Empresas de IA destruyen millones de libros raros para entrenar algoritmos

La destrucción de patrimonio bibliográfico único afecta a la humanidad al eliminar registros independientes verificables de la historia y memoria colectiva.
Cuando los originales desaparezcan, el pasado existirá únicamente como datos
Expertos advierten que la destrucción de libros físicos entrega el control de la historia a empresas privadas.
Mark

¿Por qué una empresa de IA necesitaría destruir el libro después de escanearlo? ¿No podrían simplemente devolverlo?

Mimi

Porque el libro físico es un testigo. Mientras exista, alguien puede verificar si la versión digital es exacta, si fue alterada, si falta algo. Una vez que desaparece, solo existe lo que la empresa dice que existe.

Mark

Pero ¿no es mejor tener los libros digitalizados que no tenerlos en absoluto?

Mimi

Si fuera un archivo público, quizá. Pero estos datos están en manos privadas. Y cuando el pasado existe solo como datos privados, quienes controlan esos datos controlan la historia.

Mark

¿Hay algo que impida que una empresa edite esos archivos digitales después?

Mimi

Legalmente, casi nada. Una vez que no hay original físico, no hay forma de demostrar que algo fue cambiado. Es como quemar un documento y luego decir qué decía.

Mark

¿Por qué los libreros venden si saben lo que va a pasar?

Mimi

Porque están en una posición desesperada. Compran libros raros por centavos, y de repente llega una empresa dispuesta a pagar precios reales. Es difícil rechazar eso cuando tu negocio está en crisis.

Mark

¿Esto es realmente diferente de lo que hacen las bibliotecas digitales?

Mimi

Fundamentalmente sí. Las bibliotecas preservan y hacen accesible. Estas empresas extraen valor y destruyen. Una preserva el patrimonio; la otra lo consume.

Mark

¿Qué pasaría si alguien intentara regular esto?

Mimi

Ese es el verdadero conflicto. Las empresas dirían que es «uso transformativo» protegido por la ley. Pero la pregunta real es si la ley debería permitir que se destruya patrimonio cultural irreemplazable en nombre de la ganancia privada.

  • Máquinas hidráulicas arrancan páginas de libros únicos e irrecuperables para alimentar los modelos de lenguaje de empresas valoradas en miles de millones de dólares.
  • Libreros anticuarios de Europa y América reciben pedidos masivos de miles de títulos a la vez, una señal inequívoca de que el comercio de libros raros ha sido colonizado por la industria tecnológica.
  • Un fallo judicial en California legitima la destrucción de originales físicos bajo la doctrina del «uso transformativo», cerrando la vía legal más obvia para detener la práctica.
  • Voces del sector tecnológico —desde Elon Musk hasta críticos como Ed Newton-Rex— expresan incomodidad pública, pero sin que ello haya frenado las operaciones de compra y destrucción.
  • Expertos y bibliotecarios advierten que, sin ejemplares físicos como contrapeso, el pasado quedará enteramente sujeto a los intereses de quienes controlen los archivos digitales privados.

En instalaciones industriales, empresas de inteligencia artificial como Anthropic adquieren libros raros y antiguos por pocos dólares, extraen su contenido mediante escaneo masivo y destruyen los ejemplares físicos. Un juez californiano ha avalado la práctica como «uso transformativo», pero lo que está verdaderamente en juego no es un debate de derechos de autor: es la pregunta de quién custodiará la memoria colectiva de la humanidad cuando los últimos soportes físicos independientes hayan desaparecido. La historia que solo existe como dato puede ser editada, filtrada o reescrita; la historia que existe en papel puede ser consultada por cualquiera.

En algún lugar de una instalación industrial, máquinas hidráulicas arrancan las páginas de libros que alguna vez fueron raros y únicos. El contenido se escanea con precisión industrial y los originales se descartan. No es ficción distópica: es la práctica documentada de empresas de inteligencia artificial que necesitan datos humanos auténticos para entrenar sus modelos.

Anthropicla compañía detrás del chatbot Claudha estado comprando libros usados y antiguos a través de distribuidores y librerías de segunda mano, a veces por apenas unos dólares, para extraer sus páginas con máquinas hidráulicas y digitalizar su contenido antes de destruir los ejemplares. Un juez de California validó la práctica bajo la doctrina del «uso transformativo», argumentando que la digitalización reemplaza al original sin constituir violación de derechos de autor.

La investigación conjunta de The Telegraph y 404 Media reveló el alcance del fenómeno. Pieter de Vries, librero en Haarlem, recibió un correo de una empresa llamada 2077AI solicitando una lista de tres mil títulos, algo extraordinario en un sector donde los clientes normalmente compran uno o dos libros. Marçal Font i Espí, librero en España, ofrece la explicación de fondo: las empresas de IA han llegado a un punto de saturación de datos en internet, inundado de contenido generado por máquinas. Los libros raros representan un depósito de contenido humano auténtico y verificable. Por eso los compran. Por eso los destruyen.

Lo que está en juego trasciende el debate legal. Si los últimos ejemplares físicos desaparecen, el mundo no solo estará digitalizando su historia: estará entregando el único registro independiente de ella a empresas privadas. Sin un soporte físico al que regresar, la posibilidad de contrastar o verificar el pasado de manera autónoma desaparece por completo.

