Kate Manne: la gordofobia es un prejuicio moral disfrazado de rechazo físico

Mujeres con cuerpos grandes enfrentan mayor riesgo de violencia sexual, negligencias médicas y discriminación educativa debido a prejuicios que las hacen menos creíbles como víctimas.
El asco físico y el asco moral están profundamente entrelazados
Manne explica cómo las reacciones viscerales se interpretan como juicios morales, convirtiendo preferencias en prejuicios.
Mark

¿Por qué cree que la gordofobia persiste incluso cuando la mayoría de las personas tienen sobrepeso?

Mimi

Porque la mayoría no se identifica como gorda. Se ven a sí mismas como delgadas atrapadas en un cuerpo grande, esperando escapar con la próxima dieta. Eso destruye la solidaridad.

Mark

Entonces, ¿la falta de comunidad es lo que permite que el prejuicio sobreviva?

Mimi

Exactamente. Si las personas con cuerpos grandes se vieran a sí mismas como un grupo con intereses comunes, tendrían poder. Pero en lugar de eso, cada una intenta distanciarse lo más rápido posible.

Mark

¿Y qué pasa con el deseo? Usted menciona que hay atracción real hacia cuerpos grandes, pero también rechazo.

Mimi

Esa contradicción es lo que genera dinámicas tóxicas. Los hombres viven esa atracción como un secreto vergonzoso, y eso crea un espacio donde la violencia puede prosperar sin consecuencias.

Mark

¿Cómo una mujer gorda se convierte en un blanco más vulnerable?

Mimi

Porque existe la creencia de que nadie podría desearla. Si nadie la desea, ¿quién la va a creer si dice que fue agredida? Es una lógica perversa que la deja completamente desprotegida.

Mark

¿Y las mujeres que perpetúan estos estándares con sus propias hijas?

Mimi

Muchas madres sienten que deben mantener a sus hijas delgadas para protegerlas. Pero lo que hacen es transmitir la idea de que su valor depende de su tamaño. Es una forma de control que se hereda.

  • El 50% de los adultos en España tiene sobrepeso; en Estados Unidos, el 75%
  • Manne sufrió tocamientos inapropiados a los 14 años; dos de las tres personas a las que se lo contó no le creyeron
  • Medicamentos como Ozempic funcionan como marcadores de estatus económico, convirtiendo la delgadez en un privilegio

Existe una creencia falsa de que las personas gordas son perezosas, cuando muchas dedican esfuerzo considerable a dietas y ejercicio, reflejando un prejuicio sin base racional. La gordofobia afecta especialmente a mujeres, aumentando su vulnerabilidad a violencia sexual y negligencias médicas, mientras que medicamentos como Ozempic refuerzan presiones sociales sobre cuerpos no normativos.

La filósofa Kate Manne analiza cómo la gordofobia perpetúa estereotipos injustos sobre personas con cuerpos grandes, vinculando el rechazo físico con juicios morales infundados que generan discriminación en múltiples ámbitos sociales.

Kate Manne recuerda con exactitud cada número que marcó la báscula en los momentos decisivos de su vida. Durante años, como tantas otras personas, quiso ser más delgada. El acoso desde la infancia y el menosprecio constante por su peso la empujaron hacia dietas extremas y hacia una relación fracturada con su propio cuerpo. Hoy, como filósofa formada en el MIT y profesora asociada en Cornell, ha convertido esa experiencia personal en investigación rigurosa. Su libro, Irreductibles. Cómo hacer frente a la gordofobia, examina cómo el rechazo a los cuerpos grandes funciona menos como preferencia estética y más como herramienta de control social que restringe libertades individuales, genera negligencias médicas y produce peores resultados educativos.

Lo que más ha molestado a Manne a lo largo de su vida es una creencia casi universal: que las personas gordas son perezosas, descuidadas e irresponsables. La ironía, señala, es brutal. La mayoría de las personas con cuerpos grandes trabajan duramente para perder peso, siguen dietas restrictivas, se someten a regímenes de ejercicio. Pero hay algo más profundo que la ha perseguido como académica. Existe la percepción de que las personas gordas son menos inteligentes. La filosofía histórica vinculó la delgadez con la razón y la gordura con lo inmoral. Durante años, Manne sintió vergüenza de su cuerpo precisamente porque, como filósofa, resultaba anómalo. Pero el tamaño corporal no tiene relación alguna con lo que una persona puede aportar intelectualmente ni con la autoridad que merece.

En España, la mitad de los adultos tiene sobrepeso. En Estados Unidos, la cifra alcanza el 75 por ciento. Sin embargo, lejos de disminuir, la gordofobia crece. Manne explica esta paradoja con claridad: muchas personas con cuerpos grandes no se identifican como tales. Se ven a sí mismas como personas delgadas atrapadas en un cuerpo grande, esperando salir de él con la próxima dieta o programa de ejercicio. Esto genera una falta de solidaridad incluso dentro del propio colectivo. En lugar de apoyarse mutuamente, muchas intentan distanciarse del grupo lo más rápido posible.

