En cuatro municipios de la provincia cubana de Matanzas, la colaboración entre Italia y Cuba ha demostrado que la cooperación internacional puede transformar no solo cifras de producción, sino la forma en que comunidades agrícolas se relacionan con la tierra, la energía y el mercado. El proyecto CubaFruta, impulsado por la Agencia Italiana de Cooperación para el Desarrollo, acompañó a mil 400 productores durante varios años en el cultivo y procesamiento de piña y aguacate, apostando por la resiliencia territorial frente a presiones económicas y climáticas. Su cierre formal no significa su fin:
Italia y Cuba logran resultados positivos en producción sostenible de piña y aguacate
Territorios menos dependientes de fuentes convencionales
¿Por qué importa que una iniciativa de cooperación entre Italia y Cuba se enfoque específicamente en piña y aguacate?
Porque son cultivos que generan ingresos en territorios rurales de Matanzas, y porque el proyecto no solo buscó aumentar la producción, sino hacerlo de forma que los productores dependieran menos de insumos externos y fuentes de energía convencionales.
Entiendo, pero ¿cuánto de ese crecimiento de 5.600 a 6.000 toneladas se debe realmente al proyecto y cuánto a otros factores? El comunicado no lo especifica.
Es una pregunta justa. Lo que sí sabemos es que el proyecto entregó equipos, capacitación, infraestructura de procesamiento y conexiones con mercados internacionales. Eso ocurrió durante ese período.
¿Y qué pasa ahora que el proyecto terminó? ¿Las cooperativas pueden mantener esto por su cuenta?
Según el comunicado, las redes de cooperación permanecen activas tras el cierre. Pero eso es una afirmación, no una garantía de sostenibilidad a largo plazo.
Exacto. Sabemos que las redes existen, pero no sabemos si los productores tienen acceso a financiamiento para mantener los equipos, si pueden seguir comprando semillas mejoradas, o si los centros de procesamiento con energía solar funcionarán sin apoyo técnico externo.
Esos son los riesgos reales. Lo que el proyecto demostró es que es posible hacer esto. Ahora depende de las instituciones locales y de los propios productores sostenerlo.
¿Cuál fue el rol específico de Italia en todo esto?
Financiamiento, transferencia tecnológica, conexiones con redes internacionales de investigación y acceso a ferias como MACFRUT. Italia aportó recursos y conocimiento.
Y también legitimidad institucional. Cuando una agencia de cooperación internacional respalda un proyecto, atrae atención y recursos que de otro modo no llegarían.
¿Entonces el legado es principalmente la infraestructura y las conexiones?
Eso, y también un cambio en cómo se piensa la producción agrícola en esos municipios. Se demostró que hay alternativas a los modelos convencionales.
Der Puls
- Mil 400 cooperativistas en Matanzas enfrentaban presiones económicas y climáticas crecientes sin acceso a tecnología agrícola moderna ni diversidad de cultivos.
- CubaFruta intervino con tractores especializados, nuevas variedades de piña y aguacate, y centros de procesamiento que funcionan con energía solar, reduciendo la dependencia de agroquímicos y combustibles convencionales.
- La producción de piña saltó de 5.600 a más de 6.000 toneladas y las hectáreas cultivadas crecieron de 990 a 1.100, mientras se incorporaron más de 30 cultivares nuevos al banco de germoplasma.
- Los productores participaron en ferias internacionales como MACFRUT en Italia y establecieron intercambios técnicos con Costa Rica y República Dominicana, ampliando su horizonte de mercados y conocimientos.
- Con el proyecto formalmente cerrado, las alianzas entre cooperativas, universidades, centros científicos y gobiernos locales siguen activas, aunque persiste la incertidumbre sobre si estas estructuras podrán sostenerse ante los desafíos económicos del territorio.
En cuatro municipios de la provincia cubana de Matanzas, la colaboración entre Italia y Cuba ha demostrado que la cooperación internacional puede transformar no solo cifras de producción, sino la forma en que comunidades agrícolas se relacionan con la tierra, la energía y el mercado. El proyecto CubaFruta, impulsado por la Agencia Italiana de Cooperación para el Desarrollo, acompañó a mil 400 productores durante varios años en el cultivo y procesamiento de piña y aguacate, apostando por la resiliencia territorial frente a presiones económicas y climáticas. Su cierre formal no significa su fin: las redes, las prácticas y las infraestructuras construidas permanecen, planteando la pregunta más profunda sobre si la cooperación puede volverse raíz.
En Los Arabos, Colón, Calimete y Jagüey Grande, cuatro municipios de la provincia occidental de Matanzas, un proyecto de colaboración entre Italia y Cuba dejó una huella concreta en la vida de mil 400 productores agrícolas. CubaFruta, impulsado por la Agencia Italiana de Cooperación para el Desarrollo, trabajó durante varios años para fortalecer las cadenas de valor de la piña y el aguacate en territorios que enfrentan presiones económicas y climáticas simultáneas.
