El crecimiento es la base; la inclusión es el propósito
En vísperas de una segunda vuelta electoral, Perú se encuentra ante una encrucijada que las naciones atraviesan pocas veces: elegir no solo a un gobernante, sino el alma de su modelo de desarrollo. Décadas de apertura comercial y disciplina fiscal sacaron a millones de la pobreza, y ahora propuestas de estatización y restricción comercial evocan capítulos dolorosos de la historia regional. La decisión que tome el electorado peruano resonará mucho más allá de sus fronteras, como advertencia o como ejemplo.
- La primera vuelta dejó heridas institucionales abiertas: reportes de irregularidades amenazan la confianza en el sistema antes de que comience el verdadero debate de fondo.
- Propuestas de revisar tratados de libre comercio, debilitar el Banco Central y estatizar sectores estratégicos generan alarma entre quienes recuerdan las crisis inflacionarias y el desempleo masivo que esas políticas produjeron en el pasado.
- Los defensores del modelo abierto advierten que Venezuela y Bolivia son espejos cercanos de lo que ocurre cuando el intervencionismo estatal reemplaza a la inversión privada y la estabilidad monetaria.
- El crecimiento acumulado en décadas de apertura no ha llegado por igual a todos los peruanos, y esa brecha de inclusión es el argumento más poderoso que esgrimen quienes piden un cambio de rumbo.
- La discusión converge en un punto de tensión: cómo transformar riqueza generada en desarrollo real, fortaleciendo instituciones, infraestructura y servicios públicos sin sacrificar el motor que los financia.
La primera vuelta electoral peruana cerró con más incertidumbres que certezas. Los reportes de irregularidades obligan a las autoridades a agotar cada mecanismo institucional disponible, porque la confianza en el sistema electoral es el cimiento de cualquier democracia funcional. Pero detrás de esa disputa procedimental late una pregunta más profunda: ¿qué modelo económico conducirá al país en los próximos años?
Durante las últimas décadas, la apertura comercial, la disciplina fiscal y la estabilidad monetaria permitieron que Perú multiplicara exportaciones, atrajera inversión extranjera y generara empleo formal a escala masiva. Millones salieron de la pobreza. No fue casualidad; fueron decisiones deliberadas que funcionaron. El crecimiento, sin embargo, no es un fin en sí mismo: es el combustible sin el cual no hay recursos para salud, educación ni erradicación de la pobreza.
Algunas propuestas en campaña apuntan en dirección contraria. Revisar tratados de libre comercio, restringir exportaciones, debilitar la autonomía del Banco Central, expandir empresas públicas o estatizar sectores 'estratégicos' son recetas que Perú ya ensayó con resultados que nadie desea repetir: inflación desbocada, fuga de capitales, desempleo y más pobreza. Venezuela representa el extremo de esa trayectoria; Bolivia, un tropiezo más cercano y visible.
Otras propuestas buscan preservar el entorno que favorece la inversión y la estabilidad, aunque ningún plan sea perfecto. El verdadero reto va más allá del debate ideológico: urge fortalecer instituciones, optimizar el gasto público, construir infraestructura y garantizar acceso real a servicios de calidad para todos los peruanos. Ninguno de esos objetivos prospera en una economía estancada o aislada del mundo. El crecimiento es la base; la inclusión, el propósito. Esta elección marcará el futuro de millones.
La primera vuelta electoral peruana dejó en el aire más preguntas que respuestas. Los reportes de irregularidades exigen que las autoridades agoten todos los mecanismos institucionales disponibles para garantizar que la segunda vuelta se desarrolle con total transparencia. La confianza en el sistema electoral es el cimiento sobre el que descansa cualquier democracia funcional, y Perú no puede permitirse el lujo de debilitarla.
Pero mientras se resuelven esas cuestiones procedimentales, el país enfrenta una decisión de fondo que trasciende el calendario electoral. No se trata solo de quién ganará la segunda vuelta, sino de qué rumbo económico y político tomará la nación en los años venideros. Esa elección determinará si Perú continuará por la senda que lo sacó de la pobreza o si experimentará con modelos que la región ya ha probado, con resultados catastróficos.
