Desde enero, el campo español ha sufrido un carrusel de desastres meteorológicos: lluvias torrenciales, heladas extremas, granizo, calor de más de 40°C e incendios que afectan a 40 provincias. Los ganaderos del norte consumen ya en agosto las reservas de invierno por falta de pasto, mientras que el cereal en Castilla y León cae un 45% y la uva moscatel en Málaga pierde más del 40%.
El campo español lucha por sobrevivir tras ocho meses de crisis climática sin precedentes
No es una anomalía pasajera, sino una crisis estructural
¿Por qué este año es diferente a otros años malos que ha habido en la agricultura española?
Porque no es un desastre aislado. Es como si alguien hubiera decidido golpear el campo una y otra vez sin parar. Enero lluvia, marzo helada, abril granizo, junio calor. Cada vez que una explotación empieza a recuperarse, llega el siguiente golpe.
Pero España siempre ha tenido sequías, tormentas, heladas. ¿Qué hace que esto sea estructural y no solo mala suerte?
La intensidad y la frecuencia. Los eventos son muchísimo más extremos. Y lo peor es que no hay pausa. Antes podías planificar alrededor de una mala cosecha cada cierto tiempo. Ahora es continuo. Es como si el clima hubiera cambiado las reglas del juego.
Los ganaderos del norte están usando sus reservas de invierno en agosto. ¿Qué significa eso en la práctica?
Significa que no hay pasto. El calor y la falta de lluvia han secado los prados. Así que tienen que alimentar a los animales con lo que guardaban para cuando no hay hierba. Pero ahora tienen que reponerlo en un mercado donde la paja se ha encarecido un 32% en dos meses. Es un desembolso imprevisto que puede quebrar una granja familiar.
¿Y si no reponen esas reservas?
Entonces en invierno no tendrán alimento. O tienen que vender los animales al matadero. Para un ganadero, eso es el fin.
Los números de daños son enormes. ¿Hay algún precedente?
Sí, pero no reciente. 2023 fue peor en el conjunto del año, con 1.241 millones en indemnizaciones. Pero estamos en agosto y ya vamos por 374 millones. Y el ciclo agrícola no ha terminado. Faltan campañas importantes como la del olivar, los cítricos, el viñedo tardío.
¿Qué piden los agricultores al Gobierno?
Políticas de largo plazo. No parches. Dicen que el Gobierno sigue tratando cada crisis como si fuese un episodio aislado, cuando es un problema estructural. Necesitan mecanismos que les permitan continuar, no solo indemnizaciones después de que todo se haya perdido.
Le Pouls
- 1,2 millones de hectáreas dañadas hasta finales de julio de 2026
- 374 millones de euros en indemnizaciones acumuladas hasta julio
- Castilla y León registra caída del 45% en cereal de invierno
- 15.800 hectáreas agrícolas afectadas por incendios hasta el 17 de agosto
- Ganaderos del norte consumen reservas de invierno desde mediados de julio
Desde enero, el campo español ha sufrido un carrusel de desastres meteorológicos: lluvias torrenciales, heladas extremas, granizo, calor de más de 40°C e incendios que afectan a 40 provincias. Los ganaderos del norte consumen ya en agosto las reservas de invierno por falta de pasto, mientras que el cereal en Castilla y León cae un 45% y la uva moscatel en Málaga pierde más del 40%.
El sector agrario español sufre su peor año en décadas con 1,2 millones de hectáreas dañadas por tormentas, heladas, granizo, sequía e incendios, acumulando indemnizaciones de 374 millones de euros hasta julio.
A finales de agosto, el campo español se desmorona. No de golpe, sino en oleadas sucesivas que no dejan respiro. Desde enero, agricultores y ganaderos han visto cómo sus tierras sufren un castigo meteorológico sin tregua: primero las borrascas atlánticas que anegaron los suelos, luego las heladas que quemaron los brotes, después el granizo que destrozó viñedos, y finalmente un calor extremo que ha resecado pastos y acelerado la maduración de cereales. Ahora, en agosto, los ganaderos del norte ya están consumiendo las reservas de alimento que guardaban para el invierno porque no hay hierba en los prados. Las cifras son brutales: 1,2 millones de hectáreas dañadas hasta finales de julio, indemnizaciones que rondan los 374 millones de euros, y el ciclo agrícola aún no ha terminado.
Lo que distingue este año de una mala cosecha cualquiera es su naturaleza acumulativa. Cristóbal Cano, secretario general de la asociación agraria UPA, lo resume así: apenas una explotación empieza a recuperarse de un susto, llega el siguiente. No es una anomalía pasajera, advierte, sino una crisis estructural. Las condiciones para producir alimentos hoy son completamente distintas a las de generaciones anteriores. Sergio de Andrés Osorio, director general de Agroseguro, la aseguradora que registra estos daños, es aún más directo: los eventos climáticos son muchísimo más intensos y extremos. No se trata de un año catastrófico aislado, sino de una tendencia creciente y continua que sitúa al sector en el período de mayor siniestralidad acumulada de su historia.
