En la consulta del urólogo Héctor Ayerra en el OSI Araba, la disfunción eréctil se presenta veinticinco veces por semana, pero llega envuelta en una vergüenza que retrasa el diagnóstico y, con él, la posibilidad de detectar enfermedades cardiovasculares subyacentes. La confusión entre rendimiento sexual e identidad masculina sigue siendo un obstáculo cultural que la medicina aún no ha logrado desmantelar del todo. Lo que parece un problema íntimo es, con frecuencia, una señal del cuerpo que merece atención urgente y conversación abierta.
La disfunción eréctil, una patología infradiagnosticada por vergüenza y estigma social
La vergüenza no solo retrasa el tratamiento; retrasa el descubrimiento de enfermedad cardiovascular
¿Por qué cree que los hombres siguen teniendo tanta vergüenza si esto es una patología médica común?
Porque la sexualidad masculina está atrapada en una narrativa antigua. Todavía existe la creencia de que el rendimiento sexual es una medida de la hombría. Un hombre que admite que tiene un problema en ese área siente que está admitiendo una debilidad fundamental.
¿Y eso tiene consecuencias reales en el tratamiento?
Completamente. Los hombres llegan más tarde que las mujeres a cualquier consulta de salud sexual. Cuando finalmente vienen, el problema se ha profundizado. A veces, lo que pudo haber sido tratado fácilmente hace años ahora requiere intervenciones más complejas.
Mencionó que la disfunción eréctil puede indicar problemas cardíacos. ¿Eso significa que algunos hombres están evitando un diagnóstico que podría salvarles la vida?
Exactamente. Las arterias pequeñas del pene son las primeras en obstruirse. Si hay un problema allí, probablemente hay un problema en el corazón también. La vergüenza no solo retrasa el tratamiento de la disfunción; retrasa el descubrimiento de una enfermedad cardiovascular.
¿Qué pasa cuando la causa es la medicación que necesitan para vivir?
Entonces hay que elegir. Un paciente hipertenso necesita su medicación, aunque cause impotencia. Pero eso no significa que no podamos intentar cambiar el fármaco, o que no podamos tratar la disfunción de otras formas. Es un equilibrio constante.
¿Cuál es el factor más importante para que el tratamiento funcione?
La comunicación con la pareja. He visto pacientes que no quieren que sus parejas sepan que están en tratamiento, y eso sabotea todo. Muchos tratamientos requieren coordinación, timing. Si hay secreto, no funciona. Tiene que haber naturalidad.
O Pulso
- Los hombres siguen llegando tarde a la consulta, silenciados por un estigma que equipara la disfunción eréctil con una falla de su masculinidad.
- El retraso no es solo un problema sexual: las arterias del pene son las primeras en obstruirse cuando hay riesgo cardiovascular, y esperar puede costar mucho más que una erección.
- Las causas son múltiples —médicas, psicológicas, farmacológicas— y desenredarlas exige tiempo, honestidad y, a veces, elegir entre la potencia y la vida.
- El tratamiento funciona, pero requiere coordinación con la pareja, cambios de hábitos y prescripción médica; los atajos por canales dudosos pueden ser peligrosos.
- Para los casos más graves existe la prótesis de pene, una intervención reservada para cuando todo lo demás ha fallado, que Ayerra realiza menos de diez veces al año.
- El mensaje central del urólogo no es clínico sino humano: tratar el tema con naturalidad es el primer paso, y también el más difícil.
En la consulta del urólogo Héctor Ayerra en el OSI Araba, la disfunción eréctil se presenta veinticinco veces por semana, pero llega envuelta en una vergüenza que retrasa el diagnóstico y, con él, la posibilidad de detectar enfermedades cardiovasculares subyacentes. La confusión entre rendimiento sexual e identidad masculina sigue siendo un obstáculo cultural que la medicina aún no ha logrado desmantelar del todo. Lo que parece un problema íntimo es, con frecuencia, una señal del cuerpo que merece atención urgente y conversación abierta.