Quienes defienden las libertades económicas, la inversión privada y la apertura comercial tienen la responsabilidad de ser claros sobre por qué esas políticas importan. No es una cuestión de ideología abstracta. Durante las últimas décadas, un modelo basado en la apertura al mundo, la disciplina fiscal y la estabilidad monetaria permitió que Perú multiplicara sus exportaciones, atrajera capital extranjero y generara empleo formal a escala masiva. Millones de peruanos salieron de la pobreza. Eso no fue accidente; fueron decisiones deliberadas que funcionaron.
El crecimiento económico, sin embargo, no es un destino en sí mismo. Es el combustible necesario para todo lo demás. Sin él, no hay recursos para cerrar las brechas que separan a los peruanos entre sí, no hay dinero para fortalecer la salud pública o la educación, no hay forma de erradicar la pobreza. Perú ya conoce el costo de renunciar al crecimiento. Lo vivió.
Algunas propuestas que circulan en esta campaña van en dirección opuesta a esa lección histórica. Hablan de revisar los tratados de libre comercio, de restringir el comercio exterior, de debilitar la autonomía del Banco Central de Reserva, de expandir indiscriminadamente las empresas públicas, de imponer controles de precios o de estatizar sectores declarados "estratégicos". Es una receta que Perú ya probó hace décadas, con resultados que nadie desea repetir: inflación descontrolada, fuga de inversiones, desempleo masivo, más pobreza. Venezuela muestra el extremo de esa trayectoria. Incluso Bolivia, más cercana geográficamente, tropieza con los costos del intervencionismo estatal.
En contraste, otras propuestas buscan preservar un entorno que favorezca la inversión, el comercio y la estabilidad. Ningún plan es perfecto. El próximo gobierno enfrentará desafíos institucionales y sociales enormes. Pero la pregunta central es si Perú seguirá generando riqueza o si experimentará con fórmulas que ya fracasaron.
El verdadero desafío, sin embargo, va más allá de ese debate. No basta con defender la economía de mercado. Urge fortalecer las instituciones públicas, optimizar cómo se gasta el dinero estatal, acelerar la construcción de infraestructura, garantizar que todos los peruanos tengan acceso real a salud y educación de calidad, y combatir la inseguridad y la informalidad que aún aquejan al país. Ninguno de esos objetivos prospera en una economía estancada o aislada del mundo. El crecimiento es la base; la inclusión es el propósito.
Esta elección marcará el futuro de millones de peruanos. Es momento de actuar con unidad en torno a un proyecto que combine prosperidad económica con justicia social.
Notable Quotes
El crecimiento no es un fin en sí mismo; es la base indispensable del desarrollo. Sin él, no hay recursos para cerrar brechas sociales, potenciar servicios públicos ni erradicar la pobreza.— Jaime Dupuy, director ejecutivo de ComexPerú
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué insiste tanto en que el crecimiento económico es necesario para la inclusión social? ¿No podría haber inclusión sin crecimiento?
Porque sin recursos no hay nada que distribuir. Un país que no crece no genera empleo nuevo, no amplía la base tributaria, no tiene dinero para invertir en escuelas o hospitales. La inclusión requiere recursos reales, no solo buenas intenciones.
Pero el artículo reconoce que el crecimiento de las últimas décadas no llegó a todos. ¿Qué faltó entonces?
Exacto. El crecimiento fue necesario pero no suficiente. Generó empleo y sacó a millones de la pobreza, pero dejó brechas enormes. El reto ahora es que ese crecimiento se traduzca en servicios públicos mejores, en infraestructura que llegue a todos, en seguridad e instituciones más fuertes.
¿Y si los votantes eligen un modelo diferente? ¿Qué pasaría?
Según la historia económica de la región, lo que pasó en Venezuela o lo que está pasando en Bolivia: inflación, desempleo, más pobreza. Perú ya lo vivió hace décadas. Pero la decisión es de los peruanos.
¿Entonces no hay espacio para crítica al modelo actual?
Claro que hay. El artículo no dice que todo esté bien. Dice que hay que fortalecer instituciones, mejorar el gasto público, combatir la informalidad. Pero hacerlo desde una base de crecimiento, no desde el colapso.