Desde una pequeña galaxia irregular que existía cuando el universo apenas cumplía 3.000 millones de años, una ráfaga de radio cruzó el cosmos durante más de diez mil millones de años hasta ser capturada por un radiotelescopio en Sudáfrica en marzo de 2024. El hallazgo, bautizado FRB 20240304B, duplica el alcance cósmico en que la humanidad ha logrado localizar estos fenómenos y convierte ese destello de milisegundos en una ventana hacia los primeros capítulos de la historia del universo. Como una linterna encendida en la infancia del cosmos, la señal no solo habla de su origen, sino de todo lo
Detectan la ráfaga de radio más lejana: desde un universo de 3.000 millones de años
El espacio dejaba una marca sobre la señal
¿Por qué es tan difícil encontrar estas ráfagas de radio si liberan tanta energía?
Duran milisegundos. Es como intentar ver un relámpago específico en una tormenta sin saber cuándo ni dónde mirar. Y cuando vienen de tan lejos, la señal se debilita enormemente.
Pero el MeerKAT la captó. ¿Qué tan raro es eso?
Muy raro. El telescopio estaba observando esa región del cielo, y la ráfaga llegó en el momento exacto. Fue suerte combinada con tecnología.
Y luego usaron el James Webb para confirmar de dónde venía.
Exacto. El Webb vio la galaxia en infrarrojo, lo que permitió obtener el espectro y confirmar que era la fuente con casi certeza total.
¿Casi? ¿Cuál es el margen de incertidumbre?
El 97,5 por ciento de probabilidad. Hay un 2,5 por ciento de que sea una coincidencia de posición.
¿Y qué nos dice esa galaxia sobre qué produjo la ráfaga?
Que es joven, pequeña y está formando estrellas activamente. Eso sugiere que algo joven, como un magnetar recién nacido, podría ser responsable.
¿Pero no es seguro?
No. Hay otros modelos que proponen fusiones de estrellas de neutrones, que necesitarían más tiempo. La galaxia no descarta eso completamente.
¿Cuál es el siguiente paso?
Buscar ráfagas aún más antiguas, más cerca del nacimiento del universo. Cada una que encuentren es una ventana a cómo era el cosmos primitivo.
Le Pouls
- Una señal de radio liberó en milisegundos la energía que el sol tarda dieciocho meses en producir, viajando más de 10.000 millones de años antes de ser detectada.
- El origen era tan débil que ningún telescopio convencional podía verlo: solo el James Webb, observando en infrarrojo, logró identificar la diminuta galaxia fuente con un 97,5% de certeza.
- La galaxia anfitriona —pequeña, pobre en metales y con formación estelar activa— desafía los modelos que atribuyen estas ráfagas a procesos lentos, favoreciendo en cambio la hipótesis de magnetares jóvenes nacidos de supernovas recientes.
- El pulso lleva inscrita en su dispersión la huella de toda la materia ionizada que atravesó durante su viaje, convirtiendo cada ráfaga en un mapa del universo primitivo.
- El descubrimiento, publicado en Science, abre la carrera hacia ráfagas aún más antiguas, acercando a los astrónomos a la época en que brillaron las primeras estrellas.
Desde una pequeña galaxia irregular que existía cuando el universo apenas cumplía 3.000 millones de años, una ráfaga de radio cruzó el cosmos durante más de diez mil millones de años hasta ser capturada por un radiotelescopio en Sudáfrica en marzo de 2024. El hallazgo, bautizado FRB 20240304B, duplica el alcance cósmico en que la humanidad ha logrado localizar estos fenómenos y convierte ese destello de milisegundos en una ventana hacia los primeros capítulos de la historia del universo. Como una linterna encendida en la infancia del cosmos, la señal no solo habla de su origen, sino de todo lo que existía entre aquel instante remoto y nosotros.
El 4 de marzo de 2024, el radiotelescopio MeerKAT, en Sudáfrica, capturó una señal que había viajado más de 10.000 millones de años: una ráfaga de radio originada cuando el universo tenía apenas 3.000 millones de años de edad. En milisegundos, ese destello liberó una energía equivalente a la producción solar de dieciocho meses. Los astrónomos la denominaron FRB 20240304B y, con su localización, duplicaron el alcance cósmico en que estos fenómenos habían sido identificados hasta entonces.
Las ráfagas de radio rápidas siguen siendo uno de los grandes enigmas del cosmos: pulsos brevísimos de energía descomunal cuyo origen no tiene aún una explicación única. El equipo de la Universidad de Sydney, liderado por Manisha Caleb y Themiya Nanayakkara, no solo detectó la señal sino que logró rastrear su procedencia. Como la galaxia de origen era demasiado tenue para los instrumentos convencionales, recurrieron al Telescopio Espacial James Webb, cuyos datos en infrarrojo confirmaron la asociación con una pequeña galaxia irregular a una probabilidad del 97,5 por ciento.
