En el umbral de lo que habría sido su cumpleaños 127, la figura de Ernest Hemingway regresa como una marea: el escritor que llegó a Cuba por casualidad en 1928 y nunca terminó de irse, que encontró en la isla no un destino sino una identidad, y que convirtió sus aguas, sus gentes y su luz en literatura universal. Su vida fue una búsqueda incesante de un lugar donde el mundo tuviera sentido, y Cuba, durante veintidós años, fue ese lugar. La misma intensidad que lo llevó a escribir obras como 'El viejo y el mar' lo condujo, en 1961, a un final que él mismo había ensayado con la frialdad de quien
Hemingway: 127 años del escritor que encontró en Cuba su verdadera casa
Uno vive en esta isla porque en el fresco de la mañana se trabaja mejor
¿Por qué Cuba fue tan importante para su escritura? ¿No pudo haber escrito lo mismo en Nueva York o en París?
No. Él mismo lo dijo: no podía trabajar y vivir en Nueva York. Cuba le ofrecía algo que esos lugares no tenían—el fresco de la mañana, la pesca abundante, una cierta paz. Pero era más que eso. Era un lugar donde podía reinventarse, donde nadie lo conocía como el escritor famoso de París o de los años veinte.
Entonces, ¿la isla fue una especie de refugio?
Sí, pero no en el sentido de escapar. Fue un lugar donde su trabajo florecía. Escribió sus mejores obras allí. "El viejo y el mar" no habría sido lo mismo escrita en otro sitio. La isla estaba en cada página.
¿Cómo es que un hombre que viajó tanto, que fue corresponsal de guerra, que cazó en África, terminó tan atado a una sola isla?
Porque encontró lo que buscaba. Dijo que donde un hombre se siente como en su casa, aparte del lugar donde nació, ese es el sitio a que estaba destinado. Para él, esa era Cuba.
Pero al final se fue. ¿Por qué?
No se fue por voluntad propia. Lo obligaron a irse. El FBI lo vigilaba, el embajador lo presionaba. Y su cuerpo lo traicionaba. Las enfermedades, la depresión, la vigilancia—todo junto lo hizo insoportable.
¿Cree que si se hubiera quedado en Cuba, las cosas habrían sido diferentes?
Es imposible saberlo. Pero sí sabemos que en Cuba era feliz, que escribía bien, que se sentía vivo. Fuera de Cuba, en Idaho, enfermo y vigilado, eligió no seguir viviendo.
O Pulso
- Cuba no fue para Hemingway un escenario pintoresco sino el único sitio donde podía trabajar con la claridad que exigía su escritura, y esa dependencia lo ancló a la isla durante más de dos décadas.
- El peso acumulado de enfermedades degenerativas, la vigilancia del FBI, la presión diplomática para abandonar Cuba y la imposibilidad de escribir lo fueron despojando de todo lo que le daba razón de existir.
- El electroshock, los nombres falsos en clínicas y la prohibición médica de beber y comer lo que amaba representaron, para él, una forma de muerte en vida antes de la muerte real.
- El 2 de julio de 1961, en Idaho, ejecutó con precisión metódica un final que había ensayado repetidamente ante amigos, como quien perfecciona una técnica literaria antes de la versión definitiva.
- En Finca Vigía permanecen hoy nueve mil libros, una máquina de escribir Royal y el silencio de quien se fue convencido de que su obra pertenecía a Cuba y a la gente de Cojímar.
En el umbral de lo que habría sido su cumpleaños 127, la figura de Ernest Hemingway regresa como una marea: el escritor que llegó a Cuba por casualidad en 1928 y nunca terminó de irse, que encontró en la isla no un destino sino una identidad, y que convirtió sus aguas, sus gentes y su luz en literatura universal. Su vida fue una búsqueda incesante de un lugar donde el mundo tuviera sentido, y Cuba, durante veintidós años, fue ese lugar. La misma intensidad que lo llevó a escribir obras como 'El viejo y el mar' lo condujo, en 1961, a un final que él mismo había ensayado con la frialdad de quien ya no teme lo que viene.
