En medio de la mayor crisis sanitaria del siglo, la ciencia comenzó a ofrecer respuestas concretas: vacunas que reducían muertes, tecnologías que demostraban su seguridad y gobiernos que empezaban a abrir las puertas del conocimiento a quienes más lo necesitaban. Israel, Perú, Estados Unidos y docenas de naciones más vivían, cada una a su manera, el lento pero visible giro de una pandemia que había parecido interminable. Lo que emergía no era solo inmunidad biológica, sino algo más difícil de construir: confianza colectiva en la posibilidad de salir adelante.
Cinco noticias esperanzadoras sobre vacunas y la pandemia de COVID-19
De 523.000 israelíes completamente vacunados, solo 544 desarrollaron COVID-19
¿Por qué importa tanto que Israel haya vacunado al 80 por ciento de sus mayores de 60 años? ¿No es solo un país pequeño?
Porque fue el primer lugar donde pudimos ver, en tiempo real, lo que sucede cuando la vacunación alcanza una escala crítica. Los números no eran predicciones teóricas; eran muertes evitadas, hospitalizaciones que no ocurrieron. Eso cambió la conversación de "¿funcionará?" a "¿cuándo llegará a mi país?".
Pero la gente seguía teniendo miedo de los efectos secundarios. ¿Cómo se superó eso?
No se superó completamente, pero los números ayudaron. Cuando 17,5 millones de personas en Estados Unidos reciben una vacuna y solo hay 66 casos de una reacción grave, sin muertes, eso es un dato que habla más fuerte que cualquier argumento. La gente pudo ver que el riesgo era real pero minúsculo.
¿Qué significó que Estados Unidos apoyara liberar las patentes?
Fue un reconocimiento de que la pandemia no terminaría mientras hubiera regiones del mundo sin acceso a las vacunas. No era altruismo puro; era pragmatismo. Pero el efecto fue el mismo: abría la posibilidad de que países como Perú, India, Sudáfrica pudieran fabricar sus propias dosis.
¿Y el cambio en la confianza pública? ¿Fue rápido?
Sorprendentemente rápido. De noviembre a enero, la disposición a vacunarse pasó de 40 a más de 50 por ciento globalmente. En España casi se duplicó. Fue como si la gente estuviera esperando pruebas, y cuando llegaron, la resistencia comenzó a ceder.
¿Qué le faltaba a esta historia en mayo de 2021?
Tiempo. Todas estas promesas—las patentes liberadas, las 60 millones de dosis para Perú, la confianza creciente—necesitaban convertirse en realidad. Pero por primera vez en meses, la dirección era clara.
El Pulso
- Israel demostró con datos reales que la vacunación masiva podía doblarle el brazo al virus: entre los mayores de 60 años, las muertes cayeron un 35% tras la segunda dosis.
- La tecnología ARNm, que muchos miraban con desconfianza por ser relativamente nueva, registró menos de 4 casos de anafilaxia por millón de dosis en Estados Unidos, sin ninguna muerte asociada.
- Estados Unidos sorprendió al mundo al anunciar su apoyo a la liberación de patentes de vacunas, abriendo la posibilidad de que países como Perú, India y Sudáfrica produjeran sus propias dosis.
- Perú aseguró 60 millones de dosis —suficientes para toda su población— tras un nuevo contrato con Pfizer por 12 millones de unidades adicionales anunciado por el presidente Sagasti.
- La confianza pública en las vacunas creció de forma medible: en España, la disposición a vacunarse pasó del 28% en noviembre de 2020 al 52% en enero de 2021, y en Reino Unido alcanzó el 78%.
En medio de la mayor crisis sanitaria del siglo, la ciencia comenzó a ofrecer respuestas concretas: vacunas que reducían muertes, tecnologías que demostraban su seguridad y gobiernos que empezaban a abrir las puertas del conocimiento a quienes más lo necesitaban. Israel, Perú, Estados Unidos y docenas de naciones más vivían, cada una a su manera, el lento pero visible giro de una pandemia que había parecido interminable. Lo que emergía no era solo inmunidad biológica, sino algo más difícil de construir: confianza colectiva en la posibilidad de salir adelante.
