En el transcurso de dos décadas, España ha vivido una recomposición silenciosa de sus lealtades identitarias e ideológicas: el procés catalán despertó un nacionalismo español adormecido, y la pandemia actuó como catalizador de una radicalización que los datos no anticipaban. Lo que emerge no es un espejo de la polarización europea, sino un fenómeno con su propia lógica interna, donde los extremos crecen pero el centro permanece —aunque ya no signifique lo mismo que antes.
¿Cómo la covid radicalizó el voto español?
El centro se mantiene estable, pero su significado electoral ha cambiado
¿Por qué la pandemia tuvo más impacto que la crisis catalana en la radicalización?
La crisis catalana fue el detonante, pero la pandemia fue el acelerador. El procés cambió cómo se veían a sí mismos los españoles—más españoles, menos múltiples. Pero la radicalización ideológica, el salto hacia extremos, eso ocurrió después, cuando la gente salía del confinamiento.
Pero espera. ¿Sabemos realmente que fue la pandemia la que causó esto? ¿O simplemente coincidió en el tiempo? Los datos muestran correlación, no causalidad.
Justo. Lo que vemos es que hasta 2021 la polarización apenas se movía. La gente estaba asustada, enfocada en sobrevivir. Fue cuando comenzó la salida, en 2022, cuando los extremos empezaron a crecer.
¿Y por qué creció más la izquierda radical que la derecha?
La izquierda radical se comió el espacio de la izquierda moderada—catorce puntos perdidos. La ultraderecha creció, pero principalmente de gente que no votaba o no se identificaba con nada.
Eso es importante. No es que la derecha haya ganado más votantes. Es que ha ganado a costa de los desenganchados. La izquierda ha ganado a costa de sus propios moderados.
¿Qué significa que el centro se mantenga estable?
Que hay gente que sigue viéndose en el medio. Pero ese centro está rodeado de extremos que crecen. Es como estar en una isla que no se mueve, pero el agua sube alrededor.
Y eso es lo que importa electoralmente. No sabemos si ese centro seguirá siendo centro cuando lleguen las elecciones, o si simplemente se ha redefinido lo que significa estar en el medio.
The Pulse
- La ultraderecha española pasó de ser una nota marginal del 1% a rozar el 10% en apenas tres años, mientras la izquierda radical superó el 18%, vaciando el espacio moderado de ambos lados.
- El procés catalán de 2017 y los indultos posteriores actuaron como detonadores del nacionalismo español, que alcanzó su máximo histórico durante y tras la pandemia.
- La identidad híbrida —sentirse tan español como de la propia comunidad autónoma— se contrajo bajo el peso del miedo colectivo: las crisis empujan a las sociedades hacia certezas simples.
- La izquierda moderada es la gran perdedora: ha cedido hasta catorce puntos ante su propio flanco radical, mientras la ultraderecha se alimenta de indiferentes sin erosionar el espacio conservador tradicional.
- El centro político permanece numéricamente estable, pero su significado ha cambiado: votar desde el medio hoy es hacerlo rodeado de extremos que no existían hace una década.
En el transcurso de dos décadas, España ha vivido una recomposición silenciosa de sus lealtades identitarias e ideológicas: el procés catalán despertó un nacionalismo español adormecido, y la pandemia actuó como catalizador de una radicalización que los datos no anticipaban. Lo que emerge no es un espejo de la polarización europea, sino un fenómeno con su propia lógica interna, donde los extremos crecen pero el centro permanece —aunque ya no signifique lo mismo que antes.
Dos fuerzas han remodelado la política española en los últimos años. El independentismo catalán encendió la mecha de una recomposición identitaria que ya era visible en 2014, cuando uno de cada cuatro españoles declaraba sentirse más o únicamente español, casi cinco puntos más que en 2009. La crisis de 2017 profundizó esa tendencia. Luego llegaron los indultos y una cierta distensión, pero la pandemia volvió a impulsar el nacionalismo español hasta su máximo histórico desde que existen registros comparables.
Paralelamente, la identidad híbrida —sentirse tan español como de la propia comunidad— que había llegado a representar al 58% de la población en 2019, se contrajo durante la crisis sanitaria. Las sociedades asustadas buscan certezas simples; las identidades múltiples parecen un lujo en tiempos de amenaza.