El 21 de julio habría cumplido 127 años Ernest Hemingway, el escritor norteamericano que llegó a Cuba en abril de 1928 con su segunda esposa, con planes de quedarse apenas dos días, y que terminó pasando en la isla los últimos veintidós años de su vida. Lo que comenzó como una escala se convirtió en una vocación geográfica: regresó en 1932 para pescar, en 1933 para escribir crónicas, y desde entonces nunca se desvinculó de lo que él mismo llamó «esta isla larga, hermosa y desdichada».
Durante los años treinta se instaló en el hotel Ambos Mundos, siempre en la misma habitación del quinto piso, donde después de un día de pesca se encerraba a escribir a mano y luego mecanografiaba con pocas correcciones. Fue su tercera esposa, Martha Gellhorn, quien descubrió Finca Vigía en San Francisco de Paula. Hemingway la rechazó al principio, pero terminó comprándola con los derechos de 'Por quién doblan las campanas'. Allí escribió sus obras mayores y allí, en 1954, recibió la noticia del Premio Nobel de Literatura. En la televisión cubana, en un español chapurreado, se definió como «un cubano sato» y declaró que el premio pertenecía a Cuba.
Pero los últimos años lo deshicieron. El FBI lo vigilaba, el embajador norteamericano lo presionaba para que abandonara la isla, y las enfermedades —hipertensión, diabetes, arterioesclerosis, amnesia— le arrebataron la única cosa que le importaba: la capacidad de escribir. Dos internamientos con nombre falso y sesiones de electroshock completaron lo que él mismo veía como la negación de la vida dentro de la vida.
El 2 de julio de 1961, en su casa de Ketchum, Idaho, encontró las llaves del armero que su cuarta esposa mantenía ocultas. No fue un acto impulsivo: durante sus últimos años había ensayado el método repetidamente ante amigos, con la misma precisión con que perfeccionaba un párrafo. El narrador cubano Lisandro Otero escribiría después que Hemingway había matado bestias para no autodestruirse, lo cual, finalmente, hizo.
En Finca Vigía quedaron su máquina de escribir Royal, los nueve mil libros que García Márquez contempló con asombro, las tumbas de sus perros y el rastro de una obra concebida en Cuba, con la gente de Cojímar, en la isla que lo acogió cuando más necesitaba sentirse en casa.
El 21 de julio habría sido el cumpleaños 127 de Ernest Hemingway. Hace poco más de dos meses se cumplieron 65 años de su muerte. Entre 1899 y 1961, la vida de este escritor norteamericano transcurrió en una geografía que lo llevó desde Oak Park, Illinois, hasta las aguas del Golfo de México. Los últimos veintidós años de esa vida los pasó en Cuba, una isla que dejó de ser un destino turístico para convertirse en su verdadera casa.
Hemingway llegó a Cuba por primera vez en abril de 1928, acompañado por Paulina Pfeiffer, su segunda esposa. Venían de Francia y solo planeaban dos días en La Habana, esperando el barco que los llevaría a Cayo Hueso. Pero algo en la isla lo atrapó. Regresó en 1932 para pescar agujas en sus aguas. Volvió en 1933 y comenzó a escribir crónicas sobre Cuba. A partir de entonces, nunca se desvinculó de lo que él mismo llamaría "esta isla larga, hermosa y desdichada". Durante la década de 1930, se convirtió en un visitante sospechosamente recurrente, pasando los meses de mayo, junio y julio—la temporada de la corrida de la aguja—en el hotel Ambos Mundos. Siempre ocupaba la misma habitación sin número en el quinto piso, después marcada como la 511. Allí, tras un día de pesca, se encerraba a las cinco de la tarde. Pedía un buen bistec con papas fritas y agua mineral, y se ponía a escribir en la cama, a mano, luego mecanografiaba el manuscrito con pocas correcciones.
Fue su tercera esposa, Martha Gellhorn, quien encontró Finca Vigía en San Francisco de Paula. A ella le incomodaba la habitación anónima del hotel y la falta de privacidad. Hemingway al principio rechazó el lugar, demasiado alejado de sus sitios preferidos, pero terminó cediendo ante los deseos de aquella mujer alta y rubia con la que acababa de casarse. Primero alquiló la finca por cien dólares mensuales. Luego la compró al contado por dieciocho mil quinientos dólares, dinero que obtuvo de los derechos de "Por quién doblan las campanas" y de un contrato ventajoso para su adaptación al cine. Fue en esa finca donde finalizó "Por quién doblan las campanas", donde escribió "A través del río y entre los árboles", "El viejo y el mar", "París era una fiesta" e "Islas en el golfo". Allí también dejó inconcluso "El jardín del Edén" y esbozos de otras obras que nunca llegaron a cuajar.
