Vacas cachenas, cabras y ovejas pastan en montes para reducir combustible vegetal, mientras cortafuegos productivos de olivar y cerezo crean paisajes discontinuos que dificultan la propagación del fuego. El proyecto Mosaico ha desarrollado 300 iniciativas que remuneran a ganaderos y agricultores por servicios de prevención, aunque la financiación generalizada sigue siendo limitada y desigual entre regiones.
Ganado, olivares y fuego controlado: nuevas estrategias para prevenir incendios
El territorio empieza a vivir gracias a la introducción del ganado
¿Por qué el ganado es tan efectivo para prevenir incendios?
Porque come. Come la vegetación que se acumula en el suelo y entre los árboles. Esa acumulación es el combustible que permite que el fuego se propague rápidamente. El ganado, simplemente, reduce esa carga.
Pero eso suena como algo que ya sabíamos hace siglos.
Exactamente. El problema es que lo olvidamos. Durante décadas, el territorio rural estaba ocupado por gente que vivía de la ganadería y la agricultura. Eso mantenía el monte limpio de forma natural. Cuando esa gente se fue a las ciudades, el monte quedó abandonado.
¿Y los cortafuegos productivos son solo una forma de disfrazar la prevención como negocio?
No es un disfraz. Es reconocer que si queremos que alguien mantenga un olivar o un cerezo en una zona rural, necesita vivir de ello. Si pagamos a un ganadero por llevar sus cabras a pastar, estamos pagando por un servicio real: la prevención de incendios.
¿Qué es eso de "pastorear el fuego"?
Es dejar que ciertos incendios ardan bajo control en zonas donde es seguro hacerlo. No es dejar que el fuego haga lo que quiera. Es planificar de antemano dónde puede arder sin riesgo, para que haga el trabajo de limpiar combustible que de otro modo habría que hacer manualmente.
¿Eso no suena peligroso?
Potencialmente, sí. Por eso solo se aplicaría a incendios de baja o media intensidad y siempre bajo supervisión. El fuego ha sido parte de los bosques mediterráneos durante milenios. A veces, intentar controlarlo completamente crea más problemas de los que resuelve.
¿Cuál es el verdadero obstáculo entonces?
El dinero y la voluntad política. Sabemos qué funciona. Lo que falta es financiación consistente y reconocimiento de que la gente que vive en el territorio rural está prestando un servicio público.
Le Pouls
- 28 vacas cachenas, cabras y ovejas pastan en 678 hectáreas del monte vecinal de Vincios desde 2018
- Incendio de 2017 en Gondomar arrasó el 82% del monte; incendio de 2015 en Sierra de Gata consumió 7.800 hectáreas
- Proyecto Mosaico ha desarrollado aproximadamente 300 iniciativas de cortafuegos productivos
- Madrid paga 5.000 euros anuales a ganaderos por servicios de prevención en zonas designadas
Vacas cachenas, cabras y ovejas pastan en montes para reducir combustible vegetal, mientras cortafuegos productivos de olivar y cerezo crean paisajes discontinuos que dificultan la propagación del fuego. El proyecto Mosaico ha desarrollado 300 iniciativas que remuneran a ganaderos y agricultores por servicios de prevención, aunque la financiación generalizada sigue siendo limitada y desigual entre regiones.
Estrategias innovadoras como el pastoreo con ganado, olivares productivos y la gestión controlada del fuego emergen como soluciones efectivas para prevenir incendios forestales en España, combinando protección ambiental con viabilidad económica rural.
En las laderas de Gondomar, en Pontevedra, un rebaño heterogéneo pacea entre pinos y eucaliptos. Son 28 vacas cachenas —así llamadas por su capacidad para moverse ágilmente por terreno accidentado— acompañadas de cabras y ovejas. Llegaron hace poco más de un año a las 678 hectáreas del monte vecinal de Vincios, después de que un incendio en 2017 arrasara el 82 por ciento de la zona. La comunidad de vecinos que gestiona el monte llegó a una conclusión simple pero radical: no hay alternativa económica ni ambiental a la ganadería para prevenir futuros desastres.
