Desde 1978, China ha plantado árboles a escala monumental para detener el avance del desierto en su norte, pero casi cinco décadas después, la ciencia revela una paradoja silenciosa: esa misma vegetación ha absorbido el agua que debía permanecer bajo tierra, reduciendo las reservas subterráneas regionales en un 7,8%. Es el recordatorio de que las soluciones humanas a los problemas ambientales rara vez son neutrales, y que cada intervención sobre la naturaleza abre nuevas preguntas sobre el equilibrio que se intenta preservar.
La Gran Muralla Verde de China amenaza sus reservas de agua tras casi 50 años
Detener el desierto costó agua que no podían permitirse perder
¿Por qué tardó casi 50 años en descubrirse este problema del agua subterránea si el programa comenzó en 1978?
El impacto no fue inmediato ni uniforme. Los primeros años se enfocaron en detener la desertificación visible. Solo cuando los investigadores pudieron comparar datos de casi cinco décadas completas vieron el patrón de reducción en las reservas subterráneas.
Pero el estudio dice que la reforestación aportó el 7,8% del problema. ¿Quién causó el otro 92,2%? Eso importa para entender si el programa es realmente el culpable o si hay factores más grandes en juego.
Buena pregunta. El cambio climático, la extracción agrícola y la industrial probablemente explican la mayor parte. El programa de árboles es un factor, pero no el único.
Entonces, ¿deberían haber sabido esto antes? ¿Hay una falla en cómo se diseñó el proyecto?
El proyecto se diseñó para una crisis inmediata: 6,67 millones de hectáreas desertificadas, 13 millones de hectáreas de cultivos dañados. El agua subterránea era una preocupación secundaria en ese momento.
Aunque ahora sabemos que ciertas especies como el pino mongol reducen la infiltración a 0,2 milímetros frente a 67,6 en terreno arenoso. Eso es una diferencia enorme. ¿Cómo no se midió eso antes de plantar millones de árboles?
La tecnología de medición y los estudios hidrológicos detallados no estaban disponibles en 1978 como lo están ahora. Además, el impacto varía mucho según la especie y la ubicación.
¿Y ahora qué? ¿Van a arrancar los árboles?
No. Desde 2014 ajustaron las directrices para priorizar arbustos y pastizales en zonas muy secas. Es un cambio de estrategia, no un abandono del programa.
Pero eso significa que en las zonas ya plantadas con pino mongol y Salix psammophila, el daño a las reservas de agua ya está hecho. ¿Hay un plan para recuperar esos acuíferos?
El documento no especifica eso. El enfoque es evitar que el problema empeore en futuras plantaciones.
The Pulse
- Un programa diseñado para salvar tierras de cultivo y comunidades del avance del desierto lleva décadas siendo celebrado como uno de los mayores esfuerzos de reforestación de la historia, pero nuevos datos revelan que su éxito tiene un costo oculto.
- Especies como el pino mongol y el Salix psammophila consumen tanta agua del suelo que casi impiden la recarga de los acuíferos: en zonas boscosas, la infiltración profunda puede caer de 67,6 milímetros a apenas 0,2 milímetros anuales.
- Las regiones semiáridas donde se concentra la Gran Muralla Verde ya sufren escasez hídrica, y añadir vegetación que agota el agua subterránea convierte dos objetivos ambientales legítimos en adversarios.
- Desde 2014, las autoridades chinas han comenzado a corregir el rumbo, priorizando arbustos y pastizales en zonas con menos de 400 milímetros de lluvia al año, un criterio que fue reforzado en normativas de 2026.
- El desafío ya no es plantar más, sino plantar mejor: elegir especies, densidades y lugares que protejan el suelo sin vaciar los acuíferos que sostienen a millones de personas.
Desde 1978, China ha plantado árboles a escala monumental para detener el avance del desierto en su norte, pero casi cinco décadas después, la ciencia revela una paradoja silenciosa: esa misma vegetación ha absorbido el agua que debía permanecer bajo tierra, reduciendo las reservas subterráneas regionales en un 7,8%. Es el recordatorio de que las soluciones humanas a los problemas ambientales rara vez son neutrales, y que cada intervención sobre la naturaleza abre nuevas preguntas sobre el equilibrio que se intenta preservar.
En 1978, China aprobó uno de los proyectos ambientales más ambiciosos de su historia: la Gran Muralla Verde, una red ecológica de franjas forestales y áreas de reserva destinada a frenar el avance del desierto en el norte del país. Entre los años sesenta y finales de los setenta, casi 6,67 millones de hectáreas se habían convertido en desierto y más de 13 millones de hectáreas de cultivos sufrían daños constantes por tormentas de arena. La respuesta fue plantar a gran escala, combinando siembra aérea, trabajo manual y barreras de protección, con un plan que se extendería hasta 2050.
Durante décadas, la iniciativa logró detener el avance de las dunas y restaurar tierras áridas. Pero en 2022, investigadores que analizaron los datos acumulados desde el inicio del programa descubrieron un problema no anticipado: la reforestación había reducido las reservas de agua subterránea regional en un 7,8%. El mecanismo es preciso y contundente. La vegetación absorbe la humedad del suelo y la devuelve a la atmósfera mediante evapotranspiración, restringiendo el agua que puede infiltrarse hacia los acuíferos. Un estudio en la región de Mu Us midió la recarga profunda bajo un bosque de pino mongol en apenas 0,2 milímetros anuales, frente a los 67,6 milímetros registrados en terreno arenoso descubierto. Investigaciones sobre el Salix psammophila en la meseta de Ordos mostraron que su siembra masiva reducía la precipitación efectiva anual en casi un 23%.
