Artistas de Cuba y Venezuela denuncian represión y censura en encuentro virtual

Artistas enfrentan persecución, encarcelamiento y hostigamiento por fuerzas de seguridad; Luis Manuel Otero Alcántara se encuentra en prisión por activismo artístico.
No podía vivir al margen y no podía quedarme cruzado de brazos
Artista visual cubano explica por qué pasó de intentar mantenerse neutral a convertirse en activista político.
Mark

¿Por qué estos artistas decidieron involucrarse en activismo si sabían que era peligroso?

Mimi

No fue una decisión racional al principio. Fue más bien que la realidad los alcanzó. Llópiz-Casal dice que sus amigos lo llevaron sin que se diera cuenta. Macias vio el sufrimiento de gente pobre en Cuba y no pudo seguir como si nada. No era que buscaran peligro; era que no podían vivir con la indiferencia.

Mark

¿Qué cambió en Cuba con internet?

Mimi

Todo. Antes, una protesta grande como el Maleconazo en 1994 pasaba desapercibida para la mayoría de los cubanos. Con internet desde 2018, aunque sea costoso, la gente en otras ciudades se entera. Se pueden organizar. El régimen pierde el monopolio de la información.

Mark

Pero internet no es libertad de expresión garantizada.

Mimi

No. Es un grieta. Macias lo describe como una venda que se levanta un poco. Sigues bajo adoctrinamiento desde que naces, pero ahora puedes ver más allá. Es frágil, pero es algo.

Mark

¿Por qué el arte específicamente? ¿No hay otras formas de resistencia?

Mimi

Porque el arte es lo que queda cuando todo lo demás está bloqueado. No necesitas permiso del estado para hacer arte. Puedes hacerlo en la calle, en una casa, en línea. Y funciona como lenguaje universal. Macias dice que en sistemas totalitarios, han sido los artistas quienes lograron cambios reales.

Mark

¿Qué tan diferente es la situación en Venezuela?

Mimi

Más violenta, más inmediata. En Cuba hay represión estatal. En Venezuela hay represión estatal más la violencia de pandillas y narcotráfico. Liscano dice que da miedo salir a la calle. Algunos espacios están prohibidos para ciertas personas. Es represión más caótica, menos institucional.

  • Artistas cubanos, venezolanos y guatemaltecos coinciden en que sus regímenes han clausurado sistemáticamente los canales institucionales, la prensa libre y la organización política, dejando al arte como único espacio de resistencia viable.
  • Luis Manuel Otero Alcántara permanece encarcelado en Cuba precisamente por usar el arte como herramienta de activismo, ilustrando el costo humano concreto de esta forma de disidencia.
  • La apertura de internet en Cuba en 2018 rompió décadas de aislamiento informativo: por primera vez, protestas que antes pasaban desapercibidas —como el acuartelamiento de San Isidro— se volvieron visibles tanto para el mundo como para los propios cubanos.
  • En Venezuela, el chavismo ha perfeccionado una estrategia dual: cerrar los espacios de expresión artística mientras siembra desesperanza y polarización para mantener a la ciudadanía alejada de la participación política.
  • Los activistas no llegaron al arte por ideología sino por exclusión: cada uno intentó primero los caminos formales —universidades, organismos estatales, medios— y solo cuando esas puertas se cerraron encontraron en la cultura un territorio donde la verdad aún podía circular.

A mediados de julio de 2021, gestores culturales de Cuba, Venezuela y Guatemala se reunieron virtualmente bajo el espacio KaribeArte para compartir algo que sus regímenes no pueden confiscar del todo: el testimonio. En países donde la disidencia política acarrea persecución y encarcelamiento, el arte ha dejado de ser una elección estética para convertirse en la única lengua disponible para decir la verdad. Lo que emergió del encuentro no fue un manifiesto romántico, sino el retrato sobrio de personas que llegaron al activismo no por vocación heroica, sino porque todas las demás puertas estaban cerradas.

A mediados de julio de 2021, el espacio virtual KaribeArte reunió a gestores culturales de Cuba, Venezuela y Guatemala en torno a una pregunta compartida: ¿qué le queda a quien quiere cambiar su país cuando el régimen controla todo lo demás? La respuesta, surgida de experiencias distintas pero convergentes, fue el arte.

Julio Llópiz-Casal, del Movimiento San Isidro cubano, explicó que durante años intentó ser artista sin involucrarse en política. Fueron sus amigos —entre ellos Luis Manuel Otero Alcántara, encarcelado en ese momento por su activismo— quienes lo llevaron gradualmente hacia una postura cívica que ya no pudo eludir. Su colega Kizzy Macias, psicóloga de formación, llegó al activismo en 2008 tras presenciar el sufrimiento de comunidades marginadas y ver cómo la universidad y el Estado le cerraban la puerta cuando intentó ayudar. Ambos coincidieron en que la apertura de internet en 2018 transformó la dinámica de la protesta en Cuba: lo que antes era invisible —como el Maleconazo de 1994— ahora podía difundirse y conectar a ciudadanos que nunca habían sabido que no estaban solos.

Desde Venezuela, integrantes de Labo Ciudadano y Comadres Púrpuras describieron un escenario donde el miedo a la calle es cotidiano y el chavismo ha cerrado progresivamente los espacios de expresión. Ángel Zambrano señaló que el régimen es hábil en sembrar desesperanza y mantener lo político como territorio exclusivo de una élite corrupta. En Guatemala, Lucía Ixchíu llegó al activismo cultural cuando una masacre contra población indígena fue cubierta por los medios con un sesgo racista evidente, y decidió poner su educación al servicio de quienes los medios distorsionaban.

