En Argentina, la semaglutida —un fármaco diseñado para tratar la diabetes tipo 2 y la obesidad con complicaciones— ha cruzado la frontera entre el consultorio y la automedicación silenciosa. La endocrinóloga Mónica Roldán Suárez advierte que detrás de este fenómeno no solo hay desinformación, sino el peso histórico del estigma: una sociedad que trata la obesidad como un fracaso moral empuja a las personas a buscar soluciones en secreto, lejos de la mirada médica que podría protegerlas. El medicamento puede ser una herramienta valiosa, pero sin supervisión profesional se convierte en un riesgo
Endocrinóloga alerta sobre riesgos de usar semaglutida sin supervisión médica
Inyectarse algo sin indicación médica es muy peligroso
¿Por qué cree que la gente elige inyectarse semaglutida en casa en lugar de ir a un médico, si sabe que es riesgoso?
Porque la obesidad sigue siendo una enfermedad vergonzosa en nuestra sociedad. La gente siente que será juzgada, que le dirán que es culpa suya, que no tiene voluntad. Es más fácil comprar el medicamento en secreto que enfrentar eso.
Pero el medicamento está disponible legalmente en farmacias. ¿Por qué no simplemente exigir receta?
Eso es parte de la solución, pero no es suficiente. Muchas farmacias venden sin receta porque no hay fiscalización. Y además, hay medicamento que llega ilegalmente desde otros países, a través de las fronteras.
¿Qué tan graves pueden ser los efectos secundarios?
Pueden ir desde náuseas y vómitos hasta deshidratación severa, diarrea, pancreatitis. Pero lo peor es que sin un médico monitoreando, nadie sabe si el paciente está en riesgo de algo más grave, como hipoglucemia o problemas de tiroides.
¿Entonces el medicamento en sí no es el problema?
No. La semaglutida es una herramienta valiosa cuando se usa correctamente, con prescripción, con seguimiento. El problema es que se está usando como si fuera un atajo, como si bajar de peso fuera lo único que importa.
¿Qué debería cambiar?
Educación, principalmente. Que la gente entienda que la obesidad es una enfermedad real, no un fracaso moral. Que las farmacias respeten la prescripción obligatoria. Y que los médicos hablen del tema sin juzgar, para que la gente no sienta que tiene que esconderse.
O Pulso
- Cada vez más personas en Argentina se inyectan semaglutida en casa, sin receta ni control médico, confiando en que un fármaco aprobado es automáticamente seguro para cualquiera.
- El medicamento circula por canales ilegales —fronteras, farmacias que omiten la prescripción, plataformas en línea— lo que amplifica el alcance del problema más allá del descuido individual.
- Pacientes con antecedentes de pancreatitis, cáncer medular de tiroides o diabetes descompensada enfrentan contraindicaciones graves que solo un médico puede detectar y prevenir.
- La endocrinóloga Roldán Suárez exige responsabilidad compartida: educación para la población, cumplimiento de la prescripción obligatoria por parte de farmacéuticos y apertura del sistema de salud para hablar del tema sin tabúes.
- Mientras la obesidad siga siendo tratada socialmente como una falla de voluntad y no como una enfermedad, la vergüenza seguirá siendo más fuerte que el miedo al riesgo médico.
En Argentina, la semaglutida —un fármaco diseñado para tratar la diabetes tipo 2 y la obesidad con complicaciones— ha cruzado la frontera entre el consultorio y la automedicación silenciosa. La endocrinóloga Mónica Roldán Suárez advierte que detrás de este fenómeno no solo hay desinformación, sino el peso histórico del estigma: una sociedad que trata la obesidad como un fracaso moral empuja a las personas a buscar soluciones en secreto, lejos de la mirada médica que podría protegerlas. El medicamento puede ser una herramienta valiosa, pero sin supervisión profesional se convierte en un riesgo que nadie está midiendo.
La semaglutida llegó a Argentina como un medicamento de precisión para la diabetes tipo 2, pero en poco tiempo se transformó en la solución que muchos buscan para bajar de peso sin pasar por un consultorio. La endocrinóloga Mónica Roldán Suárez decidió hablar públicamente porque ve crecer el riesgo: cada vez más personas la compran sin receta, se la inyectan en casa y asumen que un fármaco aprobado es seguro para cualquiera.
El medicamento actúa como análogo del péptido GLP-1, aumentando la insulina ante la presencia de glucosa, ralentizando la digestión y reduciendo el apetito. Sus indicaciones son precisas: diabetes tipo 2 y obesidad con complicaciones como presión alta, hígado graso o riesgo cardiovascular. Pero no es de venta libre. Requiere prescripción y debe integrarse en un programa de tratamiento supervisado.
Roldán Suárez vincula la automedicación con algo más profundo que la búsqueda de atajos: el estigma histórico de la obesidad. Tratada socialmente como consecuencia de la falta de voluntad y no como una enfermedad, genera un ambiente donde la gente prefiere comprarse el medicamento en secreto antes que enfrentar el juicio de un consultorio. La comparación es directa: nadie se automedica con fármacos para la presión arterial sin ver a un cardiólogo.
