La Academia Sueca alterna entre ganadores y ganadoras, y sus decisiones reflejan posicionamientos políticos y sociales sutiles sobre eventos mundiales. Escritoras nacidas en los años 70 de América Latina, Europa y África emergen como candidatas fuertes, aunque la reciente victoria de Han Kang podría afectar sus posibilidades.
Cómo predecir el Nobel de Literatura: patrones de la Academia Sueca y tres candidatas
La literatura sigue viva y es independiente del día a día
¿Entonces la Academia Sueca realmente tiene un sistema? ¿Alternan hombres y mujeres de forma deliberada?
Parece que sí, aunque nunca lo dirían así. Es más bien un patrón que los observadores han detectado. Después de László Krasznahorkai el año pasado, la lógica sugiere que ahora toque una mujer.
Pero eso es una observación retrospectiva, ¿no? ¿Cuántos años de datos tenemos? ¿Y si es solo coincidencia?
Tienes razón. No es una regla confirmada. Es más bien lo que parece estar pasando si miras los últimos años.
¿Y eso de que opinen sobre lo que pasa en el mundo? ¿Cómo se ve eso?
Cuando eligieron a Orhan Pamuk, parecía un apoyo a Estambul y Europa. Patrick Modiano en 2014, cuando resurgía el antisemitismo. Louise Glück en 2020, una estadounidense que Obama había condecorado, como si señalaran otro Estados Unidos.
Pero eso también es interpretación. ¿Tenemos declaraciones de la Academia diciendo que eso fue el motivo? ¿O es lo que los críticos leen después?
Es lo que se lee después. La Academia nunca es frontal. Quien quiera entender, que entienda.
¿Y por qué ahora una mujer? ¿Qué está pasando en el mundo que lo justificaría?
Guerras, el avance de la derecha, crisis de vivienda, miedo a la inteligencia artificial. Pero también emergieron escritoras nacidas en los años setenta que se meten con temas sociales.
Aunque Han Kang ya ganó en 2024. Eso podría alejar a otras escritoras de esa generación.
Exacto. Es un factor que nadie puede ignorar.
¿Y si gana un hombre como César Aira?
Diría algo importante: que la literatura sigue viva, que es independiente del día a día, que no es sagrada.
Il Polso
- La Academia Sueca alterna entre ganadores y ganadoras desde hace años
- Han Kang ganó el Nobel de Literatura en 2024
- El anuncio será mañana jueves a las 8 de la mañana, hora argentina
- Escritoras latinoamericanas como Mariana Enríquez, Samanta Schweblin y Selva Almada son candidatas fuertes
La Academia Sueca alterna entre ganadores y ganadoras, y sus decisiones reflejan posicionamientos políticos y sociales sutiles sobre eventos mundiales. Escritoras nacidas en los años 70 de América Latina, Europa y África emergen como candidatas fuertes, aunque la reciente victoria de Han Kang podría afectar sus posibilidades.
Análisis editorial sobre los patrones de la Academia Sueca al otorgar el Premio Nobel de Literatura, con predicciones sobre el ganador de 2026 y tres sugerencias de autoras merecedoras.
Mañana a las ocho de la mañana, hora argentina, Ingrid Carlberg, secretaria permanente de la Academia Sueca, abrirá esa puerta que nadie logra predecir del todo y dirá el nombre de quien ha ganado el Premio Nobel de Literatura de 2026. Pero aunque el proceso parezca envuelto en misterio, quienes observan con atención el comportamiento de estos árbitros máximos de las letras mundiales han notado algo: existe un patrón, aunque sea uno que la Academia nunca admitirá explícitamente. Desde hace años, los suecos alternan entre ganadores y ganadoras, como si hubiera un equilibrio tácito en la balanza. El año pasado fue el turno del escritor húngaro László Krasznahorkai. Ahora, según esa lógica no escrita, debería ser el de una mujer.
Pero la Academia Sueca hace algo más que premiar buena literatura, aunque eso sea lo que siempre se descuenta. Mira de reojo lo que sucede en el mundo y, sin ser nunca frontal, opina. Cuando eligieron al turco Orhan Pamuk, parecía un guiño a Estambul y su acercamiento a la Unión Europea. El Nobel a Patrick Modiano, escritor de la ocupación nazi francesa, llegó en 2014, justo cuando resurgía el antisemitismo en Europa. Louise Glück, estadounidense, ganó en 2020 durante la primera presidencia de Trump, pero no cualquier estadounidense: una que Obama había condecorado con la medalla al mérito en las Artes y Humanidades. Como si la Academia señalara que existía otro Estados Unidos posible. Estas decisiones nunca son sencillas de interpretar, y casi nunca hay una única lectura correcta. Pero así parecen funcionar las cosas.
