IA crea 16 virus nuevos para combatir resistencia antibiótica, pero genera alertas de seguridad

La capacidad existe, pero la gobernanza no
Expertos advierten que aunque ahora es posible crear virus mediante IA, faltan marcos de seguridad para regular su uso.
Mark

¿Por qué los científicos decidieron crear virus nuevos si ya existen virus naturales que podrían servir?

Mimi

Porque los virus naturales no estaban ganando la batalla contra la resistencia antibiótica. Estos dieciséis nuevos bacteriófagos, cuando se combinaban, podían vencer la resistencia de formas que los fagos naturales no conseguían. La IA permitió explorar espacios genéticos que la evolución natural tardaría millones de años en alcanzar.

Mark

Pero si solo 16 de cientos de miles funcionaron, ¿no es eso una tasa de fracaso abrumadora?

Mimi

Sí, pero eso es precisamente lo que tranquiliza a algunos expertos. García Ojalvo señala que esa baja tasa de éxito es un freno natural. No es como si la IA pudiera generar automáticamente patógenos viables listos para usar. Cada genoma tiene que sintetizarse y probarse en el laboratorio.

Mark

Entonces, ¿cuál es exactamente el riesgo que preocupa a Johns Hopkins?

Mimi

El riesgo es la escalabilidad. Este estudio se limitó a bacterias y a virus que no infectan humanos. Si alguien aplicara el mismo método a patógenos que sí infectan células humanas, animales o plantas, podrían crear enfermedades completamente nuevas que nuestras defensas no reconocerían.

Mark

¿Y existe alguna ley o regulación que impida eso?

Mimi

No. Eso es lo que Johns Hopkins dice explícitamente: la capacidad existe, pero la gobernanza no. No hay marcos de seguridad establecidos para regular cómo se usa esta tecnología en patógenos peligrosos.

Mark

¿Entonces este descubrimiento debería haberse mantenido en secreto?

Mimi

Los autores del estudio fueron deliberados en abordar la seguridad, más que la mayoría de los desarrolladores de IA biológica. Publicar en Science permite que la comunidad científica examine el trabajo y establezca límites. El silencio no resuelve el problema; la gobernanza sí.

  • La resistencia a los antibióticos avanza globalmente y los tratamientos convencionales pierden terreno frente a bacterias que evolucionan sin pausa.
  • Una IA entrenada con millones de secuencias genéticas generó miles de combinaciones virales nuevas; dieciséis resultaron ser organismos viables y funcionales, nunca antes vistos en la naturaleza.
  • Expertos del Johns Hopkins advierten que la capacidad de crear genomas virales mediante IA generativa ya existe, pero los marcos regulatorios y de bioseguridad para controlarla todavía no.
  • El mayor temor no es lo que se hizo, sino lo que podría hacerse: extender el método a patógenos capaces de infectar células eucariotas y codificar enfermedades para las que no hay defensas.
  • Voces más moderadas señalan que la baja tasa de éxito del proceso —dieciséis virus viables entre cientos de miles generados— reduce el riesgo inmediato, pero no lo elimina.

En los laboratorios de Stanford, la inteligencia artificial ha aprendido el idioma de los genes con la misma lógica con que las máquinas aprenden el lenguaje humano, y el resultado son dieciséis virus que nunca existieron en la naturaleza. Estos bacteriófagos sintéticos pueden vencer la resistencia a los antibióticos en cepas de E. coli donde los virus naturales fracasan, abriendo una ruta hacia terapias adaptables en un mundo donde los patógenos evolucionan más rápido que los medicamentos. Sin embargo, la humanidad ha cruzado un umbral sin haber construido aún la arquitectura de gobernanza necesaria para transitar por él con seguridad.

En un laboratorio de Stanford, científicos alimentaron una inteligencia artificial llamada Evo con millones de secuencias genéticas de todos los rincones de la vida conocida. El sistema aprendió el idioma de los genes con la misma lógica con que otros modelos aprenden el lenguaje humano: reconociendo patrones en datos masivos.

Cuando los investigadores del Arc Institute y Stanford le pidieron a Evo que generara combinaciones genómicas capaces de funcionar dentro de E. coli, la IA produjo miles de candidatos. De los aproximadamente 300 que se sintetizaron y probaron en el laboratorio, dieciséis resultaron ser virus viables: bacteriófagos que nunca habían existido en la naturaleza. Publicado en la revista Science, el estudio mostró que estos virus sintéticos, al combinarse, podían vencer la resistencia a los antibióticos en ciertas cepas de E. coli de formas que los fagos naturales no lograban.

