Desde las estepas patagónicas hasta los centros de poder en Washington y Beijing, una cooperativa de telecomunicaciones en Neuquén se convierte en símbolo de una era: la de una potencia que ya no puede ganar en el mercado y recurre a la presión política para preservar lo que queda de su influencia. La disputa por la tecnología de Huawei en América Latina no es un episodio menor, sino un reflejo del desplazamiento tectónico del poder mundial hacia un orden multipolar donde ninguna nación dicta las reglas con la autoridad de antaño. Lo que está en juego no es solo quién provee las antenas, sino
EE.UU. presiona a cooperativa neuquina para abandonar Huawei en contexto de declive hegemónico
Cuando no se puede competir en el mercado, queda la presión política
¿Por qué Estados Unidos presiona específicamente a una cooperativa pequeña en Neuquén? ¿No hay objetivos más grandes?
La cooperativa es pequeña, pero es un punto de entrada. Lo que importa es que Huawei está ganando terreno en telecomunicaciones en América Latina. Si logran frenar a CALF, envían un mensaje. Pero el verdadero objetivo es el Grupo Clarín, que usa Huawei para expandir Personal. Es sobre quién controla la infraestructura de comunicaciones.
Mencionaste que Trump intentó frenar a Huawei en 2018 y fracasó. ¿Cómo es posible que fracase una potencia mundial contra una empresa?
Porque la guerra tecnológica no se gana por decreto. Huawei ya lideraba en innovación. Las sanciones la obligaron a desarrollar sus propias cadenas de suministro. Terminó siendo más fuerte. Ahora ofrece tecnología competitiva a precio accesible. Estados Unidos no puede competir en eso, así que usa presión política.
Dijiste que China no tiene una visión misionerista. ¿Eso significa que es menos amenazante que Estados Unidos?
No es menos amenazante, es amenazante de otra manera. China no quiere imponer su sistema político. Pero sí quiere ser el centro de la economía mundial y controlar minerales y energía estratégicos. La diferencia es que lo hace a través de comercio e inversión, no de intervención militar. Para América Latina, eso puede ser mejor o peor dependiendo de cómo se negocie.
¿Entonces estamos en una nueva Guerra Fría?
No. En la Guerra Fría había dos bloques separados que casi no comerciaban. Hoy China y Estados Unidos comercializan cuatrocientos mil millones de dólares anuales. Están en guerra en tecnología, información, comercio. Pero al mismo tiempo dependen el uno del otro. Es híbrida porque no es una guerra declarada. Es múltiple: ciberguerra, guerra comercial, guerra informativa. Y hay focos donde sí hay combate convencional, como Ucrania.
¿Qué significa esto para Argentina o para América Latina?
Significa que estamos en el medio de una transición de poder. Estados Unidos quiere mantener control sobre la región. China quiere acceso a minerales y energía. Ambos presionan. Para los países de la región, la pregunta es si pueden construir autonomía relativa o si terminan siendo peones en el tablero de otros.
¿Cuál es el siguiente movimiento?
Depende de cómo responda América Latina. Si los países se alinean completamente con Estados Unidos, pierden oportunidades económicas con China. Si se alinean con China, enfrentan presión estadounidense. La salida es construir capacidades propias en sectores estratégicos y negociar desde una posición más fuerte. Pero eso requiere coordinación regional que hoy no existe.
O Pulso
- Washington presiona directamente a una cooperativa neuquina para que rechace a Huawei, revelando que la competencia tecnológica ya no se libra en el mercado sino en los despachos diplomáticos.
- La estrategia apunta más allá de CALF: el verdadero objetivo es desarticular los vínculos entre empresas chinas y actores económicos clave en telecomunicaciones, energía, ferrocarriles e infraestructura crítica de toda la región.
- La guerra tecnológica que Trump lanzó en 2018 contra Huawei no solo fracasó en frenar a China, sino que la fortaleció; hoy Huawei lidera en patentes y ofrece tecnología competitiva y barata en todo el continente.
- Estados Unidos asegura su control sobre Europa, Japón y América Latina mientras China, India y Rusia construyen instituciones alternativas —BRICS, OCS— que erosionan el orden occidental desde adentro.
- El mundo emergente no es una nueva hegemonía china ni una Guerra Fría bipolar, sino una transición multipolar con interdependencia profunda: guerra comercial y tecnológica de día, cuatrocientos mil millones de dólares en comercio mutuo de noche.