Uno de los hallazgos más reveladores de su investigación es que el asco físico y el asco moral están profundamente entrelazados. Cuando sentimos una reacción visceral de rechazo hacia algo —hacia un cuerpo gordo, por ejemplo—, tendemos a interpretarla como un juicio moral. Ese malestar físico se convierte en la idea de que hay algo incorrecto en ese cuerpo, incluso cuando no hay evidencia que lo respalde. Personas con cuerpos grandes que no han hecho nada reprochable y que no necesariamente presentan problemas de salud son percibidas como si hubiera algo defectuoso en ellas. En realidad, se trata de un prejuicio, no de una respuesta racional basada en datos.

La gordofobia aparece también en las relaciones de pareja, en un contexto que Manne describe como especialmente problemático. No se trata simplemente de que las personas no se sientan atraídas por cuerpos grandes. La realidad es más compleja. Hay evidencias de que uno de los términos más buscados en la pornografía es el de mujeres gordas. Existe una atracción real hacia estos cuerpos, pero convive con una sensación de rechazo o incomodidad, ya que no encajan en los estándares socialmente aceptados. Quienes sienten esa atracción —en particular, hombres heterosexuales— tienden a vivirlo como un secreto inconfesable. Y en paralelo se construye una percepción peligrosa: que las mujeres con cuerpos grandes son más vulnerables a la violencia sexual, bajo la idea de que sus agresiones tendrán menos consecuencias. Algunos estudios apuntan a que estas mujeres pueden ser más propensas a sufrir agresiones sexuales por razones similares a las que afectan a las mujeres racializadas: la creencia de que no serán creídas. Subyace un prejuicio devastador: quién podría desear a esa persona. Manne lo vivió en carne propia. A los 14 años sufrió tocamientos inapropiados por parte de un profesor. Cuando consideró contarlo, le pareció inverosímil. Soy una chica rellenita, pensó. Nadie pensará que un profesor de treinta y tantos pueda sentirse atraído por mí. De las tres personas a las que finalmente se lo contó, dos no le creyeron o no le dieron importancia.

Las mujeres, a pesar de ser las más afectadas por la gordofobia, también desempeñan un papel en su perpetuación. Para muchas existe un fuerte incentivo a controlar tanto su propio cuerpo como el de otras mujeres. Las madres pueden sentir presión por mantener a sus hijas delgadas, socialmente aceptables, ajustadas a los estándares de belleza convencionales. Esto implica vigilar el peso de formas que pueden resultar muy perjudiciales para niñas en pleno crecimiento. No se trata solo de hombres que controlan los cuerpos de las mujeres, sino también de otras mujeres que refuerzan estos estándares, especialmente con aquellas con las que tienen un vínculo cercano.

Medicamentos como Ozempic y Wegovy han llegado para complicar aún más el panorama. Manne reconoce que son prometedores para el tratamiento de enfermedades médicamente relevantes como la diabetes. Pero a nivel social tienen otra lectura: incrementan la presión sobre las personas con cuerpos grandes para que se reduzcan. La idea que empieza a imponerse es que si puedes adelgazar, ¿por qué no hacerlo? Incluso si eres una persona gorda que se siente bien con su cuerpo, es probable que tu médico te pregunte si quieres probar estos fármacos. Lo preocupante es la sensación de obligación de tener que reducir el propio cuerpo incluso cuando no se desea. Y estos tratamientos son costosos. La delgadez se está convirtiendo en un privilegio económico. Tradicionalmente, durante al menos el último siglo, las personas con mayor acceso a tiempo, recursos económicos y medios para cuidarse han reflejado ese privilegio también en su cuerpo. La delgadez, y ahora poder acceder a fármacos como Ozempic, ha funcionado como marcador de estatus social. Aunque en otras épocas ocurría lo contrario: en el Renacimiento, quienes tenían acceso suficiente a alimentos y cuerpos más grandes eran quienes mostraban mayor nivel socioeconómico. Los cuerpos de moda suelen ser aquellos que evidencian mayor acceso a recursos. Si en el Renacimiento ese recurso era poder acceder a comida suficiente, hoy se traduce en poder costearse ciertos hábitos o productos: desde una bicicleta estática de alta gama hasta servicios de comida saludable o fármacos que adelgazan.

Creer que las personas gordas son perezosas es irónico, dado el esfuerzo considerable que muchas dedican a dietas y ejercicio
— Kate Manne
La delgadez, como ahora el acceso a fármacos como Ozempic, ha funcionado históricamente como marcador de estatus social
— Kate Manne
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