De asesinos a aliados: cómo los virus oncolíticos revolucionan el tratamiento del cáncer

El tratamiento se aplica a niños con tumores cerebrales raros y agresivos que han agotado opciones estándar, ofreciendo esperanza en casos de muy mal pronóstico.
El virus ayuda a despertar el sistema inmune para que reconozca mejor el tumor
Cómo los virus oncolíticos funcionan en dos frentes: destruyen células cancerosas directamente y activan defensas inmunológicas.
Mark

¿Por qué tardó tanto la medicina en convertir esta observación casual en un tratamiento real?

Mimi

Porque entender cómo modificar un virus sin que pierda su capacidad de atacar el cáncer pero sin causar la enfermedad original requería tecnología que no existía. Necesitaban poder editar genes con precisión, y eso solo llegó hace poco más de dos décadas.

Mark

Entonces, ¿el virus sigue siendo peligroso en cierto sentido?

Mimi

Sí, pero de manera controlada. Un adenovirus modificado ya no causa la enfermedad que causaría normalmente. Pero sigue siendo un invasor que el cuerpo reconoce, y eso es parte de lo que lo hace útil: activa el sistema inmune.

Mark

¿Por qué funciona mejor en células cancerosas que en células sanas?

Mimi

Las células cancerosas están en una carrera constante por dividirse y crecer. Eso las hace metabólicamente activas, como gasolina para el virus. Además, han perdido las defensas que las células normales tienen para detectar y frenar infecciones virales.

Mark

¿Qué pasa si el virus se propaga fuera del tumor?

Mimi

Por eso lo inyectan directamente en el tumor, no lo sueltan en la sangre. Si circulara libremente, el cuerpo lo eliminaría en minutos. La inyección directa concentra el efecto donde lo necesitan.

Mark

¿Esto significa que pronto será un tratamiento estándar?

Mimi

No tan rápido. Ahora mismo solo se usa en casos muy graves, cuando todo lo demás ha fallado. Pero los resultados en niños con tumores cerebrales raros son lo suficientemente prometedores como para seguir investigando.

  • Niños con tumores cerebrales raros y sin opciones convencionales son ahora el centro de un ensayo que utiliza virus modificados como arma terapéutica de último recurso.
  • Las células cancerosas, al dividirse tres veces más rápido que las sanas y haber perdido sus defensas antivirales, se convierten involuntariamente en el terreno ideal para que el virus actúe.
  • El virus no solo destruye el tumor desde dentro: al hacerlo, lanza una señal de alarma que activa el sistema inmunológico del paciente para continuar el combate.
  • Los efectos secundarios —fiebre, malestar, inflamación transitoria— son manejables, pero el procedimiento sigue reservándose a casos de pronóstico muy grave mientras avanza la investigación.
  • Con resultados comparables al tratamiento Car-T y aprobaciones ya vigentes en Estados Unidos y Japón, la terapia oncolítica viral transita lentamente del laboratorio hacia la práctica clínica.

Durante más de un siglo, la medicina ha intuido que ciertos virus podían, paradójicamente, obrar en favor del enfermo de cáncer. Hoy, esa intuición se ha convertido en ciencia: investigadores como la doctora Marta Alonso modifican virus en laboratorio para explotar la vulnerabilidad intrínseca de las células tumorales, destruyéndolas desde dentro y despertando al mismo tiempo las defensas del propio cuerpo. En un campo donde el pronóstico suele ser sombrío —especialmente para niños con tumores cerebrales agresivos— esta terapia representa una de las apuestas más esperanzadoras de la oncología contemporánea.

Hace más de un siglo, los médicos observaron algo desconcertante: algunos pacientes con cáncer mejoraban tras contraer infecciones virales. Una mujer con leucemia vio remitir su enfermedad después de la gripe en 1897; durante la pandemia de covid se documentaron casos similares. Lo que parecía coincidencia era, en realidad, la pista de una estrategia terapéutica que la medicina moderna está aprendiendo a controlar.

La doctora Marta Alonso, investigadora de la Universidad de Navarra, trabaja hoy con treinta y tres niños que padecen tumores cerebrales raros y agresivos que no responden al tratamiento convencional. Su equipo emplea virus modificados genéticamente —los llamados virus oncolíticos— para atacar esas células malignas. La lógica es poderosa: los tumores son, en cierto sentido, un paraíso para los virus. Las células cancerosas se dividen hasta tres veces más rápido que las sanas, ofreciendo el entorno de replicación que los virus buscan, y además han perdido buena parte de sus defensas antivirales durante su transformación maligna.

El mecanismo actúa en dos frentes. Por un lado, el virus infecta las células tumorales y las destruye desde dentro. Por otro, esa destrucción funciona como una señal de alarma que activa linfocitos y otras células inmunes, ayudando al propio cuerpo a reconocer y combatir el cáncer. Los virus se inyectan directamente en el tumor para concentrar el efecto y evitar que el sistema inmune los elimine antes de que actúen.

La historia de estos tratamientos arranca a principios del siglo veinte, con intentos rudimentarios que usaban virus sin modificar. El salto decisivo llegó entre finales de los noventa y principios del siglo veintiuno, cuando los investigadores aprendieron a eliminar en laboratorio los genes responsables de la virulencia, convirtiendo adenovirus y virus del herpes en herramientas más seguras y precisas.

