En Colombia, la memoria no es solo archivo: es el terreno donde una nación decide quién sufrió, quién fue responsable y qué futuro merece construirse. El Gobierno de De la Espriella ha nombrado a un detractor del Acuerdo de Paz —y negacionista del conflicto armado— para dirigir el Centro de Memoria, la institución encargada de preservar los testimonios de cientos de miles de víctimas. Más que un cambio de personal, esta designación es una declaración sobre qué versión del pasado colombiano el Estado está dispuesto a sostener.
Gobierno de De la Espriella designa crítico del Acuerdo de Paz en Centro de Memoria
La institución que debería ser guardiana de las víctimas estará dirigida por quien niega su realidad
¿Por qué importa quién dirige el Centro de Memoria? Es solo un edificio con archivos, ¿no?
No. Es donde Colombia decide qué recuerda y qué olvida. Quién está al frente determina qué testimonios se preservan, cuáles se destacan, cuáles se minimizan. Es poder sobre la narrativa.
Pero si la persona es crítica del acuerdo, ¿no tiene derecho a su opinión?
Claro que tiene derecho a su opinión. El problema es que negar el conflicto no es una opinión política legítima. Es negar la realidad vivida por millones de personas. Es como si dijera que la lluvia no moja.
¿Qué significa exactamente "negar el conflicto"?
Significa decir que lo que pasó no fue tan grave, o que no pasó de la manera que las víctimas dicen que pasó. Significa cuestionar si realmente hubo desplazamientos masivos, si realmente hubo ejecuciones extrajudiciales, si realmente fue un conflicto armado.
¿Y las víctimas qué pueden hacer?
Pueden protestar, pueden exigir que se revoque el nombramiento, pueden documentar sus propias historias fuera de la institución oficial. Pero pierden el acceso a la plataforma estatal, a los recursos, a la legitimidad que viene de ser parte de la memoria oficial.
¿Esto es reversible?
Depende de si hay presión política suficiente, de si el próximo gobierno tiene otra visión, de si la sociedad civil logra mantener viva una narrativa alternativa. Pero mientras tanto, el daño ya está hecho.
Le Pouls
- El nombramiento de un negacionista del conflicto armado en el Centro de Memoria sacude a organizaciones de víctimas, que ven amenazada la institución que debería ser su guardiana.
- La decisión no es administrativa sino política: determina qué historias se cuentan, cuáles se silencian y cómo Colombia enseñará su propio pasado a las generaciones futuras.
- El Gobierno De la Espriella reorienta la narrativa oficial del conflicto, alejándose del reconocimiento de víctimas que caracterizó, al menos en teoría, a administraciones anteriores.
- La reconciliación nacional, ya frágil tras décadas de violencia, se vuelve más difícil cuando el Estado mismo cuestiona los hechos básicos sobre los que debería construirse el acuerdo colectivo.
- Lo que ocurra en los próximos meses dentro del Centro de Memoria revelará si Colombia avanza hacia una memoria crítica y compleja, o hacia una versión cómoda del pasado que borre sufrimientos y diluya responsabilidades.
En Colombia, la memoria no es solo archivo: es el terreno donde una nación decide quién sufrió, quién fue responsable y qué futuro merece construirse. El Gobierno de De la Espriella ha nombrado a un detractor del Acuerdo de Paz —y negacionista del conflicto armado— para dirigir el Centro de Memoria, la institución encargada de preservar los testimonios de cientos de miles de víctimas. Más que un cambio de personal, esta designación es una declaración sobre qué versión del pasado colombiano el Estado está dispuesto a sostener.
El Gobierno de De la Espriella ha designado a un crítico del Acuerdo de Paz de 2016 —y negacionista de aspectos fundamentales del conflicto armado colombiano— para ocupar un cargo directivo en el Centro de Memoria. La decisión marca un giro profundo en cómo el Estado pretende narrar décadas de violencia que dejaron cientos de miles de muertos, desaparecidos y desplazados.
El Centro de Memoria no es simplemente un museo o un archivo. Es el espacio donde Colombia intenta procesar colectivamente lo que ocurrió: recoge testimonios de víctimas, documenta crímenes y construye la narrativa oficial sobre el conflicto. Quien lo dirige decide qué historias se preservan y cuáles se silencian. Por eso, el nombramiento de alguien que ha cuestionado públicamente el Acuerdo de Paz —y negado la realidad vivida por campesinos desplazados, familias destruidas y comunidades enteras borradas por la violencia— representa algo más que un cambio administrativo.
