En España, el creador de contenido Alberto Alonso ha reavivado un debate que trasciende su figura individual: el de una industria digital que ha encontrado en la degradación de las mujeres una fórmula rentable. Un vídeo en el que aparece acosando sexualmente a una mujer visiblemente intoxicada se viralizó con rapidez, convirtiendo la humillación privada en espectáculo global. El caso obliga a la sociedad a preguntarse si las plataformas que monetizan este tipo de contenido son cómplices del abuso, y si el entretenimiento puede seguir invocando la libertad de expresión cuando su materia prima e
Aruberuto Makoto: el 'streamer' que convierte el acoso sexual a mujeres en contenido
El acoso se convierte en entretenimiento cuando alguien presiona grabar
¿Por qué importa que esto sea grabado y distribuido, en lugar de simplemente ocurrir en privado?
Porque la grabación y distribución son el acto. Sin eso, es un incidente desagradable. Con eso, es una agresión amplificada a escala masiva, monetizada, permanente.
¿Hay algo en las políticas de las plataformas que debería haber detenido esto?
Sí, pero la aplicación es el problema. Estas políticas existen sobre el papel. En la práctica, el contenido se viraliza antes de que alguien lo revise.
¿Qué diferencia hay entre esto y otros tipos de contenido provocador que la gente consume?
La diferencia es que aquí hay una víctima real que no consintió a ser parte del entretenimiento. No es ficción, no es una broma entre amigos. Es abuso grabado.
¿Cuál es el incentivo para que Alonso siga haciendo esto?
El dinero es obvio, pero también está el reconocimiento, la atención, la sensación de que puede hacerlo sin consecuencias reales. Eso es lo que hay que romper.
¿Qué debería pasar ahora?
Investigación, responsabilidad legal si corresponde, y que las plataformas apliquen sus propias reglas de manera consistente. Pero eso requiere voluntad política que aún no existe.
El Pulso
- Un vídeo muestra al streamer Aruberuto Makoto ofreciendo a una mujer intoxicada a un colaborador con lenguaje sexual explícito, reduciendo a una persona vulnerable a un objeto de consumo.
- El contenido se viralizó en cuestión de horas, generando ingresos para el creador mientras la víctima quedaba expuesta públicamente de forma potencialmente permanente.
- La indignación en redes sociales ha renovado la presión sobre plataformas como YouTube y TikTok, cuyas políticas contra el acoso se aplican de manera inconsistente y con frecuencia demasiado tarde.
- Reguladores europeos ya investigan casos similares en otros países, y crece la pregunta de si España tomará medidas legales concretas contra quienes graban y distribuyen acoso sexual como entretenimiento.
En España, el creador de contenido Alberto Alonso ha reavivado un debate que trasciende su figura individual: el de una industria digital que ha encontrado en la degradación de las mujeres una fórmula rentable. Un vídeo en el que aparece acosando sexualmente a una mujer visiblemente intoxicada se viralizó con rapidez, convirtiendo la humillación privada en espectáculo global. El caso obliga a la sociedad a preguntarse si las plataformas que monetizan este tipo de contenido son cómplices del abuso, y si el entretenimiento puede seguir invocando la libertad de expresión cuando su materia prima es el sufrimiento ajeno.
Alberto Alonso, conocido como Aruberuto Makoto, protagoniza un nuevo escándalo después de que se difundiera un vídeo en el que acosa sexualmente a una mujer visiblemente intoxicada, ofreciéndola a uno de sus colaboradores con lenguaje explícito. Las imágenes se extendieron con rapidez por las redes sociales, desatando una ola de críticas y reabriendo el debate sobre los límites éticos del entretenimiento digital en España.
