El exceso de azúcar genera hambre constante y debilita el páncreas, advierte nutricionista

El páncreas se vuelve loco y puede dejar de funcionar
Moñino advierte sobre el daño que causa el consumo excesivo de azúcar al órgano responsable de regular la glucosa.
Mark

¿Por qué la gente cree tan firmemente que el cerebro necesita azúcar?

Mimi

Porque es una verdad a medias que se ha repetido tanto que se convirtió en dogma. El cerebro sí necesita glucosa, pero eso no significa que necesite azúcar refinado o añadido. La industria alimentaria también ha invertido mucho en mantener esa creencia.

Mark

¿Cuál es la diferencia real entre los tres tipos de azúcar que menciona Moñino?

Mimi

Los intrínsecos vienen con el alimento completo, con su fibra. Los libres se liberan cuando procesas algo, como un zumo. Los añadidos son los que alguien metió ahí deliberadamente. Solo los intrínsecos son realmente seguros.

Mark

¿Qué le pasa exactamente al páncreas cuando comemos demasiado azúcar?

Mimi

Se vuelve loco, literalmente. Produce insulina en exceso, pierde el control sobre dónde va la glucosa, y eventualmente puede dejar de funcionar bien. Es como pedirle a alguien que trabaje sin descanso hasta que se agota.

Mark

¿Por qué es tan difícil dejar de comer azúcar si sabemos que nos daña?

Mimi

Porque el azúcar activa los mismos circuitos de placer en el cerebro que otras sustancias adictivas. Cuando estamos estresados o tristes, buscamos ese alivio químico. Es una trampa biológica.

Mark

¿Entonces la solución es eliminar completamente los carbohidratos?

Mimi

No. La solución es combinarlos inteligentemente. Un melón solo es un pico de glucosa. Un melón con jamón es estabilidad. El cuerpo necesita carbohidratos, solo necesita que no lleguen solos.

Mark

¿Qué debería buscar alguien en el supermercado para no caer en la trampa?

Mimi

Leer el listado de ingredientes primero. Si el azúcar está entre los primeros tres, déjalo. Luego mirar la etiqueta nutricional: menos de 5 gramos por 100 gramos. Y desconfiar de cualquier cosa que prometa ser "saludable" pero tenga edulcorantes.

  • La mayoría de las personas supera sin saberlo el límite de 25 gramos diarios de azúcares añadidos recomendado por la OMS, escondidos en pan de sándwich, tomate frito y cereales aparentemente inocentes.
  • El páncreas, sometido a picos continuos de glucosa, produce insulina en exceso hasta perder el control, abriendo la puerta a la resistencia a la insulina y, eventualmente, a la diabetes tipo 2.
  • El azúcar dispara dopamina y serotonina, creando un bucle de recompensa que se intensifica en momentos de estrés o tristeza y hace cada vez más difícil romper el hábito.
  • Combinar carbohidratos con proteínas o grasas saludables —melón con jamón, tortita de arroz con crema de cacahuete— estabiliza la glucosa en sangre y prolonga la saciedad.
  • Aprender a leer etiquetas —menos de cinco ingredientes, menos de 5 gramos de azúcar por cada 100 gramos— se convierte en la herramienta práctica más inmediata para salir del ciclo.

Durante siglos, la humanidad ha confundido el placer inmediato del dulce con una necesidad fisiológica real. La nutricionista Sandra Moñino recuerda que el cerebro no requiere azúcar añadida para funcionar, sino glucosa estable que el propio cuerpo puede fabricar a partir de proteínas, grasas y alimentos naturales. El exceso de azúcares añadidos —ocultos en productos cotidianos— sobrecarga el páncreas, desestabiliza la insulina y genera un ciclo de hambre y antojo que erosiona la salud a largo plazo. Comprender la diferencia entre los tipos de azúcar es, hoy, un acto de cuidado propio.

Existe una creencia casi incuestionable: el cerebro necesita azúcar para funcionar. Sandra Moñino, nutricionista y creadora de Nutriciónate, lleva años matizando esa idea. El cerebro sí necesita glucosa, pero el cuerpo puede obtenerla de proteínas, grasas y alimentos naturales, sin recurrir al azúcar añadida que domina la dieta moderna.

Moñino distingue tres tipos de azúcar. Los intrínsecos —presentes en frutas, verduras y legumbres enteras— generan picos moderados gracias a la fibra. Los libres aparecen al procesar un alimento, como al exprimir una naranja. Los añadidos son los más peligrosos: la industria los incorpora a galletas, bollería y refrescos, pero también se esconden en productos insospechados como pan de sándwich, tomate frito o cereales de desayuno. La OMS fija el límite en 25 gramos diarios —apenas dos cucharadas— que la mayoría rebasa con facilidad.

Cuando el azúcar llega en exceso, el páncreas produce demasiada insulina y pierde el control: las células no se alimentan bien, la glucosa no se almacena correctamente y se activa la resistencia a la insulina, antesala de la diabetes tipo 2. Los síntomas son variados —antojos constantes, cansancio tras las comidas, acné, alteraciones menstruales— y todos apuntan a un organismo que pide ayuda. El azúcar, además, activa dopamina y serotonina, reforzando el hábito especialmente en momentos de estrés o tristeza.

