Las finanzas tienen que adaptarse a la ciencia, no al revés
Un grupo de investigadores británicos ha puesto en números lo que la intuición ecológica ya advertía: la salud de los ecosistemas no es un asunto marginal, sino la base silenciosa sobre la que reposa la arquitectura financiera global. Si los servicios de polinización, pesca y bosques tropicales colapsan parcialmente, veinte naciones verían encarecerse su deuda y el mundo perdería dos billones de dólares en producción. La pregunta que el estudio deja flotando es si los mercados y las agencias de calificación aprenderán a escuchar a la naturaleza antes de que sea demasiado tarde.
- Un colapso ecológico parcial —no apocalíptico, sino técnicamente modelado— podría añadir 162.000 millones de dólares anuales en pagos de intereses a la deuda soberana global.
- Los países más vulnerables son también los más pobres: Angola, la República Democrática del Congo, Bangladés y Vietnam enfrentarían recortes severos en su capacidad de financiar servicios básicos y adaptación climática.
- Las agencias de calificación crediticia están valorando erróneamente hasta 83 billones de dólares en activos al ignorar sistemáticamente el riesgo ambiental, según el informe publicado en Nature Ecology & Evolution.
- Investigadores de Sussex, Sheffield y Heriot-Watt usaron inteligencia artificial para construir modelos que integren ciencia ecológica en evaluaciones financieras, y piden a reguladores y bancos centrales adoptarlos de inmediato.
- El fantasma de 2008 sobrevuela el debate: uno de los coautores advierte que ignorar riesgos emergentes puede llevar al sistema financiero a una catástrofe que no verá venir.
Investigadores de tres universidades británicas publicaron recientemente un hallazgo que debería inquietar a los ministros de finanzas del mundo: si los ecosistemas del planeta sufren un colapso parcial, veinte países enfrentarían costos de endeudamiento significativamente más altos y el mundo perdería dos billones de dólares en PIB.
El estudio, publicado en Nature Ecology & Evolution, no describe un escenario apocalíptico. Los modelos contemplan una reducción del 90% en los servicios de polinización silvestre, una caída equivalente en la biomasa marina y la conversión del 88% de los bosques tropicales en pastizales. Bajo esas condiciones, los pagos anuales de intereses globales crecerían en 162.000 millones de dólares, y los mercados podrían estar valorando erróneamente 83 billones de dólares en activos.
La lógica es directa: los insectos polinizan cultivos, los ecosistemas marinos sostienen industrias pesqueras, los bosques producen madera. Cuando estos servicios desaparecen, la economía real sufre, y cuando la economía real sufre, los inversores exigen tasas más altas para prestar a los gobiernos. El problema es que las agencias de calificación crediticia casi no están considerando ese riesgo ambiental.
Angola, la República Democrática del Congo, Bangladés, Vietnam, Etiopía y Pakistán enfrentarían los mayores golpes al crecimiento. Egipto e India serían los más vulnerables a suspender pagos de deuda. Para los países más pobres, el impacto sería brutal: mayor costo de endeudamiento significa menos recursos para escuelas, hospitales, infraestructura y adaptación climática, precisamente lo que el colapso ecológico hace más urgente.
Uno de los coautores del informe invocó la crisis financiera de 2008 como advertencia: cuando los mercados y las agencias de calificación ignoran riesgos emergentes, el sistema puede caer en catástrofe sin verla venir. El equipo utilizó inteligencia artificial para desarrollar modelos que integren ciencia ambiental en las evaluaciones crediticias, y su recomendación es inequívoca: reguladores, bancos centrales y agencias de calificación deben incorporar las vulnerabilidades climáticas y naturales en sus evaluaciones estándar. Como señaló otro de los investigadores, las finanzas tienen que adaptarse a la ciencia, no al revés.
Hace poco más de una semana, investigadores de tres universidades británicas publicaron un hallazgo que debería preocupar a los ministros de finanzas de todo el mundo: si los ecosistemas del planeta sufren un colapso parcial, veinte países enfrentarían costos de endeudamiento significativamente más altos, y el mundo perdería dos billones de dólares en producto interno bruto.
El estudio, difundido en la revista Nature Ecology & Evolution, no habla de un escenario apocalíptico. Los investigadores de la Universidad de Sussex, la Universidad de Sheffield y la Universidad Heriot-Watt modelaron algo más modesto: una reducción del 90 por ciento en los servicios de polinización silvestre, una caída equivalente en la biomasa marina capturada por la pesca comercial, y la conversión del 88 por ciento de los bosques tropicales en pastizales o matorrales. Bajo esas condiciones, los pagos anuales de intereses globales aumentarían en 162 mil millones de dólares. Los mercados financieros, según el informe, podrían estar valorando erróneamente 83 billones de dólares en activos.
