Uganda y Sudán del Sur enfrentan tasas de homicidio extremadamente altas y ya albergan millones de refugiados; expertos advierten sobre torturas y detenciones sin garantías legales. Muchos deportados tienen condenas graves por delitos violentos; fugas masivas de prisiones en Uganda y Sudán del Sur demuestran debilidades institucionales para contenerlos.
¿Exporta EE.UU. criminalidad a África? Las deportaciones a terceros países generan alarma
Delincuentes expatriados a terceros países han participado en el aumento de la inseguridad
¿Por qué esta política de deportaciones a terceros países genera tanta alarma en África específicamente?
Porque Uganda y Sudán del Sur ya están al borde del colapso humanitario. Uganda acoge a casi dos millones de refugiados; Sudán del Sur tiene 2,3 millones de sus propios ciudadanos viviendo como refugiados en el extranjero. Añadir criminales peligrosos a esa mezcla es como verter gasolina en un fuego.
Pero espera—¿tenemos casos documentados de que los deportados hayan cometido crímenes graves en estos países? El artículo menciona que no hay registros de asesinatos o torturas graves sufridas por los repatriados.
No, no hay registros de eso aún. Pero lo que sí hay son precedentes históricos claros. En Centroamérica, los deportados de pandillas como MS-13 transformaron completamente la seguridad de esos países.
¿Y eso sucedió porque los países receptores eran débiles institucionalmente?
Exactamente. El patrón es consistente: cuando deportas criminales organizados a países con instituciones frágiles, ellos reorganizan estructuras criminales locales. En Uganda, 219 presos escaparon de una prisión en 2020 con armas de fuego. En Sudán del Sur, 600 escaparon de una instalación militar en enero de 2025.
Pero eso no prueba que los deportados específicamente sean responsables de esas fugas. Esos números son anteriores o contemporáneos a las deportaciones.
Tienes razón. Lo que muestra es que estos países no tienen la capacidad de contener a criminales peligrosos. Eso es el riesgo real.
¿Qué dicen los gobiernos africanos al respecto?
Esuatini presentó una petición formal pidiendo que los cinco hombres deportados en julio fueran devueltos. Dijeron que no querían que su país se convirtiera en un vertedero de problemas no resueltos.
¿Y Estados Unidos respondió?
El artículo no menciona una respuesta oficial. Solo que Tricia McLaughlin, del Departamento de Seguridad Nacional, justificó el envío diciendo que los hombres habían cometido delitos tan graves que sus países de origen se negaron a aceptarlos.
Entonces, ¿el dilema es que estos países no pueden rechazar a los deportados?
Aparentemente. Y tampoco tienen los recursos para contenerlos de forma segura.
Le Pouls
- Uganda acoge a casi 2 millones de refugiados; Sudán del Sur tiene 2,3 millones de sus ciudadanos como refugiados en el extranjero
- Sudán del Sur tiene una tasa de homicidios tres veces mayor que la de Estados Unidos; Uganda casi trece veces superior a la española
- En julio de 2025, cinco hombres fueron deportados a Esuatini con condenas por violación infantil, asesinato y robo
- En septiembre de 2020, 219 presos escaparon de la prisión de Singila en Uganda; en enero de 2025, aproximadamente 600 escaparon de una instalación militar en Sudán del Sur
Uganda y Sudán del Sur enfrentan tasas de homicidio extremadamente altas y ya albergan millones de refugiados; expertos advierten sobre torturas y detenciones sin garantías legales. Muchos deportados tienen condenas graves por delitos violentos; fugas masivas de prisiones en Uganda y Sudán del Sur demuestran debilidades institucionales para contenerlos.
La iniciativa de Trump de deportar inmigrantes irregulares a terceros países africanos genera preocupación por violaciones de derechos y riesgo de que criminales peligrosos desestabilicen naciones ya frágiles con crisis humanitarias.
Cuando Donald Trump propuso enviar a inmigrantes irregulares a terceros países, la iniciativa encendió un debate que atraviesa continentes. En Occidente, muchos advierten sobre el riesgo de exponer a los deportados a torturas, esclavitud y malos tratos en naciones donde las garantías legales son frágiles. Pero hay un segundo aspecto, menos mencionado en esa conversación, que preocupa profundamente a voces africanas: qué sucede cuando esos deportados son criminales peligrosos que llegan a países ya desgarrados por crisis humanitarias.
Uganda y Sudán del Sur cargan ya con un peso enorme. Uganda es hoy el mayor país de acogida de refugiados en toda África, con cerca de dos millones de personas procedentes sobre todo de Sudán del Sur y la República Democrática del Congo. Sudán del Sur no solo alberga a más de medio millón de refugiados y solicitantes de asilo, sino que más de 2,3 millones de sus propios ciudadanos viven como refugiados en el extranjero. Estos números ilustran la fragilidad de naciones que ya enfrentan crisis humanitarias de gran magnitud. Además, las tasas de homicidios son alarmantes: Sudán del Sur tiene una tasa tres veces mayor que la de Estados Unidos; la de Uganda es casi trece veces superior a la española. Human Rights Watch ha señalado recientemente que ambos países no son seguros para los deportados debido a la represión política, el uso excesivo de la fuerza en sus cárceles y la opacidad del proceso.
