Aproximadamente 8.000 migrantes permanecen en Ceuta tras el cruce inédito de 80.000 personas, durmiendo en playas y polígonos industriales sin condiciones sanitarias adecuadas. El hospital reporta saturación en urgencias, casos de tuberculosis y sarna, y al menos seis denuncias por agresión sexual contra menores migrantes, generando psicosis entre los residentes.
Ceuta al límite: urgencias colapsadas, barrios periféricos desbordados y psicosis entre vecinos
Somos gente acogedora, pero ahora estamos de capa caída
¿Por qué Ceuta específicamente? ¿Qué hace que esta ciudad sea el punto de entrada?
Es geografía pura. Ceuta es un istmo de veinte kilómetros cuadrados rodeado de agua, con un único acceso a Marruecos. Cuando alguien abre una puerta —en este caso, literalmente la puerta de la feria— se convierte en el camino más directo. Y una vez que hay ocho mil personas durmiendo en tus playas, ya no es solo un problema de paso. Es un problema de permanencia.
Los vecinos hablan de psicosis, de miedo. ¿Es miedo a la delincuencia real o a lo desconocido?
Probablemente ambos. Hay videos reales de reyertas, hay denuncias reales de agresión sexual. Pero también hay una amplificación: los teléfonos circulan esos videos, se repiten, se magnifican. Cuando tienes a miles de personas sin dormir, sin comida, sin esperanza, algunos van a cometer actos desesperados. Y eso genera un ciclo de miedo que se alimenta a sí mismo.
¿Qué pasa con los menores? ¿Hay un plan real para ellos?
Hay un plan que comienza, pero es muy lento. Ochenta y seis niñas trasladadas a naves industriales el sábado, cuando hay cientos más durmiendo en laderas. El Gobierno habla de dispositivos operativos la próxima semana, pero mientras tanto, hay menores pidiendo comida, hay niñas con miedo de agresión sexual, hay separación forzada entre familias. Es un plan que llega tarde.
¿Cómo se organiza la vida cuando duermes en una playa sin nada?
Con sorprendente estructura, en algunos casos. En El Trampolín, los subsaharianos han creado algo parecido a un pueblo: hay torneos de lucha libre, hay tareas asignadas. Es la dignidad emergiendo de la desesperación. Pero en otros lugares, hay solo caos: menores durmiendo en el suelo, adultos merodeando sin dirección, el olor a excremento flotando sobre todo.
¿Qué teme más la ciudad: la presencia de los migrantes o lo que podría pasar si se van?
Creo que teme ambas cosas, pero por razones diferentes. Teme la inseguridad inmediata de la presencia. Pero también teme que esto vuelva a pasar, que la puerta vuelva a abrirse. Un guardia civil lo pregunta sin respuesta: qué pasa si en el futuro vuelve a pasar. Esa es la pregunta que nadie quiere responder.
The Pulse
- Aproximadamente 8.000 migrantes permanecen en Ceuta tras el cruce de 80.000 personas hace quince días
- Al menos 1.898 menores han sido filiados por la Policía Nacional, con estimaciones de muchos más
- Se han registrado al menos seis denuncias por agresión sexual contra menores migrantes
- El hospital reporta saturación en urgencias, casos de tuberculosis, sarna y un brote de gastroenteritis
- El Gobierno prevé asumir la acogida de 5.000 personas con dispositivos operativos la próxima semana
Aproximadamente 8.000 migrantes permanecen en Ceuta tras el cruce inédito de 80.000 personas, durmiendo en playas y polígonos industriales sin condiciones sanitarias adecuadas. El hospital reporta saturación en urgencias, casos de tuberculosis y sarna, y al menos seis denuncias por agresión sexual contra menores migrantes, generando psicosis entre los residentes.
Ceuta experimenta una crisis sin precedentes con miles de migrantes en las calles, servicios de urgencia colapsados y vecinos reportando inseguridad e intimidación, mientras el Gobierno intenta implementar dispositivos de acogida.
Ceuta tiene ochenta y tres mil habitantes censados. En las últimas dos semanas, la ciudad ha tenido que absorber a ocho mil personas más, aunque el Gobierno regional sospecha que la cifra es mayor. Duermen en playas, en polígonos industriales, en laderas de tierra. Duermen sobre cartón, sobre arena mojada, sobre el suelo desnudo. El olor a excremento e orina flota sobre ciertos barrios como una niebla permanente.
Lo que comenzó como un cruce masivo de ochenta mil personas hace quince días —cuando la puerta de la feria quedó abierta durante unas horas— se ha convertido en una presencia que no termina de resolverse. Las devoluciones en masa cesaron después del primer fin de semana. Ahora hay un goteo constante: alrededor de seiscientas personas regresan voluntariamente cada día por el paso de El Tarajal, pero miles permanecen. Entre ellos, Wafa Atid, una mujer marroquí de veintiocho años que huyó de Taza porque no profesa el islam y rechaza cubrirse. Lleva dos semanas durmiendo en una colchoneta hinchable cerca del Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes, intentando conseguir un hueco que probablemente nunca llegará. Sueña con Barcelona. Aprende español de su teléfono móvil, escribiendo frases en una libreta.
