El tren fluvial: ópera prima sensible que evoca el cine de Leonardo Favio

Una mirada atenta por recorridos urbanos que en la adultez tienen la marca del tedio
La película captura cómo un niño ve la ciudad de manera diferente a un adulto, con asombro en lugar de cansancio.
Mark

¿Por qué esta película se siente como un homenaje sin ser una copia? Parece un equilibrio difícil.

Mimi

Ferro y Vignale no intentan reproducir a Favio. Toman su espíritu—ese viaje iniciático, esa mirada de asombro—y lo filtran a través de su propio lenguaje visual. Es como aprender de un maestro sin convertirse en él.

Luke

Pero ¿cuánto de eso es intención declarada y cuánto es interpretación del crítico? El film menciona a Favio explícitamente una sola vez, al principio.

Mimi

Tienes razón. Las otras referencias son implícitas. Pero están ahí: la estructura del viaje, los encuentros con personajes que representan diferentes formas de arte, la mirada del niño como brújula.

Mark

¿Y qué pasa con Francisco Madariaga? ¿Es un personaje o una voz poética?

Mimi

Es ambos. Aparece como maquinista que recita poesía, pero su presencia es más importante que su función narrativa. Su poema es casi el manifiesto de la película.

Luke

Espera. ¿Madariaga llegó a Buenos Aires hace 14 días? ¿Eso es parte de la ficción o es información sobre el poeta real?

Mimi

Es información sobre el poeta real. Madariaga fue un poeta argentino que viajó desde Corrientes a la capital. Ferro y Vignale incorporan esa biografía real en la película.

Mark

Entonces la película está tejida con hilos reales de la cultura argentina.

Mimi

Exactamente. No es un ejercicio abstracto. Es un diálogo con personas y lugares específicos que formaron parte de la historia cultural del país.

Luke

¿Y funciona emocionalmente para alguien que no conoce toda esa historia? ¿O necesitas saber quién es Favio, quién es Madariaga, para que la película te toque?

Mimi

Creo que funciona en ambos niveles. Si conoces las referencias, hay una satisfacción adicional. Pero si no las conoces, la película aún te envuelve con su honestidad emocional y su mirada de asombro.

Mark

¿Cuál es el riesgo de una película así?

Luke

Que se vuelva demasiado literaria, demasiado referencial. Que el espectador se sienta excluido si no entiende todas las capas. Pero según la crítica, eso no sucede aquí.

  • Un niño llamado Milo abandona el campo impulsado por el sueño de ser artista en Buenos Aires, una ciudad que existe más en su imaginación que en el mapa.
  • La película tensiona entre la herencia del cine argentino clásico y la necesidad urgente de los directores de encontrar su propia voz sin quedar aplastados por ella.
  • Cada encuentro en el trayecto —un anciano que fue niño en otra película, un escritor disfrazado de karateca, un maquinista que recita poesía— sacude al protagonista y al espectador por igual.
  • La honestidad emocional sostiene una obra que no pretende ser perfecta, sino verdadera, apostando a que la poesía bien colocada no necesita explicación.
  • El film aterriza como una invitación colectiva a recuperar la mirada sin cansancio: la de quien todavía puede asombrarse ante un recorrido urbano que los adultos ya no ven.

En el cine argentino contemporáneo, la ópera prima de Lorenzo Ferro y Lucas A. Vignale llega como un acto de fe en la imagen poética: un niño viaja hacia Buenos Aires no tanto para llegar a un destino como para descubrir que el arte y la búsqueda son, en sí mismos, el hogar. Con 76 minutos que dialogan en silencio con Leonardo Favio y la poesía de Francisco Madariaga, El tren fluvial recuerda que hay miradas —las de la infancia— que aún no han aprendido a rendirse ante lo cotidiano.

El tren fluvial, ópera prima de Lorenzo Ferro y Lucas A. Vignale, llega a las salas con 76 minutos y una propuesta que mira hacia atrás sin quedarse atrapada en el pasado. El viaje iniciático de Milo, un niño que parte del campo hacia Buenos Aires soñando con ser artista, es el pretexto para una conversación más profunda: con el cine de Leonardo Favio, con la poesía de Francisco Madariaga, con las raíces del cine moderno argentino.

Desde la primera escena, cuando la voz de Carlos Monzón sale de un viejo televisor anunciando que se va a Buenos Aires a trabajar de artista, los directores establecen su diálogo con Soñar, soñar de Favio. Pero las referencias nunca se sienten forzadas ni reverenciales. Ferro y Vignale logran evocar sin imitar, homenajear sin repetir, condensando su propio universo junto a otras voces del cine argentino en una obra que se inscribe en el linaje de Los 400 golpes de Truffaut y Crónica de un niño solo del propio Favio.