A mediados de 2021, mientras la pandemia seguía pesando sobre el mundo, comenzaron a acumularse señales distintas: no titulares de catástrofe, sino evidencias de que la ciencia estaba ganando terreno. Israel fue el primer gran espejo de ese cambio. Con más del 80% de sus mayores de 60 años vacunados con Pfizer/BioNTech, los hospitales registraron caídas del 56% en infecciones, 42% en hospitalizaciones y 35% en muertes. De más de 523.000 personas completamente inmunizadas, solo 4 casos resultaron graves y ninguno murió. En Asturias, España, una región que había perdido más de 2.000 personas —la mayoría en asilos—, la mortalidad entre adultos mayores también comenzó a descender.
La otra preocupación era la seguridad de la tecnología ARNm, nueva en esta escala. En Estados Unidos, tras 17,5 millones de dosis administradas, el efecto adverso más grave documentado fue la anafilaxia: 66 casos en total, menos de 4 por millón de inyecciones, ninguno fatal. Comparado con la mortalidad del propio COVID-19, la ecuación no dejaba lugar a dudas.
En mayo, la administración Biden anunció su apoyo a liberar las patentes de las vacunas ante la OMC, respondiendo al pedido de India y Sudáfrica. Si los 164 miembros del organismo llegaban a un acuerdo, países en desarrollo podrían fabricar sus propias dosis. Las negociaciones serían largas, pero la puerta estaba abierta por primera vez.
En Perú, el presidente Sagasti anunció un nuevo contrato con Pfizer por 12 millones de dosis adicionales, llevando el total asegurado a 60 millones —suficientes para inmunizar a toda la población, incluidos menores de 18 años.
Quizás el cambio más silencioso pero más profundo ocurría en la opinión pública. Una encuesta entre 13.500 personas de quince países mostró que la disposición a vacunarse subió del 40% en noviembre de 2020 a más del 50% en enero de 2021. En Reino Unido llegó al 78%. En España, casi se duplicó. No era unanimidad, pero era una tendencia que apuntaba, por fin, en otra dirección.
A mediados de 2021, cuando la pandemia de COVID-19 seguía cobrando vidas en todo el mundo y las economías se tambaleaban bajo el peso de los confinamientos, comenzaron a emerger señales de que algo estaba cambiando. No eran noticias que acapararan los titulares de la misma manera que las cifras de muertos o los nuevos brotes, pero tenían un peso diferente: eran pruebas de que la ciencia estaba ganando terreno.
Israel se convirtió en el laboratorio viviente de esta transformación. Para febrero de ese año, más de 3,67 millones de israelíes habían recibido al menos la primera dosis de la vacuna de Pfizer/BioNTech, lo que representaba cerca del 40 por ciento de la población del país. Entre los mayores de 60 años, la cifra superaba el 80 por ciento. Los números preliminares que llegaban de los hospitales y los registros de salud pública contaban una historia que los epidemiólogos llevaban meses esperando: entre este grupo de edad, las infecciones cayeron un 56 por ciento, las hospitalizaciones un 42 por ciento y las muertes un 35 por ciento después de la segunda dosis. Pero lo verdaderamente notable llegó después: de los 523.000 israelíes completamente vacunados, solo 544 desarrollaron COVID-19, apenas 4 casos fueron graves y no hubo muertes. En Asturias, España, una región que había sido devastada por la pandemia con más de 2.000 muertes, principalmente entre residentes de asilos, la vacunación masiva produjo un cambio similar. La mortalidad entre los adultos mayores comenzó a descender de manera visible.