El centro histórico de la ciudad se ha vaciado relativamente. Los vecinos reportan menos gente deambulando por las calles principales, aunque nadie sabe si es por miedo a las promesas del Gobierno de devoluciones masivas o simplemente porque hay más policías, guardias civiles y militares patrullando desde que el ministro del Interior visitó la ciudad el jueves. En los barrios periféricos, sin embargo, el movimiento no cesa. En El Príncipe, en El Tarajal, en las laderas cercanas a la playa de El Trampolín, hay miles de personas que siguen sin saber qué hacer con sus días. Algunos se han organizado. En la playa de El Trampolín, los subsaharianos han creado algo parecido a un pueblo: hay torneos de lucha libre, hay tareas asignadas, hay una estructura que emerge de la desesperación. En otros lugares, hay legionarios corriendo detrás de adolescentes con porras en la mano. Hay menores durmiendo en laderas, pidiendo comida. Hay adultos que merodean en grupos, mirando el móvil, inmóviles, lo que intimida a los vecinos lo suficiente como para que algunos militares vigilen las entradas de los supermercados.
Las urgencias del único hospital de la ciudad están colapsadas. No es solo por heridas de reyertas o caídas, aunque hay muchas de esas. Hay un brote de gastroenteritis. Hay casos puntuales de tuberculosis y sarna. El jefe de Medicina Preventiva, Julián Domínguez, ha advertido que hay miles de personas sin condiciones de salubridad básicas, y que cualquier cosa podría pasar. Llama a la situación una crisis humanitaria. Mientras habla, varios hombres esperan sentados en la calle a ser atendidos, con heridas vendadas, custodiados por legionarios. Uno de ellos, Ayoue Chatal, de treinta y dos años, explica que las heridas vienen de peleas, de correr para esconderse, de caídas.
Lo que más preocupa a los residentes de Ceuta, sin embargo, es la seguridad. Los teléfonos circulan videos de reyertas, de entradas en domicilios. Hay denuncias de agresión sexual: al menos seis, todas contra chicas migrantes. Algunos padres han enviado a sus hijos a la península y apenas pueden dormir. Elena Larios, una trabajadora social de cuarenta y cinco años, dice con la voz quebrada que la ciudad se está deshumanizando. Juan Miguel Rocher, un arquitecto de treinta y nueve años, ha pasado dos semanas con las persianas bajadas. Cuando finalmente sale a tomar una cerveza con un amigo, resume el sentimiento general: somos gente acogedora, pero ahora estamos de capa caída.
Para las menores migrantes, la situación ha comenzado a cambiar, aunque de manera ínfima. El viernes, el Gobierno de la ciudad comenzó a trasladarlas desde un polideportivo donde dormían sobre colchones donados o directamente sobre la pista de juego, hacia naves industriales cercanas que están siendo reformadas. El sábado, al menos ochenta y seis niñas habían sido trasladadas. Las primeras en llegar sonríen desde dentro de los edificios, donde hay literas con barras azul marino. Pero cientos de menores continúan vagando. La Policía Nacional ha filiado a mil ochocientos noventa y ocho menores, aunque las estimaciones apuntan a muchos más. Ahmed Enfed-Dal, presidente de la asociación de vecinos de El Príncipe, dice que hay niñas que tienen miedo. Los policías han separado a las mujeres de los hombres, situándolos obligatoriamente a lados opuestos de la carretera, incluso a algunos maridos. Un agente explica que por la noche no se ve nada y no pueden controlar bien si alguien se acerca a ellas.
El Gobierno central calcula que tendrá que asumir la acogida de cinco mil personas: unos dos mil quinientos menores y otros tantos potenciales solicitantes de asilo. La ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, Elma Saiz, se desplazará a Ceuta el próximo lunes. La intención es poner en funcionamiento varios dispositivos de forma escalonada, con la esperanza de que al menos dos de ellos, con capacidad conjunta próxima al millar de personas, estén operativos durante la próxima semana. Mientras tanto, los ceutíes continúan conviviendo con el paso de los coches patrulla, los helicópteros y las sirenas incesantes. Un militar del Ejército de Tierra, crecido y destinado en la ciudad autónoma, dice que el pueblo ceutí está acostumbrado a la presencia militar, pero para nada a esto. Un guardia civil trasladado desde Málaga añade una pregunta que flota sin respuesta: qué pasa si en el futuro vuelve a pasar.
Notable Quotes
Hay miles de personas sin salubridad, por lo que puede pasar cualquier cosa. Esto es una crisis humanitaria.— Julián Domínguez, jefe de Medicina Preventiva del Hospital
Es muy complicado vivir en un país que no va con tu forma de ser.— Wafa Atid, mujer marroquí de 28 años durmiendo en la playa de El Trampolín