Más de diez meses después del inicio de la pandemia, los niños y adolescentes de todo el mundo cargan en silencio con un peso que los adultos apenas comienzan a reconocer: la ansiedad. La incertidumbre, la ruptura de rutinas y la exposición involuntaria al miedo adulto han generado trastornos psicológicos reales en los menores, que se expresan no siempre con palabras, sino con conductas que muchos padres malinterpretan como pereza o rebeldía. La psicología infantil nos recuerda que los niños no procesan el caos como los adultos, y que su silencio puede ser, en realidad, un grito.
Coronavirus y ansiedad infantil: cómo proteger la salud mental de niños y adolescentes
El niño no entiende por qué mamá o papá se acercan con tanta cara de miedo
¿Por qué los síntomas de ansiedad en niños son tan diferentes a los de los adultos?
Porque los niños aún no tienen las herramientas emocionales para nombrar lo que sienten. Un adulto ansioso puede decir "tengo miedo". Un niño pequeño no puede, así que su cuerpo habla por él: se moja en la cama, baja sus notas, se aferra a sus padres. Es como si la ansiedad buscara salida por cualquier puerta disponible.
¿Qué papel juegan los padres en amplificar o reducir esa ansiedad?
Todo. Los padres son el espejo en el que los niños ven el mundo. Si ven que mamá o papá está aterrado cada vez que alguien tose, el niño aprende que toser es aterrador. Si ven que los adultos manejan las precauciones con calma, como algo normal, el niño internaliza eso como normal también.
Pero los padres también están asustados. ¿Cómo pueden fingir que no lo están?
No se trata de fingir. Se trata de procesar el miedo en otro lugar, con otros adultos, no frente a los niños. Los padres pueden estar asustados y aún así mantener la calma cuando están con sus hijos. Es un acto de amor, en realidad.
¿Cuál es la línea entre preocupación normal y un trastorno que requiere ayuda?
La persistencia y la generalización. Un niño puede tener un mal día. Pero si ves que el cambio se queda, que se expande a otras áreas de su vida, que interfiere con su capacidad de funcionar, entonces algo más está pasando.
¿Hay algo que los padres puedan hacer ahora mismo, hoy, para ayudar?
Sí. Normalizar las rutinas sanitarias sin dramatismo. Hablar de sus propios miedos cuando los niños no están escuchando. Y observar a sus hijos con atención real, no solo con preocupación. A veces el cambio es tan gradual que los padres no lo ven hasta que es demasiado tarde.
El Pulso
- Millones de menores han vivido confinamiento prolongado, interrupción escolar y exposición directa al derrumbe emocional de sus familias, sin herramientas para procesar lo que sienten.
- La ansiedad infantil no siempre se parece a la adulta: enuresis, caída de calificaciones, miedo a la separación e irritabilidad son señales que los padres confunden con mal comportamiento.
- Los adolescentes desarrollan rituales obsesivos, aislamiento social y una irritabilidad que enmascara un miedo profundo al contagio y a la pérdida de control sobre su entorno.
- Los expertos advierten que transmitir miedo amplificado a través de gestos, susurros o advertencias alarmistas activa en los niños un estado de alerta permanente que agrava el cuadro.
- La recomendación es clara: normalizar las rutinas sanitarias sin dramatismo, gestionar las propias ansiedades lejos de los menores, y buscar orientación profesional cuando los cambios de conducta persisten y se generalizan.
Más de diez meses después del inicio de la pandemia, los niños y adolescentes de todo el mundo cargan en silencio con un peso que los adultos apenas comienzan a reconocer: la ansiedad. La incertidumbre, la ruptura de rutinas y la exposición involuntaria al miedo adulto han generado trastornos psicológicos reales en los menores, que se expresan no siempre con palabras, sino con conductas que muchos padres malinterpretan como pereza o rebeldía. La psicología infantil nos recuerda que los niños no procesan el caos como los adultos, y que su silencio puede ser, en realidad, un grito.