En la consulta del urólogo Héctor Ayerra del OSI Araba, la disfunción eréctil aparece veinticinco veces por semana. Debería ser una conversación rutinaria, pero casi nunca lo es. «Hay mucha vergüenza todavía», dice Ayerra, y esa vergüenza es el primer obstáculo que sus pacientes deben vencer antes de que cualquier tratamiento pueda comenzar.
La situación ha mejorado respecto a hace una década, pero los hombres siguen llegando tarde, confundiendo el rendimiento sexual con la identidad masculina, como si una erección fuera una prueba de virilidad en lugar de una función biológica. Las mujeres acuden al ginecólogo con más naturalidad cuando algo no funciona. Los hombres esperan, sufren en silencio, y cuando finalmente llegan, el problema se ha profundizado.
Lo que está en juego va más allá de la sexualidad. Las arterias pequeñas del pene son las primeras en obstruirse cuando hay problemas circulatorios, y esa obstrucción puede estar ocurriendo también en el corazón o el cerebro. Un hombre que llega a la consulta con disfunción eréctil podría estar llegando justo a tiempo para prevenir un infarto. El retraso causado por la vergüenza no solo complica el tratamiento de la disfunción; dificulta el manejo de todo lo que hay debajo.
Las causas pueden ser médicas, psicológicas o derivadas de medicamentos para otras patologías. A veces el fármaco que provoca impotencia es el que mantiene vivo al paciente, y entonces hay que elegir. «Hay que priorizar y ver qué es más importante a nivel de pronóstico y de calidad de vida», dice Ayerra, y en esa frase cabe toda la complejidad de la medicina real.
Antes de llegar a opciones quirúrgicas —como las prótesis de pene, reservadas para casos graves— existen fármacos, geles, inyecciones y cambios de estilo de vida: ejercicio, dieta, abandono del tabaco y el alcohol. Pero Ayerra insiste en algo que no viene en ningún prospecto: la comunicación con la pareja. Ha visto cómo el secretismo sabotea los tratamientos que más lo necesitan. Su mensaje más importante no es clínico. Es un consejo sobre cómo vivir: tratar el tema con naturalidad es fundamental.
En la consulta del urólogo Héctor Ayerra del OSI Araba, la conversación sobre disfunción eréctil ocurre veinticinco veces por semana. Son encuentros que deberían ser rutinarios —una patología, un diagnóstico, un tratamiento— pero que en la práctica están envueltos en una incomodidad que Ayerra ha aprendido a reconocer. «Hay mucha vergüenza todavía», dice, y esa vergüenza es el primer obstáculo que sus pacientes deben superar antes de que el tratamiento pueda siquiera comenzar.
La paradoja es que la situación ha mejorado. Hace una década, hablar de disfunción eréctil en una consulta médica era casi impensable para muchos hombres. Pero incluso ahora, con toda la información disponible, con medicamentos accesibles, con una sociedad que se supone más abierta, los hombres siguen llegando tarde. Siguen avergonzándose. Siguen confundiendo el rendimiento sexual con la identidad masculina, como si una erección fuera una prueba de virilidad en lugar de una función biológica. Ayerra lo ve claramente: esa creencia social antigua persiste, y mantiene a los pacientes alejados de su consultorio hasta que el problema se ha profundizado, hasta que ya no pueden ignorarlo. Las mujeres, por contraste, acuden a un ginecólogo con más naturalidad cuando algo no funciona. Los hombres esperan, sufren en silencio, y cuando finalmente llegan, el retraso ha complicado todo.
