Cooperación española impulsa autonomía económica de mujeres migrantes hondureñas víctimas de violencia

Mujeres migrantes hondureñas sufren violencia machista en origen, durante tránsito migratorio y al ser repatriadas, enfrentando abuso físico, sexual y psicológico.
Voy a ser autónoma sin tener que depender de nadie
Una madre soltera hondureña declara su determinación al completar un curso de emprendimiento tras intentar migrar a Estados Unidos.

Honduras enfrenta tasas de feminicidio entre las más altas del mundo, obligando a mujeres a migrar por violencia de género además de pobreza. Proyectos como AECID Integra y Escuelas de Empleo ofrecen apoyo psicológico y formación empresarial para que mujeres retornadas sean económicamente independientes.

  • Honduras tiene las tasas de feminicidio más altas del mundo
  • Araceli Hernández intentó cruzar la frontera hacia Estados Unidos diez veces
  • Karen Montalbán, de 25 años, es la vicealcaldesa más joven de Honduras
  • El proyecto AECID Integra y las Escuelas de Empleo ofrecen apoyo psicosocial y formación empresarial
  • Glenda Xiomara Ramos, madre de dos niños, viajó sola hasta Tapachula, México, enfrentando violencia y hambre

Mujeres migrantes hondureñas víctimas de violencia machista reciben apoyo psicosocial y formación empresarial a través de iniciativas de cooperación española para lograr autonomía económica y evitar nuevos desplazamientos.

En una comunidad rural de Honduras, cuatro mujeres se sientan frente a un público mayoritariamente femenino para contar lo que durante años guardaron en silencio. Yulibeth Santos habla primero, y su voz tiembla al describir cómo compartir su experiencia ha sido como volver a vivir. A su lado, María Esperanza García reconoce que creía ser la única hasta que conoció a otras mujeres con historias idénticas: falta de trabajo, casas destruidas por huracanes, violencia en el hogar. Este círculo de apoyo psicosocial existe en la Comunidad de Dos Caminos, en el departamento de Cortés, y forma parte de una iniciativa más amplia de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo, ejecutada junto con la organización Acción contra el Hambre y grupos civiles locales.

Honduras es un país donde las mujeres enfrentan violencias superpuestas. Araceli Hernández, de 35 años y madre soltera de cuatro hijos, ha cruzado la frontera hacia Estados Unidos diez veces. La última ocasión trabajaba en limpieza y vendía comida, ganaba lo suficiente para mantener a su familia. Luego fue deportada. "Quedarse aquí es como estancarse, no se puede avanzar hacia ningún lado. Y se sufre mucha violencia, el hombre es el que manda en todo", dice con una resignación que no es aceptación sino constatación de una realidad que la asfixia. Nolvia Suyapa Jiménez Benítez, de 28 años y madre de tres hijos, intentó llegar a Estados Unidos hace apenas unos meses. Cruzó México con su hijo más pequeño, pasó hambre, frío, miedo constante a los coyotes y a la gente que desaparece en el camino. En Texas fue capturada y devuelta. "Es que acá no hay trabajo, por eso una decide salir", explica, como si fuera la única lógica posible en un país donde los huracanes destrozan casas y las oportunidades no existen.

La migración forzada en Honduras no es un fenómeno único de hombres. Las mujeres comparten con ellos las causas estructurales: pobreza extrema, ausencia de empleo, violación sistemática de derechos humanos. Pero a eso se suma algo más: la violencia machista. Honduras tiene las tasas de feminicidio más altas del mundo. Cuando una mujer decide huir, no solo huye de la miseria económica sino también de golpes, abuso sexual, control absoluto. Y cuando es deportada, regresa a lo mismo. María Castro, responsable de programas de la cooperación española en Honduras, lo explica con claridad: "Para que las mujeres vivan una vida libre de violencia, necesitan no depender de ningún hombre".

