El gobierno nos prometió el año pasado y nada hicieron
En las primeras horas del 5 de octubre, la tierra repitió una advertencia que ya había dado un año antes: un sismo de magnitud 6.1 volvió a sacudir Sullana, en el norte del Perú, arrancando a miles de familias del sueño y empujándolas a las calles con sus hijos y colchones. Más allá de los heridos y las viviendas rajadas, el temblor expuso algo más duradero que el daño físico: la fragilidad de quienes esperan aún la ayuda prometida tras el desastre anterior, atrapados entre la memoria del miedo y la incertidumbre de lo que vendrá.
- A las 3:26 de la madrugada, diez réplicas siguieron al sismo principal, impidiendo que los pobladores regresaran a sus casas y prolongando el pánico durante horas.
- Dos personas resultaron heridas por desprendimientos de adobe, y decenas de familias durmieron en patios y veredas ante el temor de que sus viviendas colapsaran.
- Siete casas fueron declaradas inhabitables, cinco escuelas y dos centros de salud sufrieron daños estructurales, y la iglesia de Colán —la más antigua de Sudamérica— también resultó afectada.
- Los pobladores denuncian que las promesas de ayuda tras el terremoto de 2021 nunca se cumplieron, dejando sus viviendas aún más vulnerables ante este nuevo evento.
- Las autoridades regionales evalúan los daños mientras la desconfianza crece: para muchos, el verdadero riesgo no es solo sísmico, sino la repetición del abandono institucional.
A las 3:26 de la madrugada del 5 de octubre, un terremoto de magnitud 6.1 sacudió Sullana, en el norte del Perú. Miles de personas salieron corriendo a la oscuridad, algunos con colchones, otros cargando a sus hijos. A lo largo del día llegaron diez réplicas más, cada una renovando el pánico. El epicentro fue el distrito de Miguel Checa, el mismo lugar donde exactamente un año antes había ocurrido un sismo de idéntica magnitud. Para los pobladores, la coincidencia resultó aterradora.
María Marciana Rentería Lejabo, de 65 años, vio rajarse las paredes de su casa y lloró recordando el momento. Claudia Villarreal sacó a sus hijos del cuarto por miedo al adobe. Danitza Zapara, cuya vivienda ya había sido dañada en 2021, observó cómo las grietas se hacían más profundas. "El gobierno nos prometió el año pasado y nada hicieron", dijo. Juan More Acaro y su esposa durmieron en la calle con sus hijos sobre colchones, frente a una casa con las esquinas desprendidas.
Dos personas resultaron heridas por desprendimientos de ladrillo de adobe mientras dormían. El Centro de Operaciones de Emergencias Regional documentó siete viviendas inhabitables, diez afectadas, daños en cinco escuelas, dos centros de salud y la histórica iglesia de Colán, construida en 1536 y considerada la primera de Sudamérica. Veinte metros de carretera también sufrieron deterioro.
La electricidad fue restaurada en minutos, pero eso era lo de menos. Lo que pesaba era la promesa incumplida: tras el sismo de 2021, a Jessica Atocha More solo le habían entregado cuatro planchas de triplay. El módulo de vivienda prometido nunca llegó. Ahora, con las paredes más rajadas que nunca, la pregunta volvía a instalarse en las calles de Sullana: ¿esta vez las autoridades cumplirían?
A las 3:26 de la madrugada del 5 de octubre, la tierra se movió bajo Sullana. Un terremoto de magnitud 6.1 sacudió la provincia norteña del Perú con suficiente fuerza para despertar a miles de personas, que salieron corriendo a la calle en la oscuridad, algunos llevando colchones, otros a sus hijos. Antes de que amaneciera, diez réplicas más seguirían llegando a lo largo del día, cada una renovando el pánico de quienes ya temían lo peor.
El epicentro se ubicó a 13 kilómetros al oeste de Sullana, en el distrito de Miguel Checa, cerca del río Chira. Era el mismo lugar donde exactamente un año antes, el 30 de julio de 2021, había ocurrido un terremoto de idéntica magnitud. Para los pobladores, la coincidencia fue aterradora. Las familias no querían volver a sus casas. Pasaron la noche en los patios, en las calles, esperando que nada peor sucediera.