Ahora bien, ¿qué premiarán esta vez? Si uno mira lo que está pasando en el mundo, ve guerras, el avance de la derecha en muchos países, la mancha azul que se expande por América Latina, la pasión y el miedo por la inteligencia artificial, la crisis de vivienda en países ricos, la sensación de que nuestros hijos vivirán peor que nuestros padres. Hubo una pandemia y llegó rápidamente una vacuna. Los mayores de sesenta años ya no son abuelos venerables sino adultos activos con proyectos. Todo eso pasa, y más. En la literatura, las tiradas son más chicas porque la literatura no ocupa el espacio social que tuvo hace años. Ningún escritor parece tener la dimensión de un Gabriel García Márquez o un José Saramago. Quizás el último haya sido Mario Vargas Llosa, aunque no tanto por su literatura sino por su papel como intelectual más allá de las fronteras. Sin embargo, los escritores se han vuelto fundamentales en la producción audiovisual, que sí es masiva y es la forma privilegiada de consumo cultural de nuestro tiempo. Las obras de Claudia Piñeiro, Mariana Enríquez, Martin Amis y Margaret Atwood han generado producciones que alcanzan millones. ¿Premiará la Academia esto?
Lo que sí está pasando es que emergieron autoras nacidas en los años setenta, o casi. Una de ellas, Han Kang, ya ganó el Nobel en 2024. Vienen de abajo, se meten con temas sociales, su literatura no es realista pero de algún modo interviene en el debate político. Podrían haberlo ganado las argentinas Gabriela Cabezón Cámara, Mariana Enríquez, Ariana Harwicz, Samanta Schweblin y Selva Almada; la ecuatoriana María Fernanda Ampuero; la mexicana Guadalupe Nettel; las chilenas Lina Meruane y Nona Fernández; las españolas Pilar Adon y Sara Mesa. Lo merecen y no hay obstáculos aparentes, pero la victoria reciente de Han Kang las aleja un poco. Siempre suena el nombre de César Aira, ese argentino hiperproductivo que afirma escribir sin corregir, que juega, que mezcla registros. Aunque él mismo crea que no tiene oportunidad ahora por ser varón, un Nobel para Aira diría algo importante: que la literatura sigue viva, que es independiente del día a día, que es placer y angustia, que está viva y no es sagrada.
Hay también autores que llenan salas enormes cada vez que se presentan. En Argentina, Felipe Pigna habla de Historia y Darío Sztajnszrajber de Filosofía. Figuras como ellos expresan algo que el premio suele buscar: la capacidad de transformar preguntas abstractas en conversación compartida. Y están los periodistas, que en muchos países sufren agresión y descrédito. ¿Podría la Academia premiar a alguien por libros de investigación? Un Nobel para la no ficción sería una manera de reconocer que en tiempos de propaganda y desinformación, la investigación, el testimonio y la escucha tienen la misma potencia literaria que la novela. Svetlana Alexiévich ya abrió esa puerta con Voces de Chernóbil.
Si tuviera que hacer sugerencias, propondría a Delphine de Vigan por Las gratitudes, una novela que se mete con la vejez y el deterioro pero construye un mundo luminoso basado en lo mejor de los seres humanos. Su protagonista es una anciana que pierde las palabras de a poco, intenta decir algo y termina expresando otra cosa apenas similar. Sus interlocutores logran comprender y reponer lo que falta. Ella, que siempre trabajó con palabras, siente el golpe de una discapacidad creciente. El mérito mayor es ese lenguaje: cómo no se entiende pero se entiende, cómo significa más de lo que dice. Y en esa fragilidad, la mujer se vuelve sostén imprescindible de jóvenes que la cuidan. También propondría a Andrea Bajani por El aniversario, que destroza la idea de familia feliz bajo el patriarcado, pero con una particularidad: el hijo que sufre por el machismo y cuenta ese dolor es un varón, blanco y heterosexual. No es lo más habitual. Es una novela de presión y control, de cómo se encubre la violencia familiar con la idea peligrosa de que los trapos sucios se lavan en casa. Y finalmente, Chimamanda Ngozi Adichie por Americanah, donde cuenta cómo se volvió negra en Estados Unidos y qué significó. Es nigeriana, hija de un académico, vive en Estados Unidos porque pudo. Escribe sobre cómo se piensa la raza en las grandes cuestiones y en detalles como la ausencia de modelos negras en revistas de belleza. Muestra cómo para un blanco un negro es un negro, pero para un negro estadounidense, un negro nigeriano es un africano. Se anima a meterse con eso con profundidad y originalidad.
Citazioni salienti
Mientras no veamos sangre bajo la puerta, no debemos decir nada— Andrea Bajani, sobre cómo se encubre la violencia familiar
El país carecía de esperanza, los coches permanecían días enteros en largas y sudorosas colas para llenar el depósito— Chimamanda Ngozi Adichie, en Americanah