La apuesta no fue solo tecnológica. La embajadora italiana Simona De Martino subrayó al cierre del proyecto que el objetivo era construir comunidades agrícolas más resilientes, menos dependientes de fuentes convencionales de energía y más capaces de adaptarse a un contexto complejo. Los resultados cuantitativos acompañan esa visión: la producción de piña creció de 5.600 a más de 6.000 toneladas entre 2020 y 2025, las superficies cultivadas pasaron de 990 a más de 1.100 hectáreas, y se incorporaron más de 30 cultivares nuevos de aguacate al banco de germoplasma local.
La innovación llegó también en forma de maquinaria y agroindustria. Once tractores especializados permitieron prácticas más sostenibles y redujeron el uso de agroquímicos. Se estableció una línea de procesamiento de piña en la empresa Victoria de Girón, y dos centros de producción de frutas deshidratadas —en Jagüey Grande y Colón— comenzaron a operar con energía solar, procesando hasta 800 kilogramos de fruta diariamente entre ambos.
El proyecto tejió además redes entre productores, gobiernos locales, universidades y centros científicos, y facilitó intercambios técnicos con Italia, Costa Rica y República Dominicana. Los cooperativistas participaron en MACFRUT, la feria hortofrutícola italiana, conectándose con mercados y saberes más amplios. Lo que distingue este cierre es que esas redes no se disolvieron: las alianzas permanecen activas, las prácticas agroecológicas continúan y las infraestructuras siguen en uso. La pregunta que queda abierta es si estas estructuras lograrán echar raíces profundas en territorios que aún enfrentan desafíos económicos persistentes.
En los municipios de Los Arabos, Colón, Calimete y Jagüey Grande, en la provincia occidental de Matanzas, un proyecto de colaboración entre Italia y Cuba ha dejado huella tangible en la forma en que mil 400 productores cultivan y procesan frutas. El programa, conocido como CubaFruta, fue impulsado por la Agencia Italiana de Cooperación para el Desarrollo y se propuso fortalecer las cadenas de valor de la piña y el aguacate en territorios que enfrentan presiones económicas y climáticas crecientes.
Desde hace varios años, la iniciativa trabajó con cooperativas y entidades agrícolas locales para mejorar no solo cómo se cultiva, sino cómo se transforma y se vende lo que se cultiva. La embajadora de Italia en Cuba, Simona De Martino, señaló en el cierre del proyecto que la apuesta no era meramente tecnológica, sino un esfuerzo por construir territorios menos dependientes de fuentes convencionales de energía y más capaces de adaptarse a un contexto complejo. En otras palabras: se trataba de hacer que estas comunidades agrícolas fueran más resilientes.
Los números revelan cambios concretos. La producción de piña creció de cinco mil 600 toneladas en 2020 a más de seis mil toneladas en 2025. Las superficies cultivadas se ampliaron de 990 a más de 1.100 hectáreas. Pero detrás de estas cifras hay decisiones sobre qué sembrar y cómo hacerlo. El proyecto introdujo nuevas variedades de piña y expandió el banco de germoplasma de aguacate con más de 30 cultivares diferentes, dando a los productores opciones que antes no tenían.
La innovación llegó también en forma de máquinas. Se entregaron 11 tractores especializados y otros equipos agrícolas que permitieron prácticas más sostenibles y una reducción en el uso de agroquímicos. Pero quizás más significativo fue el impulso a la agroindustria local. Se estableció una línea de procesamiento de piña en la empresa Victoria de Girón, y se crearon centros de producción de frutas deshidratadas en Jagüey Grande y Colón, capaces de procesar 600 y 200 kilogramos de fruta diariamente, respectivamente. Lo notable: ambos centros funcionan con energía solar, una alternativa que reduce la dependencia de combustibles convencionales y permite que la transformación de frutas sea más sostenible.
El proyecto no operó en el vacío. Impulsó la cooperación entre productores, gobiernos locales, universidades, centros científicos y empresas. Facilitó intercambios técnicos internacionales con Italia, Costa Rica y República Dominicana. Los productores participaron en MACFRUT, la feria hortofrutícola que se celebra cada año en Italia, conectándose con mercados y conocimientos más amplios.
Lo que distingue este cierre de proyecto es que las redes de cooperación que se construyeron permanecen activas. No se trata de una iniciativa que terminó y se desvaneció. Los asociados de las cooperativas mantienen las alianzas establecidas, continúan aplicando las prácticas agroecológicas que aprendieron, y siguen usando los equipos y las infraestructuras que se instalaron. La iniciativa fue implementada por la Agencia Italiana de Cooperación para el Desarrollo, el Instituto de Investigaciones en Fruticultura Tropical, el Ministerio de la Agricultura de Cuba, el Grupo Empresarial Agrícola y el Instituto de Investigaciones para la Industria Alimentaria, con financiamiento del Ministerio de Asuntos Exteriores y Cooperación Internacional de Italia. Ahora, con el proyecto formalmente cerrado, la pregunta es si estas estructuras de cooperación y estas prácticas más sostenibles logran echar raíces profundas en territorios que enfrentan desafíos económicos persistentes.
Bemerkenswerte Zitate
Apostar por modelos menos dependientes de fuentes convencionales no es solo una inversión tecnológica, sino una apuesta por la continuidad y la capacidad de adaptación de los territorios— Simona De Martino, embajadora de Italia en Cuba