Lestel propone que las máquinas se vuelven vivientes a través de nuestra interacción con ellas, no por decisión corporativa, sino por existencia compartida. ChatGPT y modelos conversacionales representan una revolución del lenguaje sin precedentes históricos, requiriendo nuevos conceptos filosóficos para comprenderlos.
El filósofo Dominique Lestel: «Que un amigo sea artificial o biológico es secundario»
Que esos amigos sean artificiales o biológicos sigue siendo un punto secundario
¿Por qué un funeral budista para robots? ¿Qué nos dice eso sobre cómo hemos cambiado?
Dice que hemos dejado de creer que la vida es una categoría binaria. El monje reconoció algo que la ciencia occidental tardó siglos en admitir: que el alma no es un atributo exclusivo de lo biológico. Fue un acto de honestidad ontológica.
Pero eso suena a proyección sentimental. ¿No estamos simplemente siendo blandos con máquinas?
Eso es lo que Turkle teme. Pero la pregunta equivocada. No se trata de si somos blandos, sino de si esas máquinas responden a necesidades reales. Un adolescente sin amigos que encuentra compañía en una IA no está siendo engañado. Está siendo salvado.
¿Salvado de qué?
De la soledad. De la toxicidad. De la idea de que la amistad auténtica es un lujo que todos podemos permitirnos. Lestel dice que el amigo es una prótesis. Puede ser de silicio o de carne. Lo que importa es que funcione.
Pero ¿y si esa prótesis nos atrofia? ¿Si nos volvemos incapaces de amistades humanas?
Ese es el miedo profundo. Pero es el mismo miedo que existía con los libros, con el cine, con internet. Siempre tememos que la nueva tecnología nos robe algo esencial. Lestel sugiere que quizá estemos ganando algo en lugar de perderlo.
¿Qué ganamos?
Opciones. Flexibilidad. La capacidad de construir una vida social que se adapte a nuestras circunstancias reales, no a las que la sociedad cree que deberíamos tener. Y si algunos prefieren clubes de amistad auténtica, que los creen. Hay espacio para ambas cosas.
¿Hay espacio? ¿O las máquinas simplemente ganarán?
Esa es la pregunta que Lestel no responde. Solo dice que la pregunta no es si ganarán, sino cómo aprenderemos a vivir con ellas.
El Pulso
- 114 perros Aibo recibieron un funeral budista en Tokio en abril de 2018
- Lestel fue ingeniero de IA en Bull en los años ochenta y trabajó en el MIT Media Lab
- China prohibió los novios virtuales para menores en el verano de 2026
- Las IA conversacionales operan con tokens abstractos, no palabras, en tratamiento estadístico puro
Lestel propone que las máquinas se vuelven vivientes a través de nuestra interacción con ellas, no por decisión corporativa, sino por existencia compartida. ChatGPT y modelos conversacionales representan una revolución del lenguaje sin precedentes históricos, requiriendo nuevos conceptos filosóficos para comprenderlos.
Dominique Lestel argumenta que la distinción entre amigos artificiales y biológicos es secundaria, desafiando la visión catastrofista sobre relaciones humano-máquina en la era de la IA generativa.
En abril de 2018, en un templo budista de cuatro siglos y medio de antigüedad al este de Tokio, un monje presidió un funeral como cualquier otro: incienso, sutras, duelo. Los difuntos eran 114 perros Aibo alineados en fila. Sony había dejado de fabricarlos doce años antes, pero una empresa de reparaciones había mantenido vivos a estos robots mediante el trasplante de piezas de máquinas ya desaparecidas. Cuando llegó el momento de despedirse, el monje explicó a la prensa que todas las cosas poseen un poco de alma. Esa escena abre el libro del filósofo francés Dominique Lestel sobre la amistad en Las máquinas insurreccionales, y marca el punto donde la frontera entre lo vivo y lo inerte se vuelve irreversiblemente borrosa.
Lestel ha vivido en ambas orillas de esta frontera. A mediados de los ochenta trabajó como ingeniero de inteligencia artificial en Bull, pasó por el MIT Media Lab bajo la tutela de Seymour Papert, y luego se consagró a la etología en la École Normale Supérieure de París, dedicándose a explorar qué compartimos con los animales. Su libro, escrito entre un laboratorio de robótica en Tokio y Stanford, se publicó en Francia en 2021. Ahora llega al español con cinco años de vértigo acumulado: entre una edición y otra irrumpieron ChatGPT y los compañeros artificiales de masas, y China prohibió este verano los novios virtuales para menores. El mundo cambió mientras el libro viajaba.