En 1949, explicó en una crónica por qué se quedaba en Cuba. Mencionó la corriente del Golfo, donde había visto "la mejor y abundante pesca de su vida", las dieciocho clases de mango que cosechaba en su propiedad, su cría de gallos de pelea. Pero luego, como al descuido, escribió: "Uno vive en esta isla porque en el fresco de la mañana se trabaja mejor y con mayor comodidad que en cualquier otro sitio". En una carta posterior afirmó: "Yo siempre tuve buena suerte escribiendo en Cuba. Perdí cinco años de mi vida durante la guerra y ahora estoy tratando de recuperarlos". "El viejo y el mar", publicada en 1952, se convirtió en su obra maestra. Dos años después, en 1954, recibió el Premio Nobel de Literatura. En la entrevista que concedió a la televisión cubana al recibir el premio, se definió a sí mismo, en un español chapurreado, como "un cubano sato". Aseguró que el premio pertenecía a Cuba, porque su obra había sido pensada y creada en la isla, con su gente de Cojímar, de donde era ciudadano.
Pero en 1961, las circunstancias lo desbordaron. Sabía que el FBI lo vigilaba—de hecho, la agencia no cerró su expediente sino varios años después de su muerte. El embajador norteamericano, Mr. Bonsal, a quien había conocido en España durante la Guerra Civil y que cenaba todos los jueves en Finca Vigía, lo presionaba para que saliera de Cuba. Y entonces las enfermedades lo golpearon como una inmensa carpa de circo: hipertensión arterial, diabetes, arterioesclerosis, amnesia. Ya no podía escribir. Los médicos le prohibían beber y comer casi todo lo que le gustaba. Lo internaron en la clínica de los Hermanos Mayo en dos ocasiones con un nombre supuesto, donde lo sometieron a tratamiento de electroshock. Era, como él mismo lo vería, la negación de la vida dentro de la vida.
El domingo 2 de julio de 1961, en su casa de Ketchum, Idaho, encontró las llaves del armero que Mary, su cuarta y última esposa—con quien se había casado en La Habana quince años antes—mantenía ocultas. Tomó una escopeta Richardson plateada de dos cañones, se la introdujo en la boca, apretó el gatillo con el dedo gordo del pie, y se voló la cabeza. No fue un acto impulsivo. En sus últimos años había ensayado repetidamente el método en presencia de amigos. Se sentaba descalzo en su poltrona, colocaba la culata de su escopeta Mannlicher Schoenaur 265 en el piso cubierto por una alfombra filipina, apoyaba el cielo de la boca en el cañón del fusil, y oprimía el gatillo con el pulgar de un pie. Se oía un chasquido seco. "Es la técnica del harakiri con fusil", decía sonriente. El narrador cubano Lisandro Otero escribiría después que Hemingway había matado bestias para no autodestruirse, lo cual, finalmente, hizo.
En Finca Vigía quedaron entonces su máquina de escribir Royal portátil, sus grandes zapatos de muerto, las tumbas de sus perros, unos cincuenta gatos, y los nueve mil libros que atesoró a lo largo de su vida. Gabriel García Márquez, al verlos, exclamaría: "Qué biblioteca más rara tenía este hombre". El arma suicida no se conservó. Por decisión familiar fue cortada en pedazos con un soplete y las partes enterradas en lugares secretos para eludir la furia de los coleccionistas. Lo que sí permanece es su legado: una obra concebida en Cuba, con la gente de Cojímar, en una isla que lo acogió cuando necesitaba un lugar donde sentirse verdaderamente en casa.
Citações Notáveis
Este es un Premio que pertenece a Cuba, porque mi obra fue pensada y creada en Cuba, con mi gente de Cojímar, de donde soy ciudadano— Ernest Hemingway, en su discurso al recibir el Premio Nobel de Literatura en 1954
Amo este país y me siento como en casa; y donde un hombre se siente como en su casa, aparte del lugar donde nació, ese es el sitio a que estaba destinado— Ernest Hemingway, sobre Cuba