El año comenzó con violencia. Las borrascas atlánticas que atravesaron la Península durante enero y febrero llegaron con una intensidad que puso contra las cuerdas a algunas de las zonas agrícolas más productivas. En Huelva, el sector de los frutos rojos fue de los primeros en sufrir. Más de 11.650 hectáreas de fresón y otros productos registraron daños. Unas 3.800 hectáreas quedaron anegadas por exceso de agua, y otras 2.100 fueron destrozadas por el viento que arrasó macrotúneles e invernaderos. Para un sector que depende de una ventana de venta corta y de miles de trabajadores temporales, arrancar con una parte de la producción perdida significó mucho más que una mala cosecha: fue el primer golpe de un año que no pararía de golpear.
En marzo llegaron las heladas. Más de 56.650 hectáreas resultaron afectadas. El golpe fue especialmente duro para los cultivos que ya habían empezado a florecer. Los frutales de hueso, como melocotoneros y almendros, quedaron expuestos justo cuando necesitaban temperaturas estables para dar frutos. En total, unas 19.700 hectáreas de cultivos herbáceos como trigo o cebada, y 12.800 de frutos secos, sufrieron daños por los fríos extremos. Abril no dio descanso: el granizo golpeó viñedos y frutales. Y al cabo de semanas, el país pasó de las heladas al calor extremo. Los termómetros superaron los 40 grados en amplias zonas en un momento delicado para los cultivos. El cereal fue el primero en mostrar un desplome productivo. Castilla y León, principal granero de cereal de invierno de España, cerró la campaña con una caída superior al 45% respecto al año anterior. En Málaga, algunos viticultores calcularon pérdidas de más del 40% en la uva moscatel. En Extremadura, las altas temperaturas coincidieron con la floración del tomate. En Jaén, el calor dañó la flor del olivo justo cuando el sector esperaba que una buena cosecha de otoño e invierno ayudara a dejar atrás varios años marcados por la sequía.
A partir de junio, las altas temperaturas y la falta de humedad cambiaron de nuevo el paisaje. Los incendios se multiplicaron. El fuego ha alcanzado pastos, explotaciones ganaderas, sistemas de riego, maquinaria y otras infraestructuras necesarias para mantener las explotaciones. Hasta el 17 de agosto, Agroseguro había recibido partes correspondientes a más de 15.800 hectáreas agrícolas afectadas por los incendios, la segunda cifra más alta de la última década, solo por detrás de 2025, cuando ardieron 20.740 hectáreas. En Castellón, las llamas arrasaron más de 2.000 hectáreas productivas. La asociación Asaja estima que los daños rondan los 35 o 40 millones de euros, tanto en cosechas como en infraestructura.
El calor sostenido también está afectando la salud de los animales a través del estrés térmico. Las vacas soportan mucho mejor el frío, pero con este calor continuo, las defensas se les bajan porque no comen pasto fresco nutritivo. María Osorio, ganadera de vacas de carne en Os Ancares (Lugo), ha tenido diarreas, brotes de conjuntivitis bovina propagados por las moscas, y casos raros de úlceras bacterianas en las pezuñas que al principio temía que fuesen lengua azul. El verano ha abierto otro frente en el norte del país. Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco y la vertiente cántabra de Navarra están atravesando una crisis forrajera. El calor de agosto, con máximas de entre 35 y 40 grados, sumadas a la falta de lluvias, han dejado sin hierba a muchas explotaciones de vacuno. Los ganaderos han tenido que echar mano antes de tiempo de las reservas de invierno. En Lugo y Ourense, las pérdidas de cultivos para alimentar al ganado superan el 60%. En Asturias, el maíz forrajero registra descensos de entre el 60% y el 80%. La falta de agua también está afectando directamente al abastecimiento de los animales. En Cantabria y en algunas zonas de Bizkaia ha sido necesario transportar agua para garantizar su consumo ante la reducción del caudal de los ríos y el agotamiento de los manantiales.
Detrás de las cifras oficiales hay cosechas perdidas, infraestructuras rotas y ahorros agotados. Isabel Vilalba Seivane, ganadera en Galicia y miembro de la ejecutiva de COAG, expone la realidad: se necesitan mecanismos para que el sector tenga manera de continuar y que estas graves pérdidas no signifiquen el abandono de los cultivos o mandar animales al matadero porque no hay alimento. El sector insiste en que España no puede seguir gestionando el clima con parches coyunturales. No hay una línea de trabajo para los retos meteorológicos que tenga entidad y continuidad por parte del Gobierno. Siguen tratando las crisis como si fuesen episodios aislados cuando es un problema estructural. El impacto de estos meses negativos trasciende las lindes del campo, alimentando la inflación que se trasladará en forma de alimentos más caros para todos los consumidores y restando ingresos a los productores.
Citations marquantes
Las condiciones para producir alimentos hoy son completamente distintas a las de nuestros padres o abuelos— Cristóbal Cano, secretario general de UPA
No hablamos de un año catastrófico aislado, sino de una tendencia creciente y continua que nos sitúa en el período de mayor siniestralidad acumulada de nuestra historia— Sergio de Andrés Osorio, director general de Agroseguro