En la frontera colombo-venezolana: calma tensa tras la captura de Maduro

Decenas de colombianos permanecen encarcelados en Venezuela; millones de venezolanos en diáspora global enfrentan incertidumbre sobre posibilidad de retorno.
Si no es ahora, ¿cuándo? pregunta mientras espera la liberación de sus hermanos
Nubia Mise, con fotografías de veinte colombianos encarcelados, ve en la captura de Maduro una oportunidad que no puede desperdiciar.

Tres tanquetas y soldados custodian el puente Simón Bolívar; el tránsito diario de 30.000 personas continúa sin alteraciones significativas tras la detención de Maduro. Familiares de presos políticos colombianos encarcelados en Venezuela esperan liberaciones; la diáspora venezolana celebra mientras en Caracas crece la incertidumbre y el miedo.

  • Tres tanquetas y soldados custodian el puente Simón Bolívar; treinta mil personas cruzan diariamente, pero hoy el flujo es menor
  • Veinte colombianos permanecen encarcelados en Venezuela; diecisiete fueron liberados en octubre tras presión diplomática
  • Colombia despliega treinta mil militares en dos mil doscientos kilómetros de frontera; el ELN es la amenaza principal en el Catatumbo
  • La diáspora venezolana de ocho millones celebra mientras en Caracas crece el miedo y los saqueos

La frontera entre Colombia y Venezuela en Cúcuta se mantiene tranquila sin movimientos migratorios inusuales tras la captura de Nicolás Maduro, aunque persisten expectativas sobre liberación de presos políticos y posibles cambios.

En el puente Simón Bolívar, la arteria terrestre que une a Colombia y Venezuela, la mañana después de la captura de Nicolás Maduro transcurre con una quietud que parece ensayada. Tres vehículos blindados custodian el paso. Un puñado de soldados suda bajo sus equipos. Decenas de periodistas de todo el mundo merodean buscando una declaración, un gesto, cualquier cosa que rompa la monotonía. Pero el flujo de personas sigue su ritmo habitual. No hay éxodo. No hay pánico visible. Una vendedora de agua panela, desde su puesto en la acera, lo resume con una frase que suena a resignación: aquí todo está en calma y en silencio. Prefiere no dar su nombre.

Nubia Mise, en cambio, no tiene reparos en identificarse. Está plantada en la caseta fronteriza con un fajo de fotografías de veinte colombianos que permanecen encarcelados en Venezuela. Ganaderos, activistas, estudiantes. Gente común que lleva más de un año tras las rejas. Su hermano fue liberado a finales de octubre junto a otros diecisiete detenidos, después de que la diplomacia colombiana ejerciera presión intensa. Ahora, con Maduro capturado en Nueva York, ella ve una ventana. "Si no es ahora, ¿cuándo?", pregunta, mientras sobre su cabeza cuelga un cartel que dice: "Vuelve pronto, Colombia te espera". La invitación suena a súplica.

La vendedora ambulante conoce bien la historia de Nubia. Ha visto este cruce transformarse decenas de veces según los vientos políticos. Ha visto a miles de venezolanos durmiendo en esa misma acera durante semanas, huyendo de su propio Gobierno. Sabe que en Cúcuta todo puede cambiar de un día para otro. Por eso prefiere hablar poco. José Luis, un mototaxista de cuarenta años que transporta pasajeros en su motocicleta, comparte esa cautela. Abandonó Cumaná hace nueve años porque no había trabajo. Era ingeniero. Ahora gana más vendiendo helados. "Con la caída del régimen, vemos si podemos volver", dice, pero su tono sugiere que ni él mismo se lo cree del todo.