La reacción ha sido mixta. Elon Musk declaró haber pedido a su equipo de SpaceX que preserve libros raros escaneándolos «de la manera difícil». Ed Newton-Rex vio en la práctica una metáfora perfecta de la explotación que subyace a la tecnología generativa. Incluso algunos libreros que se benefician económicamente de estas ventas expresaron inquietud por el destino de libros poco comunes. La práctica es legal, pero el debate sobre sus límites éticos y sus consecuencias para la memoria colectiva apenas comienza.

En algún lugar de una instalación industrial, máquinas hidráulicas arrancan las páginas de libros que alguna vez fueron raros, valiosos, únicos. Los equipos escanean cada hoja con precisión industrial. Luego, lo que queda se destruye. Esta no es una escena de ficción distópica. Es lo que está sucediendo ahora, financiado por empresas de inteligencia artificial que necesitan datos para entrenar sus algoritmos.

Anthropicla compañía detrás del chatbot Claudha estado comprando libros usados y antiguos a través de distribuidores y librerías de segunda mano, a veces por apenas unos dólares. El proceso es metódico: adquieren los ejemplares, extraen las páginas con máquinas hidráulicas, digitalizan el contenido con equipos de escaneo industrial, y finalmente descartan los originales. Un juez de California ha validado esta práctica bajo la doctrina del «uso transformativo», argumentando que la digitalización y destrucción del ejemplar físico no constituye violación de derechos de autor porque el contenido digital «reemplaza» al original.

La investigación conjunta de The Telegraph y 404 Media ha sacado a la luz una práctica que libreros anticuarios y defensores del patrimonio cultural califican directamente como «barbarie cultural». Pieter de Vries, librero en Haarlem, Países Bajos, recibió un correo de una empresa llamada 2077AI pidiendo una lista de aproximadamente tres mil títulos, algo extraordinario en un sector donde normalmente los clientes compran uno o dos libros. En el comercio de libros antiguos, explicó, es inusual que alguien quiera adquirir miles de ejemplares de una sola vez. ISBNdb, un servicio que permite solicitar hasta un millón de libros simultáneamente, fue lo suficientemente franco en su sitio web: «El problema de la imagen pública es real. 'Empresa de IA destruye dos millones de libros' no es un titular que genere simpatía».

Marçal Font i Espí, librero en España, ofrece una perspectiva más amplia sobre lo que está ocurriendo. Las empresas de inteligencia artificial, señala, han llegado a un punto de saturación de datos. Internet ya no les proporciona suficiente material fresco para entrenar sus modelos porque está inundado de contenido generado por máquinas, publicado por cuentas bot que ya superan en número a las manejadas por humanos. Los libros raros y antiguos representan un depósito de contenido humano auténtico, verificable, original. Por eso los compran. Por eso los destruyen después de extraer su valor.

Pero lo que está en juego trasciende el debate legal o los derechos de autor. Se trata de quién controla la memoria de la humanidad. Si los últimos ejemplares físicos de libros raros desaparecen, reemplazados por versiones digitales, el mundo no solo estará digitalizando su historia: estará entregando el único registro independiente de ella a empresas privadas. Cuando los originales se hayan ido, el pasado existirá únicamente como datos, datos que pueden ser editados, filtrados, reescritos o eliminados según los intereses de quienes controlen los archivos. Sin un soporte físico al que regresar, sin un ejemplar original que consultar, la realidad queda completamente sujeta a quienes manejen esos archivos digitales. La posibilidad de contrastar, verificar o reinterpretar el pasado de manera autónoma desaparece.

La reacción en el sector tecnológico ha sido mixta pero reveladora. Elon Musk declaró en X que ha pedido a su equipo de SpaceX que preserve libros raros y los escanee «de la manera difícil» en lugar de cortarles el lomo. Ed Newton-Rex, fundador de Fairly Trained y crítico de la industria de IA, vio en la práctica una metáfora perfecta de la explotación que subyace a la tecnología generativa: empresas valuadas en casi mil millones de dólares comprando libros por centavos, extrayendo su valor, entrenando con ellos, y luego descartándolos. Matan Grinberg, director ejecutivo de Factory AI, escribió que hay algo «particularmente misántropo» en la destrucción mecanizada de objetos tan íntimos y humanos como los libros. Incluso algunos libreros consultados por 404 Media expresaron ambivalencia: aunque les beneficia económicamente vender sus inventarios a estas empresas, les inquieta profundamente el destino de libros poco comunes y la idea de que sean «pulverizados».

La práctica es legal en Estados Unidos, pero ha abierto un debate urgente sobre los límites éticos del entrenamiento de IA y la protección del patrimonio bibliográfico frente a los intereses comerciales de las grandes tecnológicas. Expertos y bibliotecarios advierten sobre la necesidad de preservar los ejemplares físicos como garantes de una memoria colectiva verificable e independiente. Mientras tanto, la industria tecnológica parece dispuesta a sacrificar el patrimonio cultural en nombre de la eficiencia y el control de los datos. La pregunta que queda es si alguien logrará detener esto antes de que sea demasiado tarde.

En el comercio de libros antiguos, es muy raro que la gente quiera comprar más de un libro
— Pieter de Vries, librero en Haarlem
Hay algo particularmente misántropo en la destrucción mecanizada de objetos humanos tan íntimos
— Matan Grinberg, director ejecutivo de Factory AI
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