Marcos, intérprete de segunda generación, atiende a una docena de pacientes diarios cobrando entre 10 y 50 euros por consulta, cubriendo una brecha de servicios de interpretación en la sanidad pública madrileña. Su trabajo comenzó en 2007 como favor improvisado y evolucionó hacia una profesión lucrativa que incluye gestión administrativa, preparación preoperatoria y orientación en sistemas hospitalarios complejos.
El intérprete que cobra miles de euros acompañando a pacientes chinos en la Fundación Jiménez Díaz
Mi trabajo es que lo entiendan, que no se pierdan en los pasillos
¿Por qué rechazó las ofertas de los hospitales para trabajar como traductor fijo?
Porque quería mantener mi independencia. Cuando te emplean, tienes que seguir sus reglas. Yo prefiero elegir a quién atiendo y cómo lo hago.
¿Considera que está ganando dinero de manera justa por lo que hace?
No es que sea Robin Hood. Cobro por un servicio real que la sanidad pública no proporciona de manera estable. Si alguien puede pagarlo, paga. Si no, hay asociaciones que me contratan.
¿Qué pasó con las clínicas de aborto que le ofrecían comisiones?
Me ofrecieron dinero por recomendar sus centros. Eso no es traducción, es venta. Decidí que no quería hacer eso, así que dejé de acompañar a mujeres en esos casos.
¿Cuál es el verdadero problema que usted resuelve?
La gente llega sin entender cómo funciona el sistema. Van de una consulta a otra sin saber qué les ocurre. Mi trabajo es que lo entiendan, que sepan qué pasos dar, que no se pierdan en los pasillos.
¿Ha visto cambios en la comunidad china durante estos veinte años?
He visto crecer a generaciones enteras. Médicos residentes que ahora son adjuntos. Pacientes que llegaban sin hablar español y ahora sus hijos estudian aquí. Pero la barrera del idioma sigue siendo un problema para muchos.
El Pulso
- Atiende a una docena de pacientes diarios cobrando entre 10 y 50 euros por consulta
- Gana entre 1.000 y 2.500 euros semanales
- Lleva 20 años en la Fundación Jiménez Díaz
- Madrid tiene 63.500 residentes de nacionalidad china, la mayor concentración de España
- Su trabajo comenzó en 2007 como favor improvisado tras ayudar a una mujer cuyo marido sufrió un accidente laboral
Marcos, intérprete de segunda generación, atiende a una docena de pacientes diarios cobrando entre 10 y 50 euros por consulta, cubriendo una brecha de servicios de interpretación en la sanidad pública madrileña. Su trabajo comenzó en 2007 como favor improvisado y evolucionó hacia una profesión lucrativa que incluye gestión administrativa, preparación preoperatoria y orientación en sistemas hospitalarios complejos.
Un traductor independiente lleva 20 años acompañando a pacientes chinos en la Fundación Jiménez Díaz, cobrando entre 1.000 y 2.500 euros semanales por facilitar consultas médicas y trámites administrativos en una comunidad de 63.500 residentes chinos en Madrid.
Marcos lleva veinte años recorriendo los pasillos de la Fundación Jiménez Díaz sin bata blanca ni título de médico, pero con una función que ha terminado siendo indispensable para miles de personas. Cada día atiende a una docena de pacientes chinos, traduciendo sus consultas, explicando sus diagnósticos, guiándolos por los trámites administrativos que de otro modo les resultarían impenetrables. Cobra entre diez y treinta euros por consulta—aunque quienes lo ven trabajar hablan de cifras más altas—, lo que suma entre mil y dos mil quinientos euros semanales que pasan de mano en mano sin que aparezca en nómina alguna ni en los registros oficiales del hospital.
Su nombre verdadero no aparece en esta historia porque él así lo pide. Prefiere que no lo identifiquen, que no haya represalias. Es un hombre de treinta y siete años, nacido en Italia en 1988, hijo de inmigrantes procedentes de Zhejiang, una provincia del este de China. Llegó a España de niño y creció hablando español, mandarín y el dialecto de su región de origen. Esa capacidad de moverse entre idiomas y mundos es lo que lo hace valioso en un contexto donde Madrid alberga sesenta y tres mil quinientos residentes de nacionalidad china—la mayor concentración de toda España—, muchos de los cuales apenas hablan castellano o lo dominan de manera insuficiente para entender a un médico explicando un diagnóstico.