En la comunidad bananera 23 de Septiembre, entre San Pedro de Sula y El Progreso, existe un proyecto llamado Escuelas de Empleo. Su objetivo es simple pero radical: que las mujeres migrantes retornadas sean económicamente autónomas. Iris Vicente, deportada recientemente de Estados Unidos, asiste a un curso de belleza. "Fue mi mamá la que me inscribió en el taller y estoy muy ilusionada. Me gustaría, por fin, sentirme independiente, que ningún hombre me diga lo que tengo que hacer", dice. Glenda Xiomara Ramos, de 22 años, madre de dos niños de dos y seis años, intenta lo mismo. El año pasado viajó sola hasta Tapachula, México, enfrentando hambre, sed, lluvia, frío y el terror constante a ser violada. Ahora recoge basura en otras comunidades para sobrevivir, pero asiste a los talleres de belleza con determinación. "Del padre de mis pequeños no sé nada y sobrevivo con la ayuda de Dios y la de mi familia. Por eso voy a montar mi propio negocio, y ¡voy a ser autónoma sin tener que depender de nadie!", afirma.

Karen Montalbán, de 25 años, es la vicealcaldesa más joven de Honduras. Ganó las elecciones regionales en enero y ahora lidera la comunidad 23 de Septiembre. Ella ve de cerca cómo funciona la migración laboral: las mujeres viajan a ciudades lejanas cada día para trabajar y regresan sin dinero suficiente. "El trabajo no llega hasta aquí porque no es una zona de inversión", explica. Desde su posición, impulsa estos programas de emprendimiento. "A través de las Escuelas de empleo, las mujeres están entendiendo que pueden salir adelante sin la necesidad de un hombre, pero no es fácil. Aunque somos nosotras quienes sacamos a esta sociedad adelante, Honduras es muy machista", reconoce.

La cooperación española ha colocado la igualdad de género en el centro de su agenda desde 2015. No es caridad: es reconocimiento de que en contextos de extrema vulnerabilidad, algunas poblaciones enfrentan riesgos dobles. Las mujeres hondureñas que migran no solo huyen de la pobreza sino de la violencia. Las que son deportadas no regresan a un hogar seguro sino a las mismas condiciones que las obligaron a partir. Por eso los programas de apoyo psicosocial y las escuelas de empleo no son lujos sino herramientas de supervivencia. Cuando Iris Vicente dice "Si encuentro oportunidades que me beneficien aquí, me quedaré. Si no, volveré a irme, pero a México", está expresando una verdad que trasciende su caso individual: sin autonomía económica, sin ruptura de la dependencia del hombre, sin oportunidades reales, las mujeres seguirán huyendo. Y cuando regresen, volverán a huir.

Quedarse aquí es como estancarse, no se puede avanzar hacia ningún lado. Y se sufre mucha violencia, el hombre es el que manda en todo
— Araceli Hernández, madre soltera hondureña
Para que las mujeres vivan una vida libre de violencia, necesitan no depender de ningún hombre
— María Castro, responsable de programas de la AECID en Honduras
The Hearth Conversation Another angle on the story
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¿Por qué estas mujeres migran si saben que el viaje es tan peligroso?

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No migran porque quieran. Migran porque quedarse significa violencia garantizada y pobreza garantizada. El viaje es horrible, pero al menos existe la posibilidad de trabajar, de ganar dinero, de no depender de un hombre que las golpea.

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¿Y qué pasa cuando son deportadas?

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Regresan a exactamente lo mismo de lo que huyeron. Sin dinero, sin oportunidades, sin seguridad. Por eso el apoyo psicosocial es tan importante: muchas llegan destrozadas, creyendo que fracasaron.

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¿Cómo cambia eso una escuela de empleo?

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No es magia. Es darles herramientas para que no necesiten depender de un hombre. Si una mujer puede vender belleza, vender comida, tener su propio negocio, entonces tiene poder de decisión. Puede elegir quedarse o irse, pero desde una posición diferente.

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¿Es suficiente?

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No. Honduras es profundamente machista. Pero es el inicio. Cuando una mujer dice "voy a ser autónoma sin depender de nadie", algo ha cambiado en ella. Ha entendido que vale, que puede.

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¿Y los hombres?

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Los hombres no están en estas historias porque no son los que sufren violencia de género, no son los que cargan con hijos solos, no son los que tienen que elegir entre quedarse en la miseria o arriesgar sus vidas. La cooperación española prioriza a las mujeres porque el problema es específicamente de género.

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¿Qué viene después?

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Si funciona, menos mujeres migran. Si funciona, menos mujeres son deportadas. Si funciona, Honduras empieza a cambiar desde adentro, desde las mujeres que deciden quedarse porque tienen razones para hacerlo.

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