Para las víctimas y sus organizaciones, la designación es un golpe directo. La institución que debería reconocer su sufrimiento estará conducida por alguien que cuestiona la realidad misma de ese sufrimiento. La comparación es inevitable: es como nombrar a un negacionista del Holocausto para dirigir un museo del Holocausto.
Las consecuencias se proyectan hacia el futuro. Las generaciones venideras aprenderán sobre el pasado colombiano a través de las interpretaciones que el Centro de Memoria presente. Si esa institución minimiza o reescribe partes del conflicto, la memoria colectiva del país quedará alterada. Y una reconciliación nacional que ya era frágil se vuelve aún más difícil cuando no existe acuerdo básico sobre qué sucedió. Lo que ocurra en los próximos meses será la respuesta a una pregunta que millones de colombianos ya están formulando: ¿sus historias seguirán siendo contadas, o serán borradas?
El Gobierno de De la Espriella ha nombrado a un detractor del Acuerdo de Paz para ocupar un cargo directivo en el Centro de Memoria, la institución encargada de preservar y narrar la historia del conflicto armado colombiano. El nombramiento marca un giro significativo en cómo el Estado pretende contar la historia de décadas de violencia que dejó cientos de miles de muertos, desaparecidos y desplazados.
El Centro de Memoria es más que un archivo o un museo. Es el lugar donde Colombia intenta procesar colectivamente lo que sucedió durante el conflicto, dónde se recogen testimonios de víctimas, se documentan crímenes, y se construye una narrativa oficial sobre quién hizo qué y por qué. Quién dirige esa institución importa profundamente, porque determina qué historias se cuentan, cuáles se silencian, y cómo se entiende el pasado desde el presente.
La designación de alguien que ha cuestionado públicamente el Acuerdo de Paz —el tratado que en 2016 buscó cerrar el conflicto con las FARC— sugiere que el Gobierno está reorientando la narrativa oficial. No se trata simplemente de un cambio de personal administrativo. Es una decisión política sobre cómo Colombia recordará y enseñará su propia historia.
Lo que hace más delicado el nombramiento es que la persona designada no solo ha sido crítica del acuerdo, sino que ha negado aspectos fundamentales del conflicto armado mismo. Negar el conflicto significa cuestionar la realidad vivida por millones de colombianos: los campesinos desplazados de sus tierras, las familias que perdieron a sus hijos, las mujeres violadas como arma de guerra, los pueblos enteros que fueron borrados del mapa por la violencia.
Para las víctimas y sus organizaciones, este nombramiento es un golpe. Significa que la institución que debería ser su guardiana, el lugar donde sus historias se preservan y se reconocen, estará dirigida por alguien que cuestiona la realidad misma de lo que sufrieron. Es como si se nombrara a un historiador que niega el Holocausto para dirigir un museo del Holocausto.
El cambio refleja una reconfiguración más amplia de cómo el Gobierno De la Espriella entiende el pasado reciente de Colombia. Mientras que gobiernos anteriores habían buscado, al menos en teoría, una memoria histórica que reconociera a las víctimas y documentara los crímenes, esta administración parece estar moviendo el péndulo hacia una narrativa que minimiza o cuestiona aspectos centrales del conflicto.
Las consecuencias de esta decisión se extenderán años hacia adelante. Las generaciones futuras de colombianos aprenderán sobre su propio pasado a través de las interpretaciones que el Centro de Memoria presente. Si esa institución está dirigida por alguien que niega partes del conflicto, la memoria colectiva del país se verá alterada. La reconciliación nacional, que ya es frágil, se vuelve más difícil cuando no hay acuerdo básico sobre qué sucedió.
Lo que suceda en los próximos meses en el Centro de Memoria será indicativo de si el Gobierno está dispuesto a permitir una narrativa histórica compleja y crítica, o si buscará una versión más cómoda del pasado que minimice responsabilidades y niegue sufrimientos. Para millones de colombianos que vivieron el conflicto, la respuesta a esa pregunta determinará si sus historias seguirán siendo contadas o si serán borradas.
Citations marquantes
El nombramiento marca un giro significativo en cómo el Estado pretende contar la historia de décadas de violencia— Análisis de la decisión gubernamental