Desde las estepas patagónicas hasta los centros de poder en Washington y Beijing, una cooperativa de telecomunicaciones en Neuquén se convierte en símbolo de una era: la de una potencia que ya no puede ganar en el mercado y recurre a la presión política para preservar lo que queda de su influencia. La disputa por la tecnología de Huawei en América Latina no es un episodio menor, sino un reflejo del desplazamiento tectónico del poder mundial hacia un orden multipolar donde ninguna nación dicta las reglas con la autoridad de antaño. Lo que está en juego no es solo quién provee las antenas, sino quién controla la infraestructura del siglo que viene.
Washington está presionando a CALF, una cooperativa de telecomunicaciones en Neuquén, para que abandone la tecnología de Huawei. Según el politólogo Gabriel Merino, este episodio no es un incidente aislado: es la expresión visible de una estrategia deliberada que revela cuánto ha cambiado el equilibrio de poder mundial. Cuando una potencia que dominó durante décadas debe recurrir a la coerción política para mantener su influencia, es porque ya no puede ganar en el mercado.
El verdadero destinatario de la presión va más allá de la cooperativa patagónica. Merino señala que Estados Unidos busca romper los lazos entre empresas tecnológicas chinas y actores económicos locales en sectores estratégicos: telecomunicaciones, energía nuclear, aeropuertos, infraestructura ferroviaria. El caso del sistema de pagos brasileño PIX —que Washington también intentó frenar— ilustra que el objetivo no es solo excluir a China, sino impedir cualquier autonomía regional que amenace el dominio del sistema financiero estadounidense.
La ironía es que la guerra tecnológica contra Huawei, iniciada por Trump en 2018, produjo el efecto contrario al buscado: potenció a China. Hoy Huawei lidera en solicitudes de patentes de vanguardia y ofrece en América Latina tecnología barata y competitiva. Estados Unidos perdió la batalla del mercado y le queda la presión política.
Este escenario se enmarca en un declive estructural. China representa un tercio de la manufactura mundial; su industria supera la suma de las de Estados Unidos, Japón y Alemania. A paridad de poder adquisitivo, las primeras cuatro economías son China, Estados Unidos, India y Rusia. Las nuevas instituciones del sur global —BRICS, Organización de Cooperación de Shanghái— erosionan el orden que Washington construyó tras 1945. Incluso en lo militar, donde gasta enormemente, Estados Unidos no logra sus objetivos: ni cambio de régimen en Irán ni victoria decisiva en Ucrania.
El mundo que emerge no es una nueva hegemonía china ni una Guerra Fría bipolar. Es una transición multipolar que se parece más al período 1914-1945 que al de la posguerra. China y Estados Unidos libran una guerra comercial, tecnológica e informativa mientras intercambian más de cuatrocientos mil millones de dólares en bienes y servicios. Es cooperación y conflicto al mismo tiempo. La presión sobre una cooperativa neuquina es apenas un movimiento más en ese tablero global en transformación.
Washington está ejerciendo presión sobre una cooperativa de telecomunicaciones en Neuquén para que abandone la tecnología de Huawei. La presión es real, pero lo que revela es mucho más profundo: un cambio sísmico en el equilibrio de poder mundial que obliga a Estados Unidos a recurrir a tácticas cada vez más coercitivas en las regiones donde aún puede ejercer control.
Según el análisis del politólogo Gabriel Merino, esta presión sobre CALF —la cooperativa neuquina— no es un incidente aislado sino parte de una estrategia deliberada. Estados Unidos enfrenta una realidad incómoda: ya no puede competir con China en precio ni en calidad tecnológica. Eso es particularmente notable en lo que Washington considera su patio trasero, América Latina. Cuando una potencia que durante décadas dominó sin cuestionamientos debe recurrir a la presión política y diplomática para mantener su influencia, es porque ha perdido la capacidad de ganar en el mercado.
La maniobra apunta más allá de la cooperativa. Merino señala que el verdadero destinatario es el Grupo Clarín, que a través de Personal mantiene una articulación profunda con Huawei para desarrollarse como empresa de telecomunicaciones. La estrategia estadounidense busca romper los vínculos entre empresas tecnológicas chinas y actores económicos locales, no solo en telecomunicaciones sino en infraestructura crítica, aeropuertos, sistemas de carga ferroviaria y energía nuclear. El objetivo es asegurar el control estadounidense sobre sectores estratégicos en la región.