María Marciana Rentería Lejabo, una mujer de 65 años que vive sola en la calle Juan Morales del barrio Unión, fue una de las primeras en sentir el impacto. Las paredes de su casa se rajaron. "Fue horrible, pensaba que mi casa se me caía encima," dijo llorando. "Toda mi casa se me movía." No estaba sola en su sufrimiento. Claudia Villarreal Saavedra, de 24 años, tuvo que sacar a sus hijos del cuarto donde dormían porque temía que las paredes de adobe se derrumbaran sobre ellos. Danitza Zapara Flores, que vive en una casa precaria en la calle Unión con dos hijos, vio cómo su vivienda, ya dañada por el terremoto del año anterior, se deterioraba aún más. Las grietas en las paredes se hicieron más profundas. "No llega la ayuda," dijo. "El gobierno nos prometió el año pasado y nada hicieron."
Juan More Acaro y su esposa Esmeralda Montero Lejabo sacaron los colchones de sus camas al frente de su casa en la calle San José y durmieron allí con sus hijos. Las paredes de su vivienda quedaron desprendidas en las esquinas, a punto de caerse. En el barrio San Francisco, un hijo de 17 años de Jessica Atocha More resultó herido cuando un pedazo de ladrillo de adobe se desprendió de la pared y le cayó en la cabeza mientras dormía. Fue uno de los dos heridos reportados. La otra víctima fue Dayana Álvarez Escobar, de 20 años, quien también sufrió una herida leve en la cabeza y fue llevada al Hospital de Apoyo II de Sullana.
El Centro de Operaciones de Emergencias Regional del Gobierno Regional de Piura documentó los daños. Siete viviendas fueron declaradas inhabitables. Diez más resultaron afectadas. Cinco instituciones educativas en Miguel Checa sufrieron daños estructurales, junto con otras escuelas en la jurisdicción de Sullana. Dos centros de salud fueron impactados. La iglesia del distrito de Colán, construida en 1536 y la primera de Sudamérica, fue reportada entre los edificios dañados. Veinte metros de la carretera Sullana a Paita también sufrieron deterioro.
La empresa de energía eléctrica Enosa logró restaurar el servicio en la mayoría de las zonas en cuestión de minutos a media hora. Pero la electricidad era lo de menos. Lo que preocupaba a los pobladores era la vulnerabilidad de sus hogares y la promesa incumplida de ayuda gubernamental. Jessica Atocha More recordó que después del terremoto de 2021, la municipalidad solo le había dado cuatro planchas de triplay. Había quedado en recibir un módulo de vivienda, pero nada llegó. Ahora, con las paredes más rajadas que nunca, el miedo volvía a instalarse en las calles de Sullana, y con él, la pregunta de si esta vez las autoridades cumplirían lo que prometían.
Notable Quotes
Fue horrible, pensaba que mi casa se me caía encima. Toda mi casa se me movía.— María Marciana Rentería Lejabo, residente de Sullana
No llega la ayuda. Pedimos que por favor el gobierno llegue con ayuda de verdad porque nos prometieron el año pasado y nada hicieron.— Danitza Zapara Flores, afectada por el sismo
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué este terremoto fue tan significativo para la gente de Sullana?
Porque ocurrió exactamente en el mismo lugar donde había habido otro de la misma magnitud un año antes. Para los pobladores, no era solo un desastre natural, era la repetición de una pesadilla que creían haber superado.
¿Qué hizo que la gente durmiera en la calle?
El miedo a que sus casas se derrumbaran. Muchas viviendas ya estaban dañadas desde el terremoto anterior, y este nuevo movimiento las agrietó más. Las paredes estaban a punto de caerse, así que las familias prefirieron pasar la noche afuera, en los patios y las calles, aunque fuera incómodo.
¿Cuál es la frustración más profunda que emerge de los testimonios?
Que el gobierno había prometido ayuda después del primer terremoto y nunca la entregó. Cuando llegó el segundo, esas mismas familias estaban en la misma situación de vulnerabilidad. No era solo el daño físico, era la sensación de abandono.
¿Qué rol jugó la energía eléctrica en la respuesta?
Fue una de las pocas cosas que funcionó bien. Enosa restauró el servicio rápidamente en la mayoría de las zonas. Pero eso no resolvía el problema real: casas inhabitables y familias sin dónde ir.
¿Qué quedó sin resolver después de este terremoto?
Todo lo importante. Las evaluaciones de daños apenas comenzaban. Las promesas de reconstrucción seguían siendo solo palabras. Y la próxima réplica, o el próximo terremoto, seguía siendo una posibilidad real que mantenía a la gente en vilo.