A los 19 años, Francisco Nicolás Gómez Iglesias perdió su nombre ante la opinión pública; a los 32, el sistema judicial le devuelve la libertad física y él aspira a recuperar también la identidad. El Tribunal Supremo, reconociendo que el tiempo puede ser en sí mismo un castigo, redujo su condena lo suficiente para que la ley permitiera sustituir la prisión por una multa. Su historia plantea una pregunta que las sociedades raramente resuelven con facilidad: ¿dónde termina la travesura y dónde empieza el delito, y cuánto tiempo debe pagar alguien por esa frontera difusa?
El Pequeño Nicolás evita la cárcel y aspira a recuperar su verdadero nombre
Quiere dejar atrás el alias que lo catapultó a la fama y lo enterró en ella
¿Cómo es posible que alguien condenado a 12 años y medio termine sin entrar en prisión?
Las dilaciones indebidas. El Supremo consideró que desde 2014 hasta la sentencia final pasó tanto tiempo que la pena debía atenuarse. Eso redujo la condena a dos años y medio, lo que permitió la suspensión.
Pero ¿no es eso una forma de evasión de justicia?
Depende de cómo lo mires. La ley permite suspender penas menores a dos años para cualquiera sin antecedentes. Él cumplió eso. Lo que divide es si sus delitos fueron realmente graves o si fueron exagerados.
¿Qué hizo exactamente?
Falsificó documentos, se hizo pasar por funcionario, intentó acceder a bases de datos policiales. Cosas serias. Pero también cosas que hizo siendo muy joven, casi un adolescente.
¿Y ahora qué? ¿Entra en política?
Dice que no. Su entorno insiste en que quiere recuperar su vida privada. Aunque está cerca de figuras de la derecha como Alvise, no hay planes políticos anunciados.
¿Qué significa para él recuperar su nombre?
Literalmente quiere que dejen de llamarlo El Pequeño Nicolás. Quiere ser Francisco Nicolás Gómez Iglesias de nuevo. Después de siete años siendo una figura pública, quiere desaparecer.
¿Cree que lo logrará?
Probablemente no. Su nombre es su marca ahora. Pero al menos tiene el pasaporte. Puede viajar. Eso es algo.
O Pulso
- Una condena inicial de más de doce años se fue deshilachando juicio tras juicio hasta quedar en dos años y medio, una cifra que resultó ser la diferencia entre la cárcel y la libertad.
- El pago de 1.800 euros y el compromiso de no reincidir bastaron para cerrar un expediente judicial que se extendió durante más de una década y cuatro procesos distintos.
- La figura de El Pequeño Nicolás sigue dividiendo: para unos es la prueba de que el sistema fue demasiado blando; para otros, la evidencia de que fue desproporcionadamente duro con un adolescente que tejía redes en lugar de cometer crímenes graves.
- Tras siete años en el foco mediático, su entorno asegura que Gómez Iglesias busca alejarse del alias y de las cámaras, aunque su proximidad a figuras como el eurodiputado Alvise mantiene viva la especulación sobre un futuro político.
A los 19 años, Francisco Nicolás Gómez Iglesias perdió su nombre ante la opinión pública; a los 32, el sistema judicial le devuelve la libertad física y él aspira a recuperar también la identidad. El Tribunal Supremo, reconociendo que el tiempo puede ser en sí mismo un castigo, redujo su condena lo suficiente para que la ley permitiera sustituir la prisión por una multa. Su historia plantea una pregunta que las sociedades raramente resuelven con facilidad: ¿dónde termina la travesura y dónde empieza el delito, y cuánto tiempo debe pagar alguien por esa frontera difusa?
Francisco Nicolás Gómez Iglesias tenía 19 años cuando su nombre desapareció bajo un alias. Ahora, a los 32, acaba de recuperar su pasaporte —el documento que le permite viajar y existir sin restricciones— y aspira a recuperar también su identidad. Quiere dejar atrás El Pequeño Nicolás.
Su caso fractura la opinión pública en dos mitades. Quienes lo conocieron por los titulares ven con incredulidad que alguien condenado inicialmente a más de doce años no pise una celda. Quienes lo llaman Fran defienden que investigar como a un criminal las andanzas de un adolescente fue lo verdaderamente desproporcionado.
Entre 2021 y 2026 se sentó en el banquillo cuatro veces: por falsificar un DNI para que un amigo hiciera la selectividad, por organizar una falsa comitiva real, por hacerse pasar por miembro del CNI ante un empresario, y por urdir una trama para obtener datos de bases policiales. Esta última condena —cuatro años y tres meses— era la que más lo aterraba.
El Tribunal Supremo intervino de nuevo y consideró que el tiempo transcurrido desde 2014 constituía en sí mismo una dilación indebida. Redujo la pena a dos años y medio. Ese medio año resultó decisivo: ningún delito individual superaba los dos años, no constaban infracciones posteriores, y los magistrados autorizaron la suspensión de la pena a cambio de 1.800 euros y el compromiso de no reincidir. Sin cárcel.