Lo que el encuentro dejó en claro es que el arte no es para estos activistas una metáfora de resistencia, sino su forma más literal: cuando las instituciones están capturadas, la prensa controlada y la organización política es peligrosa, la cultura sigue siendo un territorio donde la conciencia puede crecer y la verdad puede moverse.

En un encuentro virtual convocado por KaribeArte a mediados de julio, gestores culturales de Cuba, Venezuela y Guatemala compartieron historias que convergían en un punto: el arte se había convertido en su única herramienta viable para resistir y comunicar en países donde la disidencia política es peligrosa.

Los participantes provenían de movimientos específicos: activistas del 27N y del Movimiento San Isidro en Cuba, integrantes de Labo Ciudadano y Comadres Púrpuras en Venezuela, y representantes de Festivales Solidarios en Guatemala. El diálogo giró en torno a cómo el arte y el activismo se entrelazan en contextos de represión estatal, y cuáles son los límites reales de la protesta pacífica cuando el régimen controla los espacios públicos.

Julio Llópiz-Casal, artista visual cubano del Movimiento San Isidro, describió cómo la isla ha experimentado transformaciones en los últimos años. Señaló que antes las manifestaciones eran hechos aislados, pero algo cambió cuando Cuba abrió el acceso a internet en 2018. Aunque costoso, ese acceso permitió que los ciudadanos conocieran realidades alternativas y se organizaran entre sí. "Lo que hemos avanzado como sociedad civil en estos 3 años ha sido mucho", afirmó. Su colega Kizzy Macias, gestora cultural cubana, amplió esta observación: el internet permitió que el mundo conociera el acuartelamiento de San Isidro, pero también que los propios cubanos en otras ciudades se enteraran de lo que sucedía. Comparó esto con el Maleconazo de 1994, una de las protestas más grandes desde el inicio de la revolución, que pasó desapercibida para la mayoría de la población isleña porque no había forma de difundirla.

Macias, quien estudió psicología, describió el sistema cubano como un mecanismo de adoctrinamiento que comienza desde el nacimiento y permea todos los aspectos de la vida. Lo caracterizó como "una venda en los ojos" o "una especie de hipnosis colectiva" que filtra la comprensión de la realidad. Llópiz-Casal, por su parte, explicó que desde la infancia tuvo conciencia de vivir bajo un régimen totalitario en decadencia. Durante años intentó mantenerse al margen de la política, creyendo que podía ser artista sin involucrarse en cuestiones cívicas. Pero amigos artistas, entre ellos Luis Manuel Otero Alcántara (quien en ese momento se encontraba encarcelado), lo llevaron gradualmente hacia el activismo. "La vida me puso en esa posición, no podía vivir al margen y no podía quedarme cruzado de brazos", dijo. "Yo me siento en la obligación de tener una postura. Es una posición cívica, un derecho que tiene como ciudadano".

Macias relató su propio camino hacia el activismo. En 2008, trabajando como psicóloga, presenció directamente el sufrimiento de poblaciones marginadas que desconocía. Intentó canalizar su respuesta a través de instituciones: primero pidió a la universidad crear un proyecto de ayuda, luego se acercó a organismos estatales. Ambas puertas se cerraron. "Me di cuenta que la única solución era hacerlo uno mismo", explicó. Comenzó entonces un proyecto de arte comunitario donde la gente pudiera expresarse. Para ella, el arte funciona como "una lengua universal para crear conciencia", y en sistemas totalitarios, han sido precisamente los artistas quienes han logrado cambios significativos.

Lucia Ixchíu, gestora cultural guatemalteca, compartió las dificultades específicas de las comunidades indígenas en su país, azotado por violencia de pandillas, narcotráfico y pobreza. Su activismo comenzó cuando una masacre contra población indígena fue cubierta por los medios con un sesgo racista evidente. Decidió entonces poner su educación y conocimiento al servicio de la sociedad.

Desde Venezuela, miembros de Labo Ciudadano y Comadres Púrpuras describieron un escenario diferente pero igualmente restrictivo. El régimen chavista ha cerrado progresivamente los espacios donde los artistas pueden expresarse, mientras que la violencia e inseguridad generalizadas limitan la capacidad de movilización ciudadana. Seymar Liscano de Labo Ciudadano explicó: "Es muy duro volver a la calle, da mucho miedo, hay mucha intimidación. Para mí a pesar de la intimidación siempre uno encuentra un espacio. Y hay lugares que están prohibidos para ciertas personas y para otras no". Su compañero Ángel Zambrano añadió que el chavismo es "muy hábil en sembrar la desesperanza y dejar lo político en manos de la elite corrupta", manteniendo a la ciudadanía polarizada y alejada de la participación política.

Lo que emergió del encuentro fue un retrato de cómo el arte se ha convertido en la única lengua disponible para quienes viven bajo represión sistemática, no por romanticismo sino por necesidad práctica: cuando los canales institucionales están cerrados, cuando la prensa está controlada, cuando la organización política es peligrosa, el arte sigue siendo un espacio donde la verdad puede circular y la conciencia puede crecer.

Lo que hemos avanzado como sociedad civil en estos 3 años ha sido mucho
— Julio Llópiz-Casal, artista visual cubano
El arte es una lengua universal para crear conciencia. Los artistas en los sistemas totalitarios son quienes han logrado cambios
— Kizzy Macias, gestora cultural cubana
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