Desde los quirófanos donde pacientes con epilepsia permanecen despiertos mientras los médicos estimulan su cerebro, la ciencia ha encontrado una ventana inesperada hacia uno de los actos más humanos: la risa. Dos investigadores europeos han documentado que reír porque algo nos golpea con su gracia y reír para encajar en una conversación son, neurológicamente hablando, actos completamente distintos, gobernados por circuitos cerebrales de diferente antigüedad evolutiva. Este hallazgo no solo reencuadra nuestra comprensión de la emoción y la comunicación social, sino que abre caminos para interpr
Descubren que la risa espontánea y voluntaria usan circuitos cerebrales distintos
El cerebro trata la risa espontánea y voluntaria como cosas completamente distintas
¿Por qué importa distinguir entre dos tipos de risa si al final ambas son risa?
Porque el cerebro las trata como cosas completamente diferentes. Una es una explosión emocional que no puedes controlar; la otra es una herramienta social que enciendes y apagas. Entender eso cambia cómo interpretamos lo que sucede cuando algo falla.
¿Qué falla exactamente en alguien con Alzheimer o esquizofrenia?
Podrían fallar distintas cosas. Tal vez la risa espontánea se desconecta y la persona pierde esa capacidad de reír genuinamente. O tal vez la risa voluntaria se vuelve descontrolada. Sin saber cuál de los dos sistemas está dañado, es difícil saber qué está pasando realmente.
Mencionaste que los pacientes con epilepsia fueron clave. ¿Cómo exactamente?
Durante la cirugía, los médicos estimulan el cerebro con pequeñas corrientes para mapear regiones. A veces, eso desencadena risa involuntaria. El paciente está consciente, así que puede decir qué sintió. Es como si el cerebro te mostrara sus secretos mientras está abierto.
¿Y la conexión con el dolor? Eso parece casi contradictorio.
No tanto. Las mismas regiones que generan risa espontánea también regulan cómo sentimos el dolor. Por eso alguien puede reírse mientras se duele. La risa literalmente cambia cómo el cerebro procesa el sufrimiento.
¿Esto significa que podríamos algún día usar la risa como medicina?
Posiblemente. Pero primero necesitamos entender exactamente cómo funcionan estos circuitos. Este estudio es el mapa. Lo que viene después es aprender a leerlo.
El Pulso
- La risa, aparentemente simple y universal, esconde una arquitectura cerebral doble que la ciencia apenas comienza a cartografiar con claridad.
- Los pacientes con epilepsia operados en estado consciente se convirtieron en fuente de datos irremplazable: cuando la corriente eléctrica tocaba ciertas regiones, la risa brotaba sola, y ellos podían describir en tiempo real lo que sentían.
- El circuito antiguo de la risa espontánea arrastra emociones, euforia y pérdida de control; el circuito moderno de la risa voluntaria es frío, calibrado, sincronizado con el ritmo de la conversación.
- Las enfermedades que distorsionan la expresión emocional —Alzheimer, esquizofrenia— podrían reinterpretarse a la luz de cuál de estos dos sistemas está fallando.
- El efecto analgésico de la risa, observado por décadas sin explicación completa, apunta ahora hacia los mismos circuitos cerebrales que regulan la percepción del dolor.
Desde los quirófanos donde pacientes con epilepsia permanecen despiertos mientras los médicos estimulan su cerebro, la ciencia ha encontrado una ventana inesperada hacia uno de los actos más humanos: la risa. Dos investigadores europeos han documentado que reír porque algo nos golpea con su gracia y reír para encajar en una conversación son, neurológicamente hablando, actos completamente distintos, gobernados por circuitos cerebrales de diferente antigüedad evolutiva. Este hallazgo no solo reencuadra nuestra comprensión de la emoción y la comunicación social, sino que abre caminos para interpretar síntomas de enfermedades como el Alzheimer y la esquizofrenia con mayor precisión.
Cuando la risa te atrapa sin que puedas detenerla, tu cerebro está haciendo algo radicalmente distinto a cuando sonríes educadamente al final de una frase. Esa diferencia, intuida por cualquiera que haya vivido ambas experiencias, acaba de recibir respaldo científico formal en un trabajo publicado el 23 de junio de 2026 en la revista Trends in Neurosciences.
Fausto Caruana, del Instituto de Neurociencia del Consejo Nacional de Investigación italiano, y Sophie Scott, del University College London, sintetizaron años de investigaciones clínicas, registros cerebrales y estudios en animales. Su fuente más valiosa resultó ser los procedimientos quirúrgicos en pacientes con epilepsia: durante esas intervenciones, los médicos estimulan eléctricamente distintas zonas del cerebro con los pacientes despiertos, y a veces eso desencadena episodios de risa involuntaria. Como los pacientes pueden hablar, describen en tiempo real lo que sienten, ofreciendo una ventana que ningún laboratorio convencional puede replicar.
Lo que Caruana y Scott encontraron es un modelo de doble sistema. La risa espontánea depende de una red neuronal evolutivamente antigua, ligada a las emociones, la motivación y el control motor; quienes la experimentan reportan alegría genuina o euforia. La risa voluntaria, en cambio, usa circuitos más modernos, conectados con la producción del habla y el control facial: el cuerpo ejecuta el gesto de reír sin que necesariamente haya una emoción positiva detrás.