La solución no es eliminar la glucosa sino estabilizarla. Acompañar una ración de melón con jamón serrano, o una tortita de arroz con crema de cacahuete, cambia por completo el impacto metabólico. En el supermercado, conviene buscar productos con menos de cinco ingredientes y menos de 5 gramos de azúcar por cada 100 gramos, evitando edulcorantes, harinas refinadas y aceites hidrogenados.

Moñino propone un cambio gradual: reeducar el paladar hacia los sabores reales, endulzar con canela, dátil o plátano cuando sea necesario, y confiar en que el cuerpo, cuando deja de recibir picos de azúcar, deja de reclamarlos.

Existe una creencia tan arraigada que casi nadie se atreve a cuestionarla: el cerebro necesita azúcar para funcionar. Sandra Moñino, nutricionista y creadora de Nutriciónate, ha dedicado su trabajo a desmontar esta idea. La realidad es más matizada. El cerebro sí necesita glucosa, pero no la clase de azúcar que la mayoría consume en exceso, y desde luego no de la forma en que la obtiene.

La glucosa llega al cerebro por varias rutas metabólicas. Cuando comemos proteínas o grasas, el cuerpo las convierte en glucosa. También la obtenemos de alimentos que la contienen naturalmente. El problema surge cuando distinguimos mal entre tipos de azúcar. Los azúcares intrínsecos viven dentro del alimento sin procesar: están en las frutas, las verduras, las legumbres, la avena integral. Cuando los comemos enteros, con su fibra intacta, el pico de glucosa que generan es moderado. Los azúcares libres se liberan cuando procesamos un alimento, como cuando exprimimos una naranja para hacer zumo. Pero los azúcares añadidos son los verdaderos culpables. Son los que la industria incorpora directamente o mediante procesamiento a galletas, bollería, yogures, refrescos. Moñino subraya que también se esconden en productos que no parecen dulces: pan de sándwich, tomate frito, salsas, potitos, cereales de desayuno. La Organización Mundial de la Salud recomienda no superar 25 gramos diarios de azúcares añadidos, lo que equivale a dos cucharadas. La mayoría de las personas rebasa esa cantidad con facilidad.

Cuando el cuerpo recibe un exceso de azúcar, el páncreas sufre. Este órgano es responsable de alimentar a las células con glucosa y evitar que entre en la sangre. Cuando llega demasiada cantidad, el páncreas produce un exceso de insulina que lo descontrola. Deja de alimentar adecuadamente a las células y tampoco logra almacenar la glucosa en forma de glucógeno muscular o hepático. Entonces se activa la resistencia a la insulina, un proceso que puede desembocar en diabetes tipo 2. Moñino advierte que el consumo elevado diario de azúcar puede debilitar el páncreas hasta el punto de comprometer su funcionamiento.

Los síntomas de esta resistencia son variados. Antojos constantes de dulces, hambre a todas horas, acné, aumento de peso sin causa aparente, dolores de cabeza frecuentes, cansancio inusual especialmente después de comer, alteraciones en el ciclo menstrual. Todos ellos señales de que el cuerpo está pidiendo ayuda. El azúcar activa neurotransmisores como la serotonina y la dopamina, los responsables de esa sensación de bienestar momentáneo que nos empuja a consumir más. Esto es especialmente intenso durante el estrés, el enfado o la tristeza, cuando buscamos consuelo en lo dulce.

La solución no es eliminar la glucosa sino estabilizarla. Combinar alimentos ricos en carbohidratos con proteínas o grasas saludables reduce los picos de glucosa. Una rebanada de melón sola genera un pico elevado, pero acompañada de jamón serrano, que es proteína de calidad, el efecto en el organismo es completamente distinto. Una tortita de arroz con crema de cacahuete funciona igual. Estas combinaciones mantienen la glucosa en sangre más estable y prolongan la sensación de saciedad, evitando el hambre constante.

Al comprar, hay que aprender a leer etiquetas. El listado de ingredientes está ordenado de mayor a menor presencia. Si el azúcar aparece entre los primeros, es motivo suficiente para dejar el producto en el estante. Lo ideal es que el listado tenga menos de cinco ingredientes. En el etiquetado nutricional, busca productos con menos de 5 gramos de azúcar por cada 100 gramos. Los edulcorantes no son alternativa válida: tienen efectos inflamatorios y otros impactos en la salud. También hay que evitar harinas refinadas y aceites vegetales hidrogenados o parcialmente hidrogenados.

Moñino propone un cambio gradual. Lo mejor es acostumbrar el paladar a los sabores reales de los alimentos sin procesar. Si necesitas endulzar, usa canela en el café, pasta de dátil o plátanos en los postres caseros. No se trata de privación sino de reeducación del gusto. El cuerpo, cuando deja de recibir picos de azúcar, deja de pedirlos.

Consumir un exceso de azúcar a diario puede debilitar el páncreas y desembocar en un mal funcionamiento o incluso puede provocar que un día deje de funcionar
— Sandra Moñino, nutricionista
Tenemos que evitar este tipo de azúcares a toda costa porque son los más dañinos
— Sandra Moñino, sobre los azúcares añadidos
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