La fe de los rusos entra en crisis por ofensiva ucraniana mientras cae la popularidad de Putin

La confianza se erosiona en silencio, no en las calles
Cómo el descontento ruso con la guerra se expresa a través de encuestas y cambios de sentimiento más que de protestas visibles.
Mark

¿Por qué importa que la popularidad de Putin caiga si no hay protestas visibles en las calles?

Mimi

Porque la legitimidad política no vive solo en las manifestaciones. Vive en las encuestas, en lo que la gente dice cuando se le pregunta, en el cambio lento de expectativas. El Kremlin construyó su poder sobre la idea de que controla tanto la situación como el relato. Cuando ambos se fracturan simultáneamente, eso es un problema.

Mark

Pero dijiste que no hay capacidad de protesta real. ¿Entonces qué pueden hacer esos rusos descontentos?

Mimi

Pueden votar de formas que el sistema no espera. Pueden abstenerse. Pueden expresar su descontento de maneras que no son visibles pero que los políticos ven en los números. Y lo más importante: pueden dejar de creer en la narrativa oficial. Eso es más peligroso que cualquier marcha.

Mark

¿Las elecciones en un mes van a cambiar algo realmente?

Mimi

Probablemente no cambien el rumbo de la guerra ni remuevan a Putin. Pero pueden revelar cuánta gente está lista para un cambio de dirección. Y eso es información que el Kremlin no puede ignorar, aunque intente.

Mark

¿Qué significa que el 60% quiera negociaciones?

Mimi

Significa que la gente está cansada. No necesariamente de la guerra en abstracto, sino de la guerra tal como está siendo. De los ataques que llegan cada vez más cerca. De la sensación de que nada mejora. Negociaciones es el código para decir: esto tiene que cambiar.

  • Los ataques ucranianos se intensifican semana a semana, alcanzando territorios más profundos dentro de Rusia y destruyendo la sensación de que el conflicto transcurre lejos y bajo control.
  • La popularidad de Putin cae en las encuestas, no de forma catastrófica, pero con una tendencia que el Kremlin no puede ignorar a medida que se acercan las legislativas.
  • Más del 60% de los rusos respalda abrir negociaciones diplomáticas con Ucrania, un giro significativo en el sentimiento público que contradice la narrativa oficial de firmeza y victoria.
  • La disidencia no toma la forma que Occidente reconocería —no hay manifestaciones masivas—, pero se filtra en conversaciones domésticas y respuestas a encuestas, donde el Estado no puede silenciarla del todo.
  • Las elecciones legislativas en un mes representan un termómetro político incómodo: aunque el proceso está controlado, un resultado que refleje la grieta social podría erosionar aún más la legitimidad del Kremlin.

En el silencio de las encuestas y las conversaciones privadas, la confianza de los rusos en el Kremlin comienza a ceder bajo el peso de una guerra que ya no parece estar bajo control. Más de seis de cada diez ciudadanos rusos piden negociaciones con Ucrania, una señal de que la narrativa oficial de orden y propósito se resquebraja. Con elecciones legislativas a un mes de distancia, el Kremlin enfrenta una pregunta que los gobiernos autoritarios temen más que las protestas: el momento en que la gente deja de creer.

La confianza de los rusos en el Kremlin se resquebraja, no con protestas callejeras, sino de manera más silenciosa y quizá más duradera: en las encuestas, en las conversaciones privadas, en lo que la gente dice que desea para su país. La popularidad de Putin ha comenzado a ceder terreno. Los números no son cataclísmicos, pero la tendencia es inequívoca.

Lo más revelador es el dato sobre las negociaciones: más del 60% de la población rusa respalda ahora abrir un diálogo diplomático con Ucrania. Ese porcentaje representa un giro notable, especialmente considerando dónde estaba la opinión pública hace apenas unos meses. Este cambio no surge del vacío: los ataques ucranianos se han intensificado, llegando cada semana más profundo en territorio ruso, erosionando la narrativa de que el conflicto avanza según lo planeado.

La represión estatal sigue siendo efectiva y el espacio público permanece bajo control. No hay ocupaciones de plazas ni marchas multitudinarias. Pero en las encuestas y en las conversaciones domésticas, algo ha cambiado de forma difícil de revertir.