Pero el mismo avance que abre puertas también enciende alarmas. Especialistas del Johns Hopkins Center for Health Security reconocieron que los autores de Stanford abordaron las preocupaciones de bioseguridad con más cuidado que la mayoría, aunque advirtieron que la gobernanza necesaria para regular estas aplicaciones sencillamente no existe todavía. Su inquietud central no es el experimento actual, sino su posible expansión: si el método se aplicara a patógenos capaces de infectar células eucariotas —las que componen animales y plantas—, podrían codificarse nuevas enfermedades para las que las defensas existentes quizá no basten.

Jordi García Ojalvo, de la Universidad Pompeu Fabra, ofreció una lectura más moderada: dado que cada genoma debe probarse por separado y que la tasa de éxito es baja, el riesgo inmediato es menor que el de otras herramientas de IA generativa. Aun así, la conclusión compartida es que la ciencia ha cruzado un umbral. La capacidad existe. La pregunta urgente es cómo gobernarla antes de que el territorio más peligroso sea explorado.

En un laboratorio de Stanford, científicos entrenaron un programa de inteligencia artificial llamado Evo alimentándolo con millones de secuencias genéticas extraídas de todos los rincones de la vida conocida. El proceso no era tan distinto al que permite que ChatGPT entienda el lenguaje humano: máquinas aprendiendo patrones a partir de datos masivos. Pero en lugar de palabras, Evo aprendía el idioma de los genes.

Lo que sucedió después fue notable. Los investigadores de Stanford y el Arc Institute pidieron a la IA que generara miles de combinaciones genómicas nuevas, con una restricción específica: debían funcionar dentro de células de la bacteria E. coli. De esos miles de candidatos, los científicos sintetizaron y probaron aproximadamente 300 en el laboratorio. Dieciséis de ellos resultaron ser virus viables, organismos que nunca antes habían existido en la naturaleza.

Estos dieciséis virus son bacteriófagos, lo que significa que infectan bacterias pero no seres humanos. Lo que los hace especialmente interesantes es que, cuando se combinaban, podían vencer la resistencia a los antibióticos en ciertas cepas de E. coli de una manera que los fagos naturales no podían lograr. El estudio, publicado el jueves en la revista Science, sugiere una ruta promisoria hacia terapias adaptables que podrían perseguir a patógenos que evolucionan rápidamente. En un momento en que la resistencia a los medicamentos se propaga entre microorganismos, esto representa un avance significativo.

Pero el mismo logro que abre puertas también enciende alarmas. Especialistas del Johns Hopkins Center for Health Security escribieron en un artículo complementario que, aunque la investigación es prometedora para las ciencias de la vida, plantea preguntas urgentes sobre seguridad biológica. Su conclusión fue directa: existe ahora la capacidad de crear genomas virales mediante IA generativa, pero no existe la gobernanza necesaria para hacerlo de manera segura. Los autores del estudio de Stanford abordaron estas preocupaciones de forma más deliberada que la mayoría de los desarrolladores de modelos biológicos de IA, según reconocieron los expertos de Johns Hopkins, pero eso no disipa la inquietud.

La investigación se limitó a E. coli y a un tipo de virus incapaz de infectar humanos. Lo que preocupa a los especialistas es la posibilidad de que el método se extienda a patógenos capaces de infectar células eucariotas, aquellas que componen organismos complejos como animales y plantas. Esos genomas podrían codificar nuevas enfermedades, desde la malaria hasta infecciones por levaduras, de formas que las defensas existentes quizá no puedan contener. Los expertos de Johns Hopkins fueron explícitos: ese territorio no debe explorarse.

Jordi García Ojalvo, profesor de biología de sistemas en la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, ofreció una perspectiva más moderada. El riesgo de bioseguridad que presenta este trabajo es menor que el de otras herramientas de IA, argumentó, principalmente porque cada genoma debe probarse por separado después de su diseño y porque la tasa de éxito es baja. Solo dieciséis virus resultaron viables de entre cientos de miles generados. Es difícil imaginar, dijo, que estos modelos generen automáticamente genomas viables de manera inmediata.

Lo que queda claro es que la ciencia ha cruzado un umbral. La capacidad existe. Ahora la pregunta es cómo gobernarla.

Aunque esto resulta prometedor para las aplicaciones en las ciencias de la vida, también plantea interrogantes urgentes sobre seguridad y protección biológicas
— Especialistas del Johns Hopkins Center for Health Security
El riesgo de bioseguridad que plantea esta investigación es menor que el de otras herramientas de IA, principalmente porque cada genoma debe probarse por separado y la tasa de éxito es baja
— Jordi García Ojalvo, Universidad Pompeu Fabra
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