El virus se podía controlar, pero eso no era lo que estaba sucediendo
A finales de julio de 2022, cuatro muertes por viruela del mono fuera del continente africano —dos en España, una en Brasil y una en Perú— recordaron al mundo que ninguna enfermedad considerada 'manejable' es indiferente a la fragilidad humana. Todos los fallecidos compartían sistemas inmunitarios comprometidos o enfermedades graves subyacentes, lo que subrayó una verdad médica antigua: el mismo virus puede ser un inconveniente menor para unos y una amenaza mortal para otros. La OMS, ante la expansión sin freno del brote entre comunidades específicas y la inacción de algunos gobiernos, elevó la alerta al nivel más alto, reconociendo que la vigilancia colectiva —no el pánico— era la única respuesta proporcionada.
- Cuatro muertes en tres países distintos rompieron la narrativa tranquilizadora de que la viruela del mono era siempre leve, obligando a expertos y autoridades a revisar sus mensajes públicos.
- Todos los fallecidos tenían el sistema inmunitario comprometido —encefalitis, cáncer, VIH—, revelando que el virus golpea con fuerza desproporcionada a quienes ya cargan con otras batallas.
- Con un índice de contagio de entre 1,6 y 1,8 en las comunidades más afectadas, el brote no mostraba señales de remitir por sí solo, y casi 20.000 personas en 73 países ya habían sido infectadas.
- La OMS declaró emergencia sanitaria internacional pese a la falta de consenso entre sus propios asesores, apostando por la vacunación en anillo y el rastreo de contactos como herramientas clave de contención.
- España, el país más afectado fuera de África con más de 4.000 casos, mostraba que solo el 2,8% de los infectados requería hospitalización, confirmando que la gravedad dependía en gran medida del estado de salud previo.
A finales de julio de 2022, cuatro muertes por viruela del mono registradas fuera de África alteraron la percepción global de un brote que hasta entonces parecía contenido y de consecuencias limitadas. Dos hombres jóvenes fallecieron en España —ambos con encefalitis provocada por la infección, uno de ellos de 31 años y oriundo de Córdoba—, mientras que en Brasil murió un hombre de 41 años con enfermedad oncológica y en Perú un hombre de 45 años con VIH que llegó al hospital en estado crítico y falleció por shock séptico. El denominador común era inequívoco: sistemas inmunitarios debilitados o comorbilidades graves.
La enfermedad, en la inmensa mayoría de los casos, seguía siendo leve. En España, el país más afectado del brote con más de 4.200 casos detectados, apenas el 2,8% de los infectados necesitó hospitalización, generalmente para controlar el dolor o las infecciones derivadas de las pústulas. Los síntomas habituales —fiebre, erupciones cutáneas, ganglios inflamados, fatiga— remitían solos. Pero en personas vulnerables, el virus podía escalar con rapidez hacia complicaciones graves.
La transmisión se producía principalmente por contacto físico estrecho y prolongado, incluyendo relaciones sexuales. El brote se expandía de forma especialmente activa entre hombres que tenían sexo con hombres, grupo en el que el índice de contagio superaba 1, lo que significaba que sin intervención el número de casos seguiría creciendo. La portavoz de la OMS, María Van Kerkhove, insistió en que informar y empoderar a esas comunidades era la vía más eficaz para reducir ese índice por debajo del umbral crítico.
Sin tratamiento específico aprobado, varios países recurrieron a las vacunas tradicionales contra la viruela en una estrategia de vacunación en anillo: rastrear los contactos de cada caso confirmado e inmunizarlos antes de que el virus siguiera propagándose. El director general de la OMS, Tedros Adhanom Ghebreyesus, declaró el brote emergencia sanitaria internacional de interés público, una decisión que tomó incluso sin el respaldo mayoritario de sus asesores, convencido de que la inacción de algunos países estaba alimentando la expansión. El mensaje era preciso: el virus era controlable, pero solo si se actuaba.
A finales de julio de 2022, cuatro muertes confirmadas por viruela del mono fuera de África sacudieron la percepción global de una enfermedad que hasta entonces había parecido manejable. Dos hombres jóvenes murieron en España, uno en Brasil y otro en Perú, sumándose a un brote que ya había infectado a casi 20.000 personas en 73 países. Hasta ese momento, los reportes habían pintado un cuadro tranquilizador: la infección era leve, los síntomas desaparecían solos, el tratamiento era principalmente de apoyo. Pero estas muertes obligaron a los especialistas a mirar más de cerca qué sucedía en los casos que se complicaban.
En España, las autoridades sanitarias confirmó dos fallecidos sin revelar inicialmente las causas exactas, aunque el Instituto de Salud Carlos III comenzó a estudiar las muestras. Lo que luego se supo fue que ambos hombres jóvenes padecían encefalitis producida por la infección. El segundo, de Córdoba, tenía 31 años. En Brasil, el fallecido era un hombre de 41 años que sufría una enfermedad oncológica. En Perú, la primera muerte fue un hombre de 45 años con VIH que llegó al hospital ya en delicado estado de salud; la causa oficial fue shock séptico. Estos casos no eran aleatorios: todos compartían un factor común: sistemas inmunitarios comprometidos o comorbilidades graves.