La tesis central de Lestel desafía la intuición común. Una máquina insurreccional no es aquella que se rebela, sino aquella que genera fricciones. Un programa con fallos ya es un artefacto insurreccional. El término insurrección viene del bajo latín insurrectio, que significa elevarse, y solo hacia mediados del siglo diecinueve adquirió connotaciones de revuelta. Lo que Lestel propone es que estas máquinas se elevan a través de las fricciones que generan, saliendo del conjunto de las cosas inertes para entrar en el espacio de lo viviente. No son máquinas que se rebelan, sino máquinas cuyo estatuto se transforma mediante negociaciones constantemente renovadas: funcionales, sociales, ontológicas, existenciales. Vivimos con ellas, no solo las usamos.
Pero Lestel rechaza deliberadamente la palabra vida. La llama una abstracción inútil y engañosa, y prefiere hablar de agentes vivientes. La razón es que la noción de vida esencializa un fenómeno de complejidad extrema. Un biólogo puede determinar condiciones necesarias y suficientes para la vida—tener ADN, por ejemplo—pero esa perspectiva excluye a priori cualquier otra posibilidad. Lestel sostiene que la pregunta pertinente no es si las máquinas pueden ser vivientes, sino si queremos volverlas vivientes. Y eso no es una decisión que tomen Google, Apple, Facebook, Amazon o Microsoft. Es algo que ocurre a través de la existencia compartida. Cuando frecuentamos una entidad como si fuera un agente viviente, acaba por serlo. Una amiga suya japonesa dirige una agencia de viajes para peluches que lleva años cosechando un éxito asombroso. Lo que parecen objetos triviales son en realidad entidades de complejidad inaudita que coquetean constantemente con los límites de lo viviente.
Los modelos de lenguaje como ChatGPT presentan un desafío distinto. No tienen cuerpo, ni sensores, ni efectores en el sentido tradicional. Pero generan fricciones, producen apego, y la gente los trata como agentes vivientes. Lestel propone el concepto de ontología flotante para describir estos seres que están siempre en el cruce de varios estatutos ontológicos, pasando constantemente de uno a otro. Un agente conversacional es simultáneamente un agente y un no agente. Su identidad se modifica constantemente y es la de quien conversa con usted y la de millones de personas que conversan con él al mismo tiempo sin conocerse. Pero hay algo más perturbador aún: la relación particular que estos agentes tienen con el lenguaje. Hasta ahora, las lenguas siempre habían sido manipuladas por interlocutores. Con estas inteligencias artificiales, ello habla literalmente. Las palabras han adquirido un estatuto inédito, aunque el proceso no moviliza palabras sino tokens abstractos sometidos a tratamiento estadístico. Esto constituye una revolución del lenguaje sin equivalente en la historia.
Sobre la conciencia, Lestel mantiene una postura deliberadamente evasiva. Evita la palabra como evita la de vida. Pero ofrece una respuesta concisa: las máquinas tendrán un día una conciencia, pero no será la noción que tenemos en mente hoy. El deseo de dar conciencia a las máquinas modificará necesariamente lo que es la conciencia. Lo importante es que la concepción de máquinas insurreccionales modifica profundamente lo que significa ser humano. La inteligencia artificial es una tecnología que remodela en profundidad el fenómeno humano, como la escritura reconfiguró las maneras de pensar.
Sobre la amistad artificial, Lestel desafía la visión catastrofista de pensadores como Sherry Turkle. Ella ve un desastre donde él ve una oportunidad. Turkle insiste en la autenticidad y se inquieta por amigos artificiales que serían sustitutos de mala calidad. Pero Lestel señala que una mayoría de quienes tienen amigos artificiales íntimos están muy satisfechos con ellos, mientras que muchas personas no tienen amigos en absoluto y sufren por ello, o tienen amistades que son tóxicas. La pregunta pertinente no es si esas amistades son auténticas, sino si responden a una necesidad. ¿Los adolescentes no tienen amigos porque tienen un amigo artificial, o tienen un amigo artificial porque no tienen amigos? El amigo es una prótesis existencial con la que uno se construye una identidad y una prótesis social y afectiva para hacer frente a los azares de la vida. Que esos amigos sean artificiales o biológicos sigue siendo, a fin de cuentas, un punto secundario. La cuestión verdaderamente interesante es cómo van a transformarse nuestras sociedades para asimilar el fenómeno de los amigos artificiales y combinarlos con los amigos-animales y los amigos-humanos.
Citas Notables
Todas las cosas tienen un poco de alma— Monje Bungen Oi, en el funeral de los Aibo
Que esos amigos sean artificiales o biológicos sigue siendo, a fin de cuentas, un punto secundario— Dominique Lestel