Esta escena se repite en distintas formas a lo largo de España. Hace casi una década, otro fuego devastador consumió 7.800 hectáreas en la Sierra de Gata, en Extremadura. De esa catástrofe nació el proyecto Mosaico, una iniciativa que busca involucrar a los agentes locales en la prevención de incendios. Su estrategia central es elegante: en lugar de dejar que los montes se abandonen y acumulen vegetación, se crean cortafuegos productivos. Plantaciones de olivar, cerezo o castaño que no solo frenan la propagación del fuego, sino que generan ingresos en zonas rurales que de otro modo seguirían vaciándose. El proyecto ha impulsado alrededor de 300 iniciativas, algunas preexistentes y otras creadas desde cero, y continúa expandiéndose desde la Sierra de Gata y Las Hurdes hacia La Vera.
Lo que estas experiencias revelan es que la solución a los incendios forestales no está en la tecnología de punta ni en la sofisticación administrativa, sino en recuperar un modelo de territorio que casi hemos olvidado. Los investigadores lo expresan con claridad: durante décadas, la vegetación no se acumulaba porque el territorio tenía un uso agrícola y ganadero constante. Ese modelo está desapareciendo. Lluís Brotons, investigador del CSIC, lo resume así: el abandono rural ha dejado los bosques mediterráneos más vulnerables que nunca, expuestos a temperaturas extremas durante períodos prolongados.
Pero para que estas iniciativas prosperen más allá del voluntarismo y los proyectos piloto, necesitan dinero. La Comunidad de Madrid paga 5.000 euros anuales a los ganaderos que llevan sus rebaños a zonas designadas como cortafuegos. Andalucía tiene la Red de Áreas Pasto-Cortafuegos, que remunera según el servicio prestado. Estos programas existen, pero son fragmentarios y desiguales. Fernando Pulido, coordinador de Mosaico y profesor de Biología en la Universidad de Extremadura, plantea una pregunta fundamental: ¿por qué no pagamos a los agricultores por el servicio que sus cultivos prestan como cortafuegos, tal como hacemos en otros sectores productivos? Ese cambio de mentalidad, dice, marcaría la diferencia entre que un olivar sea rentable o desaparezca.
Mientras se debate cómo financiar estas soluciones a largo plazo, los científicos exploran otras herramientas. Una de las más controvertidas es el concepto de "pastorear el fuego": permitir que ciertos incendios de baja o media intensidad ardan bajo supervisión en zonas previamente identificadas como seguras. No se trata de quemas prescritas —fuegos encendidos intencionalmente por técnicos— sino de planificar de antemano qué áreas podrían dejarse arder sin riesgo. El objetivo es reducir la acumulación de combustible, favorecer especies específicas y crear discontinuidades en el paisaje que dificulten la propagación de futuros incendios. Jordi Oliveres, especialista del Cuerpo de Bomberos de Catalunya, subraya que esto no es una decisión impulsiva, sino el resultado de una planificación estratégica consensuada. El Valle de Arán ya ha incluido este enfoque en su Plan Estratégico de Incendios.
El desafío más profundo, sin embargo, no es técnico sino social. Las iniciativas que funcionan dependen de mantener viva la actividad económica en el territorio: ganadería extensiva, agricultura tradicional, gestión forestal diversificada. Diana Pascual, investigadora del CREAF, lo llama "una aliada maravillosa", pero advierte que la Política Agraria Común no reconoce ni valora este trabajo. En Gondomar, José Taboada describe cómo el monte ha comenzado a vivir de nuevo: los árboles están más espaciados, entra luz, crecen plantas, se mantiene la biodiversidad y hay una doble producción de madera y ganado. Es un modelo que funciona, pero solo si alguien está allí, invirtiendo tiempo y recursos, día tras día. La pregunta que queda en el aire es si la sociedad está dispuesta a pagar por ello.
Citations marquantes
No hay otra solución económica ni medioambiental para prevenir los incendios que no sea pasar por el ganado— José Taboada, coordinador del monte vecinal de Vincios
Se trata de no apagarlos en determinadas zonas donde sea beneficioso que el monte se queme, porque el fuego siempre ha sido un elemento natural de regeneración del bosque— Jordi Oliveres, especialista del Cuerpo de Bomberos de Catalunya