Pero la efectividad no era la única preocupación que mantenía despiertos a los funcionarios de salud pública. Estaban los efectos secundarios. La tecnología del ARNm, utilizada por Pfizer/BioNTech y Moderna, era relativamente nueva en aplicaciones de este alcance. En Estados Unidos, donde se habían administrado más de 17,5 millones de dosis, los sistemas de vigilancia registraban cada reacción adversa. La anafilaxis, una reacción alérgica potencialmente mortal, fue el efecto más grave documentado. Hasta principios de marzo, el Sistema para Reportar Reacciones Adversas a las Vacunas había registrado 66 casos de anafilaxia en todo el país. Eso equivalía a menos de 4 casos por millón de dosis, o el 0,0003 por ciento de todas las inyecciones administradas. Ninguno de esos casos resultó en muerte. Cuando se comparaban estas cifras con la tasa de mortalidad del COVID-19 y sus secuelas médicas duraderas, la ecuación era clara: los beneficios superaban radicalmente los riesgos.
En mayo de 2021, la administración Biden dio un paso que muchos consideraban impensable semanas antes. Katherine Tai, representante comercial de Estados Unidos ante la Organización Mundial del Comercio, anunció que el país apoyaría la liberación de las patentes de las vacunas COVID-19. La solicitud había venido de India y Sudáfrica, países que argumentaban que permitir que naciones en desarrollo produjeran sus propias dosis era esencial para detener la pandemia. Estados Unidos había bloqueado inicialmente esta propuesta, pero ahora reconocía que se trataba de "circunstancias extraordinarias" que exigían "medidas extraordinarias". Si la OMC lograba el consenso necesario entre sus 164 miembros, países como Perú, India, Sudáfrica y otros podrían comenzar a fabricar vacunas usando la propiedad intelectual de Moderna, Pfizer y Johnson & Johnson. Las negociaciones serían largas y complejas, pero la puerta estaba abierta.
En el Perú, el presidente Francisco Sagasti anunció a través de Twitter que el país había cerrado un nuevo contrato con Pfizer por 12 millones de dosis adicionales. Con este acuerdo, la nación sudamericana tendría aseguradas 60 millones de dosis antes de fin de año, suficientes para inmunizar a toda su población. Sagasti también mencionó que estas vacunas permitirían inmunizar a menores de 18 años, tal como ya se estaba haciendo en otros países, y que las negociaciones continuarían con otras farmacéuticas para obtener aún más dosis.
Quizás el cambio más profundo, sin embargo, ocurría en la mente de las personas comunes. Durante años, los movimientos antivacunas, alimentados por pseudociencia y teorías conspirativas, habían ganado terreno en las redes sociales y en las conversaciones cotidianas. Los médicos y científicos observaban con preocupación cómo la desconfianza en las vacunas crecía. Pero después de que cientos de millones de dosis se administraran sin los desastres que algunos habían predicho, algo se movió. Una encuesta realizada entre 13.500 personas de quince países en Europa, Asia y Australia entre noviembre de 2020 y enero de 2021 capturó este cambio. En noviembre, solo el 40 por ciento de los encuestados dijo que se pondría la vacuna contra el COVID-19, y más del 50 por ciento estaba preocupado por los efectos secundarios. Para enero, más de la mitad estaba dispuesta a vacunarse y la preocupación por los efectos secundarios había disminuido. En Reino Unido, el 78 por ciento de los encuestados manifestó disposición a vacunarse. En España, la cifra saltó del 28 por ciento en noviembre al 52 por ciento a mediados de enero. No era una aceptación universal, pero era un movimiento, una tendencia que apuntaba en una dirección diferente a la que había prevalecido meses antes.
Citas Notables
Esta es una crisis de salud mundial y las circunstancias extraordinarias de la pandemia de COVID-19 exigen medidas extraordinarias— Katherine Tai, representante comercial de Estados Unidos ante la OMC
El Perú cuenta con un total de 60 millones de dosis aseguradas hasta fin de año para seguir vacunando— Presidente Francisco Sagasti