Todo comenzó en 2007 de manera accidental. Marcos había ido a la Fundación Jiménez Díaz para hacerse unas pruebas de alergia cuando vio a una mujer china llorando en la puerta del hospital. Su marido acababa de caer desde un octavo piso mientras trabajaba en una obra y estaba ingresado en Traumatología. La mujer no hablaba español. Marcos subió con ella a la planta, habló con los médicos, tradujo la conversación. Después la acompañó al despacho del abogado que llevaba la reclamación por el accidente laboral. Aquel favor improvisado cambió el curso de su vida. Estudiaba Farmacia entonces y se estaba formando en traducción sanitaria en la Universidad de Alcalá. Descubrió una necesidad real, tangible, urgente.
Lo que comenzó como un acto de solidaridad se convirtió en profesión. Casi veinte años después, sigue recorriendo los mismos pasillos, ha visto pasar generaciones enteras de médicos residentes, desde sus primeros años hasta convertirse en adjuntos. Ya no necesita anunciarse en páginas web porque los clientes le llegan por boca a oreja. Los chinos, explica, son cerrados en sus redes sociales: siempre preguntan a familiares o conocidos antes de acudir a alguien. Conoce tan bien los circuitos hospitalarios que podría orientarse por ellos con los ojos cerrados, lo que le permite guiar a sus clientes también en el engorroso mundo de las gestiones administrativas.
El precio que cobra no depende del tiempo que pasa sentado junto al paciente dentro de la consulta, sino de toda la gestión previa y posterior. No son solo cinco minutos con el médico. Si una persona va a ser operada, tiene que explicarle cómo prepararse, llamar para preguntar cuándo es la intervención, gestionar documentación. Muchas veces lo autorizan para hacerlo todo porque ya lo conocen. En algunos casos no cobra directamente al paciente, sino que pasa la factura a asociaciones chinas que contratan sus servicios para ayudar a personas con dificultades lingüísticas.
Ha recibido varias ofertas para incorporarse a hospitales como traductor fijo. Nunca ha aceptado. Cuando algunos centros desarrollaron departamentos internacionales, quisieron contratarlo para atender a pacientes chinos con alto poder adquisitivo, pero aquello no le convencía. Rechaza la idea de que su trabajo tenga una dimensión altruista: no es Robin Hood, dice. A él lo contrata quien lo contrata, sea rico o pobre. Lo que reivindica es su independencia. Le gusta escoger a quién atiende, hablar personalmente con los pacientes antes de aceptar un encargo. Siempre les dice que el médico decide y que él no puede ni debe influir en eso.
Hay dos ámbitos que evita deliberadamente. El primero es la cirugía estética: no quiere derrochar su tiempo en gente que solo quiere hacerse retoques, aunque hace excepción con reconstrucciones derivadas de cánceres o accidentes. Las clínicas estéticas lo han tentado más de una vez para que les llevara pacientes, pero hace años que es inflexible. El otro es la interrupción voluntaria del embarazo. Durante un tiempo acompañó a mujeres chinas que querían abortar en clínicas privadas, pero dejó de hacerlo cuando estas empezaron a ofrecerle dinero por recomendar determinados centros. Una clínica madrileña le ofreció una comisión cercana a ciento ochenta euros por paciente. Era cobrar por recomendar. No le gustaba.
Después de dos décadas moviéndose entre consultas, pasillos y salas de espera, ha desarrollado una visión propia sobre la sanidad pública madrileña. Tiene luces y sombras. El sistema funciona razonablemente bien para las patologías graves, como un cáncer. Pero para dolencias menos graves, si no sabes cómo funciona todo, te pueden dar muchas vueltas. Ahí reside la verdadera utilidad de su trabajo. No solo como intérprete, sino como traductor de un sistema complejo para todos los que aterrizan desconociendo las reglas. Muchas veces los pacientes van pasando de una consulta a otra, de una prueba a otra, y al final no saben exactamente qué les ocurre. Su trabajo es que lo entiendan.
Citas Notables
No es que sea Robin Hood. A mí me contrata quien me contrata, sea rico o pobre— Marcos, intérprete independiente
Si tienes algo grave, como un cáncer, no hay problema. Pero para dolencias menos graves, si no sabes cómo funciona todo, te pueden dar muchas vueltas— Marcos, sobre el funcionamiento de la sanidad pública madrileña