Mientras esperaba el fallo, fue reconocido en el público de un programa en el Teatro Capitol de Gran Vía; cientos de voces gritaron «Presidente, presidente». Él respondió que pasaba de la política. Meses antes había lanzado una campaña de suscripción llamada «Mr. President» que se diluyó sin convertirse en un salto político real.
En los últimos años se le ha visto junto al eurodiputado Luis Pérez Alvise, con quien viajó a Valencia tras la dana de 2024. Pero su entorno asegura que, cerrado el periplo judicial, Gómez Iglesias busca algo más sencillo: volver a ser él mismo, sin alias, sin etiquetas, sin el peso de una década de procedimientos.
Francisco Nicolás Gómez Iglesias tenía 19 años cuando perdió dos cosas a la vez: su pasaporte y su nombre. Ahora, a los 32, acaba de recuperar el primero —el documento que le permite salir de Europa, viajar, existir sin restricciones— y aspira a recuperar también el segundo. Quiere dejar atrás el alias que lo catapultó a la fama y lo enterró en ella: El Pequeño Nicolás.
Su caso es de esos que fracturan la opinión pública en dos mitades irreconciliables. De un lado están quienes lo conocieron a través de los titulares: su red de contactos influyentes, sus maniobras para hacerse pasar por miembro de una comitiva real, sus intentos de suplantación del Centro Nacional de Inteligencia. Esos observadores ven con incredulidad que alguien condenado a 12 años y 5 meses de cárcel en primera instancia finalmente no pise una celda. Del otro lado están quienes lo llaman Fran —amigos, familia, su círculo madrileño— que defienden que lo verdaderamente absurdo fue investigar como a un criminal las andanzas de un adolescente.
Entre 2021 y 2026, Gómez Iglesias se sentó en el banquillo cuatro veces. Primero, por falsificar un DNI para que un amigo hiciera el examen de selectividad en 2012; fue condenado a un año y nueve meses. Segundo, por organizar una supuesta comitiva de la Casa Real para visitar a un alcalde en Ribadeo; la Audiencia Provincial lo condenó a tres años, pero el Tribunal Supremo lo absolvió. Tercero, por hacerse pasar por miembro del CNI y del Gobierno ante un empresario para negociar una finca en Toledo; su condena inicial fue de tres años y medio, reducida después a dos años. Cuarto, por urdir una trama para obtener información confidencial de bases de datos policiales; esa condena era la que más lo aterraba: cuatro años y tres meses, suficientes para entrar en prisión.
Pero el Supremo intervino de nuevo. Consideró que existían dilaciones indebidas —que desde 2014, cuando se inició el procedimiento, hasta la última sentencia había pasado tanto tiempo que la pena debía atenuarse— y redujo la condena a dos años y medio. Ese medio año de diferencia resultó decisivo. Cuando ninguno de los delitos individuales superaba los dos años de prisión, y cuando no constaba que Gómez Iglesias hubiera cometido delitos posteriores ni fuera considerado reo habitual, los magistrados de la Audiencia Provincial tomaron una decisión: con el pago de 1.800 euros y la promesa de no volver a delinquir, la pena quedaba liquidada. Sin cárcel. Su abogado, Juan Carlos Navarro, explicó después que la ley permite esta suspensión para todo el mundo por igual, y que su cliente se había enfrentado a la incertidumbre y la angustia como cualquier persona.
En mayo pasado, mientras esperaba el resultado, Gómez Iglesias asistió al show en directo del programa Línea de la Cal en el Teatro Capitol de Gran Vía. Lo reconocieron entre el público y cientos de voces gritaron: "Presidente, presidente". Cuando le preguntaron si se presentaría a las elecciones, respondió que no, que pasaba de la política. Meses antes, en octubre de 2024, había lanzado una campaña llamada "Mr. President" en la que, mediante suscripción, enviaba emails diarios con historias que aseguraba nadie había contado. Pero esa iniciativa se diluyó sin convertirse en un salto político.
En los últimos años, Gómez Iglesias se ha acercado a figuras de la derecha como el eurodiputado Luis Pérez Alvise, con quien se le ha visto veranear en Marbella y con quien viajó a Valencia tras la dana de 2024. Mantiene apariciones ocasionales en podcasts y programas online dirigidos a jóvenes. Quienes lo conocen dicen que sigue siendo alguien que teje redes, que tiene amigos en todas partes. Pero su entorno asegura que ahora, tras el fin del periplo judicial, se encuentra en un proceso tranquilo para recuperar su vida, centrado en su familia y sus amigos, sin planes políticos en el horizonte. Después de siete años en el foco mediático, lo que busca es simplemente volver a ser Francisco Nicolás Gómez Iglesias, sin alias, sin etiquetas, sin el peso de una década de procedimientos judiciales.
Citações Notáveis
La ley permite la suspensión con estas características para todo el mundo por igual— Juan Carlos Navarro, abogado de Francisco Nicolás Gómez Iglesias
No, paso de la política— Francisco Nicolás Gómez Iglesias, respondiendo sobre si se presentaría a las elecciones