La tensión entre detener la desertificación y preservar el agua subterránea no tiene soluciones simples, pero China ha comenzado a buscarlas. Desde 2014, las directrices oficiales priorizan arbustos y pastizales en zonas con menos de 400 milímetros de lluvia anuales, criterio reforzado en normas de gestión de 2026. El objetivo ya no es abandonar la Gran Muralla Verde, sino hacerla más inteligente: elegir qué plantar, dónde y en qué densidad, para que la vegetación proteja el suelo sin comprometer los acuíferos que alimentan a millones de personas. Es un equilibrio que China todavía está aprendiendo a sostener.
En 1978, China enfrentaba una crisis ambiental que amenazaba sus tierras de cultivo y sus comunidades. Entre principios de los años sesenta y finales de los setenta, casi 6,67 millones de hectáreas en el norte del país se habían convertido en desierto. Más de 13 millones de hectáreas de cultivos sufrían daños constantes por tormentas de arena y erosión del viento. La degradación del suelo ponía en riesgo directo la seguridad alimentaria de regiones enteras. El Consejo de Estado respondió aprobando, el 25 de noviembre de 1978, un proyecto ambicioso: la Gran Muralla Verde, una red ecológica que combinaría franjas forestales, terrenos arbolados y áreas de reserva en el noroeste, norte y noreste de la nación. El plan contemplaba tres amplios períodos y ocho fases programadas hasta 2050, empleando siembra aérea, trabajo manual y barreras de protección directa.
Durante casi cinco décadas, la iniciativa logró detener el avance del desierto. Cada intervención respondía a necesidades específicas: fijación de dunas en terrenos arenosos, conservación en la meseta de Loess, resguardo agrícola. Los equipos combinaban especies arbóreas, arbustivas y gramíneas según el territorio. Las evaluaciones científicas de sus primeras décadas confirmaban que estas intervenciones podían restaurar tierras áridas y semiáridas. Pero en 2022, cuando investigadores examinaron los datos acumulados entre 1978 y ese año, descubrieron un problema que nadie había anticipado completamente: la reforestación había contribuido a reducir las reservas de agua subterránea regional en un 7,8 por ciento.
El mecanismo es simple pero profundo. La vegetación absorbe la humedad del suelo y la devuelve a la atmósfera mediante la evapotranspiración, un proceso que restringe el volumen de agua capaz de infiltrarse hacia los depósitos subterráneos. Un estudio de 2021 en la región de Mu Us midió la recarga profunda bajo un bosque de pino mongol: apenas 0,2 milímetros en 2017. En contraste, en terreno arenoso descubierto, la recarga alcanzaba 67,6 milímetros. La diferencia es de escala geológica. Los arbustos también ejercen presión sobre las reservas hídricas. Investigaciones sobre el Salix psammophila en la meseta de Ordos demostraron que la siembra masiva de esta especie frenaba la reposición de los acuíferos, reduciendo la precipitación efectiva anual en casi un 23 por ciento. Los autores advirtieron que la recarga podía reducirse o incluso impedirse completamente.
Esta tensión entre dos objetivos ambientales —detener la desertificación y preservar el agua subterránea— no es única de China, pero en el norte del país alcanza una intensidad particular. Las zonas semiáridas donde se concentra la Gran Muralla Verde ya enfrentan escasez de agua. Agregar vegetación que consume más agua de la que permite infiltrarse crea un dilema sin soluciones simples. Una evaluación publicada en Science China Life Sciences sobre el período 1978-2022 detectó el descenso en el almacenamiento regional y concluyó que, aunque el impacto local es considerable, el fenómeno carece de un alcance generalizado sobre las reservas del país en su totalidad. Los autores aconsejaron respetar la capacidad de los recursos disponibles y adecuar las especies a cada lugar.
Las autoridades chinas han comenzado a ajustar el curso. Desde 2014, las directrices priorizan el uso de arbustivas y pastizales en zonas con pluviosidad inferior a 400 milímetros anuales, un criterio ratificado en las normas de gestión de junio de 2026. El reto principal radica en frenar la desertificación mediante especies y densidades sostenibles que no comprometan el balance del ecosistema. No se trata de abandonar la Gran Muralla Verde, sino de hacerla más inteligente: elegir qué plantar, dónde plantarlo y cuánto, de modo que la vegetación cumpla su función de protección sin agotar los acuíferos que alimentan a millones de personas. Es un equilibrio que China aún está aprendiendo a mantener.
Notable Quotes
Estas intervenciones pueden contribuir a restaurar tierras áridas y semiáridas, aunque su viabilidad exige seleccionar especies apropiadas y mantener las plantaciones después de establecerlas— Evaluaciones científicas sobre las primeras décadas del programa
La recarga se reduce o incluso se impide— Investigadores de Science of the Total Environment sobre el Salix psammophila en la meseta de Ordos