Porque aquí está lo importante: la disfunción eréctil no es solo un problema sexual. Es un síntoma. Puede ser un indicador de enfermedad cardiovascular. Las arterias pequeñas del pene son las primeras en obstruirse cuando hay problemas de circulación, y esa obstrucción puede estar ocurriendo también en el corazón, en el cerebro, en otros lugares donde importa más. Los pacientes diabéticos, por ejemplo, sufren esta patología con mayor frecuencia porque sus problemas de vascularización son generalizados. Un hombre que llega a la consulta de Ayerra con disfunción eréctil podría estar llegando justo a tiempo para prevenir un infarto, o podría estar llegando demasiado tarde. El retraso causado por la vergüenza no solo dificulta el tratamiento de la disfunción en sí; dificulta el manejo de todo lo que está debajo.
La causa puede ser médica. Puede ser psicológica. Puede ser la medicación que está tomando para otra cosa —algunos fármacos hormonales, algunos para la hipertensión, pueden afectar el rendimiento sexual como efecto secundario. Ayerra intenta cambiar la medicación cuando es posible, pero a veces no lo es. A veces, el fármaco que causa impotencia es el que mantiene vivo al paciente, y entonces hay que elegir. «Hay que priorizar y ver qué es más importante a nivel de pronóstico y de calidad de vida», dice Ayerra, y esa frase contiene toda la complejidad de la medicina real.
La edad también juega un papel. Es normal que la calidad de la erección decline con los años. Eso no es patología; es envejecimiento. Pero tampoco significa resignación. Ayerra anima a sus pacientes a adaptarse, a comunicarse con sus parejas, a encontrar formas de mantener la intimidad que funcionen para ambos. Lo que desalienta es la búsqueda de soluciones milagrosas, medicamentos conseguidos por canales dudosos. La Viagra y sus análogos funcionan, pero solo bajo prescripción médica, porque pueden ser peligrosos, especialmente para hombres con problemas cardíacos. No hay atajos.
En los casos psicológicos, la línea entre causa y consecuencia se difumina. Una depresión puede provocar disfunción eréctil. Un problema de pareja puede hacerlo. El estrés laboral puede hacerlo. Pero también funciona al revés: la disfunción eréctil, al ser una «dimensión muy humana», afecta la salud mental. Ayerra puede derivar a sus pacientes a tratamiento psicológico cuando lo considera necesario, porque entiende que el cuerpo y la mente no son compartimentos separados.
Para los casos más graves, existen opciones quirúrgicas. La más común es la corrección de la curvatura del pene. Pero también están las prótesis de pene, dispositivos que se implantan quirúrgicamente dentro del miembro para permitir una erección controlada. Se instala una válvula con agua en el abdomen, y el paciente acciona un botón —ubicado de forma que parezca un «tercer testículo», como lo describe Ayerra con un toque de humor clínico— para inflar la prótesis. Es una intervención seria, reservada para casos donde otras opciones han fallado. Ayerra realiza menos de diez al año. No hay que confundirla con el alargamiento de pene, que es puramente estético y no está cubierto por la seguridad social.
Antes de llegar a la cirugía, hay fármacos, geles, inyecciones. Hay cambios en el estilo de vida: ejercicio, dieta sana, evitar el sobrepeso, controlar la hipertensión, abandonar el alcohol y el tabaco. Hay comunicación. Ayerra insiste en esto último. Ha visto pacientes que no quieren que sus parejas sepan que están en tratamiento, lo que sabotea el tratamiento mismo, porque muchas opciones requieren coordinación, timing, comprensión mutua. «Tratar el tema con naturalidad es fundamental», dice. Es su mensaje más importante, quizás. No es un consejo médico. Es un consejo sobre cómo vivir.
Citações Notáveis
Hay mucha vergüenza todavía, y muchos hombres se avergüenzan o tienen temor y no acuden con naturalidad a la consulta— Héctor Ayerra, urólogo del OSI Araba
La disfunción eréctil puede ser un indicador de riesgo cardiovascular, porque la obstrucción de las pequeñas arterias en el pene puede indicar lo mismo en otras zonas del cuerpo— Héctor Ayerra, urólogo del OSI Araba