Más de diez meses después de que el coronavirus transformara la vida cotidiana, los adultos seguimos lidiando con la incertidumbre a nuestra manera. Pero mientras buscamos salidas en conversaciones, redes sociales o información, los niños y adolescentes permanecen atrapados con emociones que no saben nombrar. Sus derechos han sido erosionados de formas que apenas comenzamos a comprender: meses de encierro, escuelas convertidas en protocolos de ciencia ficción, y la angustia de no saber qué vendrá mañana.
Josselyn Sevilla, psicóloga del Instituto Psicológico Claritas especializada en menores, explica que la ansiedad infantil va mucho más allá del nerviosismo pasajero. Es un miedo intenso, prolongado y percibido como incontrolable ante situaciones que el niño siente como peligrosas. Lo que la hace difícil de detectar es que sus síntomas no se parecen a los del adulto: un niño que vuelve a mojarse en la cama, que baja sus notas de forma repentina, que no tolera separarse de sus padres, está enviando mensajes que muchos adultos leen como pereza o mal comportamiento. Sevilla lo dice con claridad: ese niño está gritando en silencio.
Durante la pandemia, los más pequeños desarrollan miedos muy concretos: al contagio, a la muerte, a que algo malo ocurra. Algunos asumen sin que nadie se lo pida el rol de cuidadores de sus propios padres, cargando una responsabilidad que no les corresponde. En los adolescentes, el cuadro se tiñe de irritabilidad, rituales repetitivos y aislamiento progresivo. En ambos casos, la ruptura de rutinas y la exposición al miedo adulto actúan como combustible.
La recomendación de Sevilla exige disciplina: incorporar los hábitos sanitarios con naturalidad, sin convertirlos en señales de alarma. Las propias preocupaciones deben procesarse lejos de los niños, porque ellos captan al instante los susurros asustados y las expresiones de pánico. Cuando los cambios de conducta persisten, se intensifican y se extienden a varias áreas de la vida, es momento de buscar ayuda profesional. La ansiedad infantil tiene tratamiento, pero primero los adultos debemos reconocer que existe.
Más de diez meses después de que el coronavirus irrumpiera en nuestras vidas, la realidad sigue siendo la misma: contagios sin fin, muertes a diario, hospitales desbordados. Los adultos lidiamos con esa incertidumbre constante, con las mascarillas, la distancia, el lavado de manos obsesivo. Pero mientras nosotros procesamos esta crisis como podemos, los niños y adolescentes cargan con un peso que muchos padres aún no terminan de ver con claridad.
Los menores han visto sus derechos erosionados de formas que apenas comenzamos a comprender. Pasaron meses encerrados sin poder salir. Vieron de cerca cómo sus padres se desmoronaban bajo la presión. Fueron a la escuela con protocolos que parecían sacados de una película de ciencia ficción, y ahora viven con la angustia de no saber si terminarán el curso en un aula o frente a una pantalla. Esa incertidumbre constante sobre qué viene mañana, sobre si todo esto alguna vez terminará, tiene un costo psicológico real. Uno de los trastornos más frecuentes que emerge de este caos es la ansiedad infantil.
Josselyn Sevilla, psicóloga especializada en menores que trabaja en el Instituto Psicológico Claritas, describe la ansiedad infantil como algo más complejo que lo que la mayoría de los padres imagina. No es simplemente nerviosismo o preocupación pasajera. Es un trastorno psicológico donde el niño experimenta un miedo intenso y prolongado hacia situaciones que percibe como peligrosas, probables, y ante las cuales se siente completamente indefenso. Ese miedo es tan fuerte, tan frecuente y tan incontrolable que comienza a filtrarse en todas las áreas de su vida cotidiana, afectando cómo come, duerme, aprende y se relaciona.