Aunque los efectos secundarios —fiebre, malestar, inflamación transitoria alrededor del tumor— son generalmente tolerables, la terapia sigue reservándose a casos de pronóstico muy grave. Los resultados del equipo de Alonso son, sin embargo, alentadores: la eficacia observada es comparable a la del tratamiento Car-T, uno de los más prometedores en oncología. Estados Unidos aprobó el primer virus oncolítico contra el melanoma en 2015; Japón lo incorporó contra tumores cerebrales en 2022. El camino que comenzó con observaciones casuales está tomando forma, despacio pero con firmeza, como una estrategia terapéutica seria.

Hace más de un siglo, los médicos notaron algo extraño: algunos pacientes con cáncer mejoraban después de contraer una infección viral común. Una mujer con leucemia en 1897 vio remitir su enfermedad tras la gripe. Durante la pandemia de covid, se documentaron casos similares. Estos episodios no eran coincidencia, sino la pista de una estrategia terapéutica que la medicina moderna está aprendiendo a controlar y dirigir con precisión.

Los virus oncolíticos son microbios modificados genéticamente para convertirse en armas contra el cáncer. La doctora Marta Alonso, investigadora principal del Grupo de Terapias Avanzadas para Tumores Sólidos Pediátricos de la Universidad de Navarra, trabaja en un ensayo prometedor con niños que padecen tumores cerebrales graves. Su equipo utiliza virus alterados en laboratorio para atacar estas células malignas. La lógica es contundente: los tumores son, en cierto sentido, un paraíso para los virus, y los oncólogos llevan décadas intentando convertir esa vulnerabilidad en una ventaja terapéutica.

Las células cancerosas presentan dos características que las hacen presas ideales. Primero, se dividen a una velocidad vertiginosa: mientras una célula normal puede dividirse cada veinticuatro horas, las cancerosas lo hacen cada tres. Esta actividad frenética es exactamente lo que los virus buscan para replicarse. Segundo, estas células rebeldes han perdido muchas de sus defensas antivirales durante su transformación maligna. Las células sanas detectan rápidamente una infección y activan respuestas inmunes que frenan la propagación viral. Las células tumorales, en cambio, han debilitado o alterado estos mecanismos de defensa, permitiendo que el virus se multiplique dentro del tumor con mayor facilidad que en el tejido sano circundante.

La historia de estos tratamientos se remonta a principios del siglo veinte. Un médico italiano llamado Nicola de Pace inyectó la vacuna de la rabia en mujeres con cáncer de cuello uterino. A mediados del siglo pasado, se utilizó el virus de la hepatitis para tratar la enfermedad de Hodgkin. Se probó con el virus de la polio, el del sarampión, el de la viruela de la vaca. Los primeros intentos usaban virus como vehículos para transportar genes supresores de tumores, como el P53, conocido como el guardián del genoma. Esos enfoques no funcionaron. El cambio decisivo llegó entre finales de los años noventa y principios del siglo veintiuno, cuando los investigadores comenzaron a modificar los virus en laboratorio, eliminando los genes responsables de su virulencia. Los adenovirus y el virus del herpes resultaron ser opciones menos dañinas: los adenovirus causan resfriados, gastroenteritis y vómitos.

El mecanismo de acción funciona en dos frentes simultáneamente. Los virus modificados infectan las células tumorales y se replican en su interior, destruyéndolas desde adentro. Pero hay más: esta destrucción actúa como una señal de alarma para el sistema inmunológico. El cuerpo libera antígenos tumorales y genera inflamación local, lo que activa linfocitos y otras células inmunes contra el cáncer. En esencia, el virus ayuda a despertar el sistema inmune, permitiéndole reconocer y combatir el tumor de manera más efectiva.

Una vez modificados en laboratorio, estos virus se pueden inyectar directamente en el tumor o transportados dentro de vehículos celulares. La inyección directa es preferible en muchos casos porque concentra el efecto donde se necesita y permite controlar mejor la dosis. Con los adenovirus, esto es especialmente importante: como son microbios muy comunes, el cuerpo está entrenado para reconocerlos y eliminarlos en cuestión de minutos si circulan libremente en la sangre.

Como toda terapia, estos tratamientos conllevan riesgos. Pueden aparecer efectos secundarios similares a los de la gripe: fiebre, malestar, dolor de cabeza. La inflamación alrededor del tumor por la activación del sistema inmune puede, en algunos casos, empeorar temporalmente los síntomas neurológicos. Además están los riesgos inherentes a cualquier procedimiento neuroquirúrgico. A pesar de esto, en general son bien tolerados.

Actualmente, los virus oncolíticos se utilizan principalmente en situaciones de pronóstico muy grave, como terapias experimentales para pacientes con tumores sólidos que han agotado las opciones estándar. La doctora Alonso trabaja con treinta y tres niños que padecen tres tipos raros de tumores cerebrales que no responden al tratamiento convencional. Su equipo está muy ilusionado: la eficacia observada es similar a la del tratamiento Car-T, uno de los más prometedores en la actualidad. Aunque aún están lejos de considerarlo un tratamiento estándar para la mayoría de los cánceres cerebrales, estos resultados ofrecen esperanza en tumores tan agresivos. Estados Unidos aprobó el primer virus oncolítico contra el melanoma en 2015. Japón comenzó a utilizarlo contra tumores cerebrales desde 2022. El camino que comenzó con observaciones casuales hace más de un siglo está tomando forma como una estrategia terapéutica seria y controlada.

Tiene mucho potencial. Su eficacia es similar a la del Car-T. Aunque aún estamos lejos de considerarlo un tratamiento estándar para la mayoría de los cánceres cerebrales, estamos muy ilusionados de poder ofrecer algo de esperanza en estos tumores tan agresivos.
— Doctora Marta Alonso, investigadora principal del Grupo de Terapias Avanzadas para Tumores Sólidos Pediátricos de la Universidad de Navarra
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