Durante el trayecto, Milo acumula encuentros que son puertas hacia otros universos: dialoga con un anciano que resulta ser el niño de ayer de Crónica de un niño solo, conoce al escritor Fabián Casas disfrazado de karateca, se presenta ante la profesora Rita Pauls y escucha a un maquinista recitar versos de Francisco Madariaga. La música de Raúl Vásquez y la poesía de Madariaga —quien llegó a Buenos Aires desde los esteros correntinos mezclando lo gauchesco con el surrealismo— proporcionan el corazón poético de la película. Su verso «el sueño del viejo tren casi fluvial nos envolvía» no es decoración: es el espíritu mismo de lo que los directores construyeron.

La fuerza del film no reside en su perfección sino en su audacia y en una honestidad emocional que sostiene todo el viaje. Mira el mundo desde los ojos de un niño, con esa capacidad de asombro ante lo que la adultez vuelve gris y repetitivo. El tren fluvial es, en definitiva, una invitación a recordar qué se sentía mirar sin cansancio.

El tren fluvial llega a las salas con 76 minutos de duración y una propuesta que se atreve a mirar hacia atrás sin quedarse atrapada en el pasado. Es la ópera prima de Lorenzo Ferro y Lucas A. Vignale, una película argentina que toma el viaje iniciático de un niño hacia Buenos Aires como pretexto para algo más ambicioso: una conversación silenciosa con el cine de Leonardo Favio, con la poesía de Francisco Madariaga, con las raíces del cine moderno argentino.

La película abre con una escena pequeña pero reveladora. Milo, el protagonista, practica malambo bajo la instrucción de su padre Mariano. Cuando le piden que no piense y simplemente hable, brotan palabras inconexas que mezclan confesión y deseo. Desde un viejo televisor, la voz de Carlos Monzón dice: "Me voy a Buenos Aires, a trabajar de artista". Es la primera referencia explícita a Soñar, soñar, el film de Favio, pero no será la única. Los directores tejen referencias implícitas a lo largo de toda la obra, construyendo un diálogo con la historia del cine argentino que nunca se siente forzado ni reverencial.

Lo que Ferro y Vignale lograron fue condensar su propio universo creativo junto a otras voces del cine argentino para evocar sin imitar, para homenajear sin repetir. Es una de sus mayores audacias. El film se estructura como un viaje de autodescubrimiento preadolescente, un territorio que el cine moderno conoce bien: Los 400 golpes de Truffaut, Crónica de un niño solo del propio Favio. En ese linaje se sitúa esta película, donde un chico busca escapar del campo hacia una Buenos Aires que existe más en el sueño que en la geografía, impulsado por la ambición de ser artista.

Pero lo verdaderamente importante no es qué se cuenta sino cómo se cuenta. El film no es perfecto, y los directores no pretenden que lo sea. Su fuerza radica en la audacia, en la frescura y en una honestidad emocional que sostiene todo el viaje. La película mira desde los ojos de un niño, con esa capacidad de asombro ante recorridos urbanos que en la adultez se vuelven repetitivos y grises. Esa mirada atemporal y fascinada es lo que transmite al espectador.

Durante el trayecto, Milo dialoga a través de auriculares con un anciano dormido, quien resulta ser Diego Puente, el niño de ayer de Crónica de un niño solo. Conoce a un karateca que es el escritor Fabián Casas. Se presenta a un casting ante la profesora Rita Pauls. Escucha a un maquinista recitar un poema, voz que pertenece al poeta Francisco Madariaga. Cada encuentro es una puerta hacia otro universo, otra forma de entender el arte y la búsqueda.

La música juega un papel central. El tema principal, "Quiero vencer mi soledad" de Raúl Vásquez, refuerza la intención narrativa y la poética enraizada en motivos populares. Y es precisamente Madariaga quien proporciona el corazón poético de la película. El poeta llegó a Buenos Aires hace 14 días desde los esteros correntinos, trayendo consigo una mirada que mezclaba lo gauchesco con el surrealismo. Uno de sus poemas, Viaje estival con Lucio, resuena en la película: "Todo aquello quedaba atrás, y el sueño del viejo tren casi fluvial nos envolvía". Esas palabras no son decorativas; son el espíritu mismo de lo que Ferro y Vignale construyeron.

El título de la película proviene de la literatura de Madariaga, ese tren casi fluvial que envuelve universos donde conviven lo telúrico y lo onírico. Es una ópera prima delineada con sensible intuición y notable encanto, una película que respeta la inteligencia del espectador y confía en que la poesía, cuando está bien colocada, no necesita explicación. Calificada como R-13 y distribuida por Lat-e, El tren fluvial es una invitación a viajar, a recordar qué se sentía mirar el mundo sin cansancio.

El sueño del viejo tren casi fluvial nos envolvía
— Francisco Madariaga, poeta, en su poema Viaje estival con Lucio recitado en la película
Me voy a Buenos Aires, a trabajar de artista
— Carlos Monzón, en referencia a Soñar, soñar de Leonardo Favio
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