La realidad de la enfermedad, según los expertos, seguía siendo que en la inmensa mayoría de casos era leve. En España, el país más afectado por el brote en ese momento con 4.298 casos detectados, apenas 120 personas —el 2,8 por ciento— requirieron hospitalización, generalmente para manejar el dolor y las infecciones causadas por las pústulas. Los síntomas típicos incluían fiebre, dolor de cabeza intenso, dolores musculares, dolor de espalda, fatiga, ganglios linfáticos inflamados y erupciones en la piel. Pero la enfermedad podía complicarse en personas con sistemas inmunitarios debilitados, en niños especialmente en zonas con recursos sanitarios limitados, y en quienes padecían otras enfermedades graves.
La transmisión ocurría a través de contacto muy estrecho: gotas respiratorias grandes durante el contacto cara a cara directo y prolongado, contacto físico directo con las erupciones, o contacto íntimo como las relaciones sexuales. El virus podía propagarse también a través de la ropa o elementos que hubieran tocado las lesiones o fluidos corporales. Aunque cualquier persona en contacto directo podía infectarse, el brote se estaba expandiendo principalmente entre hombres que tenían sexo con hombres. La Organización Mundial de la Salud cuantificaba en un 98 por ciento los casos detectados en este grupo, aunque los datos españoles reducían esa cifra al 83,3 por ciento.
El índice de contagio —la cantidad de personas que un infectado podía transmitir la enfermedad— era de entre 1,6 y 1,8. Esto significaba que sin intervenciones de mitigación, cada persona infectada transmitía la enfermedad a entre una y media y casi dos personas. Cuando ese número es inferior a uno, un brote tiende a remitir por sí solo. Pero en las comunidades de hombres que tenían sexo con hombres, el índice superaba a uno, lo que significaba que el brote se estaba expandiendo. María Van Kerkhove, portavoz de la OMS, señaló que había oportunidades para llevar ese número de reproducción por debajo de uno proporcionando información correcta a esas comunidades y empoderándolas.
No existía un tratamiento ni una vacuna específica para la viruela del mono, pero algunos países estaban utilizando las vacunas de la viruela tradicional para personas con alto riesgo de exposición, en una estrategia llamada "vacunación en anillo". Tras detectar un caso sospechoso, se realizaba un rastreo estricto de los contactos, a quienes se inmunizaba. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de Estados Unidos recomendaban la vacunación para personas en contacto cercano con alguien infectado, para quienes pudieran haber estado expuestas al virus, y para quienes corrieran alto riesgo de exposición, como algunos profesionales sanitarios y trabajadores de laboratorio. Aunque las vacunas parecían arrojar alta efectividad, era necesario estudiarlo mejor.
La OMS había declarado el brote una emergencia sanitaria internacional de interés público, definida como un evento extraordinario que constituía un riesgo para la salud pública de otros Estados a través de la propagación internacional de enfermedades. El director general, Tedros Adhanom Ghebreyesus, tomó esta decisión a pesar de que sus asesores no eran mayoritariamente favorables, porque veía inacción en algunos países para contener los contagios. El mensaje era claro: el virus se podía controlar con vigilancia, trazando los contagios y rompiendo las cadenas de transmisión. Pero eso no era lo que estaba sucediendo.
Notable Quotes
Se ha estimado que en las comunidades de hombres que tienen sexo con hombres el índice supera a 1. Eso significa que el brote se está expandiendo y que hay oportunidades para llevar ese número de reproducción por debajo de 1 dando a esas comunidades la información correcta y empoderándolas.— María Van Kerkhove, portavoz de la OMS
Un evento extraordinario que constituye un riesgo para la salud pública de otros Estados a través de la propagación internacional de enfermedades.— Definición de la OMS sobre emergencia sanitaria internacional
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué estas cuatro muertes cambiaron la conversación si la enfermedad es principalmente leve?
Porque hasta ese momento, casi todo lo que se reportaba en los medios era que la viruela del mono era una infección menor. Estas muertes obligaron a reconocer que había un lado más oscuro, que existían personas vulnerables para quienes no era leve en absoluto.
¿Qué tenían en común los cuatro fallecidos?
Todos tenían sistemas inmunitarios comprometidos o enfermedades graves de base. El hombre en Perú tenía VIH avanzado, el de Brasil tenía cáncer, los de España desarrollaron encefalitis. No eran casos de personas sanas que simplemente contrajeron el virus.
Entonces, ¿el virus en sí no era más peligroso de lo que se pensaba?
Exactamente. La enfermedad seguía siendo leve en la mayoría de casos. Pero la lección era que no podía ignorarse a quienes eran vulnerables. Y además, el brote se estaba expandiendo de manera descontrolada en ciertos grupos.
¿Por qué la OMS declaró emergencia si la tasa de mortalidad era tan baja?
No era solo por las muertes. Era porque el virus se estaba propagando exponencialmente en comunidades de hombres que tenían sexo con hombres, y los países no estaban actuando para contenerlo. La emergencia era por la falta de control, no por la gravedad individual de cada caso.
¿Había algo que la gente pudiera hacer para protegerse?
Sí. Detectar síntomas temprano, aislarse si se enfermaba, reducir el número de parejas sexuales si se estaba en riesgo. Y para los más vulnerables, había vacunas disponibles en algunos países, aunque no para todos. Pero todo dependía de que los gobiernos actuaran rápido.
¿Qué era lo más frustrante para los expertos en ese momento?
Que sabían cómo controlar el brote. Sabían exactamente qué hacer: vigilancia, rastreo de contactos, vacunación en anillo. Pero algunos países simplemente no lo estaban haciendo. Por eso Tedros decidió declarar la emergencia, a pesar de la resistencia de sus propios asesores.