Esta presión también revela un fracaso. Trump lanzó una guerra tecnológica contra China en 2018 con Huawei como blanco central. La intención era frenar el desarrollo tecnológico chino. No solo no funcionó: potenció enormemente a China. Huawei continuó liderando en solicitudes de patentes tecnológicas de vanguardia. Ahora ofrece en América Latina una tecnología barata, competitiva y de calidad. Cuando no se puede competir en el mercado, queda la presión política.
Para Estados Unidos, el control de las tecnologías de información y comunicación es central no solo económicamente sino estratégicamente y en términos de inteligencia. Desde la tercera revolución industrial en los años sesenta y setenta, estas tecnologías fueron un monopolio occidental. Perder ese lugar es preocupante. Por eso prohibió los vínculos con China. En diciembre del año pasado, la nueva Estrategia de Seguridad Nacional estadounidense formalizó el objetivo de excluir a competidores extrahemisféricos de activos estratégicos en la región. Pero hay un matiz importante: no solo busca excluir a China, sino también frenar autonomía relativa en la región. El conflicto con Brasil sobre el PIX, un sistema de pagos alternativo sin costo, lo demuestra. Estados Unidos no quiere que nada reemplace el dominio de Visa, Mastercard y el sistema financiero estadounidense.
Esta presión ocurre en el contexto de un declive relativo estadounidense que es estructural. Estados Unidos sigue siendo una potencia dominante, pero ya no hegemónica. El centro productivo del mundo se trasladó hacia Asia-Pacífico. China representa un tercio de la manufactura mundial; su industria supera la suma de las industrias de Estados Unidos, Japón y Alemania juntas. A precios de poder adquisitivo, las primeras cuatro economías del mundo son China, Estados Unidos, India y Rusia, en ese orden. China, India y Rusia construyeron nuevas instituciones —BRICS, Organización de Cooperación de Shanghái— que se solapan con las viejas instituciones que dominaba Estados Unidos. Incluso en lo militar, donde Estados Unidos gasta enormemente, no logra obtener sus objetivos políticos y estratégicos. No pudo producir un cambio de régimen en Irán ni una victoria decisiva en Ucrania que sacara a Rusia del juego de las grandes potencias.
En este escenario de transición, Estados Unidos está asegurando el control de las regiones donde aún conserva primacía: Europa, Japón y América Latina. Una de sus estrategias clave es posicionarse en el control de la energía y los minerales críticos a nivel mundial. América Latina tiene ambos. Controlar esas materias primas y esa energía le da una herramienta importante en la lucha de poder mundial. Pero el mundo que emerge no es una nueva hegemonía china sino un mundo en transición, relativamente multipolar, sin hegemonía clara. China no busca imponer su sistema de gobierno ni su sistema económico a otros. No tiene una visión misionerista ni territorialista como la que Occidente ejerció durante siglos. Su apuesta es por la paz y por construir gobernanza global con el sur global —África, Asia, América Latina— como socios principales. Entiende que un mundo en paz es el mejor escenario para su ascenso.
Esta no es una Guerra Fría. El contexto es completamente distinto. En la Guerra Fría, Estados Unidos era la mitad de la economía mundial. Hoy es un espacio de transición de poder que se parece más al período entre 1914 y 1945 que al período entre 1945 y 1989. No es bipolar sino relativamente multipolar. No hay bloques separados sino profunda interdependencia: China produce el noventa por ciento de los drones del mundo y el ochenta por ciento de los componentes de computadoras. Mientras Estados Unidos y China hacen guerra tecnológica, comercial e informativa, comercializan más de cuatrocientos mil millones de dólares en mercancías y servicios. Es un sistema de cooperación y guerra simultáneamente. Por eso es una guerra híbrida: se juega en múltiples frentes —comercial, tecnológico, cibernético, informativo— sin confrontación bélica directa, aunque hay focos convencionales como Ucrania, Irán y potencialmente Taiwán. La presión sobre una cooperativa neuquina es un movimiento más en este tablero global en transformación.
Citações Notáveis
Estados Unidos está cada vez más complicado para competir en tecnología de punta con China, en precio y en calidad— Gabriel Merino, politólogo
Estados Unidos sigue siendo una potencia dominante, pero ya no hegemónica. Ya no ejerce el papel del hegemón— Gabriel Merino, politólogo