Esa galaxia resultó tan reveladora como el propio estallido. Con apenas 10 millones de masas solares, escaso contenido de elementos pesados y una intensa formación estelar, apunta a que el responsable del fenómeno surgió poco después del nacimiento de estrellas masivas. Esto favorece la hipótesis de los magnetares jóvenes —creados cuando estrellas muy masivas mueren en supernovas— frente a modelos alternativos que requieren procesos mucho más lentos, como la fusión de estrellas de neutrones.
Pero el valor más hondo del hallazgo está en el camino recorrido por la señal. Al atravesar el plasma intergaláctico, las ondas de radio quedan marcadas por la materia ionizada que encontraron a su paso, ofreciendo un registro de lo que existía entre aquel origen remoto y la Tierra. Cada ráfaga detectada en el espacio profundo es, así, una linterna que ilumina el universo primitivo. Los astrónomos ya apuntan más lejos: si estas señales pueden captarse desde cuando el universo tenía 3.000 millones de años, la próxima frontera es buscarlas aún más atrás, rozando la era en que nacieron las primeras estrellas.
El 4 de marzo de 2024, un radiotelescopio en Sudáfrica capturó algo que había viajado durante más de 10.000 millones de años: una ráfaga de radio que se originó cuando el universo tenía apenas 3.000 millones de años de edad. En cuestión de milisegundos, ese destello liberó una cantidad de energía equivalente a la que produce el sol en dieciocho meses. Los astrónomos la llamaron FRB 20240304B, y con su descubrimiento, duplicaron el alcance de distancia cósmica en el que habían logrado localizar estos fenómenos hasta entonces.
Las ráfagas de radio rápidas, conocidas por su sigla en inglés FRB, son entre los misterios más perturbadores del cosmos. Son pulsos de ondas de radio que duran apenas una fracción de segundo, pero concentran en ese instante una energía descomunal. Los astrónomos saben que algunas están vinculadas a magnetares, estrellas de neutrones con campos magnéticos extremadamente intensos, pero no existe aún una teoría única que explique toda la población de estos estallidos. Lo que hace excepcional el hallazgo de un equipo de la Universidad de Sydney, liderado por Manisha Caleb y Themiya Nanayakkara, es que no solo detectaron una ráfaga: lograron identificar con precisión de dónde provenía.
El radiotelescopio MeerKAT, ubicado en Sudáfrica, fue el responsable de la detección inicial y de localizar la posición aproximada de la señal. Pero la galaxia de origen era demasiado débil para ser observada desde la Tierra con instrumentos convencionales. Los investigadores recurrieron entonces al Telescopio Espacial James Webb, cuyas observaciones en el infrarrojo permitieron identificar una pequeña galaxia situada a apenas décimas de segundo de arco del punto donde la ráfaga había llegado. El espectro obtenido confirmó la asociación con una probabilidad del 97,5 por ciento. El estudio fue publicado en la revista Science.
La galaxia resultó ser tan reveladora como el propio estallido. Es pequeña e irregular, con una masa estelar de alrededor de 10 millones de masas solares. Produce nuevas estrellas a un ritmo de aproximadamente 0,2 masas solares por año, y su contenido de elementos pesados equivale apenas al 10 o 20 por ciento del que tiene nuestra galaxia. Es, en otras palabras, un objeto joven, pobre en metales, pero extraordinariamente activo en la creación de estrellas. Esa combinación de características ofrece pistas cruciales sobre qué tipo de objetos pueden generar estas ráfagas. Una galaxia pequeña con formación estelar intensa sugiere que el responsable del estallido apareció poco después del nacimiento de estrellas masivas, lo que favorece la hipótesis de que magnetares jóvenes, creados cuando estrellas muy masivas mueren en explosiones de supernova, sean los productores. Otros modelos alternativos proponen fusiones de estrellas de neutrones, procesos que requerirían períodos de tiempo mucho más largos.
Pero el valor más profundo del descubrimiento no radica en lo que produjo el estallido, sino en todo lo que reveló sobre el camino que recorrió. Las ondas de radio de una ráfaga no llegan a la Tierra exactamente como salieron de su origen. El plasma que atraviesan modifica la señal: los electrones libres provocan una dispersión que retrasa las frecuencias bajas respecto de las altas. Midiendo ese retraso, los astrónomos pueden calcular cuánta materia ionizada atravesó el pulso durante su viaje de miles de millones de años. Es como si el espacio dejara una marca sobre la señal, un registro de todo lo que existía entre la fuente y nosotros.
Este descubrimiento es mucho más que un nuevo récord de distancia. La ráfaga más antigua conocida se convierte en una linterna capaz de iluminar un universo que de otro modo permanecería prácticamente invisible. Cada nuevo estallido detectado en el espacio profundo puede revelar no solo dónde y cómo nacieron las primeras generaciones de objetos capaces de producirlos, sino también qué había entre ellos y la Tierra. Los astrónomos ya miran hacia el siguiente horizonte: si estas ráfagas pueden detectarse cuando el universo tenía solo 3.000 millones de años, quieren ahora buscarlas aún más atrás, acercándose a la época en que aparecieron las primeras estrellas.
Citations marquantes
Habíamos encontrado el estallido rápido de radio más lejano y antiguo localizado hasta la fecha— Equipo de investigadores de la Universidad de Sydney, publicado en Science