimiento, casi la mitad canceló al menos una compra de software, contra el 31% del resto.
Lieven Van der Veken, socio sénior de McKinsey y coautor del informe, describe esto como un cambio de mentalidad. Hace poco, muchos líderes empresariales asumían que la IA excedía la capacidad de sus equipos técnicos internos y que moverse rápido significaba contratar al socio externo correcto. Ahora preguntan qué necesitan para construir las herramientas ellos mismos. Van der Veken aclara que esto no significa fabricar todo en casa, sino negociar con los proveedores desde una posición de agencia, de poder.
El empleado que se suponía sería reemplazado sigue en su puesto. Solo el 14% de las organizaciones reporta que la IA redujo su plantilla en el último año, menos de la mitad del 32% que lo anticipaba en 2025. El proveedor de software, en cambio, ya registra una venta que no ocurrió. Es una encuesta, no una auditoría de facturas, pero ordena la secuencia: el dinero se está moviendo antes de que los empleados se vayan.
Pero dejar de pagar una licencia no significa que ese ahorro vuelva automáticamente al balance. El 20% de los encuestados afirma que los costos operativos de la IA, incluidos los tokens —la unidad que calcula el costo de cada consulta a un modelo—, ya limitaron su uso. Michael Chui, uno de los autores del informe, resume el fenómeno así: en el desarrollo de software con agentes y en tareas complejas de razonamiento, la IA no resultó demasiado barata para medirla. Aunque el precio por token bajó, el volumen consumido creció aún más rápido.
Hay un dato que no cierra del todo. Las empresas de alto rendimiento, las que más software fabrican internamente, son las que más frenadas están por el costo de los agentes de programación: el 18% contra el 6% del resto. Quien más reemplaza al proveedor es quien más paga al modelo. La encuesta no dice si el cambio conviene económicamente; solo dice que el gasto se movió de la licencia al cómputo, y que el resultado operativo, por ahora, no lo notó.
El 60% de las organizaciones espera aumentar su inversión en IA el próximo año, y el 28% ya destina más del 10% de su presupuesto de tecnología a estas herramientas. Ese dinero tiene un destino distinto del que tenía hace tres años: menos licencias de software empaquetado, más modelos, más tokens, más equipos internos que construyen con agentes. La IA todavía no reparte ganancias entre quienes la usan. Ya está repartiendo clientes entre quienes venden.
Citations marquantes
Muchos líderes asumían que la IA excedía la capacidad de sus equipos técnicos; ahora preguntan qué necesitan para construir las herramientas ellos mismos— Lieven Van der Veken, socio sénior de McKinsey
En el desarrollo de software con agentes, la IA no resultó demasiado barata para medirla. Aunque el precio por token bajó, el volumen consumido creció aún más rápido— Michael Chui, autor del informe de McKinsey