El verdadero quiebre ideológico llegó después, cuando la pandemia comenzó a remitir. A partir de 2022, los extremos crecieron con una velocidad que los datos anteriores no presagiaban. La ultraderecha pasó del 1% al 10%; la izquierda radical saltó de porcentajes inferiores al 5% antes de 2019 a superar el 18% en la actualidad. Pero el crecimiento no ha sido simétrico en sus efectos: la ultraderecha se nutre de indiferentes y apolíticos, sin erosionar el espacio conservador tradicional, mientras la izquierda radical ha devorado a la izquierda moderada, que ha cedido hasta catorce puntos.
En medio de todo este movimiento, el centro político permanece numéricamente estable desde hace más de dos décadas. Pero esa estabilidad es engañosa: situarse en el punto medio hoy significa hacerlo en un paisaje radicalmente distinto, rodeado de extremos que crecen. Las próximas elecciones no se decidirán conquistando nuevos territorios ideológicos, sino entendiendo cómo se comportan esos votantes centrales en un mundo que se ha polarizado a su alrededor.
Dos fuerzas han remodelado el mapa político español en los últimos años: el independentismo catalán encendió la mecha, pero fue la pandemia la que aceleró la explosión. Mientras Europa entera experimenta el ascenso del nacionalismo de extrema derecha, España presenta un caso particular de polarización que merece ser entendido en sus propios términos, no como simple réplica de lo que ocurre en otros lugares.
La identidad de los españoles ha sufrido una transformación silenciosa pero persistente. Hace dos décadas, la mayoría se veía a sí misma a través de múltiples lentes: españoles, pero también catalanes, vascos, andaluces. Esa visión compuesta se ha erosionado. Hoy, casi cuatro puntos porcentuales más de ciudadanos se sienten únicamente o principalmente españoles que hace veinte años, mientras que quienes se identifican primero con su comunidad autónoma han retrocedido cinco puntos. El cambio no fue traumático, pero fue real. Y el calendario es revelador: el proceso secesionista catalán comenzó a alterar estas proporciones ya en 2014, cuando uno de cada cuatro españoles reportaba sentirse más o solo españoles, casi cinco puntos más que en 2009. La crisis de 2017 profundizó esta tendencia. Luego vinieron los indultos y una cierta distensión. Pero cuando la pandemia alcanzó su fase más crítica, el nacionalismo español volvió a crecer, hasta alcanzar su máximo histórico en los registros disponibles desde 2006.
Paralelamente, la identidad híbrida—tan español como de mi comunidad—que había ganado terreno hasta ocupar el 58% de la población en 2019, se contrajo bajo el peso de la crisis sanitaria. La gente buscaba certezas simples. Las identidades múltiples parecían un lujo que no podía permitirse una sociedad asustada.
Pero el verdadero quiebre llegó después, cuando la pandemia comenzó a remitir. A partir de 2022, la ubicación ideológica de los españoles experimentó un cambio brusco que los datos anteriores no presagiaban. Hasta 2019, las posiciones extremas se mantenían en porcentajes estables. A finales de 2020 comenzó a moverse la aguja, aunque inicialmente más en la izquierda que en la derecha. Durante 2021, sin embargo, la sociedad seguía en shock, enfocada en las políticas de bienestar como escudo contra amenazas invisibles. El votante aún se comportaba como si tuviera un mañana que proteger.
En 2022 todo cambió. La ultraderecha, que rondaba el 1%, comenzó a crecer. Pasó al 6% ese año, se aceleró en 2023, consolidándose por encima del 8% en 2024, y ahora roza el 10%. Simultáneamente, la izquierda radical saltó de porcentajes por debajo del 5% antes de 2019 a superar el 10% en 2022, alcanzando casi el 18% en la actualidad. Pero el crecimiento de ambos extremos no ha sido simétrico en sus consecuencias. La ultraderecha se nutre principalmente de indiferentes y apolíticos, dejando intacto el resto del espacio conservador. La izquierda radical, en cambio, ha devorado el espacio de la izquierda moderada, que ha cedido hasta catorce puntos.
Hay un detalle que permanece inmóvil en todo este movimiento: el centro político, el punto cinco de la escala ideológica, se ha mantenido estable durante más de dos décadas. Pero esa estabilidad puede ser engañosa. Lo que significa ser del centro hoy no es lo mismo que significaba hace diez años. Un votante que se sitúa en el medio ahora lo hace en un paisaje radicalmente distinto, rodeado de extremos que crecen. Las próximas elecciones no se decidirán por quién conquiste nuevos territorios ideológicos, sino por cómo se comportan estos votantes del centro en un mundo que se ha polarizado a su alrededor.
Notable Quotes
La sociedad seguía conmocionada por la pandemia y contemplaba las políticas de bienestar como una garantía frente a las posibles amenazas— análisis del comportamiento electoral durante 2021