El momento es delicado. Las elecciones legislativas llegan en poco más de un mes. Aunque el proceso electoral ruso dista mucho de las democracias occidentales, sigue siendo un termómetro de la temperatura política nacional. Un resultado que refleje esta grieta podría complicar la narrativa oficial de que todo marcha bien.

Lo que está en juego es la legitimidad. Putin ha gobernado sobre la base de estabilidad relativa, nacionalismo y la promesa de orden. Con la economía bajo presión y los ataques acercándose a la población civil, esa legitimidad se vuelve más frágil. La demanda de negociaciones no es necesariamente un llamado a la paz incondicional, pero sí un rechazo claro a la idea de que el conflicto puede prolongarse indefinidamente sin consecuencias políticas internas.

La confianza que los rusos depositaban en el Kremlin se está resquebrajando. No de manera dramática ni con las protestas callejeras que algunos analistas occidentales esperarían, sino de forma más silenciosa y quizá más significativa: a través de las encuestas, en las conversaciones privadas, en el cambio gradual de lo que la gente dice que quiere para su país.

La popularidad del presidente Putin ha comenzado a ceder terreno. Los números no son cataclísmicos —nadie anticipa movilizaciones masivas en las plazas rusas—, pero la tendencia es clara. Lo que resulta más revelador es lo que los ciudadanos dicen que desean: más del 60% de la población rusa ahora respalda la idea de abrir negociaciones diplomáticas con Ucrania. Ese porcentaje representa un giro notable en el sentimiento público, especialmente considerando dónde estaba la opinión hace meses.

Este cambio no surge del vacío. Los ataques ucranianos se han intensificado, y cada semana trae nuevas incursiones que llegan más profundo en territorio ruso. La ofensiva ucraniana ha erosionado algo que el Kremlin había trabajado años en construir: la sensación de que la situación estaba bajo control, de que el conflicto se desarrollaba según lo planeado. Ahora, esa narrativa se desmorona. Los rusos ven que las cosas empeoran, no mejoran.

Lo interesante es que esta erosión de apoyo no se traduce en las formas de disidencia que Occidente reconocería fácilmente. No hay manifestaciones masivas pidiendo el fin de la guerra. No hay ocupaciones de plazas públicas. La represión estatal sigue siendo efectiva, y la capacidad del gobierno para controlar el espacio público permanece intacta. Pero en las encuestas, en las conversaciones domésticas, en la forma en que la gente responde cuando se le pregunta qué debería hacer Rusia, algo ha cambiado.

El momento es delicado para el Kremlin. Las elecciones legislativas llegarán en poco más de un mes. Aunque estas elecciones en Rusia no funcionan como las democracias occidentales —el control estatal sobre el proceso es considerable—, siguen siendo un termómetro de la temperatura política nacional. Un voto que refleje esta grieta en el apoyo podría complicar la narrativa oficial de que todo marcha bien, de que la población respalda la dirección del país.

Lo que está en juego es la legitimidad. Putin ha gobernado durante años sobre la base de una combinación de estabilidad económica relativa, nacionalismo y la idea de que él es el garante del orden en un mundo caótico. Ahora, con la economía bajo presión, la guerra lejos de terminar, y los ataques llegando cada vez más cerca de la población civil, esa legitimidad se erosiona. No desaparece de la noche a la mañana, pero se vuelve más frágil.

La demanda de negociaciones que expresa más del 60% de los rusos no es necesariamente un llamado a la paz incondicional. Podría interpretarse de muchas formas. Pero lo que es innegable es que representa un rechazo a la continuidad del status quo, a la idea de que el conflicto puede prolongarse indefinidamente sin consecuencias políticas internas. En las próximas semanas, veremos si el Kremlin intenta responder a esta presión o si dobla la apuesta en su estrategia actual.

La gente dice que quiere negociaciones, no continuidad de la guerra tal como está
— Sentimiento expresado en encuestas de opinión pública rusa
Quieres la nota completa? Lee el original en El País ↗
Contáctanos FAQ