Los periodistas persiguen a los pocos transeúntes que llegan desde Venezuela. Casi todos responden lo mismo: "Soy de Cúcuta, fui a visitar a unos familiares". El acento no los delata. En esta zona fronteriza, los lazos sociales y comerciales siempre han sido fuertes, las familias divididas por una línea que existe en los mapas pero no en la vida cotidiana. Todos coinciden en que del otro lado, en el estado de Táchira, la situación está tranquila. Pero el Gobierno venezolano mantiene restricciones severas para la prensa extranjera. Algunos colegas colombianos intentaron entrar y fueron retenidos durante horas antes de ser devueltos.

La información que filtra desde Caracas es fragmentaria y llega a través de mensajes que piden ser borrados inmediatamente. Las autoridades dejan salir vehículos pero impiden su entrada. En la capital crece el miedo. Las filas en los supermercados son largas. Las persianas bajan ante rumores de saqueos. "Hemos comprado de todo lo que había, mucho, para ya ni salir", escriben desde allá. Mientras tanto, en Cúcuta y otras ciudades donde viven venezolanos en el exilio, la diáspora de casi ocho millones de personas en todo el mundo celebra. El contraste es brutal: euforia afuera, incertidumbre adentro.

En el puente Simón Bolívar, las estadísticas muestran que normalmente cruzan treinta mil personas diarias. Hoy, la afluencia de vehículos es mucho menor: seis o siete por minuto. El teniente coronel Jonathan Artus, a cargo del destacamento fronterizo, lo confirma. Todo dentro de lo normal. El presidente Gustavo Petro ha anunciado el despliegue de treinta mil elementos del Ejército a lo largo de los dos mil doscientos kilómetros de frontera porosa. Solo en el departamento del Norte de Santander, donde está Cúcuta, existen cuatro pasos legales y unos cincuenta ilegales. El Gobierno promete vigilancia reforzada y asistencia para posibles refugiados. Pero la preocupación real de los militares no es la migración. Es el ELN, la guerrilla que opera a ambos lados de la frontera y ha intensificado sus operaciones en el último año. En el Catatumbo, al norte de Cúcuta, donde prospera el cultivo de coca, esa amenaza es permanente. Mientras el mundo observa qué hará la presidenta interina Delcy Rodríguez, los militares colombianos enfilan sus recursos hacia una amenaza que no espera cambios políticos para actuar.

Aquí todo en calma y callaíto, aunque Dios meterá la mano en todo esto
— Vendedora de agua panela en el puente Simón Bolívar
Con la caída del régimen, vemos si podemos volver
— José Luis, mototaxista que abandonó Venezuela hace nueve años
The Hearth Conversation Another angle on the story
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¿Por qué la frontera se mantiene tan tranquila si acaba de caer un régimen que llevaba casi treinta años en el poder?

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Porque la gente en la frontera ha aprendido a no creer en cambios rápidos. Han visto cierres y aperturas del puente decenas de veces. Esperan, pero con desconfianza.

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Pero hay celebraciones en la diáspora venezolana. ¿No debería haber más movimiento?

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La celebración es de quienes ya se fueron, quienes tienen seguridad afuera. Los que están adentro, en Caracas, tienen miedo. Y los que están en la frontera, como Nubia, solo quieren que liberen a sus familiares. Son esperanzas muy diferentes.

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¿Qué es lo que realmente preocupa a Colombia en este momento?

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No es la migración. Es el ELN. Una guerrilla que no le importa quién gobierne en Caracas. Seguirá operando, traficando coca, atacando. Eso es lo que mantiene despiertos a los militares.

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¿Y esa vendedora de agua panela que no quiere dar su nombre?

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Ella sabe más que cualquier analista. Ha visto todo cambiar y nada cambiar. Prefiere no hablar porque en la frontera, hablar puede ser peligroso. Su silencio es sabiduría.

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¿Crees que Maduro capturado cambia algo para los presos políticos colombianos?

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Nubia lo espera. Pero depende de quién tome el poder en Venezuela y qué presión ejerza Colombia. Por ahora, es solo una ventana abierta. Puede cerrarse mañana.

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