La lógica es directa pero fácil de pasar por alto. La biodiversidad no es un lujo ambiental. Los insectos polinizan los cultivos. Los ecosistemas marinos sostienen industrias pesqueras enteras. Los bosques tropicales producen madera. Cuando estos servicios desaparecen, la economía real sufre. Y cuando la economía real sufre, los inversores exigen tasas de interés más altas para prestar dinero a los gobiernos. Eso es lo que las agencias de calificación crediticia hacen: evalúan el riesgo. El problema es que casi no están considerando el riesgo ambiental.
Angola, la República Democrática del Congo, Bangladés, Pakistán, Etiopía y Vietnam enfrentarían algunos de los mayores golpes al crecimiento económico. Egipto e India estarían entre los más vulnerables a suspender pagos de deuda. China y Malasia verían sus calificaciones crediticias modificadas de manera más severa. Para estos países, especialmente los más pobres, el impacto sería brutal. Los costos de endeudamiento más altos significan menos dinero para construir escuelas, hospitales e infraestructura. Significan menos capacidad fiscal para responder a crisis. Significan menos recursos para adaptarse al cambio climático, que es precisamente lo que está causando el colapso ecológico en primer lugar.
Matt Burke, uno de los autores del informe e instructor en la Escuela de Administración de la Universidad de Sheffield, lo expresó así: la gente está comenzando a entender que la naturaleza importa, pero no sabe cómo ni qué significa eso para sus inversiones. Es un diagnóstico de desconexión. Los mercados financieros operan en una realidad paralela donde los árboles, los peces y los insectos no tienen precio hasta que desaparecen.
Este no es el primer estudio en sonar la alarma. A principios de año, investigadores de Oxford y la London School of Economics descubrieron que la degradación de ecosistemas elevaba los rendimientos de los bonos gubernamentales, especialmente en mercados emergentes de África y Asia. Fitch Ratings advirtió que el cambio climático pesaría más en las evaluaciones crediticias corporativas. Esta semana, analistas de Bloomberg Intelligence proyectaron un gasto de 20 billones de dólares en medidas climáticas durante la próxima década, mientras señalaban que el apoyo federal para recuperación ante desastres podría disminuir en 26 estados estadounidenses.
Pati Klusak, profesor de la Escuela de Negocios de Edimburgo en la Universidad Heriot-Watt y coautor del informe, invocó la crisis financiera de 2008. Cuando los mercados y las agencias de calificación ignoran nuevos riesgos, dijo, el sistema financiero corre el riesgo de caer en catástrofe sin verla venir. El equipo utilizó inteligencia artificial para desarrollar modelos que integren la ciencia ambiental en las evaluaciones crediticias. Su recomendación es clara: los reguladores, bancos centrales y agencias de calificación deben incorporar vulnerabilidades relacionadas con la naturaleza y el clima en las evaluaciones financieras estándar.
Burke fue más directo aún: las finanzas tienen que adaptarse a la ciencia, no al revés. Por ahora, no está claro si alguien está escuchando.
Notable Quotes
Todo el mundo está empezando a darse cuenta de que la naturaleza y la biodiversidad son importantes, pero la gente no está segura de cómo ni qué significa eso para ellos y sus inversiones— Matt Burke, coautor del informe e instructor en la Escuela de Administración de la Universidad de Sheffield
El sistema financiero corre el riesgo de volver a caer en una catástrofe sin darse cuenta— Pati Klusak, profesor de la Escuela de Negocios de Edimburgo en la Universidad Heriot-Watt
The Hearth Conversation Another angle on the story
¿Por qué un colapso ecológico afectaría las calificaciones crediticias? Parece un salto lógico.
No es un salto. Si desaparecen los servicios ecosistémicos, la economía real se contrae. Menos producción, menos ingresos fiscales. Los inversores ven eso y exigen tasas de interés más altas para prestar dinero a gobiernos más débiles. Es el mismo mecanismo que opera en cualquier evaluación de riesgo.
Pero las agencias de calificación ya evalúan riesgo. ¿Por qué no están considerando esto?
Porque la biodiversidad no aparece en los modelos financieros tradicionales. Es invisible hasta que desaparece. Las agencias miran deuda, déficit, crecimiento histórico. No miran polinización o biomasa marina.
¿Quién sufre más si esto sucede?
Los países más pobres. Angola, República Democrática del Congo, Bangladés. Dependen más de servicios ecosistémicos directos y tienen menos capacidad fiscal para absorber shocks. Un aumento en costos de endeudamiento significa menos dinero para escuelas, hospitales, adaptación climática.
¿Es demasiado tarde para que las agencias cambien?
No, pero el tiempo se agota. El estudio dice que los mercados podrían estar valorando erróneamente 83 billones de dólares en activos. Si eso es cierto, el riesgo de sorpresa sistémica es real.
¿Qué necesitaría suceder para que esto cambie?
Presión regulatoria. Los bancos centrales y los gobiernos tendrían que exigir que las agencias de calificación integren riesgos ambientales. Pero eso requiere voluntad política, y la política se mueve más lentamente que la ciencia.