Europa atrapada en sus muros: la soberanía subcontratada

Miles de migrantes quedaron atrapados en el agua durante los cruces fronterizos en Ceuta y Melilla, expuestos a riesgos mortales mientras Europa externaliza responsabilidades.
La nación aparece cuando aparece el muro, no al revés
Una reflexión sobre cómo los muros no defienden la soberanía sino que la crean, revelando la paradoja de la fortaleza europea.
Mark

¿Por qué importa tanto cómo hablamos de Ceuta y Melilla? Parece un detalle de lenguaje.

Mimi

Porque el lenguaje no es un detalle. Cuando Robles dice «españolísimas» está haciendo algo más que describir. Está redistribuyendo quién es víctima y quién es agresor. Está construyendo la inocencia en el mismo momento en que se revela la dependencia.

Mark

¿Dependencia de qué exactamente?

Mimi

De Marruecos. España y Europa han cedido el control real de sus fronteras a un tercero. Los muros son teatro. La soberanía que pretenden defender ya no la tienen.

Mark

Pero ¿no es lógico que un país controle sus fronteras?

Mimi

Sí, pero Europa fue creada para superar esa lógica. El proyecto fundacional decía: en lugar de muros entre naciones, derechos compartidos. Ahora estamos volviendo a los muros, pero sin la soberanía que justificaba los muros antiguos.

Mark

¿Qué pasa con Schengen entonces?

Mimi

Ahí está la paradoja completa. Quieren desmantelar las fronteras internas para fingir que controlan las externas. Renuncian a lo único que Europa construyó como propio para volver a la lógica del cercamiento.

Mark

¿Hay salida de esto?

Mimi

Eso depende de si Europa quiere seguir siendo Europa o si prefiere ser un Leviatán raquítico que se amuralla contra sí mismo.

  • Ochenta mil personas cruzaron hacia Ceuta y Melilla mientras la valla más fortificada de Europa demostraba ser, ante todo, un decorado político.
  • España invoca la soberanía territorial en el preciso instante en que esa soberanía ha sido subcontratada a Rabat, y Bruselas replica el mismo esquema a escala continental con Turquía, Libia y el método Meloni.
  • Miles de migrantes quedaron atrapados en el agua durante los cruces, expuestos a riesgos mortales mientras los gobiernos europeos debatían narrativas de invasión en lugar de responsabilidades compartidas.
  • El debate sobre suspender Schengen lleva la contradicción al límite: desmantelar las fronteras internas que Europa construyó como propias para simular que se controlan las externas que ya no controla.
  • Lo que comenzó como un proyecto para superar la lógica nacional del muro se convierte, paradójicamente, en una fortaleza que se desintegra desde adentro cuanto más se cierra hacia afuera.

En el momento en que Margarita Robles declaraba Ceuta y Melilla «españolísimas», ochenta mil personas cruzaban el agua hacia esas ciudades, y el muro más reforzado de Europa no detuvo nada. Lo que el superlativo revela, sin quererlo, es la fragilidad que pretende negar: España y la Unión Europea llevan años cediendo el control real de sus fronteras a Marruecos y otros terceros países, convirtiendo los muros en escenografía de una soberanía que ya no existe. La paradoja que atraviesa el proyecto europeo es que cuanto menos soberana se vuelve Europa, más muros levanta, tanto en su borde exterior como entre sus propios socios, traicionando la única idea que la hizo posible: superar la lógica del cercamiento.

Margarita Robles llamó a Ceuta y Melilla «españolísimas» justo después de que ochenta mil personas cruzaran el agua hacia esas ciudades. El superlativo lo dice todo: nadie describe como «españolísima» a Cuenca. Esa intensidad se reserva para lo que se siente amenazado, para la fragilidad disfrazada de certeza. Al pronunciarlo, la ministra redistribuía los papeles de la historia —el «nosotros» como víctima inocente, el que llega como invasor— sin mirar lo que haría insostenible esa inocencia: la dependencia estructural que España y Europa han construido con Marruecos, el grifo cuya apertura y cierre subcontrataron hace años.