El problema se agrava porque la semaglutida circula por canales ilegales: cruza fronteras, se vende sin exigir receta y se consigue en plataformas en línea. La responsabilidad, dice la especialista, es compartida entre la población, los farmacéuticos y el sistema de salud.
Los riesgos son concretos. Hay contraindicaciones graves para pacientes con antecedentes de pancreatitis, cáncer medular de tiroides o diabetes descompensada. Los efectos secundarios van desde náuseas y vómitos hasta deshidratación y complicaciones serias. Sin supervisión, nadie monitorea si el cuerpo responde bien, si hay que ajustar la dosis o suspender el tratamiento.
Para Roldán Suárez, el punto central es que tratar la obesidad no es solo bajar de peso: es elegir la salud con un plan integral y un profesional que conozca los antecedentes y riesgos del paciente. La semaglutida puede ser una herramienta valiosa en ese camino, pero usarla sola, en secreto y sin acompañamiento, es —en sus propias palabras— muy peligroso.
La semaglutida llegó a las farmacias argentinas como un medicamento revolucionario para la diabetes tipo 2, pero en los últimos años se convirtió en algo más: la solución que muchos buscaban para bajar de peso sin pasar por un consultorio. El problema es que cada vez más personas la están comprando sin receta, inyectándosela en casa, confiando en que un fármaco aprobado por organismos reguladores debe ser seguro para cualquiera. La Dra. Mónica Roldán Suárez, especialista en Endocrinología y Nutrición, decidió hablar públicamente sobre esto porque ve el riesgo crecer.
La semaglutida es un análogo del péptido GLP-1, una molécula que el cuerpo produce naturalmente. El medicamento funciona aumentando la insulina cuando hay glucosa presente, ralentizando la digestión y reduciendo el apetito. Tiene indicaciones médicas precisas: se usa para tratar la diabetes tipo 2 y, más recientemente, para la obesidad o el sobrepeso cuando vienen acompañados de complicaciones como presión alta, hígado graso, apnea del sueño, prediabetes o riesgo cardiovascular. Su eficacia en esos cuadros está comprobada. Pero aquí está el punto que Roldán Suárez enfatiza: no es un medicamento de venta libre. Requiere prescripción médica y debe estar integrado en un programa de tratamiento supervisado.
La endocrinóloga vincula el uso indebido con algo más profundo que la simple búsqueda de una solución rápida. La obesidad, explica, ha sido históricamente tratada como una enfermedad vergonzosa, algo que la persona causó por falta de voluntad, no como lo que realmente es: una enfermedad como cualquier otra. Esa estigmatización crea un ambiente donde la gente prefiere comprarse el medicamento en secreto, sin consultar, antes que enfrentar el juicio social de un consultorio. Roldán Suárez lo compara con otros tratamientos: nadie se automedicina con fármacos para la presión arterial sin ver a un cardiólogo, nadie se aplica quimioterapia por su cuenta. Pero con la semaglutida, muchos lo hacen.
El problema se agrava porque el medicamento circula por canales ilegales. Llega a través de las fronteras, se vende en farmacias sin exigir receta, se compra en plataformas en línea. La responsabilidad, dice Roldán Suárez, es compartida: la población necesita educación, los farmacéuticos deben respetar la prescripción obligatoria, y el sistema de salud debe hablar del tema abiertamente. Pero mientras eso no suceda, la automedicación continúa.
Los riesgos son reales. Existen contraindicaciones específicas: pacientes con antecedentes de pancreatitis, cánceres de tiroides de tipo medular, problemas visuales, diabetes descompensada con riesgo de hipoglucemia. Los efectos secundarios pueden ser leves —náuseas, vómitos— o más serios: deshidratación, diarrea, complicaciones que varían según la persona. Sin supervisión médica, nadie está monitoreando si el paciente desarrolla alguno de estos problemas, si su cuerpo está respondiendo bien, si hay que ajustar la dosis o suspender el tratamiento.
La endocrinóloga insiste en un punto que suena simple pero es fundamental: el tratamiento no es solo bajar de peso. Es elegir la salud, acompañarse de un profesional que tenga un plan integral, que entienda el cuerpo del paciente, sus antecedentes, sus riesgos. La semaglutida puede ser una herramienta valiosa en ese plan. Pero usarla sin ese acompañamiento es, en sus palabras, muy peligroso. Y mientras la obesidad siga siendo una enfermedad estigmatizada, mientras la gente sienta vergüenza de buscar ayuda, seguirá habiendo quienes prefieran el riesgo de la automedicación a la incomodidad de una consulta.
Citações Notáveis
La semaglutida está indicada para obesidad o sobrepeso con complicaciones como hipertensión, hígado graso, apnea del sueño o riesgo cardiovascular, pero siempre debe ser prescrita y controlada dentro de un programa de tratamiento— Dra. Mónica Roldán Suárez
La obesidad ha sido históricamente tratada como una enfermedad estigmatizada, cuando en realidad es una enfermedad como cualquier otra— Dra. Mónica Roldán Suárez