Lo que hace particularmente difícil detectar la ansiedad en niños es que sus síntomas no siempre se parecen a los de los adultos. No solo ves sudoración o comportamientos de evitación. En cambio, ves cosas que muchos padres malinterpretan: un niño que vuelve a mojarse en la cama después de años de haberlo superado, un descenso repentino en las calificaciones escolares, un miedo irracional a separarse de sus padres, una inquietud constante, comportamientos disruptivos. Sevilla subraya que estos cambios de conducta son mensajes. Cuando un niño reservado que nunca habla de sus emociones de repente baja sus notas, los padres tienden a culpar a la pereza. Pero lo que realmente está pasando es que ese niño está gritando silenciosamente pidiendo ayuda.
Durante esta pandemia, la ansiedad en los más pequeños toma formas muy específicas. Aparece como miedo a la separación, miedo a la muerte, miedo a que algo malo suceda por culpa del contagio. Muchos niños, sin que nadie se lo pida, asumen el rol de cuidadores de sus padres. Ese miedo intenso los mantiene hipervigilantes, pendientes de tareas de protección que por su edad nunca deberían cargar. En los adolescentes, el cuadro es diferente pero igualmente preocupante: irritabilidad, enfado, desarrollo de rituales obsesivos, aislamiento progresivo. Si el miedo es al contagio, el adolescente puede intentar protegerse mediante comportamientos de cuidado extremo, pero a diferencia de los niños pequeños, ese cuidado viene teñido de rabia e irritabilidad. La ansiedad se convierte en aislamiento social, en rituales que se repiten una y otra vez.
Lo que más daño causa en los menores es la alteración de sus rutinas. La incertidumbre es un enemigo silencioso, y cuando los adultos añaden mensajes exagerados sobre los riesgos del contagio, estamos creando una tormenta perfecta: cambio, incertidumbre y miedo amplificado. Los adultos podemos desahogarnos hablando con amigos, escribiendo en redes sociales, buscando información. Los niños pequeños no tienen ese espacio. No saben cómo procesar lo que escuchan, y eso los deja atrapados con emociones que no pueden nombrar.
Sevilla ofrece una recomendación que suena simple pero requiere disciplina: los padres deben incorporar las rutinas sanitarias con la mayor naturalidad posible, como si fueran parte normal de la vida, sin que vayan acompañadas de miedo permanente. Nuestras propias ansiedades y preocupaciones deben procesarse lejos de los ojos de los niños, en conversaciones con otros adultos, no en susurros asustados que los menores captan al instante. Cuando necesitamos dar instrucciones o advertencias, no debemos hacerlo gritando o con expresiones faciales de pánico. Los niños no entienden por qué mamá o papá de repente se acerca con "cara de miedo". El primer mensaje que reciben es "alerta, alerta", y eso amplifica todo.
Identificar cuándo buscar ayuda profesional requiere atención cuidadosa. No se trata de un mal día ocasional, que todos tenemos. Se trata de cambios conductuales que persisten, que se intensifican, que se generalizan a otras áreas de la vida. Un niño que tenía miedo a separarse de sus padres ahora también tiene escapes nocturnos, hace preguntas obsesivas sobre qué malo podría suceder, desarrolla rituales. Cuando ves ese patrón, cuando ves que algo ha cambiado fundamentalmente en tu hijo, es momento de buscar orientación profesional. La ansiedad infantil es tratable, pero requiere que los adultos primero reconozcamos que existe.
Citas Notables
La ansiedad en menores es un trastorno psicológico caracterizado por miedo intenso y prolongado a situaciones que el niño considera peligrosas, ante las que se siente indefenso— Josselyn Sevilla, psicóloga especialista en menores
Los adultos debemos incorporar las rutinas sanitarias con naturalidad, sin que vayan acompañadas del miedo permanente, y procesar nuestras propias preocupaciones lejos de los niños— Josselyn Sevilla, psicóloga especialista en menores