En julio de 2025, cinco hombres fueron deportados desde Estados Unidos hacia Esuatini. Provenían de Vietnam, Cuba, Jamaica, Yemen y Laos, y enfrentaron detención en prisiones de máxima seguridad sin acceso a abogados ni explicación legal clara. Según Tricia McLaughlin, secretaria adjunta del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos, estos hombres habían sido condenados por delitos que incluían violación infantil, asesinato y robo, y eran tan graves que sus países de origen se negaron a aceptarlos de regreso. El gobierno de Esuatini estimó que permanecerían detenidos durante unos 12 meses. Organizaciones locales entregaron una petición a la embajada de Estados Unidos pidiendo el regreso de los deportados, con el fin de que su país no se convierta en un vertedero de problemas no resueltos de otros lugares.
Las debilidades institucionales de estos países para contener a criminales peligrosos son evidentes. En septiembre de 2020, 219 presos escaparon de la prisión de Singila en el noreste de Uganda tras apoderarse del arsenal del penal, incluyendo 15 fusiles AK-47 y munición, escapando hacia las montañas de Karamoja. En enero de 2025, se reportó una fuga masiva desde una instalación militar en Juba, en Sudán del Sur. Aproximadamente 600 detenidos escaparon; más tarde, 410 de ellos fueron recapturados por las fuerzas de seguridad pero el resto sigue huido. Martin Mawut Ochalla, un joven de 28 años de Sudán del Sur, expresó recientemente su preocupación: quienes son deportados, algunos son delincuentes involucrados en delitos graves, y una vez que son traídos al país, eso significa que las actividades delictivas también aumentarán.
La historia ofrece precedentes inquietantes. En los años noventa, Estados Unidos deportó a miles de inmigrantes con antecedentes criminales a El Salvador, Honduras y Guatemala. Entre ellos estaban miembros de la Mara Salvatrucha (MS-13) y del Barrio 18, pandillas nacidas en Los Ángeles que encontraron terreno fértil en sociedades recién salidas de guerras civiles con instituciones debilitadas. Deportados como Ernesto Deras reorganizaron estas estructuras en su país de origen y las expandieron, contribuyendo a convertir a Centroamérica en una de las regiones más violentas del mundo. Casos similares se dieron en Haití, donde retornados como Amaral Duclona y Evans Jeune se convirtieron en líderes de bandas armadas responsables de secuestros, asesinatos e incremento de la criminalidad en barrios populares de Puerto Príncipe.
El patrón no es exclusivo del continente americano. En Nueva Zelanda, la aplicación por parte de Australia de la llamada política 501, que permite expulsar a no ciudadanos con condenas de más de un año, derivó en la llegada de centenares de delincuentes con fuertes vínculos entre sí. Muchos formaron nuevas pandillas y reforzaron el crimen organizado, lo que se tradujo en un aumento perceptible de la violencia en ciudades como Auckland. En Jamaica, deportados desde el Reino Unido con condenas por narcotráfico y delitos violentos alimentaron las guerras entre bandas rivales en Kingston. En Filipinas, varios deportados con historial delictivo se integraron en el narcotráfico local, fortaleciendo redes criminales transnacionales. A veces, ni siquiera los recién llegados eran nacionales del país receptor; se ha documentado que algunos no tenían documentación clara de nacionalidad o vínculos reales con el país receptor, pero fueron enviados allí como tercer destino.
Jesús Muñoz, un hombre de nacionalidad mexicana, fue trasladado de forma temporal a Sudán del Sur tras ser condenado a cadena perpetua por asesinato en segundo grado. Pasó varios meses en el país africano hasta ser repatriado a México en septiembre de 2025. Muñoz es solo un caso más; un elevado número de los deportados a Uganda, Sudán del Sur o Esuatini arrastran consigo graves condenas por delitos cometidos. La pregunta que permanece sin respuesta clara es qué garantías de seguridad ofrece Estados Unidos a los ciudadanos de estos países cuando envía a su territorio a criminales peligrosos.
Citations marquantes
Quienes son deportados, algunos son delincuentes, han estado involucrados en delitos. Así que, una vez que son traídos a Sudán del Sur, eso significa que las actividades delictivas también aumentarán.— Martin Mawut Ochalla, ciudadano de Sudán del Sur
Los hombres habían sido condenados por delitos que incluían violación infantil, asesinato y robo, y eran tan singularmente bárbaros que sus países de origen se negaron a aceptarlos de regreso.— Tricia McLaughlin, secretaria adjunta del Departamento de Seguridad Nacional de Estados Unidos