La valla más reforzada de Europa no detuvo nada. Solo sirvió para escenificar una soberanía que se representa sobre una frontera cuyo control real pertenece a Rabat. Wendy Brown lo capturó hace más de quince años: estados amurallados, soberanía en declive. Cuando el presidente español invoca la «violación de la integridad territorial», lo hace en el momento exacto en que esa integridad ha dejado de serlo. Y lo que España hace con Ceuta, Europa lo reproduce a escala: migración externalizada a terceros países, el método Meloni bendecido en Bruselas, centros de deportación diseñados en cartas entre primeras ministras, dependencia energética, tecnológica y de defensa. Un Leviatán raquítico que amuralla el exterior mientras refractura el interior.

El debate sobre suspender Schengen lleva la paradoja al absurdo: desmontar la frontera interior —lo único que Europa construyó verdaderamente como suyo— para fingir que se controla la exterior que ya no controla. La idea fundacional europea fue la negación del cercamiento: un espacio común donde los derechos estuvieran por encima de la nación, una soberanía compartida sostenida por el principio de que una crisis en la frontera de un Estado es asunto de todos. Amurallarse no es tocar una norma administrativa; es traicionar esa razón de ser. La ironía final es que la fortaleza de Europa y su desintegración son, paradójicamente, la misma cosa.

Margarita Robles llamó a Ceuta y Melilla «españolísimas» después de que ochenta mil personas cruzaran el agua hacia esas ciudades autónomas. La palabra elegida revela más de lo que pretendía. Los superlativos no se aplican a lo seguro, a lo que ya está establecido. Nadie describe Cuenca como «españolísima». Se reservan para lo que se siente amenazado, para lo incierto disfrazado de certeza. Decirlo en ese momento, justo después de que las vallas cedieran, es confesar una fragilidad en el acto mismo de negarla. El superlativo no solo intensifica la pertenencia; redistribuye los papeles de la historia. Convierte al «nosotros» en víctima inocente de una agresión externa y al que llega en invasor. Pero mientras se construye esa narrativa del cuerpo nacional violado, quedan cuerpos reales en el agua. Y se hace así para no mirar de frente lo que haría insostenible la inocencia: la relación de dependencia que España y Europa han establecido con Marruecos, el grifo cuya apertura y cierre habían subcontratado años atrás.

La valla más fortificada de Europa no detuvo nada. Solo sirvió para escenificar una soberanía que se representa sobre una frontera cuyo control real había sido cedido a Rabat. Existe una ilusión fundadora en los muros: creemos que defienden una nación que ya existe. La realidad es inversa. La nación aparece cuando aparece el muro. Hace más de quince años, Wendy Brown capturó esta paradoja en el título de su libro: Estados amurallados, soberanía en declive. Cuando el presidente español invoca la «violación de la integridad territorial», está invocando la soberanía en el momento exacto en que ha dejado de serlo. Lo que España hace con Ceuta, Europa lo hace consigo misma. Si la soberanía española sobre la frontera está subcontratada a Rabat, la europea lo está en todas partes: la migración externalizada a terceros países, el método Meloni bendecido en Bruselas, los centros de deportación de la carta Frederiksen-Meloni, la energía, la defensa, la tecnología. Es el retorno de una soberanía musculosa para levantar muros y ninguna para seguir siendo Europa: un Leviatán raquítico que amuralla el exterior y refractura el interior.

El «patrimonio cultural cristiano» que invocan Meloni y Frederiksen es ese cerco a escala continental que esencializa lo que encierra y necesita, fuera, un chivo expiatorio. El debate sobre suspender Schengen lleva la paradoja al absurdo: desmontar la frontera interior para fingir que se controla la exterior, renunciando a lo único que Europa construyó como suyo, un proyecto para superar la lógica del muro.

La idea fundacional europea fue la negación del cercamiento. En lugar de fronteras fortificadas entre naciones que se habían matado durante siglos, un espacio común donde los derechos estuvieran por encima de la nación. En vez de soberanías amuralladas unas contra otras, una compartida, sostenida por un principio: que una crisis en la frontera de un Estado es asunto de todos. Amurallarse no es tocar una norma administrativa. Es traicionar esa razón de ser. No es solo que Europa levante muros; es que los levanta contra sí misma. Y la ironía es que cuanto menos soberana es, más muros produce, tanto en el borde exterior como entre sus propios socios. La fortaleza de Europa y su desintegración son, paradójicamente, la misma cosa.

Cuando se invoca la violación de la integridad territorial, se está invocando la soberanía en el momento exacto en que ha dejado de serlo
— Análisis del discurso presidencial
La fortaleza de Europa y su desintegración son, paradójicamente, la misma cosa
— Reflexión sobre la estrategia de amurallamiento europeo
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