El incidente no es un hecho aislado. Alonso ha construido parte de su presencia online sobre contenido que normaliza la degradación y la objetualización de las mujeres, y lo hace de forma deliberada: graba, edita y distribuye esas situaciones a través de plataformas con millones de usuarios. Cada visualización genera ingresos; cada compartida amplifica el daño. La mujer que aparece en el vídeo no solo sufrió el acoso en el momento, sino que su imagen y su vulnerabilidad quedaron indexadas en internet, accesibles de forma indefinida para cualquiera.
Este caso ilustra un patrón más amplio: el de creadores que han identificado una fórmula rentable basada en la provocación y la humillación. Las plataformas que alojan ese contenido tienen políticas contra el acoso, pero su aplicación es lenta e inconsistente; para cuando actúan, el vídeo ya ha acumulado millones de reproducciones. La pregunta que el caso de Alonso vuelve a colocar en el centro del debate público es si España está dispuesta a establecer consecuencias legales reales para quienes convierten el abuso sexual en entretenimiento, o si seguirá mirando hacia otro lado mientras exista audiencia dispuesta a consumirlo.
Alberto Alonso, conocido en internet como Aruberuto Makoto, ha vuelto a protagonizar un escándalo tras la publicación de un vídeo en el que aparece acosando sexualmente a una mujer que se encuentra visiblemente intoxicada. En las imágenes, el creador de contenido se dirige a uno de sus colaboradores con una propuesta explícita sobre la mujer, reduciéndola a un objeto disponible. El vídeo se viralizó rápidamente en redes sociales, generando una ola de críticas y renovando el debate sobre los límites éticos del entretenimiento digital en España.
Este no es un incidente aislado en la trayectoria de Alonso. El youtuber ha construido parte de su presencia online mediante contenido que normaliza el acoso, la degradación y la objetualización de mujeres. Lo que resulta particularmente preocupante es que estas acciones no solo se cometen, sino que se graban, se editan y se distribuyen deliberadamente a través de plataformas con millones de usuarios. El contenido se monetiza: cada visualización genera ingresos, cada compartida amplifica el alcance, cada comentario alimenta el algoritmo.
La mujer que aparece en el vídeo fue sometida a una humillación pública de escala masiva. Su imagen, su cuerpo, su vulnerabilidad en ese momento fueron convertidos en materia prima para el entretenimiento. No se trata de una broma privada entre amigos; se trata de contenido distribuido globalmente, indexado en buscadores, potencialmente permanente en internet. La víctima no solo sufrió el acoso en el momento, sino que debe vivir con la realidad de que esa agresión quedó registrada y sigue siendo accesible para cualquiera.
El caso de Alonso refleja un patrón más amplio en la industria del contenido digital. Existen creadores que han identificado una fórmula rentable: provocación + degradación + viralidad = dinero. Las plataformas que alojan este contenido —YouTube, TikTok, Twitch, Instagram— tienen políticas contra el acoso, pero su aplicación es inconsistente y frecuentemente lenta. Para cuando se toman medidas, el vídeo ya ha acumulado millones de visualizaciones y ha generado ingresos significativos para el creador.
Lo que distingue este momento es que la sociedad española está comenzando a cuestionar si el entretenimiento tiene límites. ¿Dónde termina la libertad de expresión y dónde comienza la complicidad con el abuso? ¿Cuál es la responsabilidad de las plataformas que lucran con este contenido? ¿Qué consecuencias legales debería enfrentar alguien que graba y distribuye acoso sexual? Estas preguntas no tienen respuestas simples, pero el vídeo de Alonso las ha colocado nuevamente en el centro de la conversación pública.
Los reguladores y las plataformas se encuentran bajo presión creciente. En algunos países europeos ya se han iniciado investigaciones sobre creadores de contenido que incurren en conductas similares. La pregunta ahora es si España seguirá ese camino, o si continuará permitiendo que el acoso sexual sea tratado como entretenimiento mientras exista una audiencia dispuesta a consumirlo.
Citas Notables
Esta es gratis— Alberto Alonso, dirigiéndose a un colaborador sobre la mujer en el vídeo