Cada verano, los desastres naturales despiertan una indignación política que llega tarde: las decisiones que determinan cómo una sociedad resiste el fuego o la tormenta ya fueron tomadas en silencio, meses o años antes. La verdadera gobernanza no habita en el momento del caos, sino en los presupuestos ignorados, las reuniones sin cámaras y los planes que nadie lee. El reto democrático de nuestro tiempo no es movilizar a los ciudadanos durante la emergencia, sino convencerlos de que su atención, fuera de ella, es lo que más importa.
El mejor verano de nuestras vidas
La verdadera política no ocurre en el desastre, sino antes y después
¿Por qué crees que los ciudadanos solo se interesan en política cuando hay una emergencia?
Porque es cuando sienten que algo les afecta directamente. Un incendio o una inundación es tangible, inmediato. Las decisiones presupuestarias de hace dos años no lo son.
Pero entonces, ¿qué pierden al no participar en los períodos tranquilos?
Pierden la oportunidad de influir en las condiciones que determinarán cómo enfrenta la región la próxima crisis. Los recursos, la preparación, la infraestructura: todo eso se decide cuando nadie está mirando.
¿Es realista esperar que la gente común dedique tiempo a política ordinaria?
Quizá no sea realista esperar que todos lo hagan. Pero sí es necesario que más gente lo entienda como parte de su responsabilidad cívica, no como algo opcional.
¿Qué cambiaría si más ciudadanos participaran así?
La gobernanza sería más robusta, más pensada a largo plazo. Menos improvisación en crisis, más prevención. Y la política dejaría de ser algo que sucede a la gente y pasaría a ser algo que la gente hace.
The Pulse
- Cuando el fuego arrasa o el agua inunda las calles, la conversación pública explota de golpe, pero esa energía llega cuando las decisiones cruciales ya son inamovibles.
- Existe una brecha peligrosa entre la política que se ve —la de la crisis— y la que realmente moldea el futuro: la de los presupuestos, los planes de ordenamiento y las inversiones en prevención.
- Quienes participan activamente en política durante los períodos ordinarios son, en la práctica, quienes deciden cómo vivirá el resto cuando llegue el próximo desastre.
- El verdadero juego de la gobernanza se disputa antes y después de la emergencia: en la planificación, en la evaluación y en el aprendizaje institucional que ocurre lejos del foco mediático.
- El desafío pendiente es transformar una ciudadanía reactiva en una ciudadanía constante, presente e informada durante todo el año, no solo cuando algo ya salió mal.
Cada verano, los desastres naturales despiertan una indignación política que llega tarde: las decisiones que determinan cómo una sociedad resiste el fuego o la tormenta ya fueron tomadas en silencio, meses o años antes. La verdadera gobernanza no habita en el momento del caos, sino en los presupuestos ignorados, las reuniones sin cámaras y los planes que nadie lee. El reto democrático de nuestro tiempo no es movilizar a los ciudadanos durante la emergencia, sino convencerlos de que su atención, fuera de ella, es lo que más importa.
Cada verano, los incendios forestales o las tormentas devastadoras encienden de pronto la conversación política. Ciudadanos que meses atrás apenas seguían los asuntos públicos se despiertan exigiendo respuestas: quién manda, por qué faltan recursos, cómo es posible que nadie lo haya previsto. Las redes sociales hierven. Pero ese despertar llega demasiado tarde.
Las decisiones que realmente importan no se toman cuando el fuego ya consume las casas. Se toman años antes, en presupuestos que nadie lee, en reuniones donde se elige entre invertir en prevención o en otra cosa, en planes de ordenamiento territorial que pasan desapercibidos. La crisis solo revela lo que ya estaba decidido en silencio.
Mientras la mayoría permanece ajena a los asuntos públicos en los meses ordinarios, una minoría activa moldea el futuro: los que asisten a sesiones municipales, los que cuestionan el destino de los impuestos, los que leen los planes antes de que sea tarde. Esa asimetría de atención tiene consecuencias reales.
La verdadera política ocurre también después del desastre: en la evaluación de lo que funcionó, en la reparación de lo roto, en el aprendizaje institucional que determina cómo se enfrentará la próxima crisis. Esos períodos de calma relativa son, paradójicamente, cuando se juega el partido más importante.
El reto es convencer a la ciudadanía de que su participación no puede ser reactiva. Votar cada cuatro años o protestar cuando algo falla no es suficiente. Estar presente, informado y atento durante todo el año —cuando no hay cámaras— es lo que define qué tipo de sociedad seremos cuando llegue el próximo desastre. Y el próximo desastre siempre llega.
Cuando llega el verano y con él los incendios forestales o las tormentas que arrasan pueblos enteros, algo cambia en la conversación pública. De repente, todos hablan de política. Se cuestiona quién está al mando, cómo se prepara una región para la catástrofe, por qué no hay recursos suficientes. Las redes sociales hierven. Los ciudadanos que meses atrás apenas prestaban atención a los asuntos de gobierno se despiertan, furiosos o preocupados, exigiendo respuestas.
Pero aquí está el problema que merece nuestra atención: esa política que brota en medio de la emergencia es apenas la punta visible de un iceberg mucho más profundo. Las decisiones que importan, las que realmente moldean cómo una sociedad enfrenta sus desafíos, no se toman cuando el fuego ya está consumiendo las casas o cuando el agua baja por las calles. Se toman años antes, en despachos tranquilos, en presupuestos que nadie lee, en reuniones donde se decide si invertir en prevención o en otra cosa.
Convencer a los ciudadanos de esto es la tarea pendiente. Mientras la mayoría de la población permanece ajena a los asuntos públicos durante los meses ordinarios, los que sí participan activamente en política son quienes moldean el futuro. Esos son los que asisten a las sesiones municipales, los que leen los planes de ordenamiento territorial, los que cuestionan dónde van los impuestos. Cuando llega la crisis, es demasiado tarde para cambiar lo que ya estaba decidido.
La verdadera política no ocurre en el momento del desastre. Ocurre antes, en la planificación, en la inversión en infraestructuras de prevención, en la capacitación de equipos de emergencia, en las decisiones sobre dónde se permite construir y dónde no. Y ocurre después también, cuando hay que evaluar qué funcionó y qué no, cuando hay que reparar lo roto y aprender de lo sucedido. Esos períodos de calma relativa son cuando se juega el verdadero juego de la gobernanza.
El desafío es lograr que la ciudadanía entienda que su participación en política no debe ser reactiva, sino constante. No se trata solo de votar cada cuatro años o de protestar cuando algo sale mal. Se trata de estar presente, informado y atento durante todo el año, en los momentos en que las decisiones se toman sin las cámaras de televisión enfocadas. Es en esos momentos cuando se define realmente qué tipo de sociedad seremos cuando llegue la próxima crisis, porque la próxima crisis siempre llega.