Las consecuencias clínicas son considerables. Enfermedades como el Alzheimer y la esquizofrenia alteran la expresión emocional y la conducta social; saber qué circuito está comprometido en cada caso podría afinar el diagnóstico y la comprensión de los síntomas. Caruana propone que estos hallazgos podrían funcionar como una piedra Rosetta para descifrar aspectos más amplios de la comunicación humana.
Queda también una pregunta abierta que guiará futuras investigaciones: varias regiones involucradas en la risa espontánea también participan en la regulación del dolor. El efecto analgésico de la risa ha sido observado durante décadas, pero su mecanismo neurológico sigue sin explicación completa. Ahora, por primera vez, los investigadores saben exactamente dónde buscar.
Cuando algo te hace reír sin poder contenerte, tu cerebro está activando un circuito completamente distinto al que se enciende cuando sonríes educadamente durante una conversación. Esa diferencia fundamental es lo que acaba de documentar una revisión científica que podría cambiar la forma en que entendemos tanto la risa como ciertos trastornos neurológicos graves.
Fausto Caruana, del Instituto de Neurociencia del Consejo Nacional de Investigación italiano, y Sophie Scott, neurocientífica del University College London, publicaron sus hallazgos el 23 de junio de 2026 en la revista Trends in Neurosciences. No se trata de un experimento tradicional con participantes en laboratorio, sino de una síntesis exhaustiva de investigaciones previas: trabajos clínicos, registros cerebrales directos, estudios en animales y, crucialmente, procedimientos de estimulación cerebral realizados en pacientes conscientes durante cirugías de epilepsia.
Esa última fuente de datos resultó ser oro puro para los investigadores. Durante ciertas etapas de la intervención quirúrgica, los médicos aplican pequeñas corrientes eléctricas en distintas áreas del cerebro para identificar regiones críticas antes de operar. A veces, esas estimulaciones desencadenan episodios de risa involuntaria. Porque los pacientes permanecen despiertos, pueden describir en tiempo real qué sienten, ofreciendo una ventana única hacia los mecanismos cerebrales en juego. La risa genuina es notoriamente difícil de provocar en condiciones de laboratorio controladas, lo que hace que estos procedimientos sean particularmente valiosos.
Al analizar toda esa evidencia, Caruana y Scott llegaron a una conclusión clara: existen dos sistemas cerebrales completamente distintos. Uno impulsa la risa espontánea, emocional e involuntaria, esa que te atrapa cuando algo te golpea con su gracia. El otro genera la risa voluntaria que acompaña las interacciones sociales cotidianas, la que aparece al final de una frase en una conversación, sincronizada con la respiración del otro. Scott lo explicó con precisión: la risa voluntaria comienza y termina rápidamente, es un acto social calibrado. La risa espontánea es lo opuesto: descontrolada, arrolladora, imposible de frenar.
Según el modelo que proponen, la risa espontánea depende de una red neuronal evolutivamente antigua. Este circuito involucra regiones cerebrales vinculadas a las emociones, la motivación y el control motor. Cuando esas áreas se activan, las personas no solo ríen: también reportan sensaciones de alegría, bienestar o euforia. La risa voluntaria, en cambio, parece depender de un sistema diferente, formado por regiones más estrechamente conectadas con la producción del habla y el control de los movimientos faciales. En estos casos, la conducta motora de reír o sonreír puede ocurrir sin que necesariamente se experimente una emoción positiva genuina.
Esta división explica por qué la risa cumple funciones tan distintas en la vida humana. Funciona como una respuesta emocional automática, pero también como una herramienta sofisticada de comunicación social. Los autores describen esto como un "modelo de doble sistema": una red antigua impulsa la risa espontánea, mientras otra aprovecha circuitos relacionados con el lenguaje para producir la risa conversacional.
Las implicaciones clínicas son significativas. Las alteraciones en la expresión emocional y la conducta social son características de numerosos trastornos neurológicos y psiquiátricos. Comprender qué estructuras cerebrales participan en cada tipo de risa podría ayudar a interpretar síntomas observados en enfermedades como el Alzheimer y la esquizofrenia. El trabajo también menciona las crisis gelásticas, episodios de risa involuntaria que aparecen en ciertos cuadros neurológicos y que han sido estudiados por neurólogos durante años.
Caruana sugiere que estos resultados podrían funcionar como una "piedra Rosetta" para descifrar distintos aspectos de la comunicación humana, con aplicaciones potenciales en lingüística, análisis conversacional y neurociencias sociales. Hay otro aspecto que despertó interés: varias regiones cerebrales involucradas en la risa espontánea también participan en los mecanismos que regulan la percepción del dolor. No es raro ver a alguien reírse mientras sufre una caída o una contractura muscular. Una de las próximas líneas de investigación buscará determinar cómo estos circuitos intervienen en el efecto analgésico de la risa, un fenómeno observado durante décadas pero aún no completamente comprendido por la ciencia.
Citas Notables
Piensa en la última vez que te reíste y no pudiste parar porque algo lo desencadenó: eso es risa espontánea e involuntaria— Sophie Scott, neurocientífica del University College London
Los resultados podrían funcionar como una piedra Rosetta para descifrar distintos aspectos de la comunicación humana— Fausto